Hoy, Google celebra 105 años de la primera ascensión al monte Olimpo. Y lo tienes en todos los diarios. Es lo que pasa en verano, que siempre falta material; por eso se conmemora lo primero que a uno se le viene a las uñas. Porque celebrar el centenario vale, pero el centenario y un lustro, ¡ya te vale! De todos modos, hace milenios que otros dos mortales, cada uno por su vía, ascendieron al hogar de los dioses sin cordaje ni piolet. Hablo de Homero y Hesíodo, a quienes las musas pusieron alas.

Imagen primaveral del Monte Olimpo. Getty Images.

Aprovechando la peregrina efeméride, te pregunto: ¿sabes cómo era el Olimpo mitológico? ¿Cómo eran su clima, su orografía y su urbanismo? ¿Ni idea? Pues ya vienen en nuestra ayuda el autor de la Ilíada y la Odisea y el de la Teogonía.

«Correspondió a Zeus el anchuroso cielo, pero el espacioso Olimpo es de todos»… ¡Bah, pamplinas!

Tomada durante siglos por la cara de Séneca, este podría ser un retrato de Hesíodo (Wikipedia).

Cuando los jóvenes dioses acaudillados por Zeus vencieron a los Titanes y los Gigantes, se reunieron en asamblea para repartirse el Orbe. Acordaron que Zeus gobernara el Cielo, Poseidón las aguas y Hades el Inframundo. Hesíodo midió a, a ojo de buen poeta, las dimensiones del Orbe gobernado por los dioses sempiternos: «Un yunque de bronce que bajara desde el cielo durante nueve noches con sus días, al décimo llegaría a la tierra. E, igualmente, un yunque de bronce que bajara desde la tierra durante nueve noches con sus días, al décimo llegaría al Tártaro». El Tártaro era el agujero más profundo del profundo Hades.

Tras el reparto, el triunvirato olímpico fundó una especie de Suiza mitológica, donde ningún dios tendría prelación sobre los demás. Ese fue el Olimpo, según nos explica Homero en el Canto XV de la Ilíada: «Correspondió a Zeus el anchuroso cielo en medio del éter y las nubes; pero la Tierra y el espacioso Olimpo son de todos». Papiro mojado: en la práctica, Zeus fue tan señor de las altas cumbres olímpicas y de la superficie terrestre como de los cielos.

Los cíclopes fueron los albañiles de los palacios olímpicos

A continuación, Zeus pidió a los Cíclopes que le ayudasen a construir los palacios divinos y los ciclópeos muros que los ceñirían. Zeus los había sacado del Tártaro, así que estaban muy agradecidos. Finalizadas las obras, Zeus invitó a sus parientes a ocupar sus mansiones en su flamante urbanización familiar de altísimo standing.

Homero y su lazarillo retratados por William-Adolphe Bouguereau en 1874.

Los propietarios olímpicos eran diez: Zeus y Hera, hermanos y esposos; Poseidón, hermano y cuñado de ambos; Ares y Hermes, los hijos del matrimonio; Atenea, engendrada por Zeus en Metis; los mellizos Apolo y Ártemis, fruto de su unión con Leto; Hefesto, criatura partenogenética de Hera, y la dorada Afrodita, nacida de la unión de los testículos de Urano, el abuelo de Zeus, y las olas del mar.

Los griegos tendían a la docena para completar su panteón, así que entraban y salían de las mansiones olímpicas Hestia, Deméter, Dioniso, Eros, Perséfone, Hebe, Asclepio, Pan y Heracles. Es lo que llamaron dodekatheon, «doce dioses».

El oscuro Hades nunca tuvo un sitial entre sus parientes, y es que el dios de los muertos no era bienvenido ni entre los inmortales. Al ser tan parecidos a los seres humanos, anidaba en ellos algún eco de mortalidad y de la angustia que tan frágil condición acarrea. Su mujer, Perséfone, se mudaba desde el subsuelo a las alturas con el buen tiempo. O, más bien, al contrario: la bonanza llegaba cuando ella hacía la mudanza de temporada, allá por primavera.

