Este artículo va de nombrar la soga en casa del ahorcado. La soga se llama Titivillus, o también Tutivillus. Suena a autor latino de poco renombre, pero es un habitante del Averno, un subalterno de los grandes duques infernales. Sí, Titivilo es un demonio. Y, si escribes, el más temible. Yo escribo, y sí tengo miedo…

Si escribes, Tutivillus colmará de cagaditas tus páginas

El primero que se atrevió a invocar a tal demonio fue un teólogo franciscano. Se llamaba Juan de Gales y enseñó en Oxford y París en la Baja Edad Media. En 1285, el fraile lo maldijo en su Tratado de penitencia, que no fue dado a imprenta, sino a scriptorium.

Tutivillus haciendo de las suyas en un “scriptorium” del siglo XIV.

Todas las noches, Tutivilo repasaba los pupitres de los amanuenses uno por uno. Tomaba buena nota de los errores contra la gramática y el dogma que les había podido colar y los copiaba en los infinitos volúmenes del censo infernal de escritores. Cuando Gütenberg inventó la imprenta, Titivilo se obsesionó con las erratas igual que los lémures con las habas que los romanos les tiraban. Hoy lo sigue haciendo con los originales almacenados en los discos duros. El día del Juicio Final, nuestras virtudes como juntaletras se pondrán en un platillo de la balanza y las erratas en el otro. De dónde quede el fiel, dependerá nuestro destino para los restos.

Jorge Ordaz no lo nombra en su Diabolicón, catálogo actual de las huestes infernales y de los duques y mariscales que las gobiernan. Sí habla, en cambio, de Bibliofas, un demonio tipógrafo «que se confunde con los duendes de imprenta». Bibliofas sobrevive hoy gracias a una mutación: es el diabólico patrón de los inoculadores de virus informáticos.

Tutivilo, en cambio, sí es un duende de imprenta. Como Bibliofas, supo adaptarse a los tiempos y acabó de geniecillo de las ondas. Pero hoy, gracias al eBook, ha combinado el colmo de la electrónica con las primitivas galeradas. Es, por tanto, el responsable de nuestros gazapos, que nacen como champiñones a la sombra fértil del descuido.

Las erratas nacen como champiñones a la sombra fértil del descuido

La Virgen de la Misericordia protege a los Reyes Católicos de Tutivillus, arriba a la derecha cargado con libros. Tabla de Diego de la Cruz (s. XV).

Ahora bien, Tutivilo es un subalterno del archidiablo Belfegor. Este es el demonio particular de Francia, señor priápico y patrón de las invenciones. El demonólogo Orgaz lo pinta «sentado en una bacinilla, como si de exonerar el vientre se tratase». Dada su relación jerárquica con Tutivilo, más que el duende de las erratas, será, muy propiamente, el de las cagadas. Pues, como lector y autor de novela histórica, de eso vengo a hablar, de cagadas documentales.

El mejor astringente para la cagalera del novelista histórico no es la exhaustiva documentación, sino la humildad. Tan raquítica virtud conduce a no hablar de lo que ignoramos y a calibrar cuánto nos queda por aprender.

¿Quién nos iba a decir que un académico tan airado como Pérez Reverte se iba a adelantar a sus críticos para reconocer un garrafal error cronológico? Y es que el demonio está en los calendarios. Tutivilo, como trilero que es, le cambió una fecha por otra y así fue a imprenta El tango de la Guardia Vieja. Uno de sus personajes lee en 1928 El filo de la navaja, de Somerset Maugham. Tuvo que ser el primerísimo borrador del británico, porque no publicó tal obra hasta 1944. «Constituye una buena lección de humildad profesional y de vida en general», reconoce el padre de Alatriste. En las ediciones posteriores, aquel lector privilegiado se solaza con El velo pintado, que es de 1925.

Reverte, Mahfuz, Posteguillo… Nadie se libra del demonio Titivilo

Y de un académico a un Nobel, Naguib Mahfuz. En La maldición de Ra, los caballos del ejército del faraón relinchaban «y sus carros retronaban». Ese faraón es Keops, que vivió en el siglo XXVI a. C. Al hablar de carros, Mahfuz se refiere a la biga con ruedas de llantas, uno de cuyos mejores ejemplos apareció en la tumba de Tutankamón, que reinó doce siglos más tarde. Y es que los faraones no se subieron a un carro de guerra hasta la invasión de los hicsos, diez siglos después de lo que imaginó el Nobel egipcio.

Faraón egipcio en su carro de guerra tal y como lo concibió el ilustrador militar Angus McBride (Osprey Publishing).

Ya se ve que Titivilo no se achanta con víctimas de tronío. Tras un Nobel y un académico, vamos ahora con un superventas. En la página 134 de la decimocuarta reimpresión de Africanus: el hijo del cónsul, de Santiago Posteguillo, podemos leer: «En la estantería inferior, se podían ver dos canastillas con obras de los grandes filósofos helenos Sócrates, Platón y Aristóteles». A Sócrates lo mató la cicuta, pero él había matado antes sus ganas de escribir. Las ideas socráticas las conocemos a través de Platón, Jenofonte, Aristipo y Antístenes. Pero no por la mano ni el stilus de Sócrates.

En tiempos de Cervantes aún no había suripantas

En otra novela, entre detectivesca e histórica, Misterioso asesinato en casa de Cervantes, de Juan Eslava Galán, publicada en 2016, año cervantino, podemos leer lo que sigue: «las suripantas desampararon sus esquinas». Se refiere el autor a las cantoneras, prostitutas de calle. Lo mínimo que se le puede pedir a una novela que se atreve con la riqueza léxica de Cervantes y del Siglo de Oro es que, en caso de lucimiento, se luzca uno con el lenguaje de la época.

Las suripantas originales, motivo de escándalo en 1866, con el empresario Francisco Arderius.

El vocablo «suripanta» no existía en el siglo XVII. Nació el 22 de septiembre de 1866, con el estreno en Madrid de la comedia bufa El joven Telémaco, con libreto del zaragozano Eusebio Blasco Soler y música del alicantino maestro Rogel. Tal día se tiene como el comienzo del teatro de variedades en España. En la obra aparecía un coro de bailarinas dizque helénicas que enseñaban las pantorrillas y remedaban el griego clásico: «Suri panta, la suri panta, makatruki de Somatén». La palabra se hizo tan popular que entró en el diccionario como «mujer moralmente despreciable» (por culpa de las pantorrillas de las coristas). Y ahí sigue, en el catálogo lexicográfico de la RAE; algunas aún no se han dado cuenta, que cuando se den, vamos a tener movida…

Ni el espacio ni la paciencia del lector dan para más homenajes a Tutivilo, salvo uno del propio Pérez Reverte. El académico recuerda un viejo chiste de tipógrafo: «El corrector certifica que este libro no contiene ninguna errita». Ya se ve que la última palabra la tiene siempre Titibilo.

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