En su cuento Las campanas, de 1844, Charles Dickens habla así del Año Nuevo:

«Se aguardaba el Año Nuevo como si del príncipe heredero del mundo se tratase, con bienvenidas, presentes y celebraciones. Había también libros y juguetes para el Año Nuevo, brillantes baratijas para el Año Nuevo, vestidos para el Año Nuevo, buenos deseos y propósitos para el Año Nuevo, nuevas invenciones para pasarlo de forma amena […] El Año Nuevo, el Año Nuevo. ¡En todas partes el Año Nuevo! El Año Viejo ya se consideraba muerto, y sus efectos se vendían baratos, como en la cubierta de un barco los de un marinero ahogado. Sus hábitos eran ya los del año pasado y estaban destinados al sacrificio antes incluso de exhalar el último estertor. ¡Sus tesoros eran pura bazofia en comparación con las riquezas de su sucesor, aún por nacer!».

Ciento setenta y seis años después, lo que veo alrededor no es desprecio por el Año Viejo, sino auténtico odio. Lógico. Pero yo, en cambio, le deseo tanta paz y descanso como quiero para mí. Porque maldecir al Año del coronavirus es como escupir sobre el envoltorio porque no nos gusta el regalo. La culpa de nuestras desgracias no fue de 2020, sino de la peste. Pero también de la indecencia de quienes han llevado el timón, complicada con la mezquindad de sus voceros y de los mercachifles de la política. Descansa en paz, 2020, porque, como paquete, te tocó cargar con el regalo más odioso.

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