Hace ya unos días, al colega escritor Jandro Feito le nació hablar bien de mi eBook En un maldito lugar de la Mancha. Y fue y lo contó en su página de Facebook. Y, entonces, uno de sus corresponsales va y sentencia: «Yo es que, si no hay papel, no hay novela». ¡¡¡Toma del frasco, Carrasco!!! ¡¡¡Y vuelve por otra, que tengo más de ese calibre!!! ¡¡¡Y ojito conmigo en las cenas de Nochebuena, que no dejo títere con cabeza ni santo en la peana!!! Y yo, que me ardían las yemas de los dedos de pura rabia de autor incomprendido, me las tuve que meter en la boca, las diez, y mordérmelas para no responder. Pero como tengo una web y un blog en la web, pues respondo y me quedo tan suave.

El dios Thot, inventor de la escritura.

Cuando Aquiles todavía hacía más guardias que el palo del estandarte, un emprendedor, dicen que de Pérgamo, inventó el pergamino. Los escribas y los fabricantes de papiros egipcios sonrieron con suficiencia y se pusieron de perfil, como despreciando la novedad, pero con un ojo puesto en ella, no fuera a ser. Y fue. El incómodo y frágil soporte vegetal cedió a las resistentes hojas de piel de ternera: «¡Por el afilado pico de Thot, no lo vimos venir!» Claro, si estabais de perfil. Del malo, además.

Cuando, mediado el siglo XV, Gutenberg empezó a prensar tipos entintados y a manchar con ellos pliegos y pliegos de papel, alguien empezó a vender libros más rápido. Y a más villanos, que es lo que importa. Lutero, con las prisas, se olvidó de canonizar a quien le regaló la herramienta con la que divulgar su Reforma y llevar más biblias vernáculas a más villanos.

Arriba digo «alguien» porque Gutenberg no vendió más libros ni se hizo rico. Pero algunos de los que vinieron detrás sí. Por ejemplo, Juan de la Cuesta, el impresor de Cervantes y del muy rentable Lope de Vega. De la Cuesta sí juntó maravedíes, más que Cervantes, por cierto.

¡Apocalipsis, los siervos de Dios escribimos a mano!

El caso es que, en el momento en el que Gutenberg publicó su primer volumen, los monjes elitistas de los scriptoria, abocados al desahucio histórico, aullaron: «¡Fin del mundo, Apocalipsis, Armagedón! ¡Los siervos de Dios escribimos a mano!». Y más cosas que harían a mano aquellos pobres frailes enclaustrados, pero ese no es el tema.

¡Santa Mierda, Shakespeare escribía con pluma, hereje!

En 1827, el rumano Petrache Poenaru inventó la primera estilográfica. Y hubo nuevos aullidos y alarmas. Los mostachudos guardianes de la cultura clamaron: «Holy shit! Shakespeare wrote with swan feathers!». Aunque, la verdad, creo que usaban más las de oca que las de cisne. Y añadieron: «Ese invento de lo más obsceno es propio de contables». Y Dickens enalteció a los pobres contables. Lee (o relee) Un cuento de Navidad.

Busto de Shakespeare. Holy Trinity Church (Stratford-upon-Avon).

Cuando, en 1873, la empresa norteamericana Remington empezó a producir la primera máquina de escribir con éxito comercial, los estilógrafos despuntaron, de pura rabia, sus plumines: «¡Sacrebleau! C’est la merd. ¡Qué falta de estilo (gráfica)!».

En 1962, Olivetti creó el Programma 101, que luego plagiaría Hewlett Packard. Fue la abuela de todas las computadoras de escritorio. Y, claro, los mitómanos de la mecanografía sintieron un escalofrío: «¡Por las teclas de la Underwood de San Ernesto Hemingway! Los callos de mis yemas son sagrados… ¡Malditos modernos!».

Así que cuando, en 2017, un irreductible te dice por Facebook, Twitter o Whatsapp que no se baja tu eBook de Amazon porque «yo soy más de papel», das gracias por lo poco que sabes de la historia de la escritura. Y de Historia en general.

¿Papel o eBook? ¿Herramienta o función?

Porque si las opiniones puristas del escriba egipcio, del monje medieval, del plumilla decimonónico, del mecanógrafo de postguerra y del diletante contemporáneo hubieran prevalecido, yo aún estaría pisando barro y paja en un secarral de Mesopotamia para hacerme mis tablillas de arcilla. Y eso sí que sería autopublicación.

P.D.: Y cuanto mayor el lector, más reacio, oye. Con lo bueno que es el eBook para la presbicia y para consultar allí mismo cualquier duda. Pasa lo mismo con los semáforos, a más pellejo, menos caso les hace el peatón…

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