«¡Viva el vino y las mujeres!» no es una loa que forme parte del legado de los antiguos griegos. Para empezar, la vida de sus mujeres —madres, hermanas, esposas, hijas y nietas— fue muy perra. A todas las mantuvieron en casa y con la pata quebrá durante siglos, bien enclaustradas en el gineceo. Safo de Lesbos, Aspasia de Mileto, Friné de Tespias o Gorgo de Esparta son excepciones que confirman la regla.

Mujeres encerradas y sometidas y vino aguado, ¿esa era la Grecia civilizada? Clic para tuitear

En su tragedia Medea, Eurípides resume en el siglo V a. C. la desdichada condición de la mujer en Grecia. Dice así la bruja asiática, despechada porque Jasón la abandona por otra más joven: «De todas las criaturas que tienen vida e inteligencia, nosotras, las mujeres, somos las más infortunadas […] Cree la gente que llevamos una vida sin sobresaltos ni peligro en el hogar, mientras los hombres guerrean. Se equivocan. Yo preferiría combatir tres veces en el campo de batalla que dar a luz una sola».

Medea: «¡Hombres, las tardes se os pasan delante del vino!»

Cinco siglos después, el romano Ovidio se hace eco del tedio en el que sobrevivían las griegas. Lo refleja en la carta número XIX de sus Heroidas, o Cartas de las heroínas. Se la remite Hero, una sacerdotisa de Afrodita, a su amor imposible, Alejandro: «Vosotros, ya sea cazando, ya cultivando, empleáis largos ratos en un variado entretenimiento. O bien el foro os tiene ocupados, o los premios de la aceitosa palestra, o hacéis caracolear a un dócil caballo […] y las horas de la tarde se os pasan delante del vino». Vino con el que hacían el milagro de las bodas de Caná, pero al revés, pues lo aguaban en la crátera.

«Unas horas de la tarde delante del vino» (y de unas hetairas) en una muestra de cerámica griega. A la izquierda, en el suelo, una crátera.

Los civilizados helenos tachaban el vino puro de cosa de bárbaros; eso sí, cuando querían emborracharse hasta olvidarse de su apellido pedían que se lo sirvieran «a lo escita», entero como el virgo de Atenea. Estos, los escitas borrachuzos y recolectores de cueros cabelludos, sí que se lo pasaban en grande. Nos cuenta Heródoto que los muy libertinos «caminaban sobre el humo del cáñamo» en saunas hechas con pieles. No es raro, aún hoy, encontrar restos de cannabis en los kurgan, los túmulos funerarios escitas.

Kurgan de Mitrídates, en Crimea, según una pintura decimonónica.

Hubo viticultura en Grecia desde la época minoica, entre los siglos XXVIII y XV a. C.. A un pueblo fatalista que se rompía las meninges dándole vueltas a todo no le sobraba una bebida euforizante. Eso sí, un heleno borracho, socrático o presocrático, tenía que ser un plasta de cuidado; porque a Platón lo aguantas en el bachillerato, pero te puede amargar una farra. Por cierto, el nombre griego de los banquetes platónicos, simposio, significa «panda de borrachos»… Bueno, en realidad, «reunión de bebedores cultivados».

Y si eran medio amargadetes en su relación con la vida terrena, su idea de la vida ultraterrena era el colmo de la angustia. Porque el Hades no se caracteriza por sus tormentos, sino por una insoportable monotonía eterna sin premio ni castigo para el mortal medio. Lo raro es que Prometeo les entregase el fuego antes que el vino, porque los antiguos griegos, racionales pero quejicosos y tiquismiquis, estaban como para zambullirse de cabeza en las ánforas. En fin…

El vino griego más renombrado era el tinto de la isla de Quíos

El vino heleno más renombrado era el de Quíos, una isla cercana a la costa de Asia Menor. El blanco que hoy conocemos como retsina ya lo bebía Platón en sus banquetes; su sabor le venía de la costumbre de sellar con resina de pino la boca de las ánforas.

A pesar de su temprana y gozosa relación con el vino, el cultivo de la vid en Grecia nació de una tragedia. Muy coherente, por otro lado, pues la viticultura y la tragedia las inventó el mismo dios, Dioniso.

Como dios bisexual, Baco se enamoró de un efebo más bonico que las pesetas

Cuando el vino llegó a la Hélade ya tenía mezcla de sangre y lágrimas. Como dios bisexual, Baco se enamoró de un efebo más bonico que las pesetas. Pero se lo mató un toro de una mala corná; un morlaco enviado por una divina celosa, la mujer de Zeus, Hera. Tan grande fue el dolor de Baco, que llegó a conmover a la peor de las Parcas, Átropo, la que corta el hilo. Como ni siquiera ella lo podía hacer inmortal, lo libró del Hades convirtiéndolo en una nueva planta, la vid. De ahí el nombre del doncel, Ámpelo, «cepa». Su amante divino tomó un racimo y, estrujándolo, bebió un líquido flamante que le pareció néctar del que escanciaba Ganimedes. Nunca antes el vino había tocado labios mortales o inmortales.

Esta leyenda mitológica te la cuento con mucho más detalle en mi última obra, ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario). Ahora tomemos pasaje en el primer agujero de gusano que pase para remontarnos a la primera dinastía ateniense…

Aunque hubo tres reyes en Atenas antes del diluvio de Deucalión —la Biblia no tiene la exclusiva—, se considera que Cécrope I (s. XVI a. C.), mitad hombre mitad reptil, fundó la primera dinastía ateniense, la Cecrópida. En tiempos del quinto monarca cecrópida, Pandión I (1437-1397), apareció Dioniso por el Ática. Y eso nos da a entender que, hasta el siglo XV a. C., los atenienses no conocían el vino.

