Hace unos días andaba yo zapeando y colisioné con el péplum Troya.  Menos mal que no conduzco por las comarcales del cine histórico sin mi airbag documental, porque chatarras de ese calibre se te llevan por delante sin mirar atrás. Lo más extraordinario de la película es, a mi parecer, que los guionistas no maten a Sean Bean. Su agente anduvo listo y le consiguió el papel de Odiseo, que no muere ni en la Ilíada ni en la Odisea, aunque no le falten ocasiones. Al fin y al cabo, es lo que tiene ser un juguete de los dioses. El caso es que me sirvió de inspiración —nunca sabe uno dónde se emboscan las musas— para contarte que el yelmo pseudocorintio de Brad Pitt en la peli de Wolfgang Petersen está más fuera de lugar que una cita de Sócrates en Instagram.

Brad «Aquiles» Pitt con el casco de Magneto y mirada «acero azul» a punto de arrancarle la armadura a Héctor.

Se calcula que, balazo arriba, puñalada abajo, el bueno de Sean Bean ha muerto unas veinticinco veces en la ficción, incluyendo animaciones como Final Fantasy. En su estreno cinematográfico, en 1986, interpretó a Ranuccio, amante del pintor Caravaggio, que lo degüella. De las siguientes, sus muertes más famosas son las de Alec Trevelyan en Goldeneye, la de Boromir en El señor de los anillos y, desde luego, la de Ned Stark en Juego de tronos. Aun así, está muy lejos del récord de Danny Trejo: hasta enero de 2020, el chicano ha muerto sesenta y cinco veces.

Sean Bean en Troya: What the Hades is going on? I'm alive! Clic para tuitear

Si quieres disfrutar de las múltiples formas en las que Bean es despachado por directores y guionistas, aquí te dejo el enlace a un vídeo recopilador de sus muertes hasta 2016.

Pero el bueno de Sean tiene más vidas que un gato y, en 2004, cayó de pie. Aquel año, su agente le consiguió un papel en esa parodia de la Iliada pergeñada por Wolfgang Petersen. El futuro y descabezado Ned Stark interpretaría a Odiseo, el astuto personaje homérico que gozaba del amparo de Atenea: «No sé si cuento con recursos dramáticos suficientes para interpretar a un personaje que no muere —dicen que declaró el actor—. Y, ya puestos, podríamos hacer la secuela». Se refería a la Odisea. Pero no coló.

Sean Bean, con casco de drag queen del Carnaval de Tenerife, pasmado de no morir en «Troya»: What the Hades is going on?

En cuanto a rigor documental, Troya es un sindiós. Cualquier parecido con los guerreros micénicos del Bronce que asediaron Ilión es casualidad. No hay más que comparar a Aquiles Pitt o a Héctor Bana con las reconstrucciones históricas de sus panoplias. Homero, que nos legó sus cantos en el siglo VIII, cuatrocientos años después del famoso asedio, fue, con menos medios, más riguroso que Petersen y sus asesores históricos.

Si aceptamos que el bardo jonio vivió al principio de la Época Arcaica (siglo VIII a. C.), bien pudo ser testigo del nacimiento de las formaciones cerradas de hoplitas protegidos con linotórax, aspis y cascos que derivarían en el modelo corintio, de cuya longevidad te hablé en una entrada anterior.

El Homero de la Edad del Hierro describe formas de lucha que no eran contemporáneas de sus cantos broncíneos. Por ejemplo, el uso de carros de guerra, ya fuera para transportar a los adalides o para rematar al enemigo en fuga. También la presencia de arqueros, los combates singulares y el bronce en lugar del hierro. Pero lo que hoy nos interesa son los cascos.

En cuanto a rigor documental, Troya es un sindiós. Bueno, un sinzeus Clic para tuitear

Una cosa es el famoso casco corintio de Pericles, al que remeda el de Brad Pitt, y otra el del«griego de los mil ardides» del Canto X de la Ilíada: «Meriones a Odiseo, a ambos lados de la cabeza le puso el yelmo de piel de buey, que rodeaban por fuera blancos dientes de jabalí de brillantes colmillos, apiñados por aquí y por allá, dispuestos con habilidad y destreza».

Por cierto, la posición del casco en el sempiterno busto de Pericles, o en estatuas de Atenea, es la de «descanso». Más o menos, como la de un mensajero motorizado. En ella se inspiraron los herreros romanos para forjar el casco apulio-corintio de los oficiales republicanos.

Reconstrucción de un hoplita romano entre la monarquia y la República con casco apulo-corintio.

