Peripecias

Claro, que sí, tras desmenuzar los resultados de las elecciones catalanas y recordar, en referencia al Campeonato de Invierno, que la Liga «no es como empieza, sino como acaba», todo cuñao que se precie soltará en plena cena de Nochebuena una catilinaria contra la pizza y una apología de la tortilla de patatas. Con todo el histrionismo que pueda y le dejen, plañirá amargamente contra la Declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que acaba de recibir el plato italiano y rematará, con palabras de su padre, que seguimos yendo de quijotes por el mundo adelante: «¡Y así nos luce el pelo!».

«¡Donde esté la tortilla española!», sentenciará todo cuñao que se precie

Dicho esto, y amagando un gallo de patriotera indignación, con un langostino aún acorazado en la diestra y una copa de Rioja de borde grasiento en la siniestra, soltará aquella consigna tantos veinticuatro repetida: «¡Con lo a gusto que estaría yo hoy cenando una tortillita con un poquito de embutido!». Y tan ancho y santas pascuas.

Lo que acaba de hacer la Unesco va a traer cola en los convites navideños españoles. Casi tanta como la astracanada independentista y los apuros del Madrid de Zidane. ¿Que no?, ¡vaya! Ignoran esos señores el alcance de la que han liao. Y es que, para remate, han reconocido no solo la receta, sino también «el arte tradicional de los pizzeros napolitanos»… ¿¡Napolitanos!?, ¡¡¡pero si esos son todos de la Camorra!!! ¡Hala!, más munición para los arsenales cuñadistas.

Suerte que aquí estoy yo para ofrecerte lo que, dada la cuestión, puede que no pase de un cargador de balas de fogueo. En todo caso, me ha parecido de lo más oportuno continuar de este modo la serie de tips para sobrevivir a los cuñados que inauguré hace un par de semanas. Aprovecho que ya publiqué en otro blog una entrada sobre la verdadera historia de la pizza y, muy ladinamente, aquí la dejo. La titulé «¿Tarda la pizza? Vendrá de Troya»…

Metido en pleno Viernes Negro y ojiplático como búha de parto, así vuelvo a estas entradas que echaba de menos. A veces, no saca uno el tiempo; o las ganas.  El caso es que ando estupefacto porque acabo de enterarme de que hay colegios en España donde se hacen representaciones tontorronas del encuentro entre los peregrinos del Mayflower y los primos de Pocahontas, pero se reniega del 12 de Octubre de 1492…

No somos más tontos porque no nos entrenamos. ¡Ah, calla!, que si nos entrenamos. Ahí está el Ayuntamiento de Madrid, que como no cae agua en la capital, se ha propuesto encauzar a las masas. Y no han tenido mejor ocurrencia los Carmena’s Boys & Girls que darles sentido único ¡peatonal! a las calles aledañas a la Puerta del Sol y a Cortylandia. Como la Botella hace tres años, que tenía la Villa comida por la mierda y lo que ella quería era construir un manifestódromo, para que los manifestantes vocearan y marcharan en la dirección que a Miss Relaxing Cup of Café con Leche se le pusiera.

Las navidades marcan el entrañable reencuentro de los cuñados

Al hablar de masas dirigidas, me vienen al caletre los maratones. Lo digo porque acaban de dar el pistoletazo de salida al sindiós navideño, que tiene dos avituallamientos, las cenas de Nochebuena y Nochevieja, y la meta en cuesta, la de enero. Cuando digo «sindiós», lo hago literalmente: ¿dónde está Dios en esa fiesta de Pluto, uno de los nombres de Hades, infernal patrón de los plutócratas?

Hace un mes publiqué un artículo en este blog sobre lo poco rigurosas que pueden ser las portadas de las novelas históricas. Sobre todo las de romanos. E ilustré tal afirmación con una excepción notable. El novelista italiano Massimiliano Colombo, autor de Draco. La sombra del emperador, le agradecía a su editora que hubiese respetado sus opiniones, llenas de rigor, sobre la cubierta del libro. No es arriesgado considerar tal caso como una excepción. La norma es que muchas portadas inspiradas en Roma estén mal, o muy mal, documentadas. Es decir, que sean anacrónicas. Y a las pruebas me remito…

En los agradecimientos de su novela Draco. La sombra del emperador, el novelista histórico Massimiliano Colombo tiene palabras de sincera gratitud para su editora. Le reconoce «la posibilidad de expresarme incluso con el título y la cubierta. Sé que pocos escritores gozan de semejante privilegio. Gracias, Mariagiulia». Con toda la razón. Y más si la novela es de romanos, como la suya.

Se oye mucho en estos días mezquinos. Es lo que se llama nadar y guardar la ropa; o poner una vela a Dios y un ascua a Satanás; o donde dije digo, digo Diego, por si las moscas, que las hay por enjambres, dado el albañal en el que andamos metidos. Pero el titular de esta entrada no va de eso. Va de apropiación indebida. Y de citas. Me explico…

No son minoría los que han empuñado sentencias de insignes cadáveres para justificar sus acciones o su pasividad. Pero lo indebido no es que citen a personajes célebres para justificar el , el No o el Ni contigo ni sin ti. Es que esas citas nunca salieron de boca de esos pobres difuntos célebres que no pueden decir esta boca es mía. O peor: no las dijeron con la intención con que las cogen al vuelo tirios y troyanos.

Citar es un ejercicio de rigor, que en ocasiones agota, como he tenido ocasión de comprobar en mi último ensayo, Brexit con puñetas. Y ese rigor empieza a fallar, gracias a Internet, entre los propios periodistas. Es una paradoja de estos tiempos en los que un dato está a un clic de nosotros, de nuestros textos y, en consecuencia, de la confianza de los lectores.

