Hoy vamos a conocer el extreme, pero muy extreme, make over del pavo real. Porque el ave que simboliza la vanidad no siempre fue tan bella. Nos ayudará en esta misión una vaca, la enésima muesca en el cabecero de Júpiter, para escarnio y furia de la romana Juno, llamada Hera por los griegos.

Hera fue la primera dama del Olimpo como esposa —y hermana— del Tonante, señor del trueno y el rayo. Alumbró a la juvenil Hebe, al marcial Ares y a la partera Ilitía. Protegía el matrimonio y la fidelidad conyugal; quizá porque su esposo fue un adúltero de proporciones olímpicas. Lo puedes comprobar en esta entrada dedicada a Mística. De ahí que Juno, despechada, pariese a Hefesto por partenogénesis. Con tales antecedentes, no te extrañe que a menudo la pinten como celosa y vengativa. Verbigracia, Homero en la Ilíada. Los troyanos sufrieron sus celos por culpa de otro despecho, el que le provocó el desprecio de Paris en favor de Afrodita.

¿Y qué tienen que ver una hermosa vaca y un vulgar pavo real?

Júpiter toma a Io en forma de nube en la versión de Antonio Corregio (1531).

Juno tuvo tres mascotas: una vaca, un cuclillo y un pavo real. Si has leído la entrada de Mística, ya conocerás la historia del cuco que anidó en regazo ajeno. Pero ahora nos centraremos en los otros dos atributos de la reina del Olimpo, que van ligados.

Homero llama a la futura Juno «diosa de ojos de novilla», pero la vaca que se convirtió en uno de sus símbolos se la regaló su marido. Eso sí, muy a regañadientes. Y es que esa res, de hermosas ubres, cuernos marfileños y pestañas como toldos sevillanos, había sido antes una bellísima sacerdotisa, Io. Para más inri, sacerdotisa de Hera.

El caso es que Zeus se enamoró de ella, ¡cómo no! Pero la doncella lo rechazó y puso pies en polvorosa. Para hacerse con su virginidad, como se había hecho con la de otras diosas y mortales, el «que amontona las nubes» lo cubrió todo con una densa bruma. Tan densa e inoportuna que llamó la atención de su esposa. Así nos lo cuenta Ovidio en sus Metamorfosis: «[Juno] conocía bien las tretas de su marido, al que tantas veces había sorprendido ya. Y cuando no pudo encontrarlo en el cielo, dijo: “O me equivoco, o estoy siendo traicionada».

En consecuencia, Juno abandonó su broncínea morada, bajó a la Tierra y disipó la niebla. ¿Y qué se encontró? Pues a una novilla de póster de oficina de turismo suiza en medio de una pradera argiva. Sospechoso, porque la Argólida, escenario de la brumosa seducción, era un territorio del árido Peloponeso, ideal para criar robustos caballitos y cabras, pero no vacas. «Aun así era bella», nos confiesa sin rubor Ovidio.

En el mito de Io aparece por primera vez el Gran Hermano

Hera, en su carro tirado por pavos reales, descubre a Zeus con la vaca Io. Óleo de Jacopo Amigoni (1732).

Con la mosca detrás de la oreja, la primera dama olímpica le pide a su marido que se la regale. Ovidio describe los apuros de Zeus: «¿Qué hacer? Cruel sería entregar a su amada, pero no hacerlo sería sospechoso. El pudor le impulsa hacia lo primero, pero el amor se lo impide. Y el amor habría vencido, pero si le negase la vaca, un regalo tan insignificante, a su hermana y compañera de lecho, se habría podido entender que no era una vaca». Así que no le quedó otra que entregársela.

Lejos de confiarse, Hera le encomendó la novilla a un guardián infalible: Argo. Este gigante, de discutida genealogía, tenía cien ojos y, por ello, un apodo: Panoptes («todo ojos»). La arquitectura carcelaria llamada panóptica tiene en él su etimología. También el sistema de grabación del reality Gran Hermano, con un control central y múltiples cámaras. O los anónimos sistemas de control y vigilancia social, denunciados por Orwell o Foucault.

Argo fue un arcaico candidato al burnt out profesional

De izquierda a derecha, Hera, Io y Argo Panoptes.

Así dibuja Ovidio al que todo lo veía: «Cien ojos tenía Argo en la cabeza. Descansaban por turnos, de dos en dos». Aunque decir que el guardián «descansaba» era una forma de hablar: «Se pusiera como se pusiera, siempre miraba a Io; la tenía ante sus ojos aunque estuviera de espaldas». Como para acabar quemao, aunque no fue así como acabó el gigante.

En la hydria ateniense del siglo V a. C. que tenemos a la izquierda vemos los ojos de Argo repartidos a lo largo del cuerpo. Va cubierto con la piel de un toro que asolaba Arcadia y al que dio muerte. También mató a la monstruosa Equidna, mezcla de mujer y serpiente.