Poseidón, por su parte, era propietario de una segunda residencia, tal y como nos cuenta Homero en el Canto XIII de la Ilíada: «En las profundidades del mar tenía magníficos palacios de oro, resplandecientes e indestructibles».

¡Ah, el Olimpo!, en sus alturas «gozan sin pausa los dioses felices»

“El concilio de los dioses”, de Pedro Pablo Rubens, pintado entre 1622 y 1624. Destaca la imagen de Apolo expulsando a la discordia, el odio, la furia y la envidia.

¿Y cómo era aquel Olimpo recién estrenado? Homero y Hesíodo, que nunca lo habían escalado, sabían que el condominio de los dioses estaba rodeado de una serie de picos muy escarpados —«Olimpo de cimas numerosas»—. Un paisaje serrano cruzado por pasos entre las cumbres, dibujados en el Canto I de la Ilíada, donde tenemos a Zeus sentado en el vértice más alto de un Olimpo «de múltiples collados». Como hablamos de un espacio «anchuroso», había sitio para que el paisaje se hiciera más suave y «en valles abundoso».

En miles de años, jamás se registró allí una ola de calor

En cuanto al clima, Homero nos da el parte meteorológico en el Canto VI de la Odisea: «La eterna mansión de los dioses, que no agitan los vientos ni mojan las lluvias ni alcanzan las nevadas jamás, porque todo es un éter sereno que sin nieblas se expande bañado de cándida lumbre. Allí gozan sin pausa los dioses felices». Aquí, las cosas como son, el bardo ciego se contradice. Y es que en varios pasajes de la Ilíada lo califica de «nivoso», como Hesíodo en los primeros versos de la Teogonía: «la nevada cumbre del Olimpo». Tanta nieve quizá formase parte del camuflaje de los muros construidos por los cíclopes, para que la residencia divina escapase a los ojos de los mortales.

El Olimpo en la versión de Luigi Sabatelli (1772-1850) para el Palacio Pitti (Florencia).

Fijémonos también en ese «éter sereno», que nos ayudará a ubicar el Olimpo con alguna exactitud. En la mitología, Éter es la personificación de un elemento más puro y luminoso que el aire; también da nombre a la región que ese elemento ocupa en el Cielo, por debajo de la Luna, o sea, en el territorio de Zeus. ¿Pero debemos entender que la morada de los dioses olímpicos no estaba anclada en la Tierra?

¿Dónde demonios estaba el Olimpo, en el cielo o en la tierra?

Con toda seguridad, era un espacio sublunar, aunque su localización varía desde las raíces geológicas del monte Olimpo hasta las alturas atmosféricas. En el Canto XVI de la Ilíada, Homero nos explica que cuando Zeus prepara una tempestad tras un día sereno «se va extendiendo una nube desde el Olimpo al Cielo». En el Canto XIII, Ares «se hallaba detenido en la cumbre del Olimpo, debajo de áureas nubes». Y en el I, la nereida Tetis, madre de Aquiles, surge «de las ondas marinas» y asciende «al alto Cielo y al Olimpo».

Pedirles más precisión a unas personas sin telescopios, pero con una imaginación desbordante, sería como pedirle trigo a un olivo. Así que cuando Zeus y los suyos miraban hacia abajo desde su salón de banquetes veían la Tierra; y si levantaban la cabeza, se deleitaban con la Luna y las estrellas. Y hasta ahí podemos contar en cuanto a las coordenadas del Olimpo. Igual Siri tiene más datos.

