Si uno va a escribir una novela histórica sobre Grecia o Roma, es impepinable conocer a sus dioses respectivos, que son como hermanos mellizos. Es más, si uno va a escribir, de lo que sea, debería conocer la mitología. Cada vez que un escritor afirma que no necesita los mitos, muere una musa. Menos mal que otros las resucitamos con nuestra fe y el inestimable auxilio del médico del Olimpo, Peán. Sin olvidar la complicidad de personajes de los cómics y del cine como Mística.

Porque hasta los guionistas de Marvel respetan a los dioses antiguos. Ahí están Namor y Aquaman, trasuntos de Poseidón; o el marido de la Pataky, Thor; o nombres como Cíclope, uno de los miembros originales de la Patrulla X (o, para que no se nos vea la edad, X-Men).

Pero hay deidades menos obvias en los tebeos y en las pantallas. Sin ir más lejos, la propia Mística, la mutante metamórfica, o sea, dos veces mutante. Cuando es ella misma, su cabello es coralino y su piel, escarificada como la de una ballena azul llena de cintarazos de calamares gigantes, tiene el color de las profundidades marinas.

Todo de lo más coherente, pues Mística se diría inspirada en un inmortal marino que es igual de metamórfico que ella. Que su inspiración sea un dios acuático tiene su importancia. Recordemos a Bruce Lee en aquel anuncio de televisión: «Be water, my friend, be water». Quería decir que el agua se adapta a las circunstancias y toma la forma de su recipiente.

Esa deidad marina es Proteo, un hijo de Poseidón que compartía poderes metamórficos y oraculares con otros dioses oceánicos, Nereo, Glauco y Forcis. ¿Y por qué lo he elegido a él para compararlo con Mística? Pues por un episodio de la Odisea que nos viene como anillo al dedo.

Cuando Menelao regresaba de Troya hizo una escala en la isla de Faros, a una jornada de Egipto. Hay quien dice que Helena nunca estuvo en el palacio de Príamo, sino escondida por Hermes en las riberas del Nilo; lo que Paris se llevó a casa fue una nube con su forma. Y es que Ilión no fue destruida por culpa de las doradas crenchas de la bella espartana; ella, o mejor dicho, su doppelgänger, fue la coartada para acabar con una próspera e insufrible aduana entre Oriente y Occidente.

Un dios mediterráneo es el precedente de Mística

Así que Menelao, después de hacer sus deberes bélicos, iba a recoger a su mujer a la tierra de los faraones. Pero, como era soberbio e impío, se olvidó de los preceptivos sacrificios a los dioses y los Olímpicos lo castigaron con una enervante calma chicha. Que cuál sería el problema si las pentecónteras de los aqueos marchaban también a remo. Bueno, un recursito de Homero por aquello de la tensión dramática.

Menelao y sus compañeros luchando contra Proteo.

Mientras esperaba un viento que lo acercara a África, el caudillo de los aqueos se encontró con la hija de Proteo, Idótea. Ella le reveló que solo capturando a su padre se hincharían de nuevo sus velas. El dios marino era pastor de focas, así que Menelao y tres de los suyos se camuflaron entre su grey bajo unas pieles. Aquellos rebaños tenían que ser de focas monjes, especie autóctona del Mediterráneo; hoy, desgraciadamente, se encuentran en peligro de extinción. Pero antes de seguir con nuestra fábula griega hagamos un paréntesis para incluir a un personaje de la mitología atlántica, las selkies.

Estos seres folclóricos de las islas Feroe, Islandia, Irlanda y Escocia también son acuáticos, pero menos metamórficos que Proteo y Mística. Es decir, son «cambiantes», pero solo de foca a ser humano y viceversa. Aunque hay selkies de los dos sexos, y en ambos casos bellísimos, se suele representar, sobre todo, a los ejemplares femeninos. Cuando conservan su forma animal, se les distingue de los simpáticos mamíferos anfibios por la profundidad e inteligencia de su mirada. Eso los hace curiosos y a veces salen a tierra para ver seres humanos de cerca o para bailar.

Sus cambios de forma son la perdición de las selkies

Una selkie despojándose de su piel animal. www.jamesbrowne.net

En el segundo caso se despojan de sus pellejos y danzan incansables; y esa es su perdición, pues se han dado casos de pescadores que se los han robado para obligarlas a quedarse y, así, casarse con ellas y tener hijos sanos y guapos. Pero, con el tiempo y la paciencia que tiene el mar para romper las rocas más fuertes, las selkies encuentran el modo de recuperar su piel y regresar al océano, dejando a su familia terrestre sumida en la más profunda melancolía.

Volvamos ahora con Menelao y con los rebaños de focas monje. Cuando su pastor, Proteo, salió del agua, el rey de Esparta y sus hombres se le echaron encima y lo aferraron como si fuera a echar a volar. Y es que no les quedaba otra: «Cambióse primero en león melenudo, en serpiente después, en leopardo y en cerdo gigante, luego en corriente de agua y en árbol frondoso», nos cuenta Homero en la Odisea. Y los espartanos, arañados, mordidos, empapados y con algún hueso astillado, que no aflojaban.

Cuando el dios se rindió por fin, Menelao no solo le preguntó cómo conseguir que soplara el viento, sino que también quiso saber cuál había sido la suerte de sus camaradas de la Guerra de Troya. Para empezar, el dios metamórfico le aconsejó que ofreciese una hecatombe a los dioses para conseguir su favor, sobre todo el de Eolo, dios de los vientos. Y luego le dio cuenta del asesinato de su hermano, Agamenón, a manos de Clitemnestra, de la muerte del impío y soberbio Áyax y del extravío del griego de los mil ardides, Odiseo, perdido por el mar adelante. No haber preguntado, amigo.

Zeus cambiaba de forma para seducir a diosas y mortales

Proteo era sobrino de otro dios «proteico», es decir, cambiante. Hablo de Zeus, que usaba sus metamorfosis para el sexo. Así desvirgó a su hermana Hera en forma de cuco empapado y temblón: la diosa lo acurrucó en su seno y él se aprovechó, ¡menudo pájaro! Fecundó a Leda en forma de cisne, como la paloma a la Virgen María, aunque a un episodio se le llame mito y al otro dogma de fe.

Leda y el cisne en la versión de Paolo Veronese.

Empapó a Dánae en forma de lluvia dorada —áurea, no de urea— y a Europa la cubrió como un toro. A Alcmena, la madre de Heracles, la engañó adoptando el rostro de su esposo, Anfitrión; raro que ella no sospechara nada, porque las proporciones divinas no son las humanas, aunque también es cierto que el semental olímpico fecundó a Eurimedusa en forma de hormiga.

Así que ya sabemos dónde hemos visto antes a Mística, la mutante azul de los X-Men: en la mitología. Recuerda que si quieres conocer en qué episodios de la Historia se inspiró el Capitán América, lo puedes ver en esta otra entrada.

Y es que, para saber, solo hay que mirar con ganas de ver. ¿A que ahora mirarás a los superhéroes con otros ojos? Pues tengo más…

 

N. del A.: la ilustración de Mística que abre esta entrada pertenece al volumen colectivo Hijos del átomo. Once visiones sobre la Patrulla X (Alpha Decay).

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