¿En qué se basan los guionistas y dibujantes de Marvel para crear sus personajes, desde Magneto al Capitán América? ¿Cuáles son los manantiales en los que bebe su imaginación? ¿A qué musa claman en lo más desértico de su peregrinaje creativo? ¡Hombre!, me encanta que me haga usted esa pregunta porque, mire por dónde, me sé la respuesta.

El Capitán América es un insospechado rompecabezas histórico

Como hacemos todos los que imaginamos, los guionistas y dibujantes de Marvel también beben en las fuentes del monte Helicón, hogar de las Musas, muy cercano al Monte Parnaso, para que todo quede en casa. Solo que una veces llaman a esta musa y otras a aquella, pero no a todas en pelotón, pues, como artistas, las nueve son insoportables en cuadrilla. En el caso que nos ocupa, la elegida fue, seguramente, Clío, la musa de la historia y de la poesía heroica.

A la derecha la podemos ver en un fragmento de una de las obras más conocidas del pintor neerlandés Johannes Vermeer, “El arte de la pintura” (c. 1666). La hija del autor, María, posa con los atributos de la hija de Zeus y Mnemósine, diosa de la memoria: la corona de laurel, la trompeta de la Fama y un libro del historiador Tucídides. Y, dicho esto, pasemos a lo que íbamos…

Inauguraremos esta serie —«Eso lo he visto antes»— con un superhéroe que lleva la historia en su mismo nombre, en el uniforme y en su fecha de creación, pues fue un recurso propagandístico norteamericano en plena Segunda Guerra Mundial: el Capitán América. Cuando Joe Simon y Jack Kirby lo crearon en 1941, hicieron una síntesis documental que aquí vamos a analizar históricamente. Ellos agregaron y yo, como un forense, despiezaré. Empecemos por la cabeza.

Las alitas de la calota recuerdan al casco de invisibilidad que llevó Perseo cuando decapitó a Medusa. Lo habían forjado los Cíclopes, junto con el rayo de Zeus y el tridente de Poseidón. Pero hay un par de bellísimos restos arqueológicos que también llevan alas, ambos pertenecientes a los fondos de dos museos privados.

Se trata de dos cascos itálicos. A la izquierda, un ático-frigio crestado del museo de Arte Clásico de Mougins, en la Costa Azul; y, a la derecha, un ático samnita con la cabeza de un grifo, de la Villa Getty, en Malibú, ambos del siglo IV a. C.

Sin bajar del cuello, el antifaz que oculta la identidad de Steve Rogers es el de un casco vikingo, pero el de uno auténtico, nada que ver con los cuernos que se sacaron de la manga de la guerrera los nacionalista alemanes del XIX.

Casco vikingo de Gjermundbu.

La primera vez que un guerrero nórdico llevó cuernos fue en unas ilustraciones de mitad del XIX sobre La Saga de Frithiof, obra épica del siglo VIII. Su autor fue el pintor sueco Johan August Malmström (1829-1901), quien quiso darles la pinta más terrorífica posible. Pero los cascos con cuernos se hicieron populares con los estrenos de las cuatro óperas que componían El anillo del nibelungo’, de Richard Wagner. El ejemplar que vemos a la derecha, del siglo X, fue hallado en Gjermundbu (Noruega) y es realmente vikingo, sin traza alguna de haber llevado cuernos.

Metámosle el bisturí a la esclavina de escamas que podemos ver en la ilustración que abre esta entrada. Un pueblo del norte del Mar Negro usaba armaduras escamosas ya en el VII a. C.: los jinetes escitas, aliados del rey babilonio Nabopolasar en la destrucción de la capital asiria, Nínive, hazaña que fue su estreno histórico. La Columna de Trajano da fe de que las unidades auxiliares de arqueros sirios de las legiones del Imperio las usaban; los romanos las llamaban lorica squamata.

Lorica squamata (Columna Trajana)

Las mallas de los superhéroes dan para algún que otro chiste, pero no son muy diferentes de las medias calzas de los piqueros, arcabuceros y rodeleros de los Tercios hispánicos, y esos aguantaban pocas bromas. Por menos de una sonrisita al mirarle las piernas, don Juan de Austria te armaba la de Lepanto. El retrato central de la composición triple que vemos abajo es un retrato anónimo suyo de alrededor de 1575.

Y llegamos a los pies, envueltos en una estilización de las botas que, desde la Baja Edad Media hasta el fin del Antiguo Régimen, llevó todo soldado que se tuviera que subir a un caballo. Y no hablo solo de unidades de caballería, sino de ballesteros montados, de mosqueteros franceses o de dragones españoles. Cuando entraban en combate, se las subían por encima de la rodilla y las ataban. Las que calza un personaje de la película Los tres mosqueteros (2011) son las tatarabuelas de las del Capitán América, que también monta, pero en moto.

El escudo del Capitán tiene mucho que ver con Alejandro Magno

Nos queda un corte que dar en esta autopsia histórica, y no es menudo. ¿Dónde se vio por primera vez el arma ofensivo-defensiva del superhéroe de Simon y Kirby? Claro, entre las milicias ciudadanas de las polis griegas. Porque el escudo del Capitán América es un aspis, popularmente conocido como hoplon, «herramienta, arma», de donde viene hoplita, «portador del hoplon», y panoplia, «todas las armas».

A la izquierda, hoplitas clásicos; a la derecha, dos falangistas (hetairoi.de).

Por su tamaño, el del americano se acerca más al de los falangistas de Alejandro Magno que al de los héroes de las Termópilas. El aspis macedonio era más pequeño que el hoplita porque se necesitaban las dos manos para empuñar la sarisa, la pica desmontable de seis metros de largo. El escudo colgaba del hombro contrario con una cincha.

Así que ya habíamos visto antes al Capitán América, pero desmenuzado a lo largo de la Historia. Y es que, para saber, solo hay que mirar con ganas de ver. ¿A que ahora mirarás a los superhéroes con otros ojos? Pues tengo más…

N. del A.: este artículo fue previamente publicado en el número 5, de enero de 2018, de la revista literaria Capítulo 1.

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