Eso en lo que atañe a su geografía física, de la que podemos concluir que la zona era muy buena y que tenía unas vistas inmejorables. ¿Pero cómo le quedó la obra a la cuadrilla de albañiles de un solo ojo, los cíclopes Brontes, Estéropes y Arges? Sabemos que la morada de los dioses tenía muros eminentes, así que, en consecuencia, la tenía que sellar una puerta colosal. Y levísima a la vez, guardada por unas porteras excepcionales, las Estaciones, que luego se convirtieron en las Horas del día: «Esas puertas que las Horas tenían a su cargo, bien para abrirlas, empleando espesa nube como tranca, o bien para cerrarlas». Quizá cambiaran de atribución porque, según Homero, el Olimpo era un espacio sin estaciones, de una eternidad inmutable.

Cada vez que había un banquete divino, los mortales temblaban

En el corazón del Olimpo se abría un espacio común para asambleas y banquetes, ceremonias que tendían a confundirse. Los griegos llamaban a las segundas simposios, que significa «reunión de bebedores cultivados»; y es que, tras los aperitivos y los platos fuertes, se daban a trasegar vino aguado hasta que perdían las proporciones. Si las juntas de propietarios del Olimpo se combinaban con los banquetes, ya podían echarse a temblar los mortales.

Cada olímpico tenía su propia mansión; cuando Zeus conseguía atarlos corto para que no se metieran en los asuntos humanos, los dioses asistían a nuestras peripecias «quietos en sus palacios, construidos en los valles del Olimpo» (Il., X, 75). El conjunto de mansiones era «rico en resplandores». Por eso hubo mitógrafos que dedujeron que se trataba de palacios de cristal. Es cierto que los griegos conocían el vidrio, pero las únicas menciones cristalinas en la Ilíada son para manantiales y arroyos. Con más seguridad, el material era el propio del armamento de la época de Aquiles y Héctor, entre los siglos XII y X a. C.: «La morada de Zeus erigida sobre bronce» (Il. XXI, 436).

“Sarcófago de los esposos”, una muestra de arte etrusco de finales del VI a. C. que nos ilustra sobre los banquetes olímpicos.

En la Asamblea olímpica había doce tronos de oro fabricados por Hefesto: «[Hera y Atenea] se sentaron en áureos tronos mezcladamente con las demás deidades» (Il. VIII, 437). Cuando celebraban simposios los cambiaban por klinai, los divanes de los banquetes. Unos y otros se repartían sobre suelos del mismo material precioso: «Sentados en el áureo pavimento junto a Zeus, los dioses se reunían en consejo» (Il., IV, 1).

Puede que fuera Zeus el inventor del edredoning televisivo

Naturalmente, y dadas las pasiones que los animaban, los Sempiternos necesitaban tálamos en sus mansiones. Hera «de lechosos brazos» fue una enconada enemiga de Troya. En un lance de la Ilíada, la primera dama del Olimpo maquina seducir a su esposo para que Poseidón masacre a los troyanos. Hablamos de un acto de traición, pues el «árbitro de las guerras de los hombres» había decidido que los Olímpicos se mantuvieran neutrales.

“Júpiter (Zeus) y Juno (Hera) en el monte Ida”. Un “robado” de James Barry mientras la diosa seduce a su esposo. Es de 1773.

Hera se baña y se perfuma, se viste y adorna con sus mejores galas; para remate, levanta sus senos con el infalible ceñidor de Afrodita, un mítico e irresistible wonderbra. Devorado por el deseo, el Padre Olímpico cae rendido ante su propia mujer.

Ciego de pasión, quiere yacer con ella en la ladera de un monte; muy zalamera y falsamente pudibunda, la reina olímpica le responde: «Tienes tú una alcoba que Hefesto, tu caro hijo, para ti labró, sobre cuyos jambajes encajó compactas puertas que al marco se ajustan. Vayámonos allí a acostarnos, ya que ganas de cama te han entrado».

