En rigor, estos corceles serían mascotas semidivinas, pues Aquiles era un semidiós. Su madre, Tetis, era una diosa oceánica, pero su padre, Peleo, era mortal. En origen, eso significaba «héroe». Y lo explica Platón en su diálogo Crátilo: «Todos han nacido del amor de un dios por una mortal o de un mortal por una diosa». Del segundo caso tenemos al propio Aquiles y a Eneas, fruto de los amores de Afrodita y Anquises. Del primero, a Hércules, hijo de Zeus y Alcmena, y a Rómulo y Remo, consecuencia de un sueño erótico de Rea Silvia con Marte.

Aunque tengamos al héroe por un dechado de virtudes, los griegos podían ser auténticos psicópatas. Heracles fue un asesino, un ladrón y un violador, amén de delincuente ecológico. Y eso por su «mala gestión de la ira». Sus doce trabajos fueron una purga por sus anteriores crímenes, a los que sumó delitos nuevos.

Aunque tengamos a los héroes por dechados de virtudes, los griegos podían ser auténticos psicópatas. Clic para tuitear

Los héroes podían ser tan caprichosos y narcisistas como el propio Aquiles. Sin ir más lejos, la Ilíada comienza con una «cristianada». Ofendido por Agamenón, el Pelida (hijo de Peleo) se enfurruña y deserta. Cuando el Real Madrid ganó su decimotercera, Aquiles se encarnó en el Cristiano Ronaldo mohíno y ajeno a la celebración. Nada nuevo: cada vez que el portugués quiere que Florentino le haga un mimito, amenaza con largarse. Y es que todo está en los mitos, como ya avisé en una entrada anterior.

La boda de Tetis y Peleo fue un bodorrio de los Gipsy Kings

En fin, vamos a lo que nos interesa. Peleo, rey de Ftía, se casó con Tetis porque un oráculo avisó de que si ella se unía a Zeus o a Posidón, el vástago sería más poderoso que su padre. De casta le vendría al galgo. Zeus había destronado a Cronos y este a Urano, así que el Tonante no quería un golpe de Estado en el Olimpo. En consecuencia, los dioses obligaron a Tetis a elegir un esposo mortal, lo que ella se tomó como una ofensa, todo hay que decirlo.

La boda se celebró en el monte Pelión, morada de los imprevisibles centauros. Y tuvo de todo, como si fuera un bodorrio de los Gipsy Kings. Los doce olímpicos, el dodekatheon, aparecieron con sus tronos de oro y sus mejores galas. Pero, como en La Bella Durmiente, hubo una diosa a la que nadie se acordó de invitar. Ni de mandarle la lista de boda. Esa a la que nadie quería cerca no era otra que Eris, la diosa de la discordia. Pero ella apareció igual, y de lo más generosa. Éride lanzó sobre la mesa del banquete un regalo envenenado: la manzana dorada que provocaría la guerra de Troya.

Eris arroja la manzana de la discordia en las bodas de Tetis y Peleo. Autor: Jacob Jordaens (1633).

Posidón, antiguo pretendiente de Tetis, le regaló a su flamante esposo un par de caballos. Y es que el futuro Neptuno era, aparte de marino, un dios ecuestre. Él creó el primer caballo con un golpe de tridente. Ardió por Deméter y la persiguió como semental cuando ella escapó hecha yegua. Como resultado, la diosa parió al caballo Arión («el más rápido»). Enamorado de Medusa, que aún no tenía el cardado de víboras, Posidón yació con ella en un altar de Atenea. De tal episodio nació Pégaso, que es esdrújula por mucho que la hagamos grave. Pues bien, aquellos caballos que le regaló a Peleo también tenían nombre: Janto y Balio.

¿Cómo no ibas a correr si supieras que tu madre es una harpía?

Con el tiempo, Peleo se los cedió al hijo que tuvo con Tetis, el héroe Aquiles. Janto y Balio eran más divinos que sus consecutivos dueños. No en vano los engendraron Céfiro, el dios del viento del Oeste, y la harpía Podarge. Esta y sus hermanas, todas horrorosas, habían nacido de dioses marinos primordiales. En consecuencia, los potrillos que Podarge parió tenían que ser inmortales. Y aquí confirmamos que, por derecho de linaje, fueron «mascotas divinas». Pues bien, Janto y Balio marcharon con Aquiles a Troya y tuvieron un papel protagonista en uno de los giros de guion de la Ilíada: la muerte de Patroclo, el camarada de Aquiles. Pero antes dejemos sentadas un par de cosas sobre aquella guerra mítica.

Guerreros micénicos durante la Guerra de Troya (ss. XIII-XII a. C.). Recreación histórica.

La primera es que los guerreros que combatieron ante los muros de Ilión no eran hoplitas de la Época Arcaica (776 a. C.- 499 a. C.). Olvídate de los cascos corintios y de los muros de escudos de las falanges clásicas. Olvídate de Brad Pitt, vaya.

Un guerrero micénico de la Edad de Bronce, la de Troya, era una oruga en una  crisálida metálica, coronada con un casco tachonado con colmillos de jabalí o adornado con cuernos. Así los vemos en las imágenes de recreación histórica de la derecha. En consonancia con personajes como Aquiles o Áyax, estas cañerías andantes luchaban en combates singulares ajenos al anonimato hoplítico. Y es que Aquiles no combatió por Grecia, sino por soberbia y por su fama eterna. A mí me sigue recordando a CR7. Y ya que nos olvidamos de Pitt, de la disciplina o del patriotismo, olvídate también de la caballería…

El reino de Peleo, Ftía, estaba en la región de Tesalia, famosa por sus manadas de caballos. Sin embargo, la caballería no tuvo protagonismo militar en Grecia casi hasta la época helenística (323 a. C.-30 a. C.). Esto quiere decir que Aquiles nunca montó a Janto y Balio.

