Metido en pleno Viernes Negro y ojiplático como búha de parto, así vuelvo a estas entradas que echaba de menos. A veces, no saca uno el tiempo; o las ganas.  El caso es que ando estupefacto porque acabo de enterarme de que hay colegios en España donde se hacen representaciones tontorronas del encuentro entre los peregrinos del Mayflower y los primos de Pocahontas, pero se reniega del 12 de Octubre de 1492…

No somos más tontos porque no nos entrenamos. ¡Ah, calla!, que si nos entrenamos. Ahí está el Ayuntamiento de Madrid, que como no cae agua en la capital, se ha propuesto encauzar a las masas. Y no han tenido mejor ocurrencia los Carmena’s Boys & Girls que darles sentido único ¡peatonal! a las calles aledañas a la Puerta del Sol y a Cortylandia. Como la Botella hace tres años, que tenía la Villa comida por la mierda y lo que ella quería era construir un manifestódromo, para que los manifestantes vocearan y marcharan en la dirección que a Miss Relaxing Cup of Café con Leche se le pusiera.

Las navidades marcan el entrañable reencuentro de los cuñados

Al hablar de masas dirigidas, me vienen al caletre los maratones. Lo digo porque acaban de dar el pistoletazo de salida al sindiós navideño, que tiene dos avituallamientos, las cenas de Nochebuena y Nochevieja, y la meta en cuesta, la de enero. Cuando digo «sindiós», lo hago literalmente: ¿dónde está Dios en esa fiesta de Pluto, uno de los nombres de Hades, infernal patrón de los plutócratas?

Valga este tono para anunciar que es mi intención, de aquí al 30 de diciembre —no creo que el 31 esté yo para muchas entradas—, ofrecer a mis queridos lectores una serie de tips, o claves, para dotar de munición suficiente los arsenales dialécticos de las cenas navideñas. Esfuerzo heroico el mío, de resultado seguramente pírrico, teniendo en cuenta que dichos banquetes estarán copados por los resultados de las elecciones catalanas y por el más galopante cuñadismo.

¿Quién no tiene —y más en Navidad— sus cuñaos sibaritas?

«Cuñadismo» ya estaba recogido en el diccionario como sinónimo de «nepotismo». Pero ya es oficial su segunda acepción como la tendencia a opinar sobre cualquier asunto, queriendo aparentar ser más listo que los demás. Yo añadiría «y por los santos cojones del individuo afectado». Lo propio, ni más ni menos, de las tertulias audiovisuales sensacionalistas, en las que La Sexta mantiene un vigoroso liderazgo, y de ForoCoches.com. Recojan estas claves, pues, los francotiradores, lobos aparte de la manada, que esperan agazapados a que el debate decaiga para meter baza y cuña.

¿Y por qué empiezo por el lema «sibarita»? Pues porque el que más y el que menos tiene un cuñao que se las da de tal y se lo restriega navidad tras navidad. Se le reconoce por las siguientes notas características:

  • El 24 al mediodía baja a tomar unas «cañitas» (siempre en diminutivo) con los empleados y/o compañeros a un bar donde no tengan Cruzcampo.
  • Jura que en la mesa donde él se siente esa noche no se descorchará ni una botella de cava catalán.
  • Le da un par de vueltas con el índice al llavero del BMW (aceptamos Audi y Mercedes) que se compró en el 2006, igual que Buffalo Bill Cody con su Colt 45 Pacificador. Y tan fresco…
  • Bueno, tan fresco no, que aún le faltan unos vinitos —¡Ojo!, pero «de autor»— con media de jamoncito —ibérico, si no, no— y unas chuminás pa’hacer boca y, pa’postre, unas aguas tónicas manchadas con Larios «sin mariconadas jardineras». Hay que ir calentando para la velada nocturna, y entiéndase en términos pugilísticos…
  • ¡Ah!, completa la estampa una bolsa con fruits de mer que ha comprado, en persona o en línea, en un cocedero que él tiene de mano y donde le hacen precio por volumen de compra: «Es que si no lo llevo yo…».
  • Se le puede añadir una cesta-aguinaldo, donde aún las den, claro.
  • Y,  a las siete de la tarde, ya tiene algo en lo alto de la cabeza: una chistera con lentejuelas, unos cuernos de reno o, insospechadamente, una idea, por lo general, fija.

