Nada menos que tres kilos de bronce cargaba sobre los hombros la peor jaqueca de Zeus. Y como si nada. A la diosa que nació del cráneo abierto de su padre no le quedaba otra que tener buena cabeza, claro. Buena por fuera, porque era de una belleza majestuosa, aunque severa. Y, desde luego, magnífica por dentro. No en vano era la diosa de la inteligencia, representada, como ya te conté en dos entradas anteriores, por el mochuelo de ojos despiertos.

¿Ligera de cascos la estirada de Atenea? ¡Pero qué dices!

Esos tres kilos de los que te hablo le corresponden al muy tópico casco corintio. Tópico porque es la más representada de todas las defensas capitales de los guerreros griegos, que fueron unas cuantas. En consecuencia, es la más reconocible. Los primeros modelos se fabricaron alrededor del siglo VIII a. C. y sobrevivieron, en una versión muy pintoresca, hasta la República romana. ¡Y hasta el infinito y más allá!, como bien te demostraré al final.

Un casco corintio sin cresta ya pesaba sus buenos tres kilos

Hay un relieve ático en el que Atenea aparece con su yelmo corintio de tres mil gramos. Lo lleva en la posición de marcha o descanso. No solo es una escultura hermosa, sino también extraordinaria, pues representa a la diosa en una actitud muy humana y, a la vez, muy suya.

«Atenea pensativa» (Atenas, siglo V).

La marmórea Palas reflexiona; o quizá dude, ¡ella!, porque se encuentre ante un dilema; puede que solo, y no sería poco en una diosa, esté cansada, ya que se apoya en la lanza y mira al suelo. Como el artista la representó ante una estela funeraria, hay quien supone que, en realidad, se lamenta por la destrucción de Atenas en la Segunda Guerra Médica.

Atenea aparte, si hay una imagen famosa de un casco corintio es la del busto galeado (con casco) de Pericles (495-429 a. C.). El escultor lo representó como strategos y con el yelmo alzado, un atributo del poderío bélico del personaje. Aunque, sobre esto, hay otra versión…

Dice Plutarco en Vidas paralelas que el físico de Pericles «era en todo irreprochable, pero con la cabeza alargada y desproporcionada. Por eso sus estatuas están casi todas provistas de casco, al no querer los artistas, según parece, hacer de ello motivo de escarnio». El historiador romano recoge, en realidad, las críticas de los comediógrafos áticos del siglo V a. C.. Por ejemplo, las de Cratino, que lo califica de esquinocéfalo («de cabeza acebollada»): «El Zeus de la cabeza acebollada, Pericles, aquí se acerca, llevando el Odeón sobre el cráneo». Ese odeón es el recinto para certámenes musicales que mandó construir Pericles junto al Teatro de Dioniso; en vez de ser circular, según el canon arquitectónico de la época, era cuadrado.

En este plano de la Acrópolis, el 1 es el Partenón; el 18, el Teatro de Dioniso; a su lado, con el 19, el Odeón de Pericles.

Cratino tenía a Pericles por un tirano y un demagogo. De ahí que lo compare con Zeus, «el amontonador de nubes», al calzarle el epíteto satírico de «amontonador de cabezas». No se burlaba solo del tamaño, sino también de su pericia para convocar a las masas y amenazar con ellas a la democracia ateniense. Otro comediógrafo, Teleclides, afirmaba que en la testa de Pericles cabían «once lechos», en alusión a los kline de los banquetes. Éupolis lo tilda de «exponente capital» y Hermipo se asombra: «¡Qué calabaza!».

Pericles «esquinocéfalo», modelo corintio-motero y Atenea Giustiniani. Todos en posición de descanso.

¿Y qué ventajas ofrecía el casco de Pericles y Atenea sobre otros modelos? Como el aspis, el escudo heleno por antonomasia, el corintio se inventó para servir a la innovadora falange hoplítica. Dicen que fue en Argos donde, por primera vez, una milicia cívica griega formó así; corría el siglo de Homero, el VIII a. C.. Y cuentan que el argivo Fidón fue pionero en adiestrar a sus conciudadanos para que, escudo sobre escudo, hombro con hombro, arremetieran contra sus enemigos, ya fuesen bárbaros o civilizados.

¿Cuántos hoplitas morirían en batalla por un golpe de calor?

Hoplitas con cascos corintios en batalla. «Ancient Armies», de Tim Newark. Ilustrador: Angus McBride.

Alguien me preguntará: «Pero, con semejante casco, esa gente vería poco, su voz quedaría embozada y no oiría nada». Ni falta que les hacía: su objetivo era marchar, prietas las filas, para arrollar con su lanzas al enemigo. Y añado que las campañas bélicas eran estivales, con la caló que haría en Grecia. Por las dudas, ahí van cinco batallas famosas:

  • Maratón, 12 de agosto de 490.
  • Termópilas, agosto o septiembre de 480 a. C..
  • Salamina, septiembre de 480.
  • Platea, 27 de agosto de 479.
  • Leuctra, 6 de julio de 371.

¿Te imaginas los sudores de esos hombres? ¿Cuántos caerían por los golpes de calor después de hornearse los sesos en un corintio? ¿Y, entonces, por qué los usaban? Pues por su eficacia ante las heridas punzantes e incisas del enemigo; como, además, iban acolchados por dentro, amortiguaban el impacto de las contusas.

Portada de The Ancient Greeks, de N. Sekunda. Ilustrado por Angus McBride (Osprey Publishing). Vemos dos yelmos corintios en posición de descanso y un casco ático.

