Atenea cargó con el mochuelo. Ni búho ni lechuza. Un mochuelo, Athene noctua, fue la elegida por la diosa de la inteligencia entre infinidad de mascotas divinas. La futura Minerva también les regaló el olivo a los atenienses, con lo que cada mochuelo se pudo ir al suyo desde los tiempos de Homero.

Vamos a conocer a las mascotas de dioses y héroes

Inauguro así, con una invocación a Palas Atenea, una larga —espero— serie mitológica. No insistiré en mi querencia por los mitos grecorromanos y judeocristianos, que ya dejé clara en entradas anteriores. Pero sí explicaré que lo que viene es un repaso semanal a los mejores amigos de los dioses, sus divinas mascotas. Algunas, todo hay que decirlo, de lo más infernales, pero aun así divinas.

Para ser rigurosos, muchas de las mascotas que pasarán por aquí fueron atributos sagrados. Un atributo es un símbolo que caracteriza y resume al dios correspondiente: los rayos de Zeus, el tridente de Poseidón, el caduceo de Hermes, la venera de Afrodita, el pavo real de Juno, el arco de plata de Ártemis… Los atributos paganos pasaron a la iconografía cristiana. Así, los mártires llevan la palma; los eremitas y anacoretas, la calavera; las vírgenes, la azucena o el lirio. Con más detalle, san Sebastián porta sus flechas, santa Ágata de Catania lleva sus pechos en una bandeja o san Andrés carga con su cruz en aspa…

El pobre mochuelo ha sido ignorado por los traductores

Volvamos a la Antigua Grecia. Cuando se traducen al castellano los epítetos homéricos, sean de la Ilíada o de la Odisea, se adjetiva a Palas como «Virgen de los ojos de lechuza», Glaucopis. Pues muy mal traducido, por muy larga que sea la tradición de traducirlo mal. Quizá se deba a que noctua es un genérico latino para aves nocturnas que identificaba, sobre todo, a las lechuzas. Añadamos que, al tratarse de un nombre femenino, una lechuza se asociaba mejor a una diosa que un búho o un mochuelo. Aparte, era la más común de todas las rapaces noctívagas ibéricas. Y la más conocida, quizá por habitar en graneros, molinos, campanarios y ruinas. Ese batiburrillo pasó al español ya en la Baja Edad Media y el mochuelo fue lechuza…. Traduttore, traditore! 

Distingo a las lechuzas porque tuve una entre mis mascotas

Un magnífico recuerdo de las vacaciones de mi infancia tardía lo protagoniza una lechuza. Mi tío materno, de nombre Antonio, se puso una buena mañana estival a limpiar el tiro de la chimenea de su cocina… Y se dio de cara a pico con una lechuza. La atrapó, le puso un cordel en una pata y me lo ató a mí a la muñeca, donde tuve posado al animal una mañana entera. Y eso que yo no era el más valiente de los críos. Ni me picó ni se sacudió; le dí de comer tiras de carne y algún bichejo y, poco antes de que me llamaran a comer, se soltó y voló. Hasta ese momento me sentí como una miniatura de Félix Rodríguez de la Fuente. Como no teníamos móviles, no guardo selfie, pero, sin duda, aquella fue una de las mascotas más impresionantes que jamás tuve.

Las novias de Drácula se inspiran en las rapaces nocturnas

Las rapaces nocturnas se agrupan en el orden Strigiformes, «las que tienen forma de búho o lechuza».  Este orden tiene, a su vez, dos familias: Tytonidae, para las lechuzas, y Strigidae para las demás: búhos, mochuelos, autillos… Las éstriges eran espíritus femeninos malignos y nocturnos con cuerpo, garras y picos de rapaces y cabeza y senos de mujer. Pero lo peor es que comían niños. Se parecían a las primitivas sirenas, que no siempre fueron bellas y acuáticas. Y a las escatológicas harpías, que convertían en estiércol la comida de los hombres. Había dos versiones sobre el daño que una éstrige le podía hacer a un lactante: lo desangraba con el pico o lo envenenaba con su leche. No cuesta nada establecer que Bram Stoker se basó en estos monstruos romanos para sus novias de Drácula.

Veamos las diferencias entre las aves que, rigor aparte, han tenido el privilegio de ser las mascotas de Palas Atenea:

Podemos concluir que los griegos estaban tan familiarizados con el mochuelo como los ibéricos con la lechuza. Por su tamaño era un ave manejable, no tanto para la diosa como para escultores, pintores y acuñadores. Además, los  helenos creían que los iris de Atenea eran grandes y brillaban en la oscuridad. La llamaban «diosa de los ojos zarcos»;  zarco es sinónimo de azul. Comparemos los enormes ojos de una réplica actual de la Atenea Partenos de Fidias con los globos casi desorbitados del mochuelo de la derecha, mucho más grandes que los de una lechuza.

No he mencionado en vano a los acuñadores, como tampoco lo haría con Atenea, claro; la hija de Zeus y Metis podía ser tan vengativa como cualquiera de sus parientes olímpicos. El compacto y ojiplático mochuelo de Palas es un motivo reconocible en los antiguos dracmas griegos; el de la imagen es un tetradracma del siglo V a. C. Dos milenios y medio después, se reencarnó en la acuñación de los modernos euros helenos.

Y hasta aquí un primer recordatorio de que la mascota de Atenea, diosa vigilante, no era búho ni lechuza. Antes del espabilado mochuelo hubo otro pájaro que podía posarse en el hombro de la diosa, pero otro día hablaremos de él. De momento, y como no tengo más que decir, que cada mochuelo busque su olivo.

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