En los agradecimientos de su novela Draco. La sombra del emperador, el novelista histórico Massimiliano Colombo tiene palabras de sincera gratitud para su editora. Le reconoce «la posibilidad de expresarme incluso con el título y la cubierta. Sé que pocos escritores gozan de semejante privilegio. Gracias, Mariagiulia». Con toda la razón. Y más si la novela es de romanos, como la suya.

Y es que, una vez que un manuscrito coge el buen camino, la identidad y las opiniones del autor se difuminan en la bruma de agentes literarios, editores, comerciales, mercadotécnicos y diseñadores, entre otras piezas de la maquinaria editorial. Solo un iluso, quizá un principiante, soñaría con influir de algún modo en determinados aspectos de su futuro libro, verbigracia, la portada.

Contando con que el propio novelista histórico domine la época elegida, sus comentarios sobre la sincronía o anacronía de la cubierta no tendrán mayor relevancia que los de un curador de lomo ibérico de Fregenal de la Sierra que pasara por allí. La consecuencia es que un buen número de portadas de novela histórica no tienen nada que ver con la época del texto. Y, sin lugar a dudas, las que más sufren ese agujero negro documental son las novelas de romanos.

Para la inmensa mayoría, entre el 21 de abril del 753 a. C. y el 476 d. C., fechas oficiales del nacimiento y de la caída de Roma, todos los legionarios, ya fuesen republicanos o imperiales, eran como los de Astérix.

Mil doscientos años de historia no se resumen en un legionario de Astérix

Pues no, los de Astérix no existieron, y menos en época de César. Por eso no debe extrañarnos el agradecimiento, desde luego sincero, de Colombo. Su novela, Draco, está ambientada en el imperio del último augusto pagano, Juliano, llamado por los cristianos El Apóstata. Juliano se vistió con la púrpura en el 360 y la empapó con su sangre tres años más tarde. Dicen que lo asesinó un cristiano de su tropa durante una escaramuza con los persas sasánidas en Asiria.

Legionario republicano de tiempos de César. Ilustrador: Peter Connolly.

Aunque pueda recordarnos a un guerrero medieval, el soldado que nos vigila desde la portada de Draco es inequívocamente romano. Que no nos engañe el casco de cuarterones, de un modelo conocido como Spangenhelm, ni la cota de escamas, conocida como lorica squamata.

Legionario romano de Goscinny y Uderzo.

Si nos mira con tanta propiedad es gracias al documentado autor, que seguramente se empeñó en que no usaran la imagen tópica de un legionario de doscientos años antes. Y su editora, Mariagiulia, le hizo caso.

El protagonista de la novela se llama Víctor y no es romano, sino franco, aunque tenga la ciudadanía. Ejerce de draconarius, es decir, de portador del estandarte tubular en forma de dragón, colorista y ululante, que las legiones copiaron de sus mortíferos enemigos dacios.

No es propiamente un legionario, sino un jinete, pues con el paso de los siglos, la caballería fue más necesaria para Roma que sus infantes. Podemos ver a uno de ellos en la portada inaugural de Desperta ferro, revista de historia militar que recomiendo para quienes se inicien en la novela histórica. Lo escolta un bucelario con una espada larga al hombro, la spatha. Con toda seguridad, se trata de un bárbaro a sueldo de Roma.

Las hazañas de los soldados romanos del Bajo Imperio recuerdan a las leyendas de Arturo, según Robert Graves

Los bucelarios eran guardaespaldas a costa de los jefes militares del Bajo Imperio. Su nombre proviene de la galleta castrense romana, la bucellatum, base del alimento de los legionarios. Era una masa de harina de trigo horneada varias veces hasta deshidratarla. De ese modo se conservaba más tiempo, aunque luego había que remojarla para poder hincarle el diente. Los bucelarios, que sobrevivieron en la Spania visigoda, eran, pues, «los que recibían la galleta», es decir, los que eran mantenidos a cambio de sus servicios de protección y su lealtad.

Desperta Ferro, nº 1. Ilustrador: Dionisio Álvarez Cueto.

El otro personaje, vestido de blanco y escarlata, es, justamente, el contratante de un bucelario, un magister militum («patrón de soldados»), nombre que se daba a los altos mandos militares en el Bajo Imperio. Lleva un bastón de mando rematado en un crismón, el anagrama del nombre de Cristo en griego. Se toca con un bonete panonio, originario de la Panonia, región de la Europa Central que hoy se corresponde, sobre todo, con Hungría.

Hay casi seis siglos de diferencia entre el legionario de César que se apoya en su scutum y pelea siempre a pie y los tres caballeros a punto de vadear un río. Estos últimos son del siglo V y parecen ya personajes de una mesnada medieval. En una de sus novelas históricas, Robert Graves habla así del general Belisario (499-565), que actuó bajo las órdenes de Justiniano:

Un comandante cristiano de caballeros con cota de malla, casi todos de origen bárbaro, cuyas proezas individuales rivalizaban con las de los héroes del rey Arturo.

La novela se titula, con toda la intención, El conde Belisario. El título de conde, con todas sus resonancias medievales, proviene de una palabra latina, comes, que se puede traducir como «camarada». Eran llamados así los más cercanos a un emperador. Fue Constantino I el que dio rango oficial a ese título palaciego. A partir de ahí, los condes romanos asumieron funciones militares y administrativas.

La panoplia romana demuestra que Europa no se acostó romana una noche y se levantó medieval al alba

Siempre que les conviniera, los romanos adoptaban el armamento y los modos bélicos de otros pueblos para su legiones; y los adaptaban. Con la presión bárbara y las dificultades para controlar sus extensas fronteras, tuvieron que habilitar cuerpos con mayor movilidad que una legión. Eso se tradujo en caballería ligera con jabalinas, arcos y espadas más largas, en una combinación de influencias germanas y orientales.

Además, los ciudadanos romanos ya no estaban por empuñar un arma, así que muchos bárbaros, con sus armas y costumbres, se enrolaron a cambio de la ciudadanía y sus ventajas, que podían llegar al infinito y más allá, tal y como cuento en una entrada anterior: Brexitus, el tatarabuelo romano del Brexit.

El último emperador pagano fue coronado como un jefe bárbaro

Desperta Ferro, nº 29. Ilustrador: Radu Oltean

En otra portada de Desperta ferro (Nº 29/Historia Antigua y Medieval) somos testigos de la coronación en Lutecia de Juliano, plagada de modos germánicos. El emperador es proclamado sobre un escudo, como Abraracúrcix en los tebeos de Astérix (aquí sí fue riguroso el guionista Goscinny).

Otra muestra es la corona improvisada: al no encontrar una, usaron una torques céltica de un legionario petulante. No lo califico así porque fuese presuntuoso, sino por ser oriundo de esa tribu norteña y pertenecer a la unidad militar que los acogía.

Todo esto nos lleva a una conclusión: mil doscientos años de historia dan para mucho. Y nos indica que Europa no se acostó romana una noche y se levantó medieval al día siguiente. Como Roma, el Medievo no se construyó en un día.

En fin, que quienes defendieron Roma no llevaron siempre los arreos de los legionarios del Ben-Hur de William Wyler o de la serie Hispania. En ambos casos, el asesor histórico se lo llevó tan muerto como la misma Roma de los césares.

Continuará…

[Esta entrada es una versión más amplia de un artículo del autor en la revista literaria digital Capítulo 1]

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