Nunca había visto tan alterado al Dr. Espinosa. Él solito parecía una bandada de dragones a punto de escupir fuego. Era la tercera vez que se le quedaba el café a medio camino de los labios, tensos como los invitados al bautizo de un gremlin. Tenía el pulso tan alterado que ya había más café en el platillo y sobre la mesa de mármol que en la propia taza. De haber fumado, habría encendido un cigarrillo sin importarle prohibiciones ni opiniones.

Cualquiera que se hubiese fijado en nosotros, y no era difícil que el airado criptozoólogo pasara desapercibido, se habría apiadado de mí por soportar a semejante orate. O, precisamente, habría sentenciado que el loco era yo por aguantar sus desaforados ademanes y sus vivas voces, en un tris de ser aullidos.

Cada vez que volvía a posar la taza, me pasaba por delante de las narices una carta. Se la había remitido la secretaria de presidencia (ni siquiera el presidente) de la Sociedad Ibérica de Criptozoología, sita en Teruel. Tener la sede de la SIC en la discreta ciudad aragonesa es como esconder un cadáver en la segunda página de Google… Nadie mira.

¡Cualquiera ve que esos pajarracos no son dragones!

 

La misiva decía: «Tras haber atendido sus cinco cartas anteriores y haber sopesado con todo interés los argumentos expuestos en la que hace la media docena, insistimos: nos damos por enterados. Someteremos sus puntos de vista al criterio del área correspondiente en su próxima reunión semestral. Atentamente…». Y tras la fórmula de cortesía bien podría venir un «¡Que eres más pesao que un lamassu en brazos!». Pero no, la SIC guarda muy bien las formas, dada su fama de extravagante club de buhoneros mediáticos y frikis conspiranoicos.

Un lamassu asirio protege de una horda de demonios la entrada a la ciudadela de Sargón (Bestiario de la Criptozoological Society of London).

¿Y a qué venían las seis cartas, las voces, los manoteos de director de orquesta histérico, el café desparramado por la mesa y, en fin, la furia del Dr. Espinosa? Pues a que tan ilustre cazador de quimeras, que apenas veía la televisión, salvo para jurar en arameo por las «soplapolleces» de Cuarto Milenio y para tomar adjetivos prestados del repertorio dantesco de Pedro Piqueras, echó fuego por la boca y centellas por los ojos cuando se enteró de que a las monturas aladas de la reina Danaerys Targaryen las habían llamado… ¡¡¡dragones!!! Omito, por mero respeto a ustedes, la ristra de insultos que les dedicó a todos y cada uno de los cómplices de aquella herejía criptozoológica, desde George R. R. Martin a los dobladores de la serie Juego de tronos.

Y es que Espinosa tenía un don de lenguas que ni los Doce Apóstoles. No solo conocía todos los idiomas que salieron de Babel, sino que podía jurar en la jerga de los albañiles de la torre maldita. «¡Esa gentuza tiene cagarrutas de Bigfoot en lugar de cerebro! ¡Cualquiera ve que esos pajarracos no son dragones! —aulló. Y, ahí sí, el camarero nos dedicó un severo siseo; pero Espinosa ni caso— ¡¡¡Y encima tienen los santos cojones de llamarla Madre de dragones!!!

Avistamiento (no certificado por la SIC) de un Bigfoot en ubicación indeterminada de la Columbia Británica. Cortesía de la International Society of Criptozoology.

A ver, razón no le faltaba. Con unos conocimientos mínimos, pero rigurosos, de criptozoología, no hay modo de llamar a esos ejemplares dragones. Porque las mascotas de La que no arde son, en realidad, wyverns; o guivernos en castellano. ¿Y cuál es la diferencia?, se preguntarán.

Llegados a este punto, mejor retomo yo el hilo y las explicaciones, dado que no soy tan proclive como mi admirado colega a los arranques de furia. El Dr. Espinosa es brillante en sus argumentos, y posee un magnífico currículum en trabajo de campo, amén de unas cuantas cicatrices, pero le pierden las formas.

Comencemos por establecer que hablamos de dos órdenes de animales completamente distintos, tanto como lo pueden ser un león y un águila, salvo por su fiereza y porque son los reyes de sus elementos respectivos, al menos desde un punto de vista clásico, seguramente hoy discutido por el primer ígnaro ocurrente con una cuenta de Twitter y un par de millares de acólitos. Para empezar, los dragones pertenecen al género Draco, mientras que los guivernos entran en el de Pseudodracos, como podemos ver con más detalle en la primera de nuestras tablas comparativas:

TABLA I

                                                                       

En contra de lo que se cree, ni el dragón ni el guiverno son animales hermafroditas, sino que el macho y la hembra se aparean en un rito de una rarísima y sobrecogedora violencia. Pero, aunque el período de gestación es idéntico, la nidada de una dragona dobla a la de una guiverna:

TABLA II

Una vez fecundadas, las hembras de ambos órdenes incuban los huevos sin que los machos tengan la más mínima participación en ese proceso, ni relevando ni alimentando a la hembra. Se ha exagerado, desde determinadas ópticas antropocéntricas, el supuesto «machismo» de unas bestias del todo ajenas al ser humano, excepción hecha de nuestra inclusión en su dieta. Lo cierto es que hablamos de criaturas extremadamente ariscas y solitarias que solo consienten en el contacto para perpetuar la especie.

