Peripecias

Hace unos días andaba yo zapeando y colisioné con el péplum Troya.  Menos mal que no conduzco por las comarcales del cine histórico sin mi airbag documental, porque chatarras de ese calibre se te llevan por delante sin mirar atrás. Lo más extraordinario de la película es, a mi parecer, que los guionistas no maten a Sean Bean. Su agente anduvo listo y le consiguió el papel de Odiseo, que no muere ni en la Ilíada ni en la Odisea, aunque no le falten ocasiones. Al fin y al cabo, es lo que tiene ser un juguete de los dioses. El caso es que me sirvió de inspiración —nunca sabe uno dónde se emboscan las musas— para contarte que el yelmo pseudocorintio de Brad Pitt en la peli de Wolfgang Petersen está más fuera de lugar que una cita de Sócrates en Instagram.

Brad «Aquiles» Pitt con el casco de Magneto y mirada «acero azul» a punto de arrancarle la armadura a Héctor.

Se calcula que, balazo arriba, puñalada abajo, el bueno de Sean Bean ha muerto unas veinticinco veces en la ficción, incluyendo animaciones como Final Fantasy. En su estreno cinematográfico, en 1986, interpretó a Ranuccio, amante del pintor Caravaggio, que lo degüella. De las siguientes, sus muertes más famosas son las de Alec Trevelyan en Goldeneye, la de Boromir en El señor de los anillos y, desde luego, la de Ned Stark en Juego de tronos. Aun así, está muy lejos del récord de Danny Trejo: hasta enero de 2020, el chicano ha muerto sesenta y cinco veces.

Sean Bean en Troya: What the Hades is going on? I'm alive! Clic para tuitear

Va para dos años que la pizza napolitana recibió la declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Con tres milenios de historia encima, ya iba siendo hora. ¿Que te parece exagerado lo de los «tres milenios»? Bueno, vamos a verlo…

De las cenizas de Ilión nació, como un ave fénix de las pajareras de Venus, el Imperio Romano. Así lo creía Virgilio; bueno, creerlo, lo que se dice creerlo, igual no lo creía. Al fin y al cabo, era un adulto culto e inteligente, aunque una cosa no vaya siempre con las otras.

¿Fueron refugiados troyanos los que llevaron la pizza a Italia? Clic para tuitear

Nada menos que tres kilos de bronce cargaba sobre los hombros la peor jaqueca de Zeus. Y como si nada. A la diosa que nació del cráneo abierto de su padre no le quedaba otra que tener buena cabeza, claro. Buena por fuera, porque era de una belleza majestuosa, aunque severa. Y, desde luego, magnífica por dentro. No en vano era la diosa de la inteligencia, representada, como ya te conté en dos entradas anteriores, por el mochuelo de ojos despiertos.

Por eso Brad Pitt no luce un auténtico casco corintio en Troya, porque no le veríamos su cara bonita. Clic para tuitear

Madame D’Aulnoy  (1651 -1705) fue una cuentista francesa: Cuentos de hadas y Nuevos cuentos de hadas a la moda. Pero escribió una fantasía insuperable: Recuerdos de la Corte de España, que bien pudo inventar sin pisar la Península. Hace tiempo hablé de ella en un blog que yo tenía y hubo quien pensó que también les estaba contando una fábula. Muchas gracias, para un escritor es todo un halago. También la menciono en mi ensayo Brexit con puñetas (Ingleses por España en tiempos de Maricastaña). El caso es que los cuentos de esta madama nos llevarán hasta detalles insospechados en Las meninasLas hilanderas.

¿Qué menina de Velázquez era la camella de la infanta? Clic para tuitear

Una de las leyendas mitológicas que cuento en mi último libro —¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario)— la protagonizan Apolo y Jacinto. En esa misma entrada cito también la de Hermes y Croco, un cuento mitológico tardío, quizá del período clásico, sino del helenístico. Asocié ambas leyendas, con tintes de fábula con moraleja, porque son muy parecidas. Ambas dan como resultado el nacimiento de una flor. En el caso de Febo y su erómeno, hablamos del martagón o lirio llorón. Pero, hoy, la que nos interesa es la del azafrán, fruto del amor y la tragedia.

El origen del azafrán es un efebo más bonico que las pesetas Clic para tuitear

Reconozco que tiendo a la misantropía. Para que nadie se sienta discriminado, señalaré que ese odio mío, que no me lleva más allá de ser un cascarrabias, incluye la misoginia: «de martes a martes, hay gente odiosa en todas partes». Por eso no tengo mucha actividad (ni éxito) en las redes sociales. Pero días atrás rompí mi aislamiento al publicar una entrada de este blog en un grupo de Facebook, «Grecia clásica y helenística». Dado mi temperamento, me previne: «¿para qué te emberenjenas?, ¿qué necesidad?». Y casi acerté. La cosa fue así…

¿Qué hace un heterosexual hablando de ideología de género?

¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario), mi última obra, debo agradecérsela a la conservadora de la Art Gallery de Manchester, Clare Cannaway. A principios de 2018, descolgó un cuadro para denunciar la «cosificación» de la mujer en el arte. Se trata de Hilas y las ninfas, una pintura prerrafaelita con siete náyades en top less.

«José Juan Picos se adentra en el mundo de la sexualidad en la mitología griega con un exquisito gusto y un bisturí muy afilado para que nada se nos quede en el tintero». Carmen Moreno, escritora y editora Clic para tuitear

En 1802, Lord y Lady Holland acordaron que la delicada salud de su hijo Charles, de seis años, merecía un clima más soleado que el inglés. Dicho y hecho: el 7 de noviembre de aquel año entraron en España por La Junquera. En los veinticuatro meses siguientes recorrieron la costa mediterránea hasta Cádiz. Luego subieron por Sevilla y Córdoba a Madrid y, de allí, a Valladolid y Burgos.

Elizabeth Vasall Fox era hija de un acaudalado plantador jamaicano y fue una mujer de armas tomar, desenvuelta, mundana y culta. Uno de sus muchos amantes fue su segundo esposo, el político liberal Henry Vasall Fox, Lord Holland.

Los nobles españoles de tiempos de Carlos III tiraban el palacio por la ventana a la hora de la merienda. Y eso escandalizaba a los viajeros europeos. En Europa estaban a punto de aparecer los primeros restaurantes tal y como hoy los conocemos hoy. La culpa era de las guillotinas: los cocineros de la aristocracia se habían quedado sin trabajo, así que de algo tendrían que vivir. Pero, en la España del siglo XVIII, lo que triunfaban eran las meriendas como Dios mandaba, meriendas-cena-parranda.