Se oye mucho en estos días mezquinos. Es lo que se llama nadar y guardar la ropa. O poner una vela a Dios y un ascua a Satanás. O donde dije digo, digo Diego, por si las moscas, que las hay por enjambres, dado el albañal en el que chapoteamos. Pero el titular de esta entrada no va de eso. Va de apropiación indebida. Y de citas. Me explico…

No son minoría los que han empuñado sentencias de insignes cadáveres para justificar acciones u omisiones. Lo malo no es que citen a personajes célebres para justificar el , el no o el ni contigo ni sin ti. Lo pésimo es que esas citas no salieron de las bocas de esos pobres difuntos que ahora no pueden decir esta boca es mía. O peor: no las dijeron con la intención con que las cogen al vuelo tirios y troyanos.

Citar es un ejercicio de rigor, que en ocasiones agota, como he tenido ocasión de comprobar en mi último ensayo, Brexit con puñetas. Y ese rigor empieza a fallar, gracias a Internet, entre los propios periodistas. Es una paradoja de estos tiempos en los que un dato está a un clic de nosotros, de nuestros textos y, en consecuencia, de la confianza de los lectores.

El rigor al citar escasea entre los periodistas más prestigiosos

Empiezo con Carles Francino y su editorial (masculino: «artículo editorial»; femenino: «empresa que edita») del día 26 de los corrientes en la SER. Es una loa a los equidistantes en la que, sin embargo, toma partido desde el momento en que compara con la misma alegría sedición y ejercicio de la ley.

El caso es que Francino cita, para justificar su postura, al primero que se le viene a las uñas. Dice que prefiere que le llamen «equidistante» antes que «patriota de uno u otro lado. Porque el patriotismo —como dijo aquel— es el último refugio de los canallas». Ese «aquel» al que Francino desconoce o desprecia no es otro que el segundo autor más citado en lengua inglesa, solo por detrás de Shakespeare: el polígrafo Samuel Johnson (1709-1784). Será por citas.

El colosal polígrafo Samuel Johnson (1709-1784).

Johnson fue un anglicano devoto. Por tanto, un defensor de la autoridad religiosa de la monarquía británica. Políticamente, un torie.

¿Y qué pinta un conservador británico despreciando con tanto ardor el patriotismo? Nada, es que el doctor Johnson no dice eso.

Dos años atrás, en octubre de 2015, esa cita ya iba y venía como la mala moneda. Usaré una carta al director de otro de los medios de PRISA para corregir a Francino. El corresponsal es Fernando Pajares y el diario es El País:

Volvemos a leer, esta vez al calor del debate sobre Cataluña, una de las citas más socorridas y peor interpretadas de la historia. «El patriotismo es el último refugio de un canalla». La frase es del eminente Samuel Johnson (1709-1784), un titán de las letras inglesas. Los tiempos que corren no están para muchos matices, lo sé. Pero ante una expresión manoseada con tan poco fundamento acudamos a las fuentes.

El abogado James Boswell, autor del clásico The Life of Samuel Johnson, una de las mejores biografías de todos los tiempos, dice con claridad (página 543, edición Everyman’s Library. London, 1992) que el gran hombre «no se refería al verdadero y generoso amor por nuestro país, sino a ese falso patriotismo que tantos, en toda época y en todo lugar, han exhibido para ocultar sus propios intereses». El propio doctor Johnson escribió un famoso manifiesto llamado, justamente, The Patriot (1774), en el que afirma que «un patriota es aquel cuya conducta pública está guiada por un solo motivo: el amor a su país». Samuel Johnson fue, sí, un auténtico patriota.

Francino desconoce o desprecia al titánico Samuel Johnson Clic para tuitear

Francino omite la fuente al usar una cita ajena, deber inexcusable de todo periodista. Y la usa para sus propios fines políticos sin respetar el sentido que el autor le dio. Es decir, la manipula. Eso no es ético ni estético. El periodista equidistante se deja llevar por la batahola de estos tiempos sin matices y por sus propias simpatías políticas.

Otto von Bismarck también va y viene por los medios como las vestiduras del expolio de Cristo. Tampoco le faltan citas en Internet, y no de las Meetic. La cita estrella del Canciller de hierro adaptada al guirigay independentista es… ¡tachán!: «Estoy firmemente convencido de que España es la nación más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y aún no lo ha conseguido».

Y no hablo de que la lleven y la traigan tuiteros ocurrentes y demás ralea, sino diarios como La Voz de Galicia El Confidencial, o periodistas como Rafael Cerro o Graciano Palomo. Pues bien, no hay una sola referencia fuera de la lengua castellana que acredite que tan prusiana sentencia fuese dicha en tiempos de los káiseres. Tampoco aparece en las memorias del unificador de Alemania, sus Pensamientos y recuerdos. Y Raúl del Pozo la tilda de «apócrifa» en un artículo de marzo de 2016 en El Mundo. Es más, juran que el primero que la soltó fue Alfonso Guerra en Suresnes en 1974. Los de ForoCoches también han hilado un hilo muy largo con ella en el mejor estilo de la casa:

Pero aún queda una que me ha costado, hace tan solo unos días, el estigma de «franquista» y la pérdida de un conocido en Facebook. Esta persona, profesional de la edición videográfica para televisión, insertó en su cuenta la famosa cita de Voltaire que no es de Voltaire.

En las Ramblas, quiero desfiles de jubilados con sus nietos

Y que ni siquiera se llamaba Voltaire, sino François-Marie Arouet. Le hice ver el error y, textualmente, me escupió que yo anhelaba ver los tanques por las Ramblas. No, por las Ramblas no quiero que desfilen más que paseantes, músicos ambulantes con su guitarra al hombro, turistas selfiteros, jubilados con sus nietos y enamorados que compran flores. Y si no queda otra, culés celebrando sus victorias. Como colchonero, en eso puedo ser equidistante, la verdad.  Esta es la cita…

Para que nadie me vista otra vez con la guerrera de comandante en jefe de la División Mecanizada «Brunete» nº 1, traigo un titular de La Vanguardia, diario equidistantemente independentista, sobre la dichosa cita. Es de enero de 2013:

La cita es, en realidad, de Evelyn Beatrice Hall, biógrafa del ilustrado francés. Apareció en su libro Los amigos de Voltaire, publicado en 1906 con el seudónimo de Stephen G. Tallentyre.

Así que el británico Johnson, el alemán Bismarck y el francés Voltaire bien podrían soltarnos a la cara en estos tiempos sin matices: «¡Eh, eh! ¡Que yo no he dicho eso!». Y tendrían más razón que un santo.

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