Una roussoniana recomienda en Twitter que ante el atentado islamista de Barcelona leamos Las cruzadas vistas por los árabes. Y un cruzado le responde que a ver si puede parar la furgoneta de un terrorista tirándole el libro de Amin Maalouf.

A ella la califico de «roussoniana» porque me atrevo a decir que padece ese neocolonialismo humanitario que conduce a la apología urbanita del buen salvaje, aunque sea un barbudo circundidado cargado con una mochila-bomba. A él  lo tildo de «cruzado» porque quizá piense, aunque no lo tuitee, que «el único salvaje bueno es el salvaje muerto». Y califico el atentado de «islamista» porque Islam significa «sumisión» y la Yihad es su látigo.

¡Ni un solo tuit, ni un retuit, en setenta y dos horas! Daba asco

Sé que esto ha pasado en Twitter porque he sido un miembro pasivo de la comunidad del pajarito desde el jueves. Ni un trino ni un retrino; ni un pinchazito en los corazoncitos; ni una respuesta en los bocadillitos. Cero actividad en todas mis redes sociales durante setenta y dos horas. Nada desde la alarma y el dolor por el atentado hasta la confirmación de la miseria de un país que ha vuelto a usar cadáveres aún tibios para hacer campaña, como en el 2004.

Si los independentistas pretenden comparar, para mejor, a Puigdemont y Forn con Rajoy y Zoido es que van más ciegos que Cheech y Chong. Como los tuiteros de la izquierda neolítica, que llaman «esquiroles» a los guardias civiles y aplauden a los mossos después de haberlos señalado como arquetipos del torturador. Perros del hortelano.

Aun así, a pesar del repulsivo espectáculo a cuenta de las víctimas, durante estos tres días he sido un san Antonio anacoreta. ¡Cómo he resistido las tentaciones cibernéticas! Pero he vencido sobre la Red y sobre mí y mis pulgares. Todo para acabar concluyendo que Twitter es la bicoca de un puñado de ocurrentes, un vertedero de consignas, una taberna de gresca fácil y un todo a cien de la inteligencia. Mucho me temo que los narcotraficantes ya no tengan la exclusiva de forrarse el riñón a costa de fundir los cerebros de sus clientes…

Soy hijo del camino, caravana es mi patria…

Por eso me he ocupado en limpiar la casa. He soltado lastre, es decir, seguidores, y me he quedado con un montón de escritores que tampoco venden una escoba. «Autores independientes» nos llaman. Como una vez que nos seguimos ya no nos hacemos ni puñetero caso, pues tan a gusto. En fin, que me he ido a las cruzadas contra la bobería.

Pero vuelvo con la trinadora roussoniana y con su mención al libro de Amin Maalouf.  Antes diré que León el Africano es una de mis novelas favoritas, de las de releer. Aunque solo sea por cómo la abre el libanés: «…me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy […] Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más insospechada aventura». Y entre mis libros de consulta y documentación tengo, claro que sí, Las cruzadas vistas por los árabes. Es más, lo he tenido dos veces, porque el primer ejemplar se me extravió en una mudanza.

Maalouf no escribió Las Cruzadas… para dar o quitar la razón a nadie

Por razones obvias no se lo tiraría a un terrorista salvo que tuviera la seguridad de darle en un ojo. Pero tampoco se lo recomiendo a nadie para que lo meta en el morral junto a El libro rojo de Mao para dummies y un manual de guerrilla urbana. Porque el exiliado Maalouf no lo escribió para dar o quitar la razón a nadie, sino porque faltaba entre el público occidental ese punto de vista. Y porque lo que dice ahí es mucho más refinado que un maniqueo eslógan sobre la bondad del «monoteísmo heteropatriarcal y hegemonista» islámico frente a la maldad del «monoteísmo heteropatriarcal y hegemonista» cristiano. Y Amin Maalouf lo confirma al recordar en Las cruzadas… un hecho que en la historia del milenario enfrentamiento entre Europa y Asia ha quedado como una anécdota casi desconocida…

Guardias palaciegos, jinetes y milicianos del califato fatimita. Ilustrador: Angus McBride (Osprey Publ.)

A finales del siglo XI, a las puertas de la Primera Cruzada, la Gran Siria se la repartían dos reinos musulmanes. Uno era el califato fatimita de Egipto y el otro una horda de señores de la guerra de origen turco selyúcida que mangoneaba el debilitado califato abásida de Bagdad. Los califas fatimitas practicaban el ismailismo, una variante esotérica del chiísmo. Los asesinos de Alamut, los míticos sicarios enajenados con hachís, eran de una rama ismailita. Los turcos selyúcidas venían de Asia central y eran de fe sunita. Los abásidas se tenían por descendientes de Abú Abbas, tío de Mahoma, y sus antepasados habían apoyado a Alí, el mártir del chiísmo.