Seguramente, eso es lo que él entiende por ser un sibarita: un aficionado al lujo y a los placeres caros y refinados,  un tío «con clase», como su menda, sin ir más lejos.

Foto de manada de la cena prenavideña de la Federación Ibérica de Cuñaos.

Igual que otras muchas del castellano, «sibarita» es una palabra ajada como una hetaira vieja y desdentada. Ha degenerado hasta el punto de convertirse en la definición de un nuevo rico fanfarrón —o con ínfulas de…—que, a las primeras de cambio, te enseña una cuenta del último restaurante de moda, con más estrellas que un capitán general. Con eso te quiere decir que ha estado allí, pero no te cuenta si lo ha pagado con su dinero o con el de algún chanchullo, es decir, con dinero tuyo y de ese y del otro de más allá.

Síbaris recibe su nombre de un cruel episodio mitológico

¿Pero de dónde viene «sibarita»? Geográficamente, etimológicamente, «humanamente y diplomáticamente», que diría san Chiquito de la Calzada, viene de Síbaris, una de las ciudades más importantes de la Magna Grecia. Los romanos llamaron así a una reunión de colonias griegas en el sur de Italia y en Sicilia que ya eran prósperas cuando Rómulo reunía una partida de forajidos en lo que un día sería la cabeza de un imperio. Tuvieron que bautizar ese territorio los romanos, porque los colonos griegos llevaron a Italia el espíritu independiente de las ciudades-estado helenas y no formaron una comunidad, sino que eran hostiles entre sí. Pero si Roma recibió su nombre de Rómulo, a Síbaris la bautizó un monstruo mitológico.

Fuente: Wikipedia.

Cerca del santuario apolíneo de Delfos, en la Fócida, se abría una gruta montañosa donde se escondía una vampira llamada Lamia, que chupaba la sangre a los niños. Lamia no nació monstruosa, sino bellísima; por eso Zeus la sedujo y la dejó preñada. Pero la rencorosa esposa del rey del Olimpo, Hera, le arrancó el crío de las entrañas y la volvió loca de dolor. Por eso se convirtió en una vampira resentida que hacía sufrir a otras madres.

Como es lógico, tenía aterrorizados a los lugareños. Para aplacarla, los sacerdotes de Apolo le ofrecían en sacrificio efebos bellísimos. Hasta que le tocó el turno al hermoso Alcioneo, quien, una buena mañana, se dirigía, desnudo, aceitado, perfumado y coronado con laurel, hacia su infausto destino. Pero un mozo mayor, Euríbato, enamorado de la víctima propiciatoria, se plantó ante la funesta comitiva sacerdotal y se ofreció a morir en lugar de su amado. Alcioneo le dio las gracias, pero declinó la oferta: «No es culpa tuya, seguramente es mía, pero es que no siento nada por ti, así que no creas que te lo agradezco» (más o menos). Hay que tener en cuenta que los guaperas de Delfos eran mucho más insoportables que el resto, pues en su ciudad se hallaba el ónfalos, u «ombligo del mundo». ¡Qué digo del mundo… del Universo!

La colonia se convirtió en un emporio de nuevos ricos, o cuñaos

Imagen idealizada de una lamia. John W. Waterhouse (1849-1917).

Arrebatado de despecho, Alcioneo echó a correr hacia la gruta y los sacerdotes apolíneos salieron en la dirección contraria con las túnicas remangadas y las canillas al aire: ¡A ver quién tenía los santos suspensorios de explicárselo a la vampira! Pero el sacrificado héroe entró en la guarida del monstruo, sacó a Lamia por el cuello, la tiró por un despeñadero y ella solita se estrelló contra unas rocas. Allí donde la chupasangres cayó, manó una fuente que los agradecidos paisanos llamaron Síbaris.

