Peripecias

En rigor, estos corceles serían mascotas semidivinas, pues Aquiles era un semidiós. Su madre, Tetis, era una diosa oceánica, pero su padre, Peleo, era mortal. En origen, eso significaba «héroe». Y lo explica Platón en su diálogo Crátilo: «Todos han nacido del amor de un dios por una mortal o de un mortal por una diosa». Del segundo caso tenemos al propio Aquiles y a Eneas, fruto de los amores de Afrodita y Anquises. Del primero, a Hércules, hijo de Zeus y Alcmena, y a Rómulo y Remo, consecuencia de un sueño erótico de Rea Silvia con Marte.

Aunque tengamos al héroe por un dechado de virtudes, los griegos podían ser auténticos psicópatas. Heracles fue un asesino, un ladrón y un violador, amén de delincuente ecológico. Y eso por su «mala gestión de la ira». Sus doce trabajos fueron una purga por sus anteriores crímenes, a los que sumó delitos nuevos.

Aunque tengamos a los héroes por dechados de virtudes, los griegos podían ser auténticos psicópatas. Clic para tuitear

Hoy vamos a conocer el extreme, pero muy extreme, make over del pavo real. Porque el ave que simboliza la vanidad no siempre fue tan bella. Nos ayudará en esta misión una vaca, la enésima muesca en el cabecero de Júpiter, para escarnio y furia de la romana Juno, llamada Hera por los griegos.

Hera fue la primera dama del Olimpo como esposa —y hermana— del Tonante, señor del trueno y el rayo. Alumbró a la juvenil Hebe, al marcial Ares y a la partera Ilitía. Protegía el matrimonio y la fidelidad conyugal; quizá porque su esposo fue un adúltero de proporciones olímpicas. Lo puedes comprobar en esta entrada dedicada a Mística. De ahí que Juno, despechada, pariese a Hefesto por partenogénesis. Con tales antecedentes, no te extrañe que a menudo la pinten como celosa y vengativa. Verbigracia, Homero en la Ilíada. Los troyanos sufrieron sus celos por culpa de otro despecho, el que le provocó el desprecio de Paris en favor de Afrodita.

¿Y qué tienen que ver una hermosa vaca y un vulgar pavo real?

Lo cierto es que sí tenía más que decir sobre Atenea y su mochuelo, además de lo dicho en la entrada anterior a esta. Malas traducciones aparte, que la lechuza suplantase al mochuelo como mascota divina es culpa de una leyenda. Una cruel, como casi todas las mitológicas. En lo que viene hay violaciones, incestos, impiedades, castigos olímpicos y crueldad animal. Quedan avisados los pusilánimes y timoratos.

Atenea cargó con el mochuelo. Ni búho ni lechuza. Un mochuelo, Athene noctua, fue la elegida por la diosa de la inteligencia entre infinidad de mascotas divinas. La futura Minerva también les regaló el olivo a los atenienses, con lo que cada mochuelo se pudo ir al suyo desde los tiempos de Homero.

Vamos a conocer a las mascotas de dioses y héroes

Inauguro así, con una invocación a Palas Atenea, una larga —espero— serie mitológica. No insistiré en mi querencia por los mitos grecorromanos y judeocristianos, que ya dejé clara en entradas anteriores. Pero sí explicaré que lo que viene es un repaso semanal a los mejores amigos de los dioses, sus divinas mascotas. Algunas, todo hay que decirlo, de lo más infernales, pero aun así divinas.

Si uno va a escribir una novela histórica sobre Grecia o Roma, es impepinable conocer a sus dioses respectivos, que son como hermanos mellizos. Es más, si uno va a escribir, de lo que sea, debería conocer la mitología. Cada vez que un escritor afirma que no necesita los mitos, muere una ninfa en un manantial. Menos mal que otros las resucitamos con nuestra fe y el inestimable auxilio del médico del Olimpo, Peán. Sin olvidar la complicidad de algunos personajes de la cultura contemporánea como Mística.

