Estupefacto. Así me hallo con la xenofobia que se ha puesto de moda de este verano. Porque a mí que me perdonen, pero el odio al turista es odio al extranjero. Y eso, aquí y en Pernambuco, es xenofobia.

No sé si esto viene del verano pasado. Sí es así, yo no me enteré. Estaba muy liado pariendo guiones diarios en la televisión pública de una tierra que quiere turistas: Extremadura. Tiene con qué acogerlos y los necesita. Y con mucha razón. No estamos en condiciones de ponernos tiquismiquis con los aportes al PIB. Y menos en un país con tantas horas de sol y tanta riqueza de paisaje y paisanaje.

¿La fobia al turista no es también xenofobia?

A ver,  al decir «turista» no hablo de las vacaciones vandálicas de los júligans británicos en la Costa Brava. Ni de maleducados que no se comportarían ni aquí ni en Pekín. En todas partes cuecen habas y los españoles no somos los turistas más educados del mundo, y menos si llevamos críos. Hablo de ciudadanos normalitos con ganas de ver algo de mundo y de contarlo para añadir color a sus vidas más o menos grises. O sea, la mayoría.

Pero lo que más me estupefacta y encorajina de la turismofobia 2017 es que semejante tirria venga, sobre todo, de la izquierda. Es decir, de gente que debería manifestar solidaridad y comprensión con la masa trabajadora que hace sacrificios para poder descansar unos días; descansen o no, que para eso son sus vacaciones y harán con ellas lo que les dé la gana. Naturalmente, hablamos de quienes aún pueden tomárselas, porque entre las penurias y la presidenta de Madrid sugiriendo que son prescindibles, a las vacaciones quizá les queden dos telediarios (de TVE, que son más del régimen).

El pijerío socialdemócrata mediático discrimina entre viajero y turista

Pintada aparecida este verano en las cercanías del Parque Güell, en Barcelona: ¿Por qué lo llaman temporada turística si no podemos dispararles?

Sutilmente, hace tiempo que el pijerío socialdemócrata mediático viene destilando ese desdén por el turista. Al menos así me lo parece cuando escucho según a quién en la SER u hojeo los suplementos de El País. El empobrecimiento de la mayoría tras la crisis del 2008 ha llevado a una parte de la población, la menos dañada, a un insidioso complejo de superioridad. Insidioso y contagioso.

Hay tanta gente resbalando en las cenizas, húmedas de llanto, que han dejado a su paso los dragones financieros, que distinguirse del pobre se ha convertido no en vocación, sino en obsesión. Ya lo dejó caer Pablo Iglesias cuando, ante las críticas de meapilismo a su alcalde gaditano por condecorar a la Virgen del Rosario, se expresó con una condescendencia de lo más clasista: «Los urbanitas de izquierda tenemos que aprender a respetar esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo». ¡Ole tu’güevo! Cada vez se me parece más a la versión más ansiosa de poder y menos fiable de Felipe González.

La degeneración ideológica e intelectual  es de tal magnitud, que la izquierda pide a gritos que la distingan de los perdedores, un concepto de lo más capitalista y anglosajón. Desde ese punto de vista, el odio al turista es miedo al contagio de la pobreza y, por ello, odio al portador del virus, el pobre.

Hay un club selecto de intelectualoides que se creen Indiana Jones

Una muestra de semejante desdén está en la discriminación, más o menos sutil, entre turistaviajero. Diría que hay un club selecto de locutores, comentaristas, tertulianos, articulistas, blogueros y novelistas de brunch dominical con café de precio justo y papelillo de fumar para cogérsela que se creen la reencarnación de Marco Polo, Ibn Battuta e Indiana Jones. Pero no nos confundamos: es gente de gatillo fácil con el pulgar siempre listo sobre la aplicación Tripadvisor de su iPhone. Pistoleros cibernéticos inclementes si hay que hundir un hotelito «con encanto» porque el suavizante de las toallas no es el del osito ni el papel higiénico el del perrito, ¡sapristi!

