No hace ni dos meses que llegaron estos polluelos. Allá por el 18 de mayo eran dos tiernas bolitas de peluche, eso sí, con sus narizotas de payasetes y sus zapatones membranosos. Cómo si a estos cisnes en miniatura les hiciera falta ser todavía más graciosos para caernos aun mejor….

© José Juan Picos

Hace solamente dos meses, pero hay que ver cómo han crecido los condenaos

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Polluelos como los que ilustran esta entrada son los invitados estelares del espectáculo natural de la ría de O Burgo. La pueblan todo tipo de patos y ánades, garzas y garcetas, cormoranes y, cómo no, gaviotas; hasta un ibis tuvimos durante varios años, tan poco tímido como puede verse en la fotografía inferior. Este ejemplar es un ibis sagrado, con la cabeza y la cola negras. Para los antiguos egipcios, era la encarnación de Tot, el dios de la sabiduría. Pero los monarcas de nuestra pajarería acuática son, sin ninguna duda, los cisnes. Y los que hoy traigo aquí son sus príncipes y princesas.

Las nidadas de cisnes son más escasas y, a veces, estériles

© José Juan Picos

Al despuntar la primavera, no hay día que los vecinos de la ría no miremos si ya hay puestas. Confirmado que quizá tengamos nidadas, la siguiente vigilancia es para comprobar que hayan roto el cascarón. La expectación por verlos salir me recuerda de lejos la ansiedad infantil de los días previos a la Noche de Reyes. Porque la verdad es que son un regalo y así los recibimos.

Hace años las puestas eran de seis o siete huevos. Y salían todos. Pero desde hace un par de primaveras son más escasas y, en ocasiones, ningún cascarón llega a romperse. El año pasado tuvimos solamente dos polluelos, y uno de ellos desapareció. Este año tenemos tres nadando entre mareas. ¡Ah!, ¿que no lo he mencionado? Son cisnes de agua salada, claro, hechos a los temporales que a veces se cuelan y colean ría arriba.

Es decir, que una de las parejas de esta temporada tiene dos crías y otra una. Si nos paramos a pensar, quizá sea un mecanismo natural. La ría está saturada de ejemplares y los cisnes son muy territoriales. Si un macho se cuela en los dominios de otro, el titular se hincha, pone pecho de espolón de galera y llega a perseguir en vuelo al invasor. Así que puede que las puestas cortas, o infructuosas, sirvan para regular la población.

A estos pavitos solo les faltan las espinillas y el reguetón

Cuando salen del huevo, las crías están muy lejos de parecer patitos feos, pero hay una etapa, quizá comparable con la adolescencia humana, que se presenta, vamos a ver, pongámosle que «difícil». El plumón les cambia del blanco al ceniciento, y se diría que alguien se lo ha recortado, pero a mordiscos. Están como despeluchados, grises, algo desgarbados y, aunque ya nadan más a su bola, no se separan de papá y mamá. Solo les faltan las espinillas y su playlist de reguetón en el iPhone flamante. En fin, que ni patos ni cisnes, más bien pavos: están en la edad. Eso sí, en vez de tardar catorce años en llegar, les basta con dos meses.

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Un triunfo de una Naturaleza castigada, pero sabia y eficaz

Y eso es lo que hoy quiero traer aquí, que no todo va ser hablar del Brexit. Vengo con un triunfo de la Naturaleza, tan sabia que emplea sus recursos con ejemplar eficacia. Triunfo generoso y desinteresado, porque a pesar de los vertidos y la chatarra con la que castigamos a la ría de O Burgo, ella nos entrega todas las primaveras este bello regalo. Es verdad que lo vamos entendiendo, pero ojalá esa conciencia medioambiental creciera a un ritmo tan rápido como el de estos cisnes en la edad del pavo.

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