Los nobles españoles de tiempos de Carlos III tiraban el palacio por la ventana a la hora de la merienda. Y eso escandalizaba a los viajeros europeos. En Europa estaban a punto de aparecer los primeros restaurantes tal y como hoy los conocemos hoy. La culpa era de las guillotinas: los cocineros de la aristocracia se habían quedado sin trabajo, así que de algo tendrían que vivir. Pero, en la España del siglo XVIII, lo que triunfaban eran las meriendas como Dios mandaba, meriendas-cena-parranda.

Mesón londinense a mediados del XVIII.

Los viajeros europeos se hacían lenguas de los lujosos «refrescos» españoles. Las estrellas de aquellos ágapes era el chocolate; los gorrones que se colaban en el convite eran los extras. Tales eventos empezaban a las siete de la tarde, pero se alargaban hasta las tantas de la madrugada. El programa incluía timba y baile.

Los turistas británicos consideraban que aquellos saraos ibéricos estaban muy lejos del prejuicio europeo del hidalgo castellano austero, casi tacaño con la bolsa y con la vida. Algunos, como Joseph Baretti, se sorprendía del espíritu festivo de nuestros antepasados; y eso que era de origen italiano.

Metidos en jarana, los españoles no eran tan reservados como el turista Baretti creía: «El más festivo grupo de venecianos parecería severo en comparación». Clic para tuitear

En este podcast de «El viajero accidental», el programa de Radio Viajera donde colaboro, te cuento lo que los turistas europeos de la época, mis turistas puñeteros, pensaban de los refrescos españoles.

Y si quieres saber más de aquellos turistas que cayeron sobre España como caminantes blancos, ya está disponible Brexit con puñetas: ingleses por España en tiempos de Maricastaña.

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