Hades, rey del ídem, y Perséfone, su reina, no tuvieron hijos, pero tenían perrito. Su nombre, como el de Pégaso, era el de una mascota esdrújula: Cérbero. Con el tiempo, la volvimos llana: el can Cerbero. Así lo recuerda Antonio Ruiz de Elvira en su Mitología clásica. Yo, aquí, esdrujularé o llanearé con el perro del Averno según me pete.

También eran tres, y también esdrújulas, las regiones del Inframundo de los antiguos griegos: el Érebo, las tinieblas oscuras de su vestíbulo que se extendían, flotantes, sobre los otros territorios del Hades; los Campos de Asfódelos, por donde vagaban para siempre las almas de los que habían vivido conforme a la sofrosine, una mezcla de templanza y humildad; y el Tártaro, donde, sometidos a un eterno suplicio, pagaban sus culpas los mortales que se dejaron llevar por la hýbris: el desequilibrio, la desproporción, la soberbia y la impiedad.  Cérbero tenía su caseta a las puertas del Érebo.

Y de ahí, a los campos de fútbol como cancerbero, el único jugador de los once que siente en la nuca el aliento del infierno.

El can Cerbero, portero infernal, tenía un ladrido tan atroz como el grito de una madre furiosa Clic para tuitear

El Cancerbero según la visión alucinada de William Blake (1757-1827).

Estudiemos, primero, la morfología del que Homero define como «terrible perro del Hades». Está bien que el aedo inmortal lo especifique, porque otros lo hacen guardián del Tártaro. El abismo tartárico tenía su propia guardiana, Kampe; le salían del cuello una barbaridad de cabezas, todas diferentes y todas de fiera; el torso era de mujer, con dos alas negras en los hombros y rematado con una cola de serpiente. Su nombre deriva de la palabra griega kampto, que indica flexibilidad y que podría sugerir que la guardiana tenía la facultad de enroscarse como una cochinilla. Zeus la mata cuando, tras diez años de Titanomaquia, libera a los Hectónquiros.

Volviendo a Cerbero, la tradición mitográfica nos habla de un moloso de tres cabezas, aunque Hesíodo afirma que tenía cincuenta; Horacio vio esas cincuenta y apostó cincuenta más: «cien cabezas bajo sus negras orejas».

Aunque este monstruo es Tifón, que combate con Zeus, nos puede servir para hacernos una idea de cómo era Kampe.

Según Hesíodo, «el sanguinario Cerbero» compartía una cualidad con un héroe homérico, «el magnánimo Esténtor, de broncínea voz, que gritaba tan fuerte como cincuenta hombres». Hesíodo nos explica que el cancerbero era un perro «de broncíneo ladrido». Imagino a las pobres almas que pretendían escapar del Hades tan encogidas como yo cuando, de pequeño, mi madre me soltaba uno de sus gritos horrísonos. En tales ocasiones, habría preferido un zapatillazo.

Como perro, el «terrible perro del Hades» era bastante víbora

Igual que la Quimera, el cancerbero tenía una serpiente en vez de cola; al fin y al cabo, eran hermanos, pues ambos nacieron de Equidna y Tifón, al que hemos conocido en la ilustración de arriba. También tenía un nido de víboras en el lomo, aunque Horacio afirma que, en realidad, le nacían del cráneo: «su cabeza, como la de las Furias, es la atalaya de cien serpientes».

En este boceto de 1585, Giuseppe Arcimboldo subraya las notas reptilescas del Cérbero.

Cada una de las tres cabezas de Cérbero tenía un nombre: veltesta, tretesta y drittesta, respectivamente, «cabeza izquierda», «tercera cabeza» y «cabeza derecha». Según qué mitógrafos consultemos, su saliva era venenosa; así, en Horacio: «hediondo aliento […] una baba mana de su boca de tres lenguas», lo que nos remite de nuevo al mundo de los reptiles. Y con mucha razón, porque hablamos de monstruos telúricos, hijos o nietos de la Tierra y ajenos, por no decir opuestos, a la civilización, representada por los dioses olímpicos y los héroes.

Cuando los muertos llegaban a la portería infernal, Cerbero meneaba la cola, sacaba las tres lenguas y babeaba por las tres fauces. Un perrito de lo más juguetón, tal y como nos cuenta Hesíodo: «actúa con malas artes: a los que entran los saluda alegremente con la cola y, a la vez, con ambas orejas». Pero si alguien pretendía huir del Averno, ¡pobre de él!: «no les permite salir de nuevo, sino que, acechando, devora al que coge en el momento de franquear las puertas».