Cuando los colonos focences llegaron a Italia, llamaron así a su flamante colonia. Aunque, con rigor histórico, Síbaris fue fundada por colonos aqueos, de Acaya, y argivos, de Argólida, territorios del norte del Peloponeso. El nuevo enclave, en la orilla occidental del Golfo de Tarento, ofrecía las mejores condiciones de vida. Sus trigales y vides eran feraces; en las montañas se podían criar ovejas y cabras, mantener colmenas, cortar madera y extraer betún y plata. Pero fueron otras las causas que convirtieron aquella factoría colonial en un potosí.

Primero, los mercaderes sibaritas se hicieron con  la exclusiva de la importación de púrpura de Mileto, en Asia Menor, un tinte que se extraía de un molusco, el múrice, y que fue exclusivo de la realeza y la aristocracia. La cosecha era muy pequeña para la enorme inversión en capturas y tiempo, de ahí su coste. Una vez en Italia, se lo vendían a los etruscos, dueños del Mar Tirreno y sibaritas antes de Síbaris.

Conchas de múrice, molusco productor del tinte púrpura.

Y aquí llega la segunda causa del esplendor de la colonia aqueo-argiva. Para comerciar con los etruscos, Síbaris estableció otra colonia en la costa tirrena: Posidonia, llamada Paestum por los romanos. Los sibaritas abrieron una ruta por tierra entre su ciudad madre y la franquicia.

Así evitaban los mil y un peligros —accidentes geográficos, piratería— del Estrecho de Mesina… Y no solo ellos, sino también los mercaderes del Mediterráneo oriental que planearan alcanzar la costa occidental de la Península Itálica. En consecuencia, Síbaris y Posidonia se convirtieron en un emporio aduanero del comercio grecolatino.

Fresco del simposium, o banquete, hallado en las reuinas de Posidonia.
Los sibaritas delegaron los trabajos más pesados, o menos placenteros, en los habitantes de otras ciudades con las que comerciaban o que dominaban. Hasta el punto de que se prohibió que, en lugar tan rico, abrieran tienda los plateros, que hacían «demasiado ruido» con el tintineo de esos diminutos yunques llamados tas que, cada dos por tres, aparecen en los crucigramas.

Los enjoyados sibaritas llegaron a prohibir las platerías

No hablaremos de cuán prohibidas estaban las herrerías y las carpinterías. Ni siquiera se permitía tener gallos que despertasen a deshoras a los sibaritas. Llegó el punto en el que los alimentos los tuvieron que traer de fuera, pues les resultaba agotador ver cómo los agricultores levantaban las azadas y se limpiaban el sudor de la frente. Por lo mismo, unos canales conducían el vino desde las viñas hasta los palacetes. Palacetes que se convertían en un infierno de insomnes si un solo pétalo de los lechos de rosas en que dormían se arrugaba y se les clavaba en la piel.

Un aristócrata sibarita contrató a un afamado cocinero con la condición de que le sirviera un plato y un vino distinto a diario. Si no cumplía, lo mandaba azotar tantas veces como horas tiene el día. Y una dama sibarita se hacía servir la comida con pinzas de cigala hervidas y, por la noche, mandaban que le calentasen la cama con «calor de doncella».

Inventaron los orinales y los fichajes millonarios

También se les atribuye a los sibaritas el invento del orinal, para no tener que levantarse de sus triclinios durante los banquetes, los muy helénicos simposio; tal colmo de los caprichos civilizados y decadentes no tuvo parangón hasta que, en el siglo XVIII, el conde de Sandwich inventó los emparedados que llevan su nombre, que le excusaban de levantarse durante sus timbas.

En vez de acudir a los juegos que se celebraban por toda la Hélade, y en especial a los Olímpicos, mandaban a sus agentes a contratar a las estrellas del atletismo y a sus ojeadores a fichar promesas para organizar sus propios eventos deportivos. Para un sibarita, como en casa, en ningún sitio. Por una especie de justicia poética, fue un atleta quien destruyó Síbaris. Sepamos cómo…

Triaje de caballos en Síbaris. Ilustrador: Sean Ó’Brógáin.