Así que la diferencia entre un casco corintio y uno dentado es la misma que hubo entre el modo de guerrear de los campeones homéricos y el de los soldados de las milicias ciudadanas de la Grecia Arcaica. El paradigma del primero es el Aquiles de los combates singulares ante los muros de Ilión, más pendiente de su fama que de la victoria aquea.

Héroes de Troya según el especialista militar Peter Connolly. Vemos a Odiseo con su casco de colmillos.

El ejemplo del segundo es Leónidas. Hombro con hombro, escudo sobre escudo, resiste las oleadas persas en las Termópilas. Los cascos de Troya dejaban ver los rostros de los héroes, protagonistas de la lucha; los de Maratón y las Termópilas despersonalizaban al hoplita y lo integraban en el grueso de la falange cívica, anónima y disciplinada.

Leónidas con casco corintio. Autor: Giuseppe Rava.

En los combates, el rostro de los hoplitas helenos desaparecía bajo el metal, lo que confería a la masa de soldados un aire de seres metálicos sin rastro de humanidad, como autómatas metálicos salidos de las fraguas de Hefesto. Narcisismo e individualidad frente a patriotismo y pragmatismo. Por eso Brad Pitt no luce un auténtico casco corintio en Troya, porque no veríamos su cara bonita.

Los señores de la guerra de Micenas y sus campeones y escuderos eran musculosas orugas en crisálidas de bronce. «Aqueos de broncíneas túnicas» es el epíteto que usa Homero en la Ilíada. Gracias a los hallazgos arqueológicos, a las investigaciones de los especialistas en historia militar y a los grupos de reconstrucción histórica, hoy tenemos la fortuna de disfrutar de una visión más fiel de los guerreros que lucharon ante los muros de Ilión. En la ilustración 1, nacida del talento de Giuseppe Rava, vemos todo un elenco de señores de la guerra con ecos de la Ilíada.

Ilustración 1: Guerreros micénicos y asiáticos de la Edad del Bronce (S. XIV-XIII a. C.). Giuseppe Rava para «Bronze Age Greek Warrior (1600.110 BC)»/Osprey Publishing.

El poeta de Quíos describe así a Agamenón: «Revistióse de una piel de león dorado y fogoso, que hasta sus pies llegaba». Nos recuerda a la piel de la fiera de Nemea que se echó encima Heracles. Y, en cuanto a Menelao, dice que llevaba «una piel de manchas de leopardo».

Homero describe un casco de colmillos en el Canto X de la Ilíada

En 1960 fue exhumada en el yacimiento de Dendra, cerca de Micenas, una armadura tubular del Bronce. Es decir, una «túnica» homérica. Incluye grandes hombreras, gola y barbote. En la actualidad, se expone en el Museo Arqueológico de Nauplia, en el Peloponeso.

«Túnica» homérica de bronce de Dendra.

Claro, dile tú a Brad Pitt que se ponga esas cañerías de gasoducto. Y más después de haberse machacado y de haber sufrido dieta para lucir músculo en pantalla. Mejor todavía… Si tienes valor, ve y cuéntale a sus fans que lo vas a tapar de un modo tan grosero. Pues acabarás como Héctor, atado a algún parachoques y arrastrado por el asfalto.

Más arriba he mencionado el casco de Odiseo como parte de la panoplia específica de las bandas guerreras de la Edad del Bronce: «el yelmo de piel de buey, que rodeaban por fuera blancos dientes de jabalí».

Casco de colmillos expuesto en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

Con la mencionada armadura de Dendra, apareció también un puñado de colmillos de jabalí. Formaban parte del casco del guerrero que la portó. Lógicamente, la calota de cuero y fieltro a la que estaban prendidos se pudrió con el paso de los milenios. Pero los arqueólogos pudieron reconstruir la pintoresca defensa gracias a Homero y las pinturas y esculturas de la época micénica.

Dado que las élites aqueas eran también cazadoras, la profusión de colmillos indicaba la valentía del poseedor del casco. Se estima que hacía falta matar una treintena de cerdos salvajes para completar una pieza.

El casco de colmillos de jabalí estuvo muy en boga entre la infantería pesada micénica desde el siglo XVI a. C. y fue ampliamente representado en sus manifestaciones artísticas, tanto pictóricas como escultóricas. Vemos tres ejemplares en un mural de Santorini, la antigua Théra, perteneciente al período de la Creta micénica. Giuseppe Rava se debió de inspirar en él para la ilustración 2. En ella, guerreros micénicos arriban a la urbe de Akrotiri con prisioneros libios; su futuro será, sin duda, la esclavitud. Al fondo, humea el amenazador volcán Santorini.

Ilustración 2: Giuseppe Rava para Osprey Publishing.

Homero y sus personajes inmortales, con permiso de las musas, han inspirado mi última obra: ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario). Puedes conocerla en este enlace:

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