Pero la escalada de esta nueva xenofobia la protagoniza, de calle y en la calle, la izquierda neolítica que sufrimos. Neolítica por su defensa de la Diosa Madre, de la homeopatía, de la dieta de los recolectores y de los cursos de alfarería en centros cívicos okupados. Pero neolítica, sobre todo, por el triunfo de las tribus sedentarias («mi»barrio) sobre las nómadas (los turistas). Una izquierda de pensamiento mágico (léase «infantil») que lo mismo exige que los médicos de primaria prescriban reiki que le pincha una medalla a un ídolo.

Los adalides de la turismofobia se crían en la izquierda neolítica

Estos desnortados vivalavirgen ibéricos me recuerdan cada vez más a los movimientos demagogos latinoamericanos. Esos que en una misma concentración reivindicativa dan vivas a Moctezuma, visten camisetas con la cara de Maradona y empuñan pancartas con el Che y Evita Perón dándose un pico. Lo que fue una izquierda universalista en su concepto del mundo y de los derechos prioritarios es hoy una asamblea cacofónica de añoradores (añorar/adorar) de las ciudades-estado griegas. Pero sin los Siete Sabios. Terminarán convirtiendo el 1 de mayo en la celebración del momento idílico en el que un perro comió por primera vez de la mano de un hombre, mujer o transgénero, allá en el alba neolítica.

Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, prendió la mecha de la turismofobia al querer limitar el impacto turístico en la ciudad de un modo coherente con su anticapitalismo. Pero ahora silba y mira al techo ante los ataques autodenominados «de kale borroka» del mocerío de la CUP: pintadas violentas, abordajes a buses turísticos y berridos en Twitter.

La turismofobia es capicúa de la xenofobia contra inmigrantes y refugiados

Los argumentos de estos júligans antisistema son, en capicúa, los de la derecha contra los refugiados y los inmigrantes: destrucción del tejido social de nuestras ciudades y barrios; ocupación de viviendas por extranjeros con desproporción entre la calidad y el precio; precarización del empleo local; inseguridad para nuestros mayores; debilitamiento de nuestras raíces culturales… O, con otra lectura, «Catalunya pels catalán. I punt».

Porque resulta que la cosmopolita Barcelona se ha convertido en el epicentro del seísmo turismofóbico. Una xenofobia tan deudora del clasismo de los palcos del Liceu como del odio callejero anarquista. ¿Quién nos iba a decir que los bisnietos de los empresarios explotadores se iban a aliar con los cachorros de los pistoleros que acechaban a sus bisabuelos en las calles? Sería una idea magnífica para una novela si no existiera Eduardo Mendoza. Todo de lo más «brexista», o sea, de lo más soberbio y desdeñoso. Clasista.

¿Pero hubo alguna vez una Edad de Oro sin turistas?

Con tal panorama, es lógico que nuestros neo-neolíticos reivindiquen la vuelta a la Edad de Oro, ucronía mítica en la que ciervos y lobos rumiaban la misma hierba fresca. Un edén de género en el que las ninfas en asamblea plenaria condenaban enérgicamente el priapismo de sátiros y faunos y, en consecuencia, Diana cazadora los convertía en la ídem de sus flechas. Un luminoso instante extrahistórico en el que, claro está, no había turistas. Ni siquiera viajeros, porque dónde ibas a estar mejor que en tu caverna. Perdón, las cavernas son del paleolítico: quería decir «en tu palafito», que aún es menos accesible que una cabaña.

¿Pintó acaso Lucas Cranach el Viejo algún turista en esta representación de la Edad de Oro? ¿Eeeeh?

¿Pero existió esa Edad de Oro en que las huellas de los caminos y las estelas de los mares eran de aventureros y no de turistas? ¿Estaban los templos, las ágoras y los mercados a salvo de la chusma bárbara que calzaba caligas con calcetines y que a cada minuto se atrevía a comparar nuestros palacios con sus chozas de barro y paja? Lo veremos en la siguiente etapa de nuestro tour.

Continuará…

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