El cancerbero del Hades también tuvo cantadas míticas

Pero, con ser tan fiero e inclemente, el cancerbero del Hades tuvo alguna que otra cantada. Las más famosa fue, sin duda, la del ariete Hércules en su último trabajo. Los trabajos de Heracles fueron una colosal expiación de sus muchos delitos; en el duodécimo, además, tuvo que iniciarse en los ritos eleusinos para acometer su catábasis, el descenso heroico a los infiernos. Tras diversas peripecias que no vienen a cuento en esta entrada, Hércules se plantó ante Hades y exigió que le entregase al cancerbero. Y aquí, como en todo mito que se precie, hay versiones.

Versión griega del mito de Heracles y Cérbero «apta para todas las sensibilidades».

Está la «empática», en la que Plutón comprende la necesidad del héroe y, muy generosamente, le entrega su mascota… ¡Pues valiente amo del Infierno!

Muy relacionada con la anterior, tenemos la versión «animalista». En ella, Plutón no era el más cariñoso de los dueños; de hecho, se le podría haber denunciado con la ley en la mano, pues tenía a Cérbero encadenado. El caso es que Hércules se cameló al perrito con carantoñas, cucamonas y, seguramente, salchichitas del jabalí de Erimanto.

Luego está la versión machorra. Al ver al semidiós, Plutón le suelta: «¡A ver si tienes lo que hay que tener para poner un pie en mi casa!». Y Heracles le responde con un estentóreo «¡Me cisco en tós tus muertos!», imprecación escatológica de lo más pertinente. Luego lo hiere de un flechazo; recordemos que el héroe empapó sus flechas en la bilis de la hidra de Lerna. Esta es, justamente, una de la pocas ocasiones en las que Plutón sube al Olimpo. Allí lo atendió el médico de los dioses, Peán, que restañó la herida de la que brotaba el icor.

En esta versión de la lucha entre Heracles y Cérbero sobra la clava; el héroe tuvo que someter al monstruo con sus manos desnudas. Es de Zurbarán y está fechada en 1634.

Y, por fin, tenemos la versión que empieza «empática»: «¡Claro que sí, Heracles! Ahí tienes al perrito, seguro que le viene bien que lo saques a hacer sus cositas…». Y termina «machorra»: «… pero a ver si tienes redaños para ponerle la correa, porque yo, Hades, no pienso mover un dedo». Y, claro, Hércules tuvo que luchar a brazo partido con Cérbero hasta agotarlo.

No fue el hijo de Zeus y Alcmena el único personaje mitológico que se enfrentó al perro del Hades. Cuando Orfeo bajó a por Eurídice, hechizó a Cerbero con los sones de su cítara. También Eneas lo dejó fuera de combate gracias a unas tortas de miel narcóticas. El troyano se las ofreció al perro como si fueran galletitas y este se privó.

Cérbero tuvo un hermano, Ortro, del que hablaremos en otro momento. Y no le faltan primos en otras mitologías por su condición de psicopompo, es decir, de conductor de almas. En realidad, Cerbero no las guiaba a ningún sitio, las custodiaba. Por tanto, estaría emparentado con el Anubis cinocéfalo egipcio; o con Garm, el perro guardián del inframundo nórdico.

Cérbero tiene un lejano parentesco con el patrón de las autoescuelas

San Cristóbal Cinocéfalo, eliminado del santoral romano, pero muy venerado por las iglesias ortodoxas.

Y hasta guardaría relación con un mártir, san Cristóbal, protector de toda alma motorizada. Este santo, nacido en la Libia romana, era un bárbaro colosal que fue capturado por las legiones. Dada su tremenda altura y su apabullante fuerza, fue enrolado en una cohorte africana. Pero al flamante legionario lo destinaron a Siria y allí se convirtió al cristianismo.

Su característica más llamativa era que tenía, como Anubis, cabeza de perro. Es el mismo personaje sagrado que llevó al Niño Jesús a hombros y del que más tarde se hicieron versiones antropomorfas católicas. Los ortodoxos, en cambio, conservan la forma original a cara de perro.

Más recientemente, hemos visto a Cérbero en la pantalla. Fue en la primera entrega de la versión cinematográfica de Harry Potter. El perro infernal aparece bajo el nombre de Fluffy, guardián de la piedra filosofal. En inglés, Fluffy significa «mullido», «suave» o «de peluche».

El punto débil de Fluffy es, como en el mito de Orfeo, la música. Según Rowling, Hagrid se lo compró a un griego en un bar; quizá al mismísimo Plutón, que estaría liquidando el Hades después de que Neil Gaiman sentenciara a muerte a los viejos dioses.

¡Guau, guau, y guau, Hermione! ¿No serás experta en refuerzo positivo canino?

Hércules es uno de los personajes que aparecen en mi última obra, el ensayo, dicen que muy divertido, titulado ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario). Si quieres conocerla, pincha aquí:

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