Un jefe catalán que tuve me enseñó un refrán: «No mates un conejo para aprovechar un tomate». Estos días me he acordado del proverbio con amargura. Veo a políticos resentidos, a contertulios que vienen pagados de casa y a intelectuales a la violeta afanarse en matar el conejo de España para aprovechar el tomate de Cataluña. En vez de articular una nación, se obcecan en descuartizarla. Como espectador de tan fatigosa astracanada, mi espíritu crítico ha pasado del zoom in al zoom out al ver que «de martes a martes hay mezquinos en todas partes».

Los turistas ingleses cayeron sobre España como caminantes blancos

El último ensayo del que soy autor, Brexit con puñetas (Ingleses por España en tiempos de Maricastaña) recoge otra visión crítica, y quizá más ilustrada, sobre nuestro país: las opiniones de los viajeros británicos del siglo XVIII. En algunos casos, aquellos turistas pioneros cayeron sobre la piel de toro como si fueran «caminantes blancos» de Juego de Tronos, por lo afilado de sus plumas y lo frío de sus impresiones. Conste que los llamo «turistas» con toda propiedad, pues nos encontramos en la época del Grand Tour, un viaje iniciático al servicio de los jóvenes aristócratas y altoburgueses de las Islas Británicas.

El título tiene que ver con la filigrana volandera que caracterizaba los puños del Antiguo Régimen. Pero también con la pervivencia de la Leyenda Negra en los prejuicios de estos exploradores, cuya sombra aún se hace presente en nuestros muy frívolos opinantes. Como en aquella época aún se temía el castigo divino y la Inquisición ya era trending topic, dividí el texto en siete partes, cada una de ellas correspondiente con un pecado capital: lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia y orgullo. A partir de ahí agrupé las opiniones británicas.

Por cierto, si llamo «exploradores» a tan sufridos turistas, es por lo que un contemporáneo de ellos, Voltaire, pensaba de España: «Es un país del que sabemos lo mismo que de las regiones más salvajes de África. Y tampoco vale la pena saber más».

Aparte de filósofo, François-Marie Arouet (Voltaire era un pseudónimo) ejercía de buscapleitos y perdonavidas. Dicen que, al salir de un teatro, el sofista se encontró con el caballero de Rohan y le soltó una de las suyas: «Monsieur, mientras vuestro nombre pierde el brillo, el mío luce más cada día». Con flema de sobra, Rohan lo invitó a comer, pero, de aperitivo, sus criados, que confundieron al iluminado con una alfombra, le sacudieron el polvo a modo. Cuento esto porque, para no querer saber nada de los páramos de Mordor al sur de los Pirineos, bien que mantenía una sociedad a su nombre en Cádiz. La firma se dedicaba a la exportación de jereces.

Algunos viajeros británicos acabaron como reputados hispanistas

Pero hoy no voy a insistir en la mala fama de mi país, España, entre los ilustrados del pasado y los postveraces del presente. Y es que resulta que, tras recorrer la Península, aquellos turistas puñeteros veían como la gama cromática de sus opiniones se ampliaba con nuevos tintes.

Alexander Jardine fue oficial artillero en Gibraltar en la Guerra de los Siete Años (1756-63). También ejerció de espía a ambos lados del Estrecho y acabó como cónsul británico en La Coruña. Entre unas cosas y otras, pasó en la Península más de treinta años. Normal que adquiriese fama de riguroso hispanista. Sin embargo, fue uno de nuestros mayores críticos, aunque tuviera que reconocer que muchos extranjeros acababan por sentir «un afecto inexplicable por España, a la que se desea volver como si fuera la tierra natal, dando de esta suerte preferencia a la pobreza y desolación de este país por encima de la riqueza y saber de naciones más refinadas». Y eso que aún estaba por nacer el Romanticismo, que tuvo en Castilla y Andalucía el manantial de muchas de sus inspiraciones.

Gibraltar desde La Línea. David Roberts, 1833.

No fueron pocos los viajeros de Albión sorprendidos por la amabilidad y la generosidad españolas. El rico heredero y viajero impenitente Richard Twiss la extendía a toda la Península: «La cordialidad y generosa hospitalidad de españoles y portugueses demanda todo el reconocimiento y gratitud que soy capaz de dar». Al estirado poeta Robert Southey le placía «la familiaridad de esta gente. Nos tratan con desenvoltura, y no con esa incómoda y callada sumisión que ningún ser humano debiera mostrar a otro […] se dirigen a nosotros con cortesía, y esperan lo mismo».

Virtudes apreciadas: amabilidad, generosidad y dignidad contenida

El hipercrítico Jardine constata que las relaciones entre señores y criados eran menos rígidas que en Inglaterra, aunque, según su opinión, hubiera demasiados, fueran perezosos y se comieran a sus amos por los pies. Sin embargo, les perdonaba que se metieran en las conversaciones mientras servían la mesa, porque lo hacían siempre con corrección: «La afabilidad y cortesía con que son tratados por sus dueños es muy agradable y produce efectos vivos y duraderos sobre su moral y maneras. La superioridad con que tratamos a los nuestros es indudablemente exagerada, y provoca animosidad entre estamentos».

Joseph Townsend (1739-1816).

La franca sencillez en el trato y la generosidad respetuosa de los españoles del XVIII tenían su raíz en otra virtud, una que al oficial escocés William Dalrymple le pareció extraordinaria: «Cada español parece tener una dignidad contenida, que no salta a la vista en otros puntos del globo».

Cuando el clérigo erudito Joseph Townsend se iba de España, se volvió a mirar el país que dejaba tras una estancia de dos años. Lo hizo desde una altura pirenaica y se expresó con palabras tan elevadas como el paisaje circundante: «La sencillez, la generosidad, la sinceridad, un sentimiento elevado de su dignidad y de los principios severos del honor son los rasgos más sobresalientes del carácter español. Todo lo que admiro de ellos se atribuye a su excelente carácter; todo lo que he censurado ha de atribuirse a la corrupción de su gobierno». De sus gobiernos, diríamos hoy.

¿Qué tal si, para variar, dejamos de machacarnos los dedos con el martillo de la mezquindad y levantamos la mirada? ¿Y si despreciásemos, en lo poco que valen, a los profetas que matan conejos y forman interesados tomates? ¿Por qué, en vez de seguir en Twitter a ocurrentes con fecha de caducidad y a manufactureros de consignas, no nos perdemos en las secciones de Historia de nuestras bibliotecas? Doy fe de que las tenemos: muchas, públicas y gratuitas. Disfrutémoslas y, en vez de conejos, matemos prejuicios.

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