En Europa, Inglaterra vivía una guerra civil y el Sacro Imperio Germánico se las veía con el Papado. No estaban para cruzadas. Lo que luego fue España, tampoco: andábamos de reconquista. La pequeña nobleza franca, ávida de botín, era la única dispuesta a liberar los Santos Lugares. Su rey, Felipe I, ansioso por mantener entretenidos a tan belicosos señores, les dijo: “¡Con Dios, mesiés!”. Y les señaló el Levante.

Nos cuenta Maaluf que el insoportable hedor de los caballeros francos de la Primera Cruzada, tildados de bárbaros por los musulmanes, intimidó a las huestes de Alá antes que sus espadones y sus caballones de guerra. Recordemos que los musulmanes estaban, y están, obligados a las abluciones diarias y que habían mantenido algunos refinamientos de los territorios grecorromanos en los que sus antepasados vivieron y que sus descendientes invadieron. Porque en los desiertos y en las estepas había los mismos spas que en los castillos de Normandía, no nos confundamos.

Confirmado: sigo sin ir a misa los domingos. Ni a la mezquita los viernes, ni a la sinagoga los sábados... Clic para tuitear
Vistos así, los cruzados no parecen tan pestíferos como dice Amin Maalouf. Pero con semejantes vestuario, algo debían de sudar… (Osprey Publishing).

Los bandos quedaron meridianamente claros, también por su grado de higiene. En uno, los francos, defensores de la verdadera fe; y en el otro, los musulmanes, defensores de la fe verdadera. Gracias a la división de los musulmanes sirios y a la calidad de sus aceros, los cruzados, llamados frany por los árabes, dominaron en treinta años el litoral mediterráneo desde Turquía hasta Egipto. Pero como la vida no siempre es un infierno y el paraíso puede esperar, cruzados y muyahidines se dieron cuenta de que tenían en común más de lo sospechado. Eso, o que los francos descubrieron el agua, el jabón y los desodorantes.

Porque así nos planta Maalouf en la batalla de Tell Basher (1108), en la frontera sirio-turca. De una parte, Tancredo de Antioquía y sus caballeros francos. Del otro, Yawali, el emir de Mosul, con sus árabes en el ala izquierda y los turcos en la derecha. Pero Tancredo viene reforzado con seiscientos jinetes selyúcidas «de largas trenzas». Y el emir trae una hueste de cristianos al mando de Balduino de Edesa que se sitúa en el centro del ataque. Poder, ambición y codicia terrenales los une y los separa. Y, por supuesto, la espiritual defensa de la verdadera fe verdadera, caiga donde caiga.

«Los frany no habían tardado mucho en convertirse en jugadores de pleno derecho en el pimpampum de los reyezuelos musulmanes», comenta Maalouf con ironía. Y añade que los cronistas musulmanes no se escandalizaron en absoluto por tales alianzas.

El legado de Saladino no superó los odios y rencillas entre musulmanes

Arquero, jinete pesado y timbalero de las tropas selyúcidas. Ilustrador. Angus McBride (Osprey Publ.).

Remata el libanés que, en medio de aquel sangriento guirigay de las cruzadas, Saladino, un musulmán kurdo que no hablaba árabe, unió al Islam y derrotó a los cruzados. Y añade que aquel triunfo se convirtió, gracias de nuevo al fanatismo y a las renovadas divisiones entre los fieles de Alá, en una derrota que llega hasta hoy.

Nosotros podríamos concluir, quizá malentendiendo a Maalouf, que el verdadero peligro para Occidente no está en los atentados en suelo europeo, sino en el riesgo de otro Saladino que, desde luego, no será Bin Laden, ni parece que vaya a serlo el califa Abu Bakr al Bagdadi. Hasta ese día, que se sigan matando entre ellos es infierno suyo y paraíso nuestro, por eso Occidente no planta olivos en Oriente Medio, sino extensos campos de cizaña.

No queremos niños muertos en las orillas del Mediterráneo. ¿Quién iba a quererlo más que los mercaderes de la guerra de uno y otro lado? Pero igual que no voy a las iglesias en domingo, tampoco quiero que ir a las mezquitas los viernes ni los sábados a la sinagoga. La mitología en las bibliotecas. Y ya iré yo cuando me pete sin que un inquisidor, un imán o un rabino me obliguen o me reprochen mi impiedad. De eso va vivir en Occidente.

Un libro no es una bandera; y si lo es, no es un libro

Y tampoco admito que me restrieguen un libro por la cara como si fuese la verdad definitiva. Porque el blanco y el negro de un libro han de estar solo en los colores de la tinta y el papel y no en las intenciones de su autor. Estas serán matices del gris, como en Las cruzadas vistas por los árabes. Porque un libro no es una bandera, y si se puede izar en un mástil, no es un libro.

Eso es lo que no admite Twitter con sus 140 caracteres: los matices. Y eso es lo que, cada vez menos, permiten los, cada vez más, intransigentes tuiteros que se ufanan de leer. ¡Pobres libros!, para lo que han quedado, para arengar a la horda y marcar la frontera entre buenos y malos. Y eso siendo optimista, porque doy por sentado que mi rousseniana trinadora ha leído a Amin Maalouf. ¡Tan mayor y tan ingenuo!

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