Tanta riqueza y tan decadente molicie acabaron con Síbaris en el siglo VI a. C. Y todo porque los sibaritas se aficionaron a los caballos. Importaban sus manadas de Tesalia, Capadocia y Partia. Primero apartaban los ejemplares de carga y trabajo. Luego seleccionaban los animales de caza e, incluso, de pesca, pues tiraban de las redes en el Golfo de Tarento. Hoy se sigue haciendo en Bélgica, donde la pesca de camarones con caballos brabanzones tiene la calificación de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. Por último, elegían a los corceles militares.

A estos los tenían sin comer ni beber varios días. Los supervivientes eran conducidos por los mayorales hasta el agua y la comida, pero al galope; los tres primeros que no reventasen, entraban en la caballería sibarita. Los bañaban como si fueran doncellas, les cardaban las crines con peines de marfil y se las trenzaban con hilos de oro. Y, para remate, les enseñaban a bailar. Tales coreografías se convirtieron en un espectáculo famoso en todo el Mediterráneo.

Los caballos borraron a la exquisita Síbaris del mapa itálico

Un domador de caballos sibarita y su coreógrafo.

Pero, a finales del siglo VI a. C., hubo una revolución en Síbaris. Su gobierno plutocrático se convirtió en una demagogia alrededor del año 510. Según Aristóteles, esta era la forma degenerada y corrupta de la democracia, pues conducía a la tiranía de la plebe. Pues un líder plebeyo, un demagogo, se hizo con el poder y confiscó las propiedades de las quinientas familias más ricas de la ciudad-estado. Y muchos de ellos se refugiaron en la ciudad sureña de Crotona, fundada también por colonos aqueos.

La ocasión la pintan calva, pensaron los crotoniatas. Astutos como ellos solos, declararon la guerra a los sibaritas bajo el mando de una estrella deportiva de la época, Milón de Crotona, seis veces campeón de los Juegos Olímpicos, as de los Píticos, Ístmicos y Nemeos y yerno de Pitágoras al casarse con su hija, la filósofa Myia.

La caballería sibarita debía de parecerse a este escuadrón de la colonia espartana de Taras (Tarento). Ilustrador: Sean Ó’Brógáin.

Es de imaginar que los nobles de Síbaris aparecieran en batalla montados en sus caballos danzarines, pero acompañados por infantería mercenaria: hoplitas griegos, arqueros asiáticos, honderos hispanos… Porque, naturalmente, los sibaritas no combatirían a pie.

Pues bien, los crotoniatas llevaron músicos al campo de batalla, así que, cuando la caballería de Síbaris cargó, el aire se llenó de notas de flautas, címbalos y crótalos… ¿Y qué pasó? Que los caballos sibaritas rompieron a bailar, causando tal confusión en sus propias filas, que los de Crotona se encontraron con la faena —¡y menuda fue!— medio hecha.

Los vencedores desviaron el curso del río Cratis para que anegase la ciudad-estado que los colonos focenses, descendientes de Euríbato, habían ayudado a fundar. Síbaris desapareció del mapa por un pecado que llenaba el pozo más profundo del Hades, el Tártaro, con los reos de impiedad, desmesura, desproporción y soberbia: la hybris.

Lo que queda hoy de ella es una palabra a medio camino entre la admiración y algo de tedio por tanto rascanalgas fanfarrón que come y paga según lo que le cuentan en los suplementos dominicales.

Y, ahora, tú vas y lo cuentas, pero el 24 de diciembre por la noche. Verás cuánto te va a querer tu cuñao por tan completa lección etimológica e histórica. Serás la comidilla del día siguiente y de la cena de Nochevieja. Este año y los que vengan. Serás, no te quepa duda, el cuñao en lugar del cuñao

Si quieres saber algo más de la Antigua Grecia, aquí tienes un estupendo vídeo-resumen riguroso y entretenido:

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