Porque hasta los guionistas de Marvel respetan a los dioses antiguos. Ahí están Namor y Aquaman, trasuntos de Poseidón; o el marido de la Pataky, Thor; o nombres como Cíclope, uno de los miembros originales de la Patrulla X (o, para que no se nos vea la edad, X-Men).

Un juez mete en la cárcel a un rapero rabioso y lo enaltece como mártir de la libertad; ARCO retira un cuadro que llama «presos políticos» a unos presuntos delincuentes y le regala al autor un precio que la obra no vale; un alcalde consigue que otro juez secuestre un libro por decir lo que todo el mundo sabe en Galicia, que no habría cárteles de la droga sin complicidad política y social, y coloca al autor en el número 1 de Amazon; la conservadora de un museo descuelga un cuadro por si le provoca urticaria al feminismo amazónico y, de repente, nos enteramos de que en Manchester, aparte de dos entrenadores que se odian, tienen museos; las autoridades educativas de lugares perdidos de los EE.UU. retiran Las aventuras de Huckleberry FinnMatar a un ruiseñor por si a Oprah Winfrey le molesta y confirmamos que Trump no ganó las elecciones, sino que las perdió la izquierda pija que no gana para tanto papelillo de fumar con que cogérsela.

¿En qué se basan los guionistas y dibujantes de Marvel para crear sus personajes, desde Magneto al Capitán América? ¿Cuáles son los manantiales en los que bebe su imaginación? ¿A qué musa claman en lo más desértico de su peregrinaje creativo? ¡Hombre!, me encanta que me haga usted esa pregunta porque, mire por dónde, me sé la respuesta.

El Capitán América es un insospechado rompecabezas histórico

Como hacemos todos los que imaginamos, los guionistas y dibujantes de Marvel también beben en las fuentes del monte Helicón, hogar de las Musas, muy cercano al Monte Parnaso, para que todo quede en casa. Solo que una veces llaman a esta musa y otras a aquella, pero no a todas en pelotón, pues, como artistas, las nueve son insoportables en cuadrilla. En el caso que nos ocupa, la elegida fue, seguramente, Clío, la musa de la historia y de la poesía heroica.

A la derecha la podemos ver en un fragmento de una de las obras más conocidas del pintor neerlandés Johannes Vermeer, «El arte de la pintura» (c. 1666). La hija del autor, María, posa con los atributos de la hija de Zeus y Mnemósine, diosa de la memoria: la corona de laurel, la trompeta de la Fama y un libro del historiador Tucídides. Y, dicho esto, pasemos a lo que íbamos…

Inauguraremos esta serie —«Eso lo he visto antes»— con un superhéroe que lleva la historia en su mismo nombre, en el uniforme y en su fecha de creación, pues fue un recurso propagandístico norteamericano en plena Segunda Guerra Mundial: el Capitán América. Cuando Joe Simon y Jack Kirby lo crearon en 1941, hicieron una síntesis documental que aquí vamos a analizar históricamente. Ellos agregaron y yo, como un forense, despiezaré. Empecemos por la cabeza.

Esta semana me han tildado de «indocumentado». ¡Será por carnés! Llevo en el bolso el de identidad, el de conducir y cinco de bibliotecas estatales, diputacionales y municipales. ¿Cómo?, ¿que si uso bolso? ¡Pues claro! Ni mochila ni  morral, ni riñonera ni mariconera: b-o-l-s-o. ¿Dónde, si no, iba a meter tanto carné, la cartera, el monedero surfero, las gafas de presbicia, el bloc de notas, el móvil, el plumier, un par de libros y lo que se tercie? Uno madura cuando, por fin, pone la comodidad y el pragmatismo por delante de los prejuicios.

¿Cuánto hay de Farenheit 451 en la retirada del cuadro de Hylas?

Mono mi bolso, ¿eh?