Escama de dragón completamente carbonizada, y aun así entera, recogida tras un apareamiento (Cortesía de la International Society of Criptozoology).

Durante el apareamiento (o mejor después) es posible, aunque no probable, que el criptonaturalista avezado pueda cosechar algunas escamas, casi todas lastimosamente dañadas por el ímpetu coital de estos monstruos.

Pero entremos ya en el apartado de las grandes diferencias entre los dragones, cuadrúpedos con alas, y los guivernos, auténticos bípedos alados. Porque es ahí, en un detalle fundamental de la morfología de ambas bestias, en el que toda una cadena de profanos, no todos responsables en el mismo grado de frivolidad, han metido la pata. Justamente, y permítaseme la chanza simplona, han metido la pata en el número de patas.

Como bien apreciará el neófito en nuestra tercera tabla, ese es, tamaños aparte, el punto en el que el Dr. Espinosa insistía hasta la exasperación y, todo hay que decirlo, con justa cólera. Lo que sin apelación posible se colige del mero dato científico, y si uno hace memoria por un instante de alguna de las monturas aladas de La rompedora de cadenas, es que no pueden, en modo alguno, ser tomadas por dragones.

Desde ninguna posición ortodoxa se puede concluir que Drogon y Rhaegal, o el infortunado Viserion, ahora montura del Rey de la Noche, son Dracos, pues, dada su morfología, hablamos de tres buenos ejemplares de Pseudodracos, aunque uno más terrible que los otros. Es decir, son, nos guste o no, guivernos, y no dragones stricto sensu. ¿O alguien llamaría «león» a un lince con una mopa en la cabeza?… «¡Las hordas de Youtubers ñoñanimalistas!, sin duda», sentenciaría el profesor Espinosa. En fin, pasemos sin más dilación a la demostración palmaria de que los dragones de Danaerys Targaryen, mal llamada Madre de dragones, no lo son:

TABLA III

¡Eureka! Mientras que los dragones son animales voladores muy adaptados a la deambulación terrestre (con excepción de los ejemplares acuáticos irlandeses y orientales), los guivernos están más cerca de los pterodáctilos. Y es que los wyverns solo tienen dos patas y una uña en el centro de las alas que, a modo de garfio, usan como muleta o estoque. Es verdad que si hablamos de longitudes, algunos guivernos podrían llegar a competir con un dragón de porte medio, pero en las dimensiones entre puntas alares no hay color. Los dragones disfrutan de una envergadura superior. De ahí se concluye que, lógicamente, dispongan de una masa muscular proporcionalmente superior a la de un guiverno, necesaria sobre todo para el despegue. En palabras del Dr. Espinosa, Danaerys Targaryen, subida a un verdadero dragón, «no sería más distinguible, a simple vista, que una garrapata en un perro de aguas».

No se puede comparar al soberbio Smaug con los wyverns de Daenerys

Todos aquellos que, como el apóstol Tomás, necesiten meter el dedo en la llaga para creer, pueden creer sin culpa al observar las obvias diferencias entre un verdadero dragón, Smaug el Dorado, y el guiverno Drogon, montura de la supuesta Madre de Dragones.

Llegados aquí, se preguntarán en qué paró el berrinche de mi estimado colega. Para aliviar la presión epistolar del airado criptozoólogo sobre doña Angustias, secretaria de presidencia de la SIC, desvié su atención hacia el Departamento de Comunicación de HBO, la productora de la serie. Eso sí, le indiqué (más bien, le sugerí) las ventajas de dirigirse a ellos por cualquier medio electrónico. Pero él, defensor a ultranza del correo postal, me hizo ver, sin embargo, que la recepción de una carta en semejante emporio audiovisual sería un acontecimiento largamente comentado. Y le di la razón. ¡Que Hermes, heraldo olímpico, los pille confesados!

Por otro lado, tuve que cambiar de cafetería. Y más cuando el Dr. Espinosa volvió a sus alaridos tras probar, por fin, su café y darse cuenta de que, además de mermado, ¡¡¡estaba frío!!!

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