El caso es que la pobre novilla que una vez fue una bella ninfa no lo estaba pasando bien. Rumiaba de «amargos pastos», abrevaba en «arroyos fangosos» y, atada a un basto ronzal, no siempre dormía sobre paja, nos cuenta el poeta romano. Esto era lo habitual en aquellos tiempo míticos: los mortales pagaban en su cabeza los pecados y caprichos de los dioses, ajenos a toda ley que no fuera la suya. Con una excepción, quizás, el destino que las Moiras tejían y, finalmente, cortaban. Ni los inmortales eran inmunes a Las Hermanas.

Pero Zeus tenía un arma secreta: el taimado Hermes

Incapaz de soportar el tormento de su amada, Zeus hizo comparecer a Hermes, su hijo y heraldo: «¡Mensajero, mata al guardián!», pudo ser la perentoria orden. El futuro Mercurio se calzó las sandalias aladas, se caló el pétaso de los viajeros y empuñó el somnífero caduceo.

Como dios de los ladrones, fue apañando una cabra aquí y otra allá hasta reunir un rebaño. Sacó entonces la siringe pastoril inventada por Pan y empezó a tocarla. Cautivado por los bucólicos sones, Argo invitó a Hermes a sentarse con él a la sombra mientras sus cabras pastaban. El dios de los comerciantes, los cacos y los periodistas le fue contando al guardián leyendas sazonadas con las hipnóticas melodías de la escalonada flauta. Así pretendía que se durmiera, nos cuenta Ovidio: «Pero el otro lucha por vencer  el dulce sueño. Y aunque el sopor se apodera de una parte  de sus ojos, la otra sigue en guardia».

Como un flautista de Hamelín, Mercurio encanta a Argo

Al final, el gigante cierra sus cien ojos, narcotizado por los cuentos y la música del dios. Mercurio lo remata acariciándole los doscientos párpados con el caduceo que amodorra. Vencido el guardián con la complicidad de Hipnos, deidad primordial del sueño, Hermes desenfunda una sica y lo degüella como a un cordero.

Hermes vigila al amodorrado Argo según la versión de Velázquez. La obra es de 1659.

La sica era una espada tracia, corta, curva y afilada en el interior, origen etimológico de la palabra «sicario». Era el arma de los gladiadores tracios y de los zelotes judíos, los nacionalistas fanáticos que lucharon contra Roma.

La rencorosa Juno premió a Argo para siempre, ¿quién lo diría?

Y este es el canto fúnebre de Ovidio a la muerte del gigante: «Yaces muerto, Argo, y toda la luz que había en tus pupilas  está ahora apagada. Una misma oscuridad reina ahora sobre tus cien ojos». Conociendo a Hera, no sería de extrañar que condenara a su vigilante a pasar la eternidad en el Tártaro, por haberle fallado. Pues no…

La rencorosa Hera se apiadó del ánima del gigante y le reservó un lugar de honor en el cuerpo de su principal mascota. De ese modo, alcanzaría una eternidad mucho más benigna, por lo menos mientras quedase un bardo que pudiera contar su historia y una pareja de pavos reales sobre la faz de Gea.

Y es que, hasta ese día, el pavo real había destacado entre las aves por el azul cobalto de su cuerpo, pero la cola, espectacular en tamaño, no era más que un abanico ceniciento. Juno tomó la hecatombe de ojos del gigante sacrificado y la prendió  en las plumas de su ave, «llenando su cola de gemas centelleantes».

¿Y cuál fue el destino de la vacuna amante de Zeus?

Los ocelos del pavo real son los iris de Argo.

Para ser exactos, la matrona olímpica le entregó los iris de Argo al pavo macho. Porque esta especie es de un acentuado dimorfismo, con la hembra mucho más apagada. Históricamente, se dice que fue Alejandro Magno el que importó el pavo real de la India; lo aclimató en Persia y los romanos lo trajeron a Europa. Sin embargo, ya era conocido en la Grecia clásica, y como muestra, el que fuese, desde muy pronto, uno de los atributos de Hera.

¿Y qué pasó con Io? Lo mismo que con otras amantes desafortunadas de Zeus: le tocó sufrir. Y es que los celos de Hera no tenían medida. Bien que lo supo Calisto, que fue convertida en osa por la despiadada matrona olímpica. Sémele, madre de Dioniso, murió carbonizada por un engaño de Juno. Leto, madre de Apolo y Ártemis, tuvo que vagar y vagar en busca de un paritorio porque Hera prohibió a la Tierra y a los mares que la acogieran.

Pues a Io le mandó un tábano divino que la mortificó hasta que la pobre vaca terminó en Egipto. Zeus le devolvió su forma humana y ella tomó los atributos de Isis. El hijo que nació de ellos, Épafo, fue el ancestro de egipcios y etíopes. Pero el odio de Hera lo alcanzó por medio de los titanes. La diosa, que se atrevió a conspirar con ellos contra su marido, les ordenó que devorasen al hijo de Io. Los egipcios lo deificaron en la forma del buey Apis. Y así todo quedó en el mismo rebaño…

El juicio de Paris según la versión de Enrique Simonet (1904). Hera, vestida, tiene un pavo real a sus pies.
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