Pero Zeus, encelado como un verraco, levanta una nube, gruesa como una manta zamorana, y cubre a su astuta esposa. Pudo ser un antecedente del edredoning de Gran Hermano. Hera pretende que, tras aliviarse, él se duerma para que Poseidón tenga el campo libre. Y casi lo consigue, pero, al ratito, Zeus se despierta y, enfurecido, le ordena a su hermano que abandone el campo. Las fuerzas se equilibran de nuevo y el orden olímpico queda restablecido.

Hera, la primera dama olímpica, fue una madre muy desmadrada

En sus seductores embelecos, Hera menciona a Hefesto, su hijo partenogenético, engendrado sin sexo. «Caro hijo», lo llama. Pues bien, no se puede ser más hipócrita. El pobre nació tan feo, que su madre lo tiró a la Tierra para no verlo. En la caída se le rompieron las piernas al pobre crío. Pero bien que se vengó el habilísimo forjador tras pasar nueve años con Tetis y Eurinome, las hijas de Océano, que lo cuidaron como la madre que nunca tuvo.

Recreación de la estatua sedente de Zeus en su templo de Olimpia, una de las Siete Maravillas del mundo helenístico.

Pasado ese tiempo, Hefesto, montado en un asno, llegó al Olimpo cargado con doce tronos nuevos. El de su madre, Hera, estaba hecho del mismo material que los huesos de Lobezno, adamantio («indomable»); te hablo de este mineral mítico en esta entrada de la revista literaria Capítulo 1«Eso lo he visto antes: Lobezno».

Hera, sorprendida y adulada, se sentó en el trono sin sospechar nada. Pero, entonces, unas cadenas adamantinas le ciñeron los miembros y el cuello; la sangre divina, el icor, se le empantanó en manos y pies y no podía respirar. La reina del Olimpo se quedó catatónica. Consumada su venganza, Hefesto regresó a la Tierra. Los dioses le rogaron y rogaron, pero no accedió a liberar a su madre.

Vino y buenas palabras, remedios universales aquí y en el Olimpo

Dioniso bajó al Etna y lo invitó a tomar vino y le regaló lisonjas; solo entonces dio el herrero su brazo a torcer. Desencadenó a Hera y, como resultado, Zeus lo incluyó entre los olímpicos y lo casó con Afrodita, nada menos. Esto lo hizo por seguridad: un contrahecho y un bellezón no tendrían un hijo que le disputase el trono. El futuro Júpiter no daba puntada sin hilo.

Además de su fragua en el Etna, pintada por Velázquez, Vulcano tenía su propia herrería olímpica. Lo sabemos gracias al Canto XVIII de la Ilíada: «[un] palacio de bronce, indestructible y cuajado de estrellas, distinguido entre las moradas de los inmortales, que él mismo, el patizambo, se había construido para sí». Recordemos que Vulcano era el patrón de los cíclopes, así que la cuadrilla de albañiles monóculos que usó Zeus trabajaba para él.

Tetis recibe de Hefesto la nueva armadura de su hijo, Aquiles, según lo imaginó Anton Van Dyck (1599-1641).

Hefesto también decoraba los interiores de sus parientes. Por ejemplo, construyó veinte trípodes semovientes, dotados con ruedas para desplazarse por sí mismos hasta la asamblea de los dioses. Portaban, seguramente, pebeteros para inciensos y perfumes. Le ayudaban las doncellas doradas, ginoides que se movían «bien raudas al servicio de su dueño y señor, parecidas a muchachas con vida». Homero las describe con «sentido en sus entrañas y, asimismo, tienen fuerza y voz y, por don de los dioses inmortales, son duchas en artísticas labores». Estamos hablando de inteligencia artificial y robótica.

Los dioses bajaban a la tierra en briosos corceles y pavos reales

Cuando los dioses salían de casa con prisas, se subían a sus carros de guerra. Los tiros eran equinos, menos el de Hera, que tenía pavos; esto lo vimos en una entrada anterior. En el Canto VIII de la Ilíada, son las porteras olímpicas, las Horas, las que desuncen «los corceles de hermosa crin y a divinos pesebre los atan» (Il., VIII, 430). Fue una excepción, porque la palafrenera original era la diosa de la Juventud: «Con presteza, Hebe encajó a ambos lados del carro curvas ruedas de bronce».

