Esta semana me han tildado de «indocumentado». ¡Será por carnés! Llevo en el bolso el de identidad, el de conducir y cinco de bibliotecas estatales, diputacionales y municipales. ¿Cómo?, ¿que si uso bolso? ¡Pues claro! Ni mochila ni  morral, ni riñonera ni mariconera: b-o-l-s-o. ¿Dónde, si no, iba a meter tanto carné, la cartera, el monedero surfero, las gafas de presbicia, el bloc de notas, el móvil, el plumier, un par de libros y lo que se tercie? Uno madura cuando, por fin, pone la comodidad y el pragmatismo por delante de los prejuicios.

¿Cuánto hay de Farenheit 451 en la retirada del cuadro de Hylas?

Mono mi bolso, ¿eh?

La culpa de tamaño baldón profesional —«indocumentado»— es del dichoso cuadro de Waterhouse. No, pobrecito, él es tan víctima como yo. La culpa la tiene el feminismo amazónico (por las míticas guerreras misántropas, no por el río). Y es que a quienes hemos visto más de Farenheit 451 que de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la retirada de un cuadro con desnudos, eso ha sido lo más leve que las seguidoras de #MeToo nos han llamado. «Bueno, ¿y qué esperabas?», podría preguntarme a mí mismo: varón, caucásico, heterosexual, «polla vieja», español, europeo y rendido admirador de la orgía de talento e ingenio que son todos y cada uno de los cuentos de Guy de Maupassant, muy susceptibles de acabar en la lista de obras prohibidas de Oprah Winfrey. Eres un sospechoso habitual te pongas como te pongas.

Recapitulo para los afortunados ignorantes de la rabiosa actualidad. Una obra del prerrafaleita John William Waterhouse, Hilas y las ninfas (1896), ha sido descolgada de su pared en la Manchester Art Gallery para animar al debate sobre la «cosificación» de la mujer. Resulta que se dieron cuenta de que a las náyades se les veían las tetas. No todas, las cosas como son; siete ninfas por dos pechos hacen catorce senos, pero, en realidad, solo se ven seis; los otros ocho están ocultos por briznas de hierba y vegetación lacustre y por las posturas de las protectoras de la charca. Por cierto, en castellano es Hilas, con -i- latina; en el título he dejado la griega para que Google me lo menee mejor.

Ray Bradbury: «A más mercado, menos controversia»

A quien piense que exagero por venírseme a las mientes la magistral novela de Ray Bradbury —antaño distopía y hogaño actualidad— le regalo este fragmento: «Consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No debemos meternos con los amantes de los perros, de los gatos […] mormones, baptistas […] chinos de segunda generación […] nativos de Oregón o de México. En tal libro, en tal obra, en tal serie de televisión la gente no quiere representar a [nadie] real. Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. Todas las minorías, por muy pequeñas que sean, con sus ombligos siempre limpios. Los autores están llenos de pensamientos malignos; hay que bloquear las máquinas de escribir». Y los pinceles, que los carga el machismo. Tales consejos le suelta su jefe al pirobombero protagonista de esta obra de 1953. No exagero nada cuando digo que Farenheit 451 es actual: en Twitter he visto a los bomberos independentistas catalanes avivar el fuego de la fabulación en vez de apagarlo.

El cuadro descolgado en la galería de Manchester, “Hilas y las ninfas”, de John William Waterhouse.

Lo que se me reprocha es no haber leído las informaciones sobre la retirada del cuadro y, por tanto, se me acusa de hablar de oídas o dando voz a mis prejuicios. Pero el caso es que lo hice, documentarme, quiero decir: en El País, en ABC, en eldiario.es, en El Mundo, en El Español y en The Guardian (sin traductor de Google ni ). «Bueno, entonces es que no las has leído completas»… Sí, hasta la publicidad del faldón… «¡Pues no te has preocupado de repasar las actualizaciones!»… Que sí, la de El País, por ejemplo, que da fe de «un error»: todo forma parte de un vídeo para la exposición de la artista Sonya Boyce. ¡Ah!, me quedo más tranquilo… ¡Venga ya! Si las feministas han visto una intención ideológica en el cuadro de Waterhouse, ¿acaso no la podemos ver los demás en el vídeo de Bryce? Tan poco «inocente» es un arte como el otro.

“Hilas y las ninfas acuáticas”, óleo de la pintora británica Henrietta Rae (1859-1928).