Unos pastores inocentes fueron los primeros borrachos griegos

El caso es que Baco le pidió hospitalidad a Icario, un campesino ático. Icario fue extraordinariamente acogedor con el nuevo dios; tanto, que es posible que llegase a ofrecerle a su hija, Erígone. Agradecido y espléndido como solo pueden ser los dioses, Baco le regaló un odre colmado de vino y le reveló los secretos de la viticultura.

Dioniso, Erígone e Icario en un mosaico romano del siglo II d. C. hallado en Pafos (Chipre).

Muy ufano de la amistad divina y de sus presentes, el buen hombre invitó a vino sin aguar a unos pastores amigos suyos. Como nunca lo habían probado, empezaron a ver doble después de unos tragos. Ni que decir tiene que creyeron que su amigo los había hechizado. Pero cuando quisieron pedir ayuda, no pudieron, pues, lógicamente, cayeron en un enervante y desconocido sopor. ¡Vamos!, que se echaron a dormir la mona. Otros rústicos que pasaban por allí creyeron que Icario los había envenenado, así que se tomaron la justicia por su mano y lo apalearon hasta matarlo.

Icario con un carro de odres de vino junto a los pastores borrachos, del mismo mosaico de Pafos.

Pero, con el alboroto, los borrachos se despertaron y empezaron a dar gracias a voces a su anfitrión: ¡pensaban que habían tomado el néctar de los banquetes del Olimpo! Los linchadores, espantados, arrojaron el cuerpo del pobre enólogo pionero a un pozo seco, aunque otra versión dice que lo enterraron bajo un pino.

En cualquier caso, el crimen se agravó con impiedad, pues no le pusieron en la boca la moneda para Caronte. Eso significaba que el espectro de Icario vagaría cien años por la orilla del río de los lamentos, el Cocito. Al no poder beber de las clementes aguas del Lete, la corriente del olvido, recordaría durante un siglo el dolor de su muerte. Después de cometer tan horrendos delitos, los culpables huyeron a una isla del Egeo. Una tragedia; claro, Dioniso andaba por allí.

La perra se tumbó a morir bajo el árbol de la doncella suicida

Como hombre de campo, Icario tenía una perra, Mera, testigo de la tragedia. El pobre animal corrió en busca de Erígone y, a base de ladridos y gañidos y tirándole de la túnica, consiguió que la hija de su amo la siguiera. Cuando llegaron, Erígone descubrió el cadáver de su padre. Transida de dolor, la joven se tiró al pozo y Mera la siguió; o, en la otra versión, se colgó de una rama. En este caso, Mera se tumbó al pie del pino, se negó a comer y, leal hasta el fin, murió de tristeza y consunción.

Una estilizada Mera ve cómo Dioniso le desvela a su amo los secretos del vino.

¿Y sabemos de qué raza era aquella amiga fiel hasta la muerte? No, pero lo podemos suponer. Una de las razas caninas más antiguas del mundo es autóctona de Grecia, la alopekis («pequeño zorro»). Sus primeros ejemplares ya tenían camadas por toda la Hélade cuando a Zeus se le cayó el primer diente de leche. Eran magníficos perros de campo, ideales para dormir en los gallineros a la espera de la raposa. También eran muy eficaces en el pastoreo.

Un hembra de alopekis con sus cachorros.

Antes de morir y entre los aullidos lastimeros de Mera, Erígone tuvo tiempo de maldecir a todas las doncellas atenienses. Hasta que los asesinos de su padre no fueran castigados, las familias del Ática no tendrían paz. Dioniso oyó a la suicida y, llevado de la manía que a veces lo embargaba, enloqueció a las muchachas casaderas, que empezaron a ahorcarse en masa.

Los columpios infantiles tienen, pues, un siniestro origen

El rey ateniense Pandión I reclamó el consejo de un oráculo. Y la sibila lo conminó a vengar a Icario y a Erígone para aplacar al dios del vino. Los asesinos fueron encontrados y ajusticiados, pero, además, se instituyó la Aiora, o fiesta de los columpios. Las doncellas atenienses se subían a unas plataformas de madera colgadas de los árboles y se balanceaban para homenajear a su desdichada paisana. Dicen que de tan fúnebre modo se inventó ese imperecedero juego infantil. También se colgaban de los árboles figurillas y máscaras femeninas, para que imitasen el vaivén de Erígone.

Por si fuera poca reparación, los dioses les concedieron a las víctimas un lugar en el cielo nocturno. Es lo que se conoce como catasterismo, la metamorfosis de un personaje mitológico en una estrella o constelación. Desde entonces, Icario luce como el Boyero y Erígone brilla como Virgo. Pero la leal Mera se convirtió en el Can Mayor o, paradójicamente, Canícula («perrita»). Su estrella dominante, Sirio, la Abrasadora, marca el período más tórrido del año en el hemisferio norte, entre mediados de julio y finales de agosto. Ese momento también se conoce como la canícula, o «días perros».

Como para olvidarse de Mera si pasas la canícula en Écija.

Canis Maior, la fidelidad de Mera premiada con un lugar entre las estrellas.
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