Periodista y guionista. Y escritor. Por separado porque no es lo mismo. De lo primero se vive; para lo segundo, se vive. He vivido de Globomedia y de Antena 3 Radio; de Grundy y de Radio Nacional; de Big Bang y de Diario 16; de Four Luck Banana y de El Mundo… Y vivo para crear historias que me creo.

Periodistas y guionistas son escaladores, gente de superficie y más allá. Buscan los ocho miles de las audiencias y, si cuadra, cierta fama, al menos entre los suyos. Pero el escritor, al menos este escritor, es minero. En coherencia, tendría que decir «espeleólogo», pero es que el escritor cava y construye su propia vía dentro de sí, con el riesgo de que alguna galería se le venga encima.

Periodistas, guionistas y escritores son narcisistas. Los primeros se adoran en el espejo de una pantalla o de una primera plana y en el eco de unos auriculares. El escritor, al menos este, cava que te cava en busca del manantial donde contemplar, por fin, su verdadero rostro.

A periodistas, guionistas y escritores les duele escribir. Pero a unos por llegar a sus audiencias y al otro, al menos a este, por no llegar al corazón de sí mismo. Aprendí muy pronto que escribir duele. Cuántas cartas con letrita redonda y perfecta, y con mucho cariño y algo de miedo, les mandé a los Reyes Magos. Debieron de ir todas a sus reales papeleras: tuve mi primera bicicleta a los quince años. Heredada.

Ahora, al entrar en una edad en la que añoro las quimeras infantiles, aunque dolieran, y repudio las certezas adultas porque duelen, vuelvo a escribir pidiendo un regalo. Será porque estoy más hecho al dolor. O porque ahora me importan más las cartas que los reyes.