La excusa para tal acto de protocensura es que se quiere abrir un debate sobre el uso y abuso del cuerpo femenino, pero smiling, que es como se hacen las revoluciones hoy en día. Pues a mí no me hace maldita la gracia, y menos cuando leo la justificación de la conservadora del museo, Clare Cannaway: “Siento vergüenza por no haber abordado este asunto antes. Hemos olvidado fijarnos en este espacio y pensar apropiadamente en él”, en referencia a los debates generados por #MeToo y Time’s Up.  Se ve que la conservadora ha seguido los consejos del jefe de pirobomberos.

Más que de censura hay que hablar de galopante puerilidad

Más que de censura, habría que hablar de la antes insidiosa y ahora galopante puerilidad de la población adulta de Occidente. Su evidencia es el éxito del pensamiento mágico entre, por ejemplo, algunas corrientes feministas, aunque ni mucho menos sea exclusiva suya. Cuando un niño se asusta cierra los ojos; cree que, con eso, el «monstruo» desaparecerá por arte de magia. A veces refuerza su ceguera temporal con un grito: «¡Vete!». El adulto susceptible pervierte la idea infantil: «¿Por qué voy a cerrar yo los ojos? ¡Que cierren ellos la boca!».  Y si no la cierran, no les decimos que se vayan, los quitamos de en medio.

Bradbury habla de otro recurso para alcanzar el ideal de una sociedad iletrada: indigestar a las masas con una ingente cantidad de cultura en píldoras hasta llevarlas, y esto lo interpreto yo, a la bulimia intelectual, de tal modo que, al vomitar, lo que salga sean prejuicios y furia, que también la progresía los tiene, y cada vez más. Lo siguiente es un proceso anoréxico por el que ya no se permite la entrada a ningún alimento intelectual.

“Hilas raptado por las ninfas”, cuadro de Édouard-Théophile Blanchard (1844-1879).

Como escritor, como guionista, como periodista educado en un país occidental con el riquísimo patrimonio artístico que tiene España, considero indispensables dos alimentos hoy despreciados y que, sin embargo, son ingredientes esenciales del caldo de nuestra identidad: la mitología griega y la hebrea. Es decir, la Ilíada y la Odisea de Homero, la  Teogonía y los Trabajos y Días, de Hesíodo, y la Biblia. En todos estos libros reside nuestro catálogo genealógico como ciudadanos cultivados de un país occidental. Hasta los descreídos como yo encontramos en ellos arquetipos, símbolos, situaciones e inspiración. Si los respetáramos, pero de cerca, magreándolos y, sobre todo, leyéndolos, evitaríamos ridículos tan hilarantes como el de la charlotada de Manchester. ¿Por qué «ridículo» y «charlotada»? A eso voy…

Mosaico galorromano del siglo III que representa el rapto de Hilas por las ninfas.

Antes de llegar a convertirnos en una edénica sociedad sin letras ni pensamiento propio, hemos de pasar por la etapa actual, que es la del analfabetismo funcional, que nos aleja de la adultez y nos devuelve a la infancia. Las feministas que han elevado su endémica censura hasta la dirección del museo británico se lo habrían pensado mucho de conocer su mitología, que es la de todos; aunque resultaría aun más escandaloso que la conservadora tampoco la conociera cuando ha sido fuente de tantas y tantas obras de arte.

De hecho, hay grupos de lesbianas que usan símbolos míticos: el labrys, el hacha de dos cabezas minoico que simboliza a la Diosa Madre; o, con menos tino, incluso llevan como estandarte a la virtuosa corredora Atalanta, quien, menuda paradoja, se casó con el primer hombre que le tiró tres manzanas de oro a los pies. Salvo El Mundo, que ofrece algún dato sobre el argumento del cuadro, tampoco los medios españoles que he consultado han subrayado la muy contradictoria acción perpetrada en el museo manchesteriano. Y digo que hay contradicción porque las censoras, al mirar el cuadro, han leído «tetas» y «patriarcado» pero no han entendido nada del texto de la obra. Hilas y las ninfas representa el instante previo, congelado por Waterhouse, al rapto y violación de un menor por grupo de salvajes. Un delito de género cometido por personajes femeninos en la persona de un doncel homosexual.