En este óleo de Jacopo Amigoni (1732) vemos a Hera en su carro de pavos reales.

En realidad, Hebe era una «chica para todo». Una vez bañó a Ares «y lo vistió poniéndole gentiles vestiduras» (Il., V, 904). También sustituyó al troyano Ganimedes, el escanciador de Zeus, cuando este se tomó un permiso durante la guerra de Ilión. Por eso Hebe, que había sido antes la copera divina, tuvo que atender de nuevo a sus parientes: «Una asamblea celebraban sentados junto a Zeus sobre áureo pavimento, y entre ellos la augusta Hebe néctar escanciaba» (Il., IV, 2).

El Olimpo tenía su propio Spotify, pero siempre con los mismos hits

En el Olimpo sonaba eternamente el Spotify de las Musas: «A Zeus Padre con himnos alegran su inmenso corazón», nos cuenta Hesíodo. Himnos que son loas al rey olímpico. Ni más ni menos que música convertida en espejo narcisista, vaya.

Eso sí, por muy inmortales que fueran, dioses y diosas podían ser heridos y sangrar. Pero sangraban icor, una sustancia parecida a un mineral dorado que era venenosa para los mortales. En la Ilíada, dos veces vemos perder icor a un dios; y las dos por culpa del mismo guerrero, Diomedes, el griego más valiente después de Aquiles.

Hiere a Afrodita en la muñeca cuando la diosa del amor —amor de madre— salva a su hijo Eneas; en la segunda, va a enfrentarse en combate singular con Héctor, pero Ares se transforma en el príncipe troyano. Atenea envalentona a Diomedes, que hiere en el vientre al dios bélico: «Y le rasgó la piel hermosa», sentencia Homero. ¿Y quién cura a un dios del Olimpo con icorragia? Pues un galeno olímpico.

Los dioses inmortales también contaban con una clínica estética

Cuando el sangrante Ares subió ante Zeus para lamentarse, su padre ordenó que «Peón le curara; y a Ares, encima de la herida, Peón le esparció remedios que el dolor matan». Otro de sus pacientes fue el mismísimo Hades. Cuando Heracles bajó a por Cerbero, el rey del Infierno se llevó un flechazo en el hombro. Las saetas hercúleas estaban emponzoñadas con la bilis de la hidra de siete cabezas; el divino doctor tuvo que sacarle el veneno y aplicarle un bálsamo cicatrizante. Esta fue una de las poquísimas veces en que Hades subió al Olimpo.

Un día infausto, los dioses paganos sufrieron una OPA hostil. Un dios amargo los despeñó de las alturas del Olimpo igual que nos expulsó del Edén. Clic para tuitear

El médico de los dioses también era llamado Peán. Con ese nombre, acabó convertido en una manifestación más de Apolo. Y es que el dios de la música tenía una vertiente bélica; a él iba dedicado el estremecedor canto de guerra de los hoplitas griegos, el peán. Para entendernos, algo así como el haka de los All Blacks, pero en serio.

Como bien podemos comprobar, en la elitista urbanización olímpica también tenían clínica. Incluso de estética: tras raptar a Ganimedes, Zeus ordenó que le dieran ambrosía y néctar para que nunca envejeciera.

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Pero llegó un día, no sé si infausto, en el que los dioses paganos sufrieron una OPA hostil… Un dios judío llegaba para quedarse. E igual que aquel dios amargo nos expulsó del Edén, también despeñó al dodekatheon de las alturas del Olimpo. Sin embargo, la llamada de sus mansiones en ruinas aún resuena en nuestras almas con ecos eternos. Y Yavé no puede con eso…

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