«Todo está en los libros» fue un estribillo de mi adolescencia. Era la banda sonora de un programa televisivo sobre literatura. «Televisión literaria»… parece un oxímoron, ¿verdad? Como «hielo ardiente» o el ya tópico «inteligencia militar». Bueno, así fuimos una vez, y aún no sé si para mejor o para peor. La música de aquel bordón era de Luis Eduardo Aute, la cantilena de Jesús Munárriz y la interpretación de Vainica Doble. Pues aquel sonsonete que nunca he olvidado inspira hoy el título de esta entrada: «Todo está en los mitos».

Cada día de la semana honramos a los viejos dioses

Lo digo porque no creo que Neil Gaiman tenga razón. Es decir, no creo que los dioses antiguos y sus mitos hayan muerto. Ni siquiera le cabe al inglés el honor de tal exclusiva. Cuenta Plutarco que, en tiempos de Tiberio, el capitán de un barco griego oyó una voz que le decía: «¡El Gran Pan ha muerto!». Y que todos los que supieron de ese anuncio atroz perdieron la alegría de vivir y el lazo con la Naturaleza. Es decir, nos hicimos más humanos…

El superventas inglés pinta en su American Gods un crepúsculo de dioses polvorientos masacrados por el novísimo panteón de las redes sociales y el espectáculo, que tantas veces son lo mismo. No sé en qué día de la semana empezó a escribirlo. Pudo teclear las primeras líneas de su manuscrito un jueves, que está en medio de la semana como un trono. Pues Gaiman tiene que saber que, en su idioma, es el día de Thor (Thursday), el dios del martillo y las tormentas. En el nuestro es el de Júpiter, rey del Olimpo y, como su colega nórdico, patrón de los rayos, los truenos y las centellas.

Mr. Wednesday, tuerto y con sus cuervos, como Odín, también llamado Wotan y Woden.

Y es que no hay un solo día de la semana en el que no invoquemos, incluso los descreídos, a un dios antiguo. Tanto en el idioma de Gaiman como en los de raíz latina. El lunes es el día de la luna: Selene en la mitología grecorromana y Máni (Monday) en la nórdica. El martes el de los dioses de la guerra: Marte y Tiw (Tuesday). El miércoles el de Mercurio, el mensajero de los dioses. Pero en los países anglosajones pertenece a Wotan, al que también conocemos por Odín y al que Gaiman llama Mr. Wednesday. Venus, la diosa romana del sexo y la belleza, nos trae el viernes. Los ingleses le dicen Friday, ya que Freyja es la diosa erótica nórdica.

En castellano, el sábado y el domingo vienen de la mitología judeocristiana. Son los días que Yahvé y Dios destinaron al descanso y a su adoración. Pero en inglés, paradójicamente, pertenecen a un par de dioses mediterráneos: Saturno (Saturday) y Apolo, el dios solar (Sunday). Constantino, el emperador que legalizó el cristianismo, adoró la mayor parte de su vida al Sol Invicto.

El tiempo nos ha hecho ignorantes, pero no ha matado a los dioses

Los meses de enero, marzo, mayo y junio también hacen referencia a dioses romanos. Respectivamente a Jano, el dios de las dos caras que mira al pasado y al futuro. A Marte, porque las campañas militares se ponían en marcha al llegar la primavera. A Maia, la diosa del cuerno de la abundancia. Y a Juno, esposa de Júpiter.

El paso del tiempo y la rutina, amén de cierta soberbia (ariete de ignorancia osada), nos han hecho perder la noción del origen divino de muchas de nuestra palabras. Pero basta otear el cielo nocturno para que aparezca en el telescopio el panteón romano y sus mitos.

De Afrodita viene «afrodisíaco»; de Venus, «venéreo», y de Eros, «erótico». Por Hércules hacemos esfuerzos «hercúleos», y por los Titanes, «titánicos». A Chronos, el dios del tiempo (no confundir con el padre de Zeus), se encomiendan los atletas que corren bajo la dictadura del «cronómetro». Y los periodistas que redactan a vuelapluma una «crónica». Y, desde luego, los médicos que diagnostican una dolencia que se «cronifica». Si la enfermedad es terminal, el facultativo pedirá la ayuda de Morfeo, el dios de la ensoñación y del opio, y administrará la dosis correspondiente de «morfina».

Ares y Fobo en su carro de guerra, escoltados por Atenea, rumbo a la guerra contra los Gigantes, la Gigantomaquia.

Los psicólogos son los que mejor saben, con permiso de poetas y mitógrafos, cuánto nos acompañan los mitos. Narciso da nombre al egoísmo patológico, así como Edipo y Electra a la fantasía del incesto. Pero quizá no sepamos, o no recordemos, que las «fobias» tienen su raíz en Fobo, hijo de Marte y auriga de su carro de guerra. Desde las nubes, Fobo esparcía el terror en las batallas.

