¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario), mi última obra, debo agradecérsela a la conservadora de la Art Gallery de Manchester, Clare Cannaway. A principios de 2018, descolgó un cuadro para denunciar la «cosificación» de la mujer en el arte. Se trata de Hilas y las ninfas, una pintura prerrafaelita con siete náyades en top less.

«José Juan Picos se adentra en el mundo de la sexualidad en la mitología griega con un exquisito gusto y un bisturí muy afilado para que nada se nos quede en el tintero». Carmen Moreno, escritora y editora Clic para tuitear

Frente a ellas, un efebo está recogiendo agua en una hidria. Tales desnudos, naturales en unos genios silvestres, fueron la diana de aquella iniciativa feminista. Cannaway podría haber elegido, con más tino, otro desnudo femenino de sus propios fondos; verbigracia, uno de Safo firmado por otro hombre, Charles Mengin.

«Hilas y las ninfas», John William Waterhouse (1896).

¿Quiero decir con esto que elegir el Hilas fue un error, un falta de puntería que ni Apolo ni Eros ni Paris ni Ulises, míticos arqueros, se habrían permitido? Respondí a esta pregunta con más extensión y pasión en una entrada anterior, así que aquí haré un resumen.

Hilas y las ninfas representa una insospechada violación

El cuadro de Waterhouse congela el instante previo al rapto y violación de un menor, por entonces homosexual, a manos de siete mujeres poderosas: son divinidades, aunque sean menores. Y bellísimas, aunque puedan tener trescientos años, lo que las hace arteras y mañosas. Hilas, un hermosísimo doncel, era, a la sazón, amante de Hércules… Es verdad que llamar «homosexual» a Hilas es hablar a la pata la llana, pero tan a la pata la llana como retirar su cuadro. No es riguroso tomarse la homosexualidad entre los griegos como hoy nos tomamos el movimiento gay.

«Safo de Lesbos», Charles Mengin, 1877. Art Gallery (Manchester).

Lo que había entre Heracles y su tierno amante era una muestra del proceso socio-educativo de las élites helenas que conocemos como pederastia: un hombre adulto (erastés: «el que ama») autorizaba, mediante el cultivo del adolescente tutelado (erómenos: «el amado»), su entrada en la comunidad de sus pares, los ciudadanos adultos de pleno derecho. No insistiremos bastante en que asimilar términos separados por siglos de historia y cultura conduce a intrincados berenjenales. ¿Eso quiere decir que no había sexo entre ellos? El que buenamente quisieran; pero, claro, dada la hýbris superlativa que padecía el héroe, es dudoso que no hubiera efusiones de pasión.

Bueno, el caso es que las ninfas se encaprichan de Hilas, lo hunden en la laguna y lo violan, a pesar de que el adolescente las rechaza tres veces y pide socorro. Alguien, con mejor tino que la conservadora inglesa, me podrá decir que, según algunas versiones de la leyenda, el erómenos consiguió la inmortalidad tras ser violado: ¿acaso no es esa una magnífica compensación? Bueno, conforme a nuestros estándares, las náyades tendrían que haberle preguntado si consentía en ser violado a cambio de no morir nunca. ¿Dio él su consentimiento? La respuesta es no: se negó y defendió.

En fin, lo que subyace tras lo ya expuesto es que el sexo es una constante en la mitología griega. Quizá porque los dioses disfrutaban de toda una eternidad para aburrirse. Por eso permitió Zeus que Atenea y Prometeo creasen a los seres humanos: para entretenerse. El caso es que, por satisfacer su lujuria olímpica, dioses y héroes, es decir, semidioses, estaban dispuestos a pagar cualquier precio. Pero siempre sobre las cabezas de otros.

Tan intensas eran sus pasiones que saltaban entre géneros, gozando sin cuento de los placeres del opuesto y del suyo propio. Por eso (y para que no se descuelguen cuadros a la buena de Zeus), presento en ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario) un catálogo mitológico de la diversidad de género que sorprenderá tanto a los iniciados como al público en general (yo también me sorprendí). Y para muestra, algunas preguntas que tendrán respuesta en las páginas del ensayo…

¿Es verdad que por culpa de la virginal e inteligente Atenea perdieron las atenienses su ciudadanía? ¿Quién fue el primer gay de la mitología griega? ¿El viril Hércules gozó de incontables amores masculinos y tuvo un fondo de armario de instagrammer?

¿Por qué las reinas de las amazonas, las hermanas de Wonder Woman, tenían a los eunucos por los mejores amantes del mundo? ¿Cómo se defendió la sonriente Hestia del acoso de los dioses varones? ¿Qué tiene que ver el lujurioso Zeus con la escurridiza Mística de X-Men? (Ver Eso lo he visto antes: Mística)

Este ensayo pretende ser, aparte de lo fundamental, una humilde venganza contra los dioses. Y es que en sus trescientas cuarenta y seis páginas se desvela la cara oculta de los Sempiternos: cruel, despiadada, lasciva…

Pero en ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario) también comprenderemos su olímpico deseo de disfrutar de la vida (y, en ocasiones, de la muerte). Esa pasión inspiraba todos y cada uno de sus eternos días. Al fin y al cabo, eran tan humanos como nosotros.

Si los dioses gozaron e hicieron gozar, si sufrieron e hicieron sufrir, es porque sus hazañas son invenciones nuestras. Bueno, de Hesíodo, Homero y otros como ellos, los verdaderos inmortales. Así lo declara Ovidio al final de sus Metamorfosis: «ya he dado término a una obra que ni la ira de Júpiter ni el fuego, ni el hierro, ni el tiempo devorador podrán destruir […] y mi nombre persistirá imborrable».

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