Los guerreros de la Ilíada no montaban a caballo para luchar

La aristocracia militar griega no cargaba contra el enemigo a lomos de sus corceles de guerra. Los uncían a sus carros para llegar a la primera línea de combate, para retirarse o para hostigar al enemigo en fuga. Ten en cuenta que los griegos no herraban a sus caballos y que estos no eran los percherones de los caballeros medievales de punta en blanco. Más bien tenían la talla de un poni crecido.

El titular del carro necesitaba un auriga que manejase las riendas mientras él acudía completamente armado a su momento de gloria o empuñaba una pica o lanzaba jabalinas contra la espalda de los vencidos. Lo confirma Homero en el Canto XVII de la Ilíada, que narra la pelea por hacerse con las armas del caído Patroclo, que son, en realidad, las de Aquiles. En el verso 456, Automedonte, el auriga del Pelida lanza en solitario su carro contra los troyanos:

[...] luchaba Automedonte

lanzándose de un lado a otro

con sus corceles, como hace una rapaz 

entre las ocas [...]

pero no daba muerte a guerreros

cada vez que tras ellos se lanzaba;

pues no le era posible en modo alguno,

estando solo en su impetuoso carro,

con la lanza atacar.

En la Ilíada, el episodio más crudo en el que toma parte un carro es en la profanación del cadáver de Héctor por Aquiles. El iracundo héroe le agujerea los tendones que hoy llevan su nombre, les pasa unas tiras de cuero y las ata a la lanza del carruaje. Luego arrastra al príncipe troyano, desnudo y pateado por los griegos, alrededor de Troya. Así vengó a su amado Patroclo, abatido por Héctor con la complicidad de Apolo.

La emperatriz Sissi fue una fan devota del heroico Aquiles

En las ilustraciones inferiores vemos una reconstrucción histórica del lance y una versión romántica firmada por el austríaco Franz Matsch. Esta pertenece al palacio que la emperatriz Sissi le dedicó al héroe en Corfú, el Achilleion. Es anacrónica en cuanto a la panoplia griega y la talla del tiro, pero es rigurosa en la presencia del auriga Automedonte.

En ambas imágenes, los caballos que tiran de la infame biga son, precisamente, Janto y Bailo. Amén de divinos, eran tan veloces y ligeros que no doblaban las espigas cuando corrían sobre campos de trigo ni rompían los festones de espuma cuando galopaban sobre las olas. Pero poseían otros dones. Los dioses inmortales no podían verter una sola lágrima, por mucho que quisieran. Sin ir más lejos, Apolo no pudo llorar cuando Céfiro mató a Hiacinto, su efebo favorito. Tampoco Dioniso cuando un toro corneó al suyo, Ámpelo. Pero estos corceles inmortales sí podían…

Después de que el amado compañero de Aquiles cayera atravesado por la lanza troyana, ambos lloraron, «pegando al suelo sus testuces, lágrimas ardientes». De tan inconsolables, hasta Zeus se apiadó de ellos, como nos cuenta Homero en el Canto XVII de la Ilíada:

¡Ay, infelices! ¿Por qué al soberano

Peleo os dimos, que es hombre mortal,

mientras vosotros dos 

nunca seréis viejos y sois inmortales

¿Acaso para que ambos compartáis 

dolores con los míseros humanos?

Pues nada hay, en efecto, en parte alguna

más miserable que el ser humano.

El poeta griego Constantino Cavafis adaptó estos versos para un poema propio. Por cierto, menudo hipócrita el Padre Zeus, que juega a su antojo con las miserias humanas para que el tedio de una vida eterna no lo mate de angustia. Así son los poderosos, sea cual sea su signo.

Janto y Balio relinchaban, pero uno también hablaba…

Janto tenía un don extra: la palabra profética. O, por ser más certeros, la agorera…

Al final del Canto XIX, el Pelida les reprocha a sus corceles que no le hubieran salvado la vida a Patroclo. Recordemos que, hasta ese momento, Aquiles seguía enfadado con Agamenón y estaba en objeción de lanzas caídas. Pero la muerte de su infeliz camarada le sacudió las entrañas. Roto de dolor, el héroe se apresta al combate, sube a su carro junto al auriga Automedonte y les ordena a los nobles brutos que, tras la pelea, los devuelvan sanos y salvos… Y no como a Patroclo. Pues esto le responde Janto «por debajo del yugo»:

te traeremos sano y salvo;

pero de ti está cerca

el fatal día de tu perdición;

y nosotros no somos los culpables

de tu suerte, sino un alto dios

y el destino imperioso [...]

aunque nosotros corriéramos

con el impulso del soplo de Céfiro,

del que se afirma que es el más ligero, 

para ti está fijado que domado seas

por un dios y por un hombre.

«¡Y ahora vas y lo cascas!», le faltó decir al facundo caballo. Pero como los héroes siempre quieren tener la última palabra, Aquiles le respondió a su caballo: «¡Tarde piaste, pajarraco de mal agüero!». Y le soltó que todo eso ya lo sabía y que, hasta ese día, mataría no una, sino dos Troyas que se le pusieran por delante. Y mandó a Automedonte que les diera látigo y arrancaron así hacia una combate en el que mortales e inmortales harían correr la sangre y el icor.

El dios del que Janto hablaba era Apolo, protector de Ilión, y el hombre, Paris. Este lanzó la flecha letal hacia el talón de Aquiles, pero aquel la dirigió certera. Para entonces, otro caballo, este de madera, les había robado el protagonismo ecuestre en la Ilíada a las divinas mascotas de Aquiles, «el de los pies ligeros».

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