La culpa de tamaño baldón profesional —«indocumentado»— es del dichoso cuadro de Waterhouse. No, pobrecito, él es tan víctima como yo. La culpa la tiene el feminismo amazónico (por las míticas guerreras misántropas, no por el río). Y es que a quienes hemos visto más de Farenheit 451 que de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la retirada de un cuadro con desnudos, eso ha sido lo más leve que las seguidoras de #MeToo nos han llamado. «Bueno, ¿y qué esperabas?», podría preguntarme a mí mismo: varón, caucásico, heterosexual, «polla vieja», español, europeo y rendido admirador de la orgía de talento e ingenio que son todos y cada uno de los cuentos de Guy de Maupassant, muy susceptibles de acabar en la lista de obras prohibidas de Oprah Winfrey. Eres un sospechoso habitual te pongas como te pongas.

Recapitulo para los afortunados ignorantes de la rabiosa actualidad. Una obra del prerrafaleita John William Waterhouse, Hilas y las ninfas (1896), ha sido descolgada de su pared en la Manchester Art Gallery para animar al debate sobre la «cosificación» de la mujer. Resulta que se dieron cuenta de que a las náyades se les veían las tetas. No todas, las cosas como son; siete ninfas por dos pechos hacen catorce senos, pero, en realidad, solo se ven seis; los otros ocho están ocultos por briznas de hierba y vegetación lacustre y por las posturas de las protectoras de la charca. Por cierto, en castellano es Hilas, con -i- latina; en el título he dejado la griega para que Google me lo menee mejor.

¡Llegó! Aquí está el gran compromiso de las pascuas. Armados de paciencia, nos disponemos a asistir a una perorata sobre los errores tácticos del Madrid y sobre si Messi o Ronaldo; a una arenga sobre lo que habría que hacer en la esquina noreste de la Península, y a los últimísimos chistes sobre Manneken Puchi. Pero armados con buen apetito, mis últimas entradas y una estampita del Santo Job puede que no nos convirtamos en daños colaterales de la cena de Nochebuena. Ahí va la penúltima clave…

Viñeta de Luis Dávila para el Faro de Vigo, 24/12/2017.

En la idiosincrasia de todo cuñao que se precie está el fundir la tarjeta de crédito en el Black Friday, tirarse el rollo de los chollos que ha rapiñao y luego quejarse en la velada familiar del veinticuatro de que se están perdiendo las tradiciones españolas. No te rías: un cuñao es un cínico —filosóficamente hablando—. Te enfrentas a un malabarista de las paradojas que, a mano abierta, amaga un bofetón dialéctico por la diestra y te remata por la siniestra. Su auténtico poder no reside en su arsenal argumental, sino en su descaro y en su irreductible postureo.

«¿Qué tendrá este contra los cuñados?», habrá quien piense al ver que ya voy por la tercera entrada de esta serie navideña. Yo nada, está en el aire, como el amor. Y, si no, fíjate en este anuncio de una tienda de vinos en línea. También es pereza y ganas de revolcarme en el tópico, para qué nos vamos a engañar. Y que he tenido que sufrir a algunos, propios y ajenos.

En realidad, el cuñadismo no define a un pariente. Más bien define a un país en el que los brasas bocazas, fanfarrones de barra, sordos a palabras que no sean las suyas, profundos como un charco y a años luz del peligro de extinción son multitud. Y lo peor es que acaban casándose con alguna de tus hermanas o tú terminas con una de las suyas. ¡Hombre!, entonces tú también eres un cuñao… Ya, pero no ejerzo, lo que, bien mirado, es peor, porque entonces te conviertes, impepinablemente, en su diana. Por listo: «¿Quién te habrás creído que eres para no seguirme la arenga, para no llevarme la contraria y ser mi sparring y para no reírme las gracias?». Es que voy provocando…

Hay quien mira una botella como si la etiqueta le chivase el Gordo

Lo que te propongo en esta ocasión es que, el domingo que viene, dejes que tu cuñado hable de cualidades interiores y que tú, por una vez, te quedes en la superficie. Claro que sí, ¿cuándo, si no en Pascuas, vamos a ser superficiales con más derecho? Por eso te animo a que brindes por ellas… ¡por las botellas!