El rigor al citar escasea entre los periodistas más prestigiosos

Empiezo con Carles Francino y un editorial (masculino: «artículo editorial»; femenino: «empresa que edita») de su programa del día 26 de los corrientes en la SER. Se trata de una loa a los equidistantes que, sin embargo, toma partido desde el momento en que compara con la misma alegría sedición y ejercicio de la ley.

Esta semana han coincidido un par de hechos sin aparente relación. El cuento de la criada ha recibido cinco Emmys y los protestantes celebran el medio milenio de la Reforma, el cisma de Lutero con la Biblia como estandarte. Claro, digo «aparente» porque sí la tienen, a mi modo de ver. Y, a su vez, ambos hechos se relacionan con una entrada anterior de este blog: Palabra de Dios: a vueltas con la Biblia. Decía en ella, y digo, que los escritores descreídos no debemos renunciar al conocimiento de la Biblia. Como todo relato mitológico, es un arsenal de arquetipos y situaciones que nos ayudan a explicar y a explicarnos.

Tras los Emmys, todos arriman el ascua a su sardina ideológica

El cuento de la criada, antes que serie, fue novela corta. La escribió la canadiense Margaret Atwood y se publicó en 1985. No he visto la serie, pero he leído la novela. Me sorprendió la idea y me aburrió el desarrollo. Durante estos días han escrito mucho sobre su oportunidad: patriarcado, lesbianismo, fundamentalismo, vientres de alquiler, hipervigilancia, el presidente de color zanahoria y boquita de pitiminí… Cada cual ha llevado el ascua a su sardina ideológica. Y más con cinco Emmys.

«Todo está en los libros» fue un estribillo de mi adolescencia. Era la banda sonora de un programa televisivo sobre literatura. «Televisión literaria»… parece un oxímoron, ¿verdad? Como «hielo ardiente» o el ya tópico «inteligencia militar». Bueno, así fuimos una vez, y aún no sé si para mejor o para peor. La música de aquel bordón era de Luis Eduardo Aute, la cantilena de Jesús Munárriz y la interpretación de Vainica Doble. Pues aquel sonsonete que nunca he olvidado inspira hoy el título de esta entrada: «Todo está en los mitos».

Cada día de la semana honramos a los viejos dioses

Lo digo porque no creo que Neil Gaiman tenga razón. Es decir, no creo que los dioses antiguos y sus mitos hayan muerto. Ni siquiera le cabe al inglés el honor de tal exclusiva. Cuenta Plutarco que, en tiempos de Tiberio, el capitán de un barco griego oyó una voz que le decía: «¡El Gran Pan ha muerto!». Y que todos los que supieron de ese anuncio atroz perdieron la alegría de vivir y el lazo con la Naturaleza. Es decir, nos hicimos más humanos…

Aún se te quedan los píxeles pegados en los dedos de lo fresquita que está Capítulo 1, una flamante revista digital a disposición de quienes nos dedicamos a escribir, aunque no vivamos de ello, pero sí para ello (o casi, que tampoco hay que dramatizar ni ponerse talibán ni júligan, que hasta aquí los hay). Capítulo 1 es una revista para escritores con el sano objetivo de que los escritores nos leamos un poco los unos a los otros, que no te creas tú que lo hacemos mucho: «No, yo es que solo leo a los clásicos, ya sabes, los que ya estaban criando malvas cuando nací yo». Ya…

Porque escribir es toda una aventura (¿qué os voy a contar?)

Capítulo 1 es un nuevo proyecto de Víctor J. Sanz (¿cuántos van ya?), al que algunos seguramente conoceréis por la editorial Scribere y la revista que llevaba el mismo nombre; y, si no, puede que hayáis seguido alguno de sus cursos en la Escuela de Formación de Escritores (EFE). ¿Que no? Bueno, pues yo os lo presento a él y él os presenta el número 1 de la revista…

Nunca había visto tan alterado al Dr. Espinosa. Él solito parecía una bandada de dragones a punto de escupir fuego. Era la tercera vez que se le quedaba el café a medio camino de los labios, tensos como los invitados al bautizo de un gremlin. Tenía el pulso tan alterado que ya había más café en el platillo y sobre la mesa de mármol que en la propia taza. De haber fumado, habría encendido un cigarrillo sin importarle prohibiciones ni opiniones.

Cualquiera que se hubiese fijado en nosotros, y no era difícil que el airado criptozoólogo pasara desapercibido, se habría apiadado de mí por soportar a semejante orate. O, precisamente, habría sentenciado que el loco era yo por aguantar sus desaforados ademanes y sus vivas voces, en un tris de ser aullidos.

Cada vez que volvía a posar la taza, me pasaba por delante de las narices una carta. Se la había remitido la secretaria de presidencia (ni siquiera el presidente) de la Sociedad Ibérica de Criptozoología, sita en Teruel. Tener la sede de la SIC en la discreta ciudad aragonesa es como esconder un cadáver en la segunda página de Google… Nadie mira.

Este artículo va de nombrar la soga en casa del ahorcado. La soga se llama Titivillus, o también Tutivillus. Suena a autor latino de poco renombre, pero es un habitante del Averno, un subalterno de los grandes duques infernales. Sí, Titivilo es un demonio. Y, si escribes, el más temible. Yo escribo, y sí tengo miedo…

Si escribes, Tutivillus colmará de cagaditas tus páginas

El primero que se atrevió a invocar a tal demonio fue un teólogo franciscano. Se llamaba Juan de Gales y enseñó en Oxford y París en la Baja Edad Media. En 1285, el fraile lo maldijo en su Tratado de penitencia, que no fue dado a imprenta, sino a scriptorium.