Edipo, Narciso, Pan y Fobo dan trabajo hoy a los psicoterapeutas

Los psiquiatras atienden a personas aquejadas de ataques de «pánico». Era el miedo irracional que provocaba entre pastores y ninfas la aparición de Pan, el dios silvestre y velludo con cuernos y pezuñas de cabra, dotado de un falo bestial. Si esa verga nunca languideciera (milagro que hoy se le pide a la Viagra), el diagnóstico sería de «priapismo», por el dios eternamente cachondo, Príapo.

Aunque es verdad que, en esta área, sí podríamos darle la razón a Gaiman, pues las ninfas y los sátiros han sido quirúrgicamente sajados del repertorio clínico. Hemos sutituido «ninfomanía» y «satiriasis» por hipersexualidad, que es como cambiar la poesía por un desinfectante de retrete hospitalario.

¿Y quién no siente pánico ante la incertidumbre que nos provoca la actualidad? Vivimos en un mundo donde ir tirando se ha convertido en una «odisea» que deja la de Odiseo al nivel de una peripecia de Bob Esponja.

“Pan, dios de la Naturaleza, fecundando a una cabra”. Escultura hallada en Herculano.

Hasta la inteligencia artificial está presente en la mitología. Atenea y Prometeo modelaron con barro el primer ser humano y luego le insuflaron alma y razón. Y el feo y tullido Hefesto construía, en sus fraguas del Etna, autómatas y maquinaria inteligente. Al muy ladino lo atendían en su mansión del Olimpo las doncellas doradas, dos bellísimos robots de oro dotados de inteligencia y habla.

Ni el fútbol se libra de los mitos. Para empezar, un portero es un «cancerbero», el perro de tres cabezas que protegía las puertas del Hades. La afición del Atlético de Madrid se reúne ante la estatua de Neptuno, el dios romano del océano, cada vez que Niké, la diosa de la victoria –hoy marca deportiva–, le sonríe. Los del Madrid rinden culto a una diosa de la fecundidad, Cibeles. Lo que quizá no sepan los merengues es que sus antiquísimos adoradores se emasculaban, y por su propia mano.

A falta de los de verdad, queremos ver héroes en los estadios. Y no sabemos hasta que punto tenemos razón. Con nuestros estándares, Heracles fue un asesino de género, un delincuente ecológico y un ladrón. Teseo, matador del Minotauro, un violador. Y Aquiles un narcisista megalómano que cambiaba esclavas con Agamenón como los niños cambian cromos de fútbol; sí, todavía los fabrican, ¡y en papel! Hoy encontramos en los titulares cracks defraudadores y futbolistas acusados de violación y palizas domésticas.

El fútbol abona sus mitos con estiércol de fraudes y sexo

Apolo, delator, le cuenta a Hefesto que su esposa, Afrodita, lo engaña con Ares. “La fragua de Vulcano”, Diego Velázquez (1630).

Hasta el plátano toma su nombre de un personaje de la mitología griega, la hermana de Oto y Efialtes, los gigantes Alóadas. Estaban tan pagados de sí mismos que pensaron que, si amontonaban montañas, podrían alcanzar el Olimpo y violar a las diosas, una constante en los mitos griegos. Los mató Apolo, pero más por soberbios que por impíos. Bien es verdad que hablamos del plátano ornamental y no de la fruta, las cosas como son.

Así pues, los dioses antiguos no han muerto. Nos acompañan todos los días de nuestras vidas, como hicieron con nuestros antepasados y harán con nuestros descendientes. Los mitos son, en consecuencia y por ahora, eternos.

También nos regalan un lazo muy potente y solidario con gentes que vivieron milenios antes que nosotros. De ahí que seamos capaces de encontrar cierto alivio al darnos cuenta de que, con independencia de la época en la que nos haya tocado nacer, todos sufrimos y gozamos por las mismas cuestiones esenciales y por la contingencia de nuestro propio existir.

Un escritor que se precie no debe renunciar a los mitos

Y, aparte de alivio, nos ofrecen humildad, porque, aunque nos pese, no hemos inventado la pólvora. En plena Ilustración europea aún se debatía si los antiguos filósofos tenían mentes más poderosas que las de los ilustrados. Hoy ya no se debate ni se duda: somos los más listos, guapos y sanos de la Historia. Y punto. Pero no: los antiguos eran muy capaces de explicar la naturaleza del ser humano con mitos que, aún hoy, sirven para entendernos a nosotros y entre nosotros. Así que no, Gaiman no tiene razón.

Creo que él lo sabe, como todo escritor que se precie. Porque, para escribir, la mitología es un potentísimo arsenal de tipos y situaciones, afirmación que se extiende a la Biblia, como ya sugerí en una entrada anterior, Palabra de Dios.

¿O acaso no es Sísifo el patrón de la mayoría de los que escribimos? ¿No empujamos una bola inmensa de palabras con ánimo de llegar a la cumbre solo para ver como rueda de vuelta al desfiladero? Todo, lo inventado y lo por inventar, está en los mitos.

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