Madame D’Aulnoy  (1651 -1705) fue una cuentista francesa: Cuentos de hadas y Nuevos cuentos de hadas a la moda. Pero escribió una fantasía insuperable: Recuerdos de la Corte de España, que bien pudo inventar sin pisar la Península. Hace tiempo hablé de ella en un blog que yo tenía y hubo quien pensó que también les estaba contando una fábula. Muchas gracias, para un escritor es todo un halago. También la menciono en mi ensayo Brexit con puñetas (Ingleses por España en tiempos de Maricastaña). El caso es que los cuentos de esta madama nos llevarán hasta detalles insospechados en Las meninasLas hilanderas.

¿Qué menina de Velázquez era la camella de la infanta? Clic para tuitear

Madame D’Aulnoy

Las españolas de su época tenían un hábito que le provocaba hilaridad y repugnancia. Las damas ibéricas —españolas y portuguesas— comían jarritos de barro como quien come pipas. Se trata de un trastorno alimentario muy bien documentado. La historiadora Natacha Seseña, experta en el asunto, lo bautizó como bucarofagia: «comer búcaros». Es una manifestación de otra enfermedad más amplia: la geofagia («comer tierra»), incluida en la categoría superior de la pica, o ingesta de todo tipo de sustancias incomestibles. Pica viene del nombre científico de la urraca, Pica pica, ave que se traga todo lo que encuentra.

Un búcaro es un recipiente ventrudo y de cuello estrecho, de arcilla roja y olorosa, que servía para beber agua aromatizada. A Madame D’Aulnoy le regalaron uno en su presunto viaje a España: «Tengo una gran taza de esa clase que contiene una pinta. El vino no vale bebido en ella, pero el agua resulta excelente. Cuando se la deja allí un poco de tiempo, la taza se vacía sola, tan porosa es la tierra, y huele muy bien». Lo escandaloso para la francesa era que, vaciado el búcaro, las nobles españolas se lo comían: «He querido probar ese alimento tan estimado y tan poco estimable: antes comería asperón [matorral áspero y leñoso]». ¿Y qué tiene qué ver todo esto con Las meninas? Paciencia, que aún no hemos llegado a lo mejor.

Eran cuatro las razones principales de la adicción a los búcaros

El búcaro de «Las meninas».

¿Y por qué hacían eso? Hay cuatro razones posibles, dos de ellas contradictorias. La primera, por puro placer, hasta alcanzar un grado de adicción semejante, en sus efectos, al consumo compulsivo de bizcochos de marihuana (hablo de oídas, claro). Y más que por placer, por aburrimiento.

La libertad de movimientos de las damas nobles en la corte de los Austrias era casi nula. Una, por su condición femenina y, dos, por la estricta, severísima, etiqueta borgoñona del Alcázar. Se llegó a prohibir a las reinas montar a caballo para entretenerse. ¿No resulta lógico que se doparan con lo que tuvieran a mano?

La arcilla y la mezcla de hierbas aromáticas, resinas vegetales y esencias que se le añadía proporcionaban un goce próximo a la estupefacción. En cuatro palabras: hablamos de una droga. Así lo evidencia el testimonio de una monja del Siglo de Oro, sor Estefanía de la Encarnación. Le costó un año quitarse «de ese vicio, si bien durante ese tiempo fue cuando vi a Dios con más claridad». A tal punto llegaba el gusto insano por aquellos jarritos que fueron ensalzados como «golosinas». No resulta raro que un jerónimo, el padre Torrejón, afirmase en 1596 que no era «pequeño trabajo para los confesores el de atajar este vicio». Por cierto, ¿comería búcaros la extática santa Teresa?

En la España de la Contrarreforma, por la lividez hacia Dios

La propia Madame D’Aulnoy nos introduce en las otras razones que llevaban a las damas españolas a la bucarofagia: «Ya os hablé de la pasión que muchas ponen en mascar esta tierra. Suelen quedar opiladas: el estómago y el vientre se les hinchan y endurecen y la piel se les pone amarilla como un membrillo». Se llama opilación, entre otras acepciones médicas, a la amenorrea, la suspensión de la evacuación menstrual por obstrucción abdominal.

Uno de sus síntomas era la pérdida de rubor cutáneo, debido a una sobrecarga hepática. En aquel siglo de la Contrarreforma, la lividez cadavérica se convertía en un símbolo: el recuerdo constante de la levedad de las cosas mundanas, sujetas a la Parca inclemente. Y, claro que sí, era también una muestra de distinción: solo quienes debían ganarse el pan con el sudor de su frente, la chusma, cogían color por andar al aire y al sol.

Habiendo alfareros, ¿para qué iban a querer compresas con alitas?

