Reconozco que tiendo a la misantropía. Para que nadie se sienta discriminado, señalaré que ese odio mío, que no me lleva más allá de ser un cascarrabias, incluye la misoginia: «de martes a martes, hay gente odiosa en todas partes». Por eso no tengo mucha actividad (ni éxito) en las redes sociales. Pero días atrás rompí mi aislamiento al publicar una entrada de este blog en un grupo de Facebook, «Grecia clásica y helenística». Dado mi temperamento, me previne: «¿para qué te emberenjenas?, ¿qué necesidad?». Y casi acerté. La cosa fue así…

¿Qué hace un heterosexual hablando de ideología de género?

Como acabo de publicar un ensayo, ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario), en la editorial Cazador de Ratas, me animé a anunciarlo. Quede claro que el grupo me parece de lo más dinámico, instructivo y alentador, pero ocurrió algo que me temía.

¡Traidor, propagandista, mendaz, sal ya del armario!

El tema de mi libro mueve a la suspicacia: «¿Qué hace un heterosexual hablando con semejante frivolidad de ideología de género?, ¿qué sabrás tú?, ¡tú no eres una víctima»; o la reacción contraria: «¡Traidor!, ¡propagandista!, ¡mendaz!, ¡sal del armario y déjanos en paz a los defensores de la virilidad!». He de reconocer que, hasta ahora, he tenido más de lo segundo que de lo primero, las cosas como son.

Aviso de que jamás se me ocurriría pensar que Grecia era un Estado unificado u homogéneo. Lo que reunía a las irreductibles polis era un idioma —con sus variantes—, un panteón — el dodekatheon y ciertos ritos panhelénicos— y un feroz sentido de la independencia —entre ellas y de los bárbaros—. Tampoco, y aquí viene el problema, se podrá entresacar de mis palabras que yo tenga a la Hélade como un paraíso de la homosexualidad que debe ser recuperado.

¿Por qué demonios publiqué ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario)?

Insisto: publiqué ¿Nos hacemos unos griegos? porque en la Art Gallery de Manchester se equivocaron al descolgar un cuadro: Hilas y las ninfas. Ahí concluí que, desde una perspectiva mitológica y con base en las fuentes, era necesario un catálogo de personajes LGTBI en los mitos. Eso sí, no desde la militancia, sino desde el respeto a nuestras raíces culturales.

Volvamos a la entrada que publiqué en «Grecia clásica y helenística». Como agradecimiento al gran número de comentarios que tuvo, y como resumen de lo que acabo de contar, voy a recopilar algunos de ellos. Ignacio Unbekant, por ejemplo, consideró que hay acciones «deleznables destinadas a impulsar la agenda LGTBI». También me recomendó que, si encontrase resistencia a mis opiniones, me fuera acostumbrando, «porque cada vez será mayor». Y me tachó de «propagandista». Pero también es verdad que me ofreció un artículo que he añadido a mi fondo documental: «Homosexuality in Ancient Greece-One Big Lie?»

El artículo se basa en la idea de que hay una conspiración internacional para convertir la Antigua Grecia en un inmenso, florido y soleado parque temático de género. En un eterno tíaso con ménades, bacantes, hermafroditas, osos, silenos, ninfas y sátiros haciéndole fiestas a Dioniso. Pero el autor reconoce lo siguiente: «There’s no doubt that same-sex activity existed in ancient Greece, just like it always existed in every corner of the planet —in men, women, and even animals. What’s critical to understand though, is that homosexuality never flourished in Greece as so many people falsely believe today» [«No hay duda de que la actividad sexual dentro de un mismo sexo existió en la Antigua Grecia, tal y como existió en cualquier rincón del planeta —entre hombres, mujeres e, incluso, animales. Pero es esencial entender que la homosexualidad nunca floreció en Grecia como mucha gente cree hoy falsamente»]. Hasta ahí llego yo en mi libro, ni más ni menos. En esa línea, Zoë Helena Martínez, otra compañera del grupo, entiende que, entre los griegos, las relaciones «carnales o vinculares entre el mismo sexo eran tan naturales que ni siquiera tenían palabras» como las nuestras.

