Me encomiendo a Dios (al que sea que Sea) para esto que voy a contar hoy. Pero antes contaré por qué lo cuento. Una vez al mes publico en una revista digital un artículo relacionado con un género literario, la novela histórica. La revista es Scribere y su director es el arquitecto y contratista de esta página web que espero disfrutes: Víctor J. Sanz. Puesto que las peripecias literarias, editoriales y vitales por las que vaya pasando formarán el corazón de esta web, he pensado que no estaría mal publicar, a mes vencido, los artículos que haya firmado en Scribere.

Voy a empezar con el penúltimo que he publicado. Me lo inspiró un titular, entre adulador y amarillista, de una entrevista a un periodista veterano, de esos que, cuando hablan, sus admiradores proclaman: «¡Palabra de Dios!». Es el veterano Raúl del Pozo. Así que estas líneas y las que siguen van del mayor best-seller de la Historia, al menos de la occidental: la Biblia. Y de su autor, presuntamente Dios, quien tuvo, como cualquier superventas poco escrupuloso, sus correspondientes negros: los evangelistas.

Mateo, Marcos, Lucas y Juan, los cuatro “negros” de Dios…

Por muy descreído que uno sea, debería resultar obvio que cualquier catálogo mitológico, y eso incluye a la Biblia, es una fuente inexcusable y fantástica (literalmente) de inspiración artística. Y así lo cuento en este artículo del número de junio de Scribere que lleva por título Palabra de Dios

«El título es de lo más apropiado para un artículo de una revista que sale en domingo, ¿no? También lo es para presentar a una vieja gloria del periodismo, de esas que avisan «¡Ojito, que voy a hablar!». Con motivo de la presentación de su último libro, a Raúl del Pozo le publican una entrevista en eldiario.es. Y se despacha con esta sentencia que sirve de titular: «La Biblia es un libro machista, genocida y un elogio a la guerra, pero está bien escrito». Y se queda tan ancho.

Me recordó otra entrevista, aquella a Eslava Galán, por una novela suya inspirada en el autor del Quijote. El autor se sacó esta sentencia de la manga: «Cervantes fue feminista antes de que existiera la palabra».

Cervantes es Dios, pero feminista no

Bueno, don Miguel ha sido muchas cosas desde que nació hasta hoy, dependiendo bastante de las modas políticas, sociales y culturales. Pero en cuanto a feminista, conviene recordar que tuvo amoríos adúlteros con la mujer de un posadero, a la que preñó y olvidó; que se casó por interés con una joven campesina acomodada cuando su teatro no le daba para vivir en Madrid; que puede que se aprovechara del manejo que sus hermanas hacían de los apetitos masculinos; que cuando tuvo que reconocer a Isabel, la hija tenida con aquella posadera, tardó años en darle su apellido y le dio el segundo, Saavedra, que ni siquiera era suyo, sino postizo; y que pudo dejar en Nápoles otro bastardo al que menciona en Viaje del Parnaso.

En fin, que en tiempos de adulación en pro de likes, audiencias y ventas como son los nuestros, los clásicos devienen en comodines sobados en manos de avezados tahúres mediáticos. Del Pozo y Eslava adulan con sus titulares a las lectoras, que son las que sacan adelante el deprimente panorama editorial.

Pero calificar el Antiguo Testamento de «machista» y «genocida» es como pedir firmas para derribar el acueducto de Segovia porque las legiones romanas masacraron a los arévacos. No entro en si la Biblia está bellamente escrita –ahí está el Cantar de los cantares– ni discuto sobre lo que el tiempo ha vuelto piedra y mármol inmutables. Pero hay que leer ese auténtico superventas que nos ufanamos de no haber leído. Y lo digo como consejo para escritores históricos. Y para escritores de lo que sea.

Un escritor que se precie debe leer la Biblia

Como obra mitológica, los testamentos son un catálogo de arquetipos y, por tanto, de recursos para un escritor. Y ahí va el primero. No hay novela sin conflicto, ya sea exterior o interior; uno de los básicos de entre los interiores es el desarraigo, la escisión. Vivir en una época de transición, convulsa, que empuja a los personajes de una encrucijada a otra es una garantía de interés para el lector. En la novela histórica es obvio, y ahí van unos cuantos ejemplos ilustres:

  • Juliano el Apóstata, de Gore Vidal: el último emperador grecorromano en un imperio que ya es cristiano.
  • Ivanhoe, de Walter Scott: un noble sajón leal a un rey normando en una Inglaterra sin rey.
  • León el Africano, de Amin Maalouf: un refugiado granadino en el paso de la Edad Media a la Edad Moderna.
  • El capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte: un soldado pobre con alma de hidalgo que combate por una España corrupta y en decadencia.
  • Guillermo de Baskerville, de Umberto Eco: un pionero de la lucha entre la razón y la oscuridad, aún dominante.

Sin entrar en matices, todos son desarraigados. Algunos aún tienen las raíces tiernas y, por ello, en peligro, pero a otros ya los han arrancado de raíz. De uno u otro modo, todos son o pueden ser perdedores, un filón literario porque la mayoría nos identificamos con ellos. ¿Y por qué? Pues porque todos guardamos en algún rincón de nuestros instintos el dolor por la mayor pérdida humana, así sea simbólica. Una vez vivimos en el Paraíso y fuimos arrancados de él, metáfora del nacimiento, que nos arroja dolorosamente a la Vida. Por eso la Biblia se abre con el Génesis.

Adán y Eva son arquetipos literarios; representan la inocencia, la felicidad, el primer pecado, el destierro, el dolor, el sufrimiento, el hambre, la sed, el trabajo, el dolor del parto y de la crianza y, por fin, el primer asesinato por un segundo pecado, la envidia, que se añade a la soberbia. Todo eso nos hace humanos y escritores y lectores. Como novelistas históricos, como novelistas, no podemos renunciar a tan valiosísimo catálogo de arquetipos, es decir, de inspiración. Palabra de Dios.»

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