Comer búcaros con frecuencia producía, por tanto, la retirada de la regla. ¿Qué pretendían con ello? Por un lado, lo tomaban como anticonceptivo y buscaban, en el peor de los casos, abortar. Así lo cuenta, medio sonriendo, el embajador francés ante Carlos II, el marqués d’Harcourt: «Esto es contrario a la reproducción. Dejaré a mi mujer comer tantos como ella quiera y así no me arruinará con tan excesiva fertilidad». Y por otro, y aquí está la contradicción, creían que comiendo arcilla cocida podrían mantener artificialmente las condiciones de fertilidad femenina para asegurar la inseminación masculina. Es decir, que con la amenorrea forzada pretendían prolongar la fecundidad al contener la sangre del menstruo.

María Luisa de Orleáns, desdichada reina de España.

Por culpa de esta segunda barbaridad, sufrió mucho María Luisa de Orleáns, la primera esposa de Carlos II, el Hechizado. Como nadie se atrevía a sugerir que el incapaz era el rey, se acusó a la reina de estéril.

Por Madrid corría una coplilla cruel y amenazante: Parid, bella flor de lis / pues en situación tan extraña, / si parís, parís a España / y si no parís… ¡a París! María Luisa se convirtió en una adicta a los barros por su obsesión en mantener abonado un campo, el de su vientre, para una semilla, la del Hechizado, que no era sino cáscara. Y, con mucha seguridad, las opilaciones proporcionadas por las meninas reales la llevaron a la muerte por cólico miserere, obstrucción aguda del intestino, uno de cuyos síntomas era el vómito de las heces.

Una muestra de la popularidad barroca de la bucarofagia es el cuadro La familia de Felipe IV, rebautizado como Las meninas, del genial Velázquez. La acción central es la ofrenda de un búcaro rojo en una salvilla. Se la hace la menina portuguesa María Agustina Sarmiento a la infanta Margarita Teresa de Austria. Está demostrado que la infanta sufrió de pubertad precoz, con sangrados abundantes desde niña. Aparte del efecto analgésico, o estupefaciente, de la ingesta de búcaros, los barros provocaban el corte de sus menorragias.

Velázquez ilustra la bucarofagia en el cuadro de Las meninas

No es Velázquez, con Las meninas, el único que muestra una moda considerada entonces de muy buen tono. De hecho, se tenía por mucha etiqueta el regalar «barros». Los españoles de Talavera y de Salvatierra de los Barros eran muy apreciados. Pero también los portugueses de Estremoz y los mexicanos de Tonalá.

María Agustina Sarmiento, la menina «dealer» de la infanta Margarita.

Alonso Sánchez Coello pinta en 1585 a la duquesa de Béjar con un enano que le ofrece un búcaro. También Martínez del Mazo, yerno de Velázquez, muestra una ofrenda de un búcaro a Carlos II niño. Es un detalle del retrato de la regente Mariana de Austria, su madre. Aquí lo puedes ver.

Una hilandera de Velázquez también se pone con la arcilla roja

Y regreso a Velázquez, pero al autor de Las hilanderas, no al de Las Meninas. Voy con un detalle que me descubrió Natacha Seseña, la historiadora que amadrina la bucarofagia. La principal de la artesanas tiene un búcaro. ¿Dónde? Pues donde guardaban las mujeres lo que no querían extraviar, entre el pecho y el brazo. Ahí esconde Velázquez la jarrita que refresca a la hilandera. No, no es un seno a punto de ser vencido por la gravedad, es un búcaro bajo la camisa. ¿No ves el asa?.

Tampoco la literatura del Siglo de Oro es ajena a la bucarofagia. Góngora habla de esta adicción cuando escribe: Niña del color quebrado, / o tienes amor o comes barroY Quevedo, su enemigo, cuenta que «Amarili tenía unos pedazos de búcaro en la boca y estaba muy al cabo de comerlos»; e insiste: «Unas daban en comer barro para adelgazar, y adelgazaban tanto que se quebraban. Andaban estas más amarillas que las otras».

También Tirso de Molina: Comes carbón, yeso o tierra / como las damas de Corte / que diz que adrede se opilan.  Y, cómo no, Lope de Vega: Mujer que come medio jarro / que no lo hace por el barro / sino por dar a entender/ que su barriga es basera [plana como una bandeja]. 

Es Lope el que desvela el antídoto contra la opilación de búcaros en su obra El acero de Madrid. Era el nombre de una fuente de la Casa de Campo. Manaba de ella agua ferruginosa, que desopilaba. Sí, desopilar es «desatascar», y uno se desatasca de risa cuando algo le resulta desopilante.

Un cuadro guarda, casi siempre, secretos a la vista. Curiosidad, curiosidad y curiosidad, las tres herramientas para desentrañarlos. Y no hagas caso si te dicen que la curiosidad mató al gato; son cosas que dicen los que tienen perro. Por envidia. Bueno, yo tampoco tengo gato…

Comparte este artículo en: