Hades, rey del ídem, y Perséfone, su reina, no tuvieron hijos, pero tenían perrito. Su nombre, como el de Pégaso, era el de una mascota esdrújula que valía por tres: Cérbero. Con el tiempo, y vaya usted a saber por qué, la volvimos llana: Cerbero. Y de ahí a los campos de fútbol como cancerbero, el único jugador de los once que siente en la nuca el aliento del infierno.

También eran tres, y esdrújulas, las regiones del Inframundo de los antiguos griegos: el Érebo, las tinieblas oscuras de su vestíbulo que se extendían, flotantes, sobre los otros territorios del Hades; los Campos de Asfódelos, por donde vagaban para siempre las almas de los que habían vivido conforme a la sofrosine, una mezcla de templanza y humildad; y el Tártaro, donde, sometidos a un eterno suplicio, pagaban sus culpas los mortales que se dejaron llevar por la hýbris: el desequilibrio, la desproporción, la soberbia y la impiedad. Pues el Cancerbero tenía su caseta a las puertas del Érebo, que antes de ser un espacio de la geografía mitológica fue un dios primordial, es decir, preolímpico.

El Cancerbero según la visión alucinada de William Blake (1757-1827).

Estudiemos, primero, la morfología del que Homero define como «terrible perro del Hades». Está bien que el aedo inmortal lo diga así, porque otros lo hacen guardián del Tártaro. Eso es un error por dos razones: se toma la parte por el todo y el abismo tartárico tenía su propia guardiana, Kampe; le salían del cuello una barbaridad de cabezas, todas diferentes y todas de fiera; el torso era de mujer, con dos alas negras en los hombros y rematado con una cola de serpiente. Su nombre deriva de la palabra griega kampto, que indica flexibilidad y que podría sugerir que la guardiana tenía la facultad de enroscarse como una cochinilla.

Cérbero tenía un ladrido tan atroz como el grito de una madre furiosa

Volviendo a Cérbero, la tradición mitográfica nos habla de un moloso de tres cabezas, aunque Hesíodo afirma que tenía cincuenta; Horacio vio esas cincuenta y apostó cincuenta más: «cien cabezas bajo sus negras orejas». Como a Pedro Piqueras, o a los pirómanos informativos de La Sexta, a los mitógrafos les sobra, alguna que otra vez, una mano de amarillo tabloide.

Aunque este monstruo es Tifón, que combate con Zeus, nos puede servir para hacernos una idea de cómo era Kampe.

Según el autor de la Teogonía, Hesíodo, «el sanguinario Cérbero» compartía una cualidad fónica con un héroe homérico, «el magnánimo Esténtor, de broncínea voz, que gritaba tan fuerte como cincuenta hombres». Hesíodo nos explica que el cancerbero era un perro «de broncíneo ladrido». Imagino a las pobres almas que pretendían escapar del Hades tan encogidas como yo cuando, de pequeño, mi madre me soltaba uno de sus gritos horrísonos. En la mayoría de tales ocasiones, habría preferido un zapatillazo en el culo.

Como perro, el «terrible perro del Hades» era bastante víbora

Igual que la Quimera, el cancerbero tenía una víbora en vez de cola; al fin y al cabo, eran hermanos, pues ambos nacieron de Equidna y Tifón, al que hemos conocido en la ilustración de arriba. También tenía un nido de sierpes en el lomo, aunque Horacio afirma que, en realidad, le nacían del cráneo: «su cabeza, como la de las Furias, es la atalaya de cien serpientes».

En este boceto de 1585, Giuseppe Arcimboldo subraya las notas reptilescas del Cérbero.

Cada una de las tres cabezas de Cérbero tenía un nombre: veltesta, tretesta y drittesta, respectivamente, «cabeza izquierda», «tercera cabeza» y «cabeza derecha». Según qué mitógrafos consultemos, su saliva era venenosa; así, verbigracia, en Horacio: «hediondo aliento […] una baba mana de su boca de tres lenguas», lo que nos remite de nuevo al mundo de los reptiles. Y con mucha razón, porque hablamos de monstruos telúricos, hijos o nietos de la Tierra y ajenos, por no decir opuestos, a la civilización, representada por los dioses del dodekatheon, el panteón olímpico, y los héroes.

Cuando los muertos llegaban a la portería infernal, Cérbero meneaba la cola, sacaba las tres lenguas y babeaba por las tres fauces. Un perrito de lo más juguetón, tal y como nos cuenta Hesíodo: «actúa con malas artes: a los que entran los saluda alegremente con la cola y, a la vez, con ambas orejas». Pero si alguien pretendía huir del Averno, ¡pobre de él!: «no les permite salir de nuevo, sino que, acechando, devora al que coge en el momento de franquear las puertas».

¿Qué tiene que ver Cérbero con el cancerbero De Gea?

Pero, con ser tan fiero e inclemente, al cancerbero del Hades le marcaron varios tantos. El más famoso fue, sin duda, el del ariete Hércules en su último trabajo. Los trabajos de Heracles fueron una colosal expiación de sus muchos delitos; en el duodécimo, además, tuvo que iniciarse en los ritos eleusinos para acometer su catábasis, el descenso heroico a los infiernos. Tras diversas peripecias que no vienen a cuento en esta entrada, Hércules se plantó ante Hades y exigió que le entregase al cancerbero. Y aquí, como en todo mito que se precie, hay versiones.

Está la «empática», en la que Plutón comprende la necesidad del héroe y, muy generosamente, le entrega su mascota… ¡Pues valiente amo del Infierno!, más bien un gurú de la neoespiritualidad o un ministro del nuevo gabinete. Sí, claro, ministra también… ¿Cómo?, no, ministre todavía no, pero todo se andará.

Versión griega del mito de Heracles y Cérbero “apta para todas las sensibilidades”.

Muy relacionada con la anterior, tenemos la versión animalista. Plutón no era el más cariñoso de los amos; de hecho, se le podría haber denunciado con la ley en la mano, pues tenía a Cérbero encadenado. El caso es que Hércules se cameló al perrito con carantoñas, cucamonas y salchichitas del jabalí de Erimanto, tan añoradas por el monstruo como la sangre por los fantasmas de los llanos de Asfódelos: el héroe sacrificó una vaca de Hades para mitigar la sed de vida de los espectros y para atraerse su benevolencia.

Luego está la versión machorra. Al ver al semidiós, Plutón le suelta: «¡A ver si tienes huevos a poner un pie en mi casa!». Y Heracles le responde con un estentóreo «¡Me cago en tós tus muertos!», imprecación escatológica de lo más pertinente; luego lo hiere de un flechazo; recordemos que las flechas del héroe estaban empapadas de la bilis de la hidra de Lerna. Esta es, justamente, una de la pocas ocasiones en las que Plutón sube al Olimpo; allí le atiende el médico de los dioses, Peán, que restaña la herida de la que brota el icor.

Las cantadas de Cérbero son nivel Karius, De Gea, Muslera…

En esta versión de la lucha entre Heracles y Cérbero sobra la clava; el héroe tuvo que someter al monstruo con sus manos desnudas. Es de Zurbarán y está fechada en 1634.

Y, por fin, tenemos la versión «gobierno en minoría», que amaga con ser empática: «¡Claro que sí, Heracles! Ahí tienes al perrito, seguro que le viene bien que lo saques a hacer sus cositas…»; y termina machorra: «… pero a ver si tienes cojones a ponerle la correa, porque yo, Hades, no pienso mover un dedo». Y, claro, Hércules tuvo que luchar a brazo partido con Cérbero hasta agotarlo.

No fue el hijo de Zeus y Alcmena el único personaje mitológico que se enfrentó al perro del Hades. Cuando Orfeo bajó a por Eurídice, hechizó a Cérbero con los sones de su cítara. También Eneas lo dejó fuera de combate gracias a unas tortas de miel narcóticas; el troyano se las ofreció al perro como si fueran galletitas y este se privó. En fin, que, entre unas cosas y otras, el cancerbero del Averno cantó más que Karius, De Gea y Muslera juntos.

Cérbero tuvo un hermano, Ortro. Hablaremos de él en otro momento, porque también tiene su historia como mascota de un vaquero mítico. Y no le faltan primos en otras mitologías debido a su condición de psicopompo, es decir, de conductor de almas, aunque, en realidad, Cerbero no las guiaba a ningún sitio, sino que las custodiaba. En ese sentido, está emparentado, por ejemplo, con el Anubis cinocéfalo egipcio; o con Garm, el perro guardián del inframundo de las sagas nórdicas.

Cérbero tiene un lejano parentesco con el patrón de las autoescuelas

San Cristóbal Cinocéfalo, eliminado del santoral romano, pero muy venerado por las iglesias ortodoxas.

Y también guarda relación con un mártir, san Cristóbal, protector de toda alma motorizada. Este santo, nacido en la Libia romana, era un bárbaro colosal que fue capturado por las legiones. Dada su tremenda altura y su apabullante fuerza, fue enrolado en una cohorte. Pero el flamante legionario fue destinado a Siria y allí se convirtió al cristianismo. Sin embargo, su característica más llamativa era que tenía, como Anubis, cabeza de perro. Es el mismo que llevó al Niño Jesús a hombros y del que más tarde se hicieron versiones antropomorfas católicas. Los ortodoxos, en cambio, conservan la forma original a cara de perro.

Más recientemente, hemos visto a Cérbero en la pantalla. Fue en la primera entrega de la versión cinematográfica de Harry Potter. El perro infernal aparece bajo el nombre de Fluffy, guardián de la piedra filosofal. En inglés, Fluffy significa «mullido», «suave» o «de peluche». Cuando pasan estas cosas es cuando uno teme que, de verdad, los inmortales hayan muerto.

El punto débil de Fluffy es, como en el mito de Orfeo, la música. Según Rowling, Hagrid se lo compró a un griego en un bar; quizá al mismísimo Plutón, que estaría liquidando el Hades después de que Neil Gaiman sentenciara a muerte a los viejos dioses.

¡Guau, guau, y guau, Hermione! ¿No serás experta en refuerzo positivo canino?
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