El hombre que desaparecía bajo el casco perdía su humanidad

Leónidas y sus 300 con cascos corintios. Autor: Giuseppe Rava. Portada del nº 14 de Desperta Ferro (Antigua y Medieval), «Esparta».

En el combate, el rostro del hoplita se fundía con el metal, y no solo por el calor. La falange ofrecía la imagen inhumana de guerreros metálicos desprovistos de compasión. Frente a los combates singulares de la Ilíada, con héroes obsesionados con la posteridad, los hoplitas eran ciudadanos anónimos que luchaban por sus respectivas polis. El rey en armas vs. la ciudad en armas.

Los cascos de los aqueos ante Troya dejaban ver los rostros de los héroes; los de Maratón y las Termópilas convertían al hoplita en un autómata de bronce recién salido de las fraguas de Hefesto. Narcisismo frente a patriotismo. El Aquiles desmesurado del duelo con Héctor en contraste con el sereno Sócrates que peleó, escudo sobre escudo, en la Guerra del Peloponeso.

Por eso Brad Pitt no luce un auténtico casco corintio en Troya, porque no le veríamos su cara bonita ni esa mirada Zoolander Acero Azul. De hecho, la defensa que lleva el galán cinematográfico en el peplum de 2004 anda a medio camino entre el corintio y una derivación suya, el calcídico. Este segundo tipo de casco dejaba los oídos al aire y convertía la cerrada defensa de las mejillas en carrilleras fijas o con bisagras.

Ilustrador: Radu Oltean

Las carrilleras articuladas me dan la ocasión de mencionar otra variante de los cascos griegos, el conocido como ático. Este fue más longevo aún que el corintio. Es el modelo arquetípico del legionario romano en la cultura popular. Sin ir más lejos, es el que aparece en los tebeos de Ásterix o en los peplum de Hollywood y Cinecittà. De hecho, los restos arqueológicos que nos han llegado de este tipo de defensa son romanos, no griegos.

Por su propia leyenda, el corintio llegó hasta la República

Si traigo aquí los cascos áticos es por la recreación de la Atenea criselefantina del Partenón de Nashville. Los sureños replicaron el templo ateniense en 1897 como parte de las celebraciones por los cien años de la adhesión de Tennessee a los Estados Unidos.

El casco de la Atenea dixie es similar al del tercer hoplita, de izquierda a derecha, de la ilustración de Osprey de más arriba. En ambos casos, las carrilleras están levantadas. El de Palas es un abigarrado ejemplar con tres crestas.

Dije al principio de esta entrada que el casco corintio griego, cuyos primeros ejemplares se datan en el siglo VIII a. C., llegó hasta la República de Roma. Los armeros romanos tomaron la versión del yelmo alzado, en posición de descanso, para crear el modelo apulo-corintio, que estuvo muy de moda entre la oficialidad legionaria.

Atenienses, romanos y mandalorianos: si no tienes un corintio, no eres nadie

Portada del nº 5 de Desperta Ferro (Antigua y medieval), «La República en peligro».

En el detalle de otra portada de la revista de historia militar Desperta Ferro, vemos a Quinto Sertorio, rebelde en Hispania contra el dictador Sila (s. I a. C.). Setecientos años después de la fabricación del primer corintio, Sertorio aún lo evoca, quizá porque ofrecía a sus poseedores cierta aura de prestigio, por arcaizante y porque era de influencia helena y no celta, como otros modelos legionarios.

Pero también era un casco que mejoraba la visión y la audición de unos soldados, los romanos, con tácticas más dinámicas y armas como el pilum, que, más que una lanza, era un venablo. Si te interesa conocer la evolución de los cascos romanos desde la República hasta el Imperio de Oriente, les di un repaso en esta entrada de la revista literaria Capítulo 1, donde escribo sobre documentación en la novela histórica.

De quedarme aquí, en la dictadura de Sila, me estaría quedando muy corto. La influencia y longevidad del casco corintio de Atenea llega hasta la estrellas. Si nos fijáramos en la mitología contemporánea, podríamos encontrar héroes que aún lo portan. Es decir, que los herreros helenos de hace dos mil ochocientos años tuvieron una idea tan buena que los vestuaristas de las grandes sagas de ciencia-ficción todavía se inspiran en ella.

Magneto y los cazarrecompensas y pretorianos de Star Wars aún lo usan

En 1938, entre la maleza de la margen izquierda del río Guadalete (Cádiz), alguien encontró una pieza arqueológica singular. El director del Museo de Jerez, Manuel Esteve, lo identificó de inmediato. Era un casco corintio de la época arcaica, con más exactitud, del siglo VII a. C.. Le faltaba la espiga nasal, pero se observaban, taladrados en el bronce, los ojetes para coser el forro interior. ¿No te parece que es gemelo o, por lo menos, mellizo del que porta Michael Fassbinder en su interpretación de Magneto?, ¿o del corinto esquemático del mercenario mandaloriano de la nueva serie basada en la saga de Star Wars?

¿Y no se dan un aire el corintio del Período Clásico y a los cascos de los comandos republicanos y de los guardias del Senado de Star Wars?

 

¿Cómo se te ha quedado el cuerpo? Oye, es que es meterse en un mito y empezar a encontrar pistas como encuentras bobos en Twitter. Y con nada de trabajo y una pizca de curiosidad. El caso es que hoy nos hemos colado en el fondo de armario de Atenea para saber qué se ponía en la cabeza y mira cómo hemos acabado: perdidos en el espacio. Siempre te lo digo: todo está en los mitos.

¡Ah!, por cierto, ¿qué mejor sitio que este para hacerme autopromoción? Si quieres saber más cosas —¡Y qué cosas!— de Palas Atenea, te las cuento en mi último libro, ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario).

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