En esto del Procés, mis colegas periodistas me recuerdan cada vez más el chiste de la cliente que va a que le echen las cartas. «¡Riiiiing!», llama al timbre. «¿Quién es?», pregunta la cartomántica. «¡Pues vaya mierda de adivinadora!», sentencia la chasqueada usuaria. Bandas ideológicas y mercenariado aparte, lo que caracteriza a los «especiales informativos» televisivos y a sus profetas mediáticos es el amarillismo sin matices, a brochazos, ¡porque yo lo valgo! y el chapotear en todos los charcos. Con conocimiento o sin él, que hay que llenar minutos y encabronar a la parroquia. Y no he echado cuentas, pero me da que fallan más que una escopeta de feria.

Con los cadáveres de sus compañeros aún calientes, jugadores del Manchester vendieron partidos

Por ejemplo. Llega uno y, alegremente, compara Cataluña con Quebec; y el otro con Escocia; y el de más allá, con Eslovenia; y aquel con Kosovo, y ese con Ucrania y este con las repúblicas bálticas. Según como tenga el día el experto. Y no salen de ahí, ¿para qué? Van a cobrar igual y creen ciegamente que son los guionistas de esta astracanada a lo Sopa de ganso. Que ojalá se quede en eso…

Dado su empecinamiento en una serie de lugares comunes, que ya provoca fatiguita, aquí vengo yo a darles ideas frescas. Bueno, yo no, Declan Hill, un periodista de investigación canadiense que es el autor de Juego sucio. Fútbol y crimen organizado. Es un libro que recomiendo y que va, exactamente, de lo que dice el título. Según Hill, la corrupción en el fútbol no es de ahora.

El 6 de febrero de 1958, el avión en el que regresaba a Inglaterra el Manchester United, que acababa de despegar del aeropuerto de Múnich, se estrelló por culpa de las condiciones atmosféricas. Ocho jugadores murieron y dos nunca volvieron a jugar.

Pues esa misma temporada, un grupo de jugadores de la plantilla de los Red Devils empezó a vender partidos. Así lo denunció uno de los héroes de la tragedia muniquesa, el portero Harry Gregg, que salvó a varias personas atrapadas entre los hierros retorcidos del avión.

Las tríadas están plantando sus garras en el fútbol europeo del siglo XXI

Lo más interesante de la investigación de Hill es su anuncio de cómo las tríadas están plantando sus garras en el fútbol europeo del siglo XXI. Explica que los asiáticos, y sobre todo los chinos, tienen los juegos de azar como los demás tenemos el respirar. Cuando se implantó el fútbol en el continente asiático, las mafias del juego se hicieron con el control de los resultados bajo soborno, coacción, «severas reprimendas» y «castigos ejemplares». Pero la corrupción llegó a ser tan descarada y extensa que los aficionados perdieron el interés por el balompié local. Y fijaron su atención en las grandes ligas europeas. En consecuencia, y gracias a Internet y a los canales deportivos vía satélite, las mafias del juego deslocalizaron sus negocios.

La ejemplar Singapur sufre la corrupción futbolística como el resto de Asia

Y aquí entra en escena ese lugar que quiero proponerles a los contertulios televisivos para sus comparaciones secesionistas: Singapur. No voy a relatar aquí las virtudes de la próspera y ejemplar, según cómo se mire, ciudad-Estado asiática gobernada por el mismo partido desde hace más de cincuenta años. Pero me apoyo en Hill cuando digo que es tan corrupta en lo deportivo como los países de su entorno. O sea, mucho.

El 12 de abril de 2006, la entidad estatal de quinielas singapurense casi entra en quiebra debido al amaño de un partido internacional entre el Singapur y el Sarawak, un equipo malasio. Horas antes del pitido inicial, los apostantes se concentraron en un equipo ganador, el Singapur, y en un total de nueve goles en el marcador. El partido acabó 7-2. Y aquí entra la Historia.

Ese partido tenía una relevancia similar a un Barça-Madrid de hoy mismo. Veamos por qué. Como colonia británica, Singapur tuvo diferentes grados de autonomía entre 1955 y 1963. Había un partido de empresarios conservadores que se oponían a la independencia y unas formaciones de izquierda que la exigían. Cuando en 1959 ganó las elecciones el izquierdista Partido de Acción Popular (PAP), muchas empresas se fueron a Malasia. Pero el gobierno autónomo reaccionó. Impuso el inglés como idioma oficial, invirtió en un sistema pragmático de educación y ofreció todo tipo de facilidades a la inversión extranjera. Por si fuera poco, el PAP inició una campaña para la unión con Malasia, pues entendía que, por sí solos, no podrían acometer el futuro con garantías. Y más aún: sus raíces culturales e históricas eran comunes.

La independencia de Singapur no se declaró sin muertos

Malasia no veía la fusión con buenos ojos, debido a la influencia china en Singapur y al vigor de la rama de extrema izquierda del PAP. Pero fue justamente la campaña comunista en contra de la unión lo que decidió al gobierno de Kuala Lumpur a aceptarla. El 1 de septiembre de 1962, el setenta por ciento de los singapurenses optó, en referéndum, por la integración. En 1963 se crea la Federación de Malasia. Pero los conflictos raciales entre chinos y malasios, que provocaron numerosos muertos, la injerencia indonesia y el incipiente poder económico de Singapur jugaron en contra. Los ataques verbales y los insultos en los discursos oficiales se convirtieron en el pan nuestro de cada día.

El divorcio nacional creó animosidad entre ambos países

¿Esgrimieron entonces los singapurenses su «derecho a decidir»? No. Por un contundente 126 a 0, el parlamento malasio expulsó a Singapur de la federación el 9 de agosto de 1965. Ese mismo día, el primer ministro del territorio empujado a la independencia, Lee Kuan Yew, lloró ante las cámaras al proclamar la soberanía de su flamante país: «Es un momento angustioso para mí. Toda mi vida he creído en la fusión y unidad de ambos territorios. Nos unen la geografía, la economía y los lazos de amistad. Nuestra identidad queda rota». Palabras proféticas. Volvemos con Declan Hill: «Actualmente, el divorcio nacional ha creado animosidad entre ambos países».

Cortina de baño con motivos del flolcore urbano singapurense.

Dice el periodista canadiense que el gobierno de Singapur tendría que dictar decretos gubernamentales no para animar, sino para obligar a sus ciudadanos a divertirse. «Hay que tomarse muy en serio el problema del ocio», fue la reflexión de uno de sus ministros. Por eso, los singapurenses han sentenciado a sus vecinos malasios como catetos ignorantes, vagos hasta decir basta y amantes del sol y de beber a todas horas. Por su parte, los malasios tienen a los de Singapur por cretinos pedantes, trabajólicos codiciosos cegados por la ambición de poseer sin disfrutar de la vida, prepotentes, cursis y cenizos aguafiestas.

Cuenta Declan que, en el curso de su investigación vio un cartel que se repetía en todas las oficinas de los directivos balompédicos malasios. Era la caricatura de un partido de la máxima rivalidad entre las selecciones de ambos países. En una grada hay dos aficionados malasios y, a su lado, una serie de avisos: «Prohibido escupir», «Prohibido hablar», «Prohibidos los móviles», «Prohibido gritar», «Prohibido comer chicle». Cuando uno de ellos pregunta el porqué de tanta prohibición, el otro le responde: «¡Ah!, son las localidades de los hinchas del Singapur. Es para que se sientan como en casa». La gracia está en que uno de los sobrenombres que se da a la ciudad-Estado es Fine city, «ciudad hermosa». O «ciudad de las multas».

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