¿Fueron amantes Patroclo y Aquiles o pasaban por allí?

En esa línea incluyo a Patroclo y Aquiles en ¿Nos hacemos unos griegos? Es decir, no he encontrado evidencias palmarias de si eran erastés («amante») y erómenos («amado»)  o «amigos y residentes en las playas de Troya». Solo unos versos podrían sugerir una relación más allá de lo fraternal. Tetis, la madre del Pelida, harta de sus llantos por la muerte del camarada, lo reprende en el Canto XXIV de la Ilíada: «¿Cuánto más seguirás llorando con la mirada extraviada de pena, sin comer ni dormir? Que es cosa buena unirse con mujer en amor…».

Tampoco olvidemos que Aquiles, arrebatado de pasión por el príncipe troyano Troilo —hijo de Hécabe y Apolo— lo persigue, lo alcanza en un templo de su padre, ¡lugar de acogida!, lo viola, lo asesina y lo destaza para que el espectro del efebo no lo persiga en vida. Claro, así se gana que Apolo dirija la flecha de Paris a su talón vulnerable.

Coincido con Ignacio, pero sobre todo con Mariana Toribio, también del grupo, en que no se debe extrapolar lo que hoy llamamos homosexualidad al conjunto heterogéneo de las polis griegas ni al común de su población. La pederastia, el rito de paso de un menor a la comunidad de sus pares adultos, se limitaba a las élites. Y tampoco se encuentra en otras polis un grupo marcial de erómenos y erastés como el Batallón Sagrado de Tebas, némesis de las falanges espartanas y asombro de Filipo de Macedonia.

Insistiendo en el aporte de Mariana, hay quien sostiene que la pederastia nació en Creta. La isla sostenía una civilización muy próspera en un espacio muy limitado. Por tanto, había que frenar el crecimiento demográfico. También ella me hizo notar que, alegremente, yo había calificado a Hilas de homosexual. Fue a propósito: quería remarcar la impertinencia de descolgar su pintura en Manchester, pero lo maticé tras su consejo.

En los mitos podemos encontrar algo de fábula y parábola

También comentamos que en la mitología hay mucho de fábula y parábola. No hay que dar muchas vueltas para encontrar en los mitos algo parecido a unos mandamientos. Tántalo es condenado al Tártaro, entre otras fechorías, por alimentar a los dioses con la carne de Pélope, su hijo. Edipo se saca los ojos cuando se entera de que ha yacido con su madre, Yocasta, quien se ahorca. Arquias quiso raptar al bello Acteón y rompió el sagrado lazo de la hospitalidad. Aquí tenemos los tabúes del canibalismo, el incesto y el desamparo. Los mitos enseñaban a evitar el pecado de hýbris, la soberbia y desmesura de querer asemejarse a los dioses.

Estas son algunas muestras del intercambio de ideas en «Grecia clásica y helenística», en el que entré con miedo y salí ganando. Pero hay más personas a las que agradezco sus comentarios: Cuco Filemón Pi, Héctor Alberto, Elio Cesar o Cristian Rojas. Señalo también a William Masías porque coincido en que es preferible acudir antes a las fuentes que a las interpretaciones contemporáneas. Estas sirven cuando uno ya ha bebido del manantial. Sé más cosas sobre la Antigua Grecia tras haber debatido con los miembros del grupo. Naturalmente, eso lo agradece este cascarrabias, que lo cortés no quita lo misántropo.

He comprobado que muchos de mis corresponsales son de la otra orilla del castellano. Por eso me permito indicarles que ¿Nos hacemos unos griegos? tiene distribución por allá. Aquí les dejo el enlace a la web de la editorial donde podrán informarse sobre algunas librerías: https://www.cazadorderatas.com/

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