Hylas era la media naranja de una naranja homosexual…

El mito censurado en Manchester tiene como protagonista a un erómeno, es decir, a un griego entre los catorce y los dieciocho años «amado» —eso significa erómenos— por un erastés («amante»), un varón adulto de su misma condición, generalmente aristocrática, y con un grado superior de cultura y compromiso con su polis. Claro, hablamos de la pederastia helénica, rito de paso por el que un adolescente se hacía hombre y, sobre todo, ciudadano. ¿Y quién era el erastés de Hilas? Pues el arquetipo de la masculinidad, el héroe engendrado por Zeus en Alcmena, Heracles. Y aquella no fue la primera vez que Hércules cruzaba la calle; asegura Plutarco en sus Obras morales y de costumbres que los amados de Heracles son difíciles de catalogar «por su gran número». Sin ir más lejos, ya había tenido a su cargo y entre los brazos a su sobrino Yolao, su escudero y auriga; otro día explicaré por qué los carros de guerra griegos tenían tanto del Simca 1000 de los Inhumanos como de artefacto bélico.

En este fresco de la Tumba del nadador de Paestum (Italia) vemos, recostadas en sus “kline”, a dos parejas de pederastas.

El caso es que la pareja se enroló en la tripulación del Argos para ir en busca del vellocino de oro, cuya réplica en miniatura, el Toisón, ha recibido esta semana Leonor de Borbón. Y en eso estaban cuando a Heracles se le rompió el remo. De ahí que desembarcaran en Misia, actual provincia turca de Balikesir, para que el héroe pudiese arrancar un abeto con el que tallar un remo que resistiera su fuerza. Hilas aprovechó para hacer aguada, momento que recoge Waterhouse en su obra. Si nos fijamos, veremos que, con la mano izquierda, el efebo está metiendo en el agua lo que podría ser una hidria. En ese instante, las ninfas protectoras del lugar, náyades por ser de agua dulce, salen a la superficie, encandiladas por la belleza del muchacho. Ni cortas ni perezosas, como seres silvestres e instintivos que eran, lo agarran entre todas para sumergirlo. Hasta tres veces lo intentan, las misma que Hilas, desesperado, pudo sacar la cabeza del agua para llamar a gritos a Heracles. Así que no nos queda ninguna duda de que dijo «¡No!» y de que opuso resistencia «cierta e indubitable». Esfuerzo inútil, pues, al final, la manada de salvajes espíritus de la Naturaleza se salió con la suya.

Cortejo pederasta en un ánfora ateniense del V a. C.

Por su parte, Heracles, desesperado, empezó a buscarlo y a llamarlo a grandes voces. Tres días con sus noches anduvo así. Los Argonautas, hartos de esperar, se fueron sin él, por lo que Hércules no pudo contar entre sus hazañas el robo del vellocino dorado. Cuando, abatido por la pérdida, el héroe dejó de buscar a su amado, comprometió a los misios bajo amenaza —y nunca amenazó en vano— para que siguieran buscándolo. De ahí que, durante generaciones, sus sacerdotes fueran en procesión al bosque y gritasen el nombre de Hilas tres veces, las mismas que el pobre doncel pidió auxilio.

Así que esto es lo que unos analfabetos funcionales con título han descolgado de una pared de un museo para debatir sobre el heteropatriarcado. Hilas violado de nuevo, esta vez en Manchester. Bien mirado, o bien leído, las feministas tendrían que ser las primeras interesadas en mantener el cuadro de Waterhouse en la pared; deberían, incluso, convertirlo en santuario y organizar peregrinaciones. La pederastia era otra muestra, y había unas cuantas, de la talibánica segregación de la mujer en la muy civilizada Grecia. Las griegas, como los extranjeros y los esclavos, no tenían derecho a la ciudadanía, por eso se les retiraba a las madres la tutela de quienes iban a convertirse en ciudadanos de pleno derecho. Otros hombres, sus iguales, debían hacerse cargo de los adolescentes. Visto así, el rapto de Hilas por las ninfas puede entenderse como una acción subversiva destinada a romper el insufrible dominio heteropatriarcal de los pederastas griegos. He visto justificaciones más peregrinas…

Y ahora que sabemos de qué hablamos, ¿debatimos?

N. del A.: recomiendo la lectura de este artículo de Ricardo Dudda en El País, 

https://elpais.com/elpais/2018/02/01/opinion/1517508501_062344.html

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