Comanchería es al cine presente lo que el cerdo a la gastronomía. El gorrino tiene sabrosos hasta los andares y la película de David Mackenzie tiene bonito hasta el título en español, que no es hazaña menuda. La acabo de ver y aún no he podido cerrar la boca. Ya se ve que no padezco la fiebre de los estrenos.

Su guión es pura fibra. Ni grasa ni anabolizantes. Eso sí, entre el músculo firme y crudo, el director escocés entrevera vetas de humor que saben a risa, no a sonrisa. Llega un momento en que los dos rangers coprotagonistas se lanzan pullas como si fueran Abott y Costello, y sin que la credibilidad de la película se resienta una pizca. ¿Que son chistes de mal gusto, incluso racistas? Bueno, será deformación profesional: he trabajado en tantos equipos de televisión y he visto volar tantas hachas y tantos cuchillos verbales que igual tengo el umbral del humor muy alto. O muy bajo…

O será que uno de los rangers es Jeff Bridges… ¡Jeff, no te mueras nunca! Entiendo que le quisieran dar un Oscar por Comanchería, ¿pero como «actor de reparto»? A Bridges no le nace ser segundo de nadie, y no por vanidad, sino por oficio. Y como se le desborda, acaba por contagiar al galancito de Star Trek, Chris Pine.

Pine empieza como un cabeza de familia desesperado y termina, con una sutileza que espanta, como padre gélido y calculador. Un hombre que, por sus hijos, no duda en sacrificar a su propio hermano. Pero yo no venía a hablar de la película, así que me voy a repetir: «Comanchería tiene bonito hasta el título en español». Porque el original es Hell or High Water, que se traduce «contra viento y marea». Y para explicarme voy a recuperar y combinar un par de viejos artículos de mis blogs anteriores.

Este western de ladrones de bancos se ubica en el oeste de Texas, zona incluida en la Comanchería, territorio de los comanches durante el siglo XVIII y parte del XIX. Amén del poniente texano, abarcaba el este de Nuevo México, buena parte de Oklahoma y el sur de Kansas.

Los comanches, que venían de Wyoming, más al norte, expulsaron a los apaches para asentarse en su territorio. Con más pompa que rigor, algún historiador de raíces finesas jura que, en ese momento, la Historia asistió al nacimiento de un «Imperio comanche».

Los comanches tuvieron su propio imperio: la Comanchería

Aquel «imperio» se asentó tanto en la caza y el comercio como en la rapiña, los secuestros y la esclavitud. En eso sí fue imperial. A mediados del XIX la viruela y el cólera habían hecho estragos en la Comanchería. Además, las manadas de bisontes ya no eran tan nutridas. Las tropas estadounidenses hicieron el resto.

Pero, en pleno siglo XVIII, los españoles supieron de primera mano del belicoso instinto comanche. Sus guerreros tomaron como rutina practicar razias periódicas en la frontera septentrional de Nueva España. Parte de su armamento lo conseguían a través de los llamados comancheros. Estos recibían pieles, ganado y esclavos a cambio de armas, alimentos y manufacturas. Para combatir a comanches y comancheros, nació un pintoresco tipo castrense: el dragón de cuera. Es decir, antes de John Wayne y de los rangers, sí hubo en el Oeste centauros del desierto, pero fueron hispanos. Conozcamos su historia…

Los primeros centauros del desierto fueron españoles

Mientras los franceses alzaban guillotinas en París, los españoles aún levantaban misiones en Nuevo México, territorio de Nueva España. Este virreinato llegaba de Puerto Rico a Filipinas y de Guatemala al Pacífico Norte. Su virrey administraba una veintena de los actuales estados norteamericanos, desde Washington, en el extremo NO. (el estado, no el D. C.), hasta Florida. En 1790, a pocos años de la independencia hispanoamericana, Nueva España tenía una superficie de siete millones de kilómetros cuadrados, repartidos entre Norte y Centroamérica y las posesiones españolas en Asia y Oceanía.

En el ángulo noroccidental del mapa adjunto se ve un punto rojo. Es Nutka, en la isla de Vancouver, hoy territorio de Canadá. Allí se estableció el más norteño de los enclaves españoles en el Pacífico: Santa Cruz de Nuca.

Lo protegía la Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña, que eran infantes ligeros. Controlaban el intenso tráfico ballenero y peletero en la zona y contenían a las avanzadillas rusas que entraban desde Alaska y a los rapaces británicos.

Una de las zonas administrativas del virreinato eran las llamadas Provincias Internas. Allí encontramos la Comanchería. De la guarda de tan extenso y belicoso territorio se encargaban los dragones de cuera. Un dragón era, en origen y grosso modo, un infante a caballo.  Su misión era patrullar, vigilar, explorar y merodear. Pero también asaltaba, emboscaba, hostigaba y, como respuesta a la crueldad comanche, castigaba. Esto incluía volver con cabelleras en el petate o colgadas de los arreos del caballo. Su trabajo era, pues, el de una policía militar de frontera. Carabineros, ya que esa era el arma de un infante a caballo: la carabina. 

Los dragones españoles cortaban tantas cabelleras como perdían

Guerrero comanche y su panoplia según versión del ilustrador militar Jonathan Smith (Osprey Publishing).

Los indios eran expertos en la guerra de guerrillas. Así que los dragones de cuera tuvieron que adaptarse a sus enemigos comanches. Al fin y al cabo, muchos eran tan nativos como los propios pieles rojas. La mayoría de aquellos soldados que defendieron la frontera norte del Imperio español en América no nacieron en la Península. Eran criollos blancos, hijos de esclavos negros, mestizos e indios. Gente de sangre fronteriza para defender las fronteras entre dos imperios.

¿Y por qué de cuera? Porque esa era la prenda más característica de su uniforme. Hablamos de un tabardo, por tanto sin mangas, hecho con varias capas de pellejo recio. Fungía como una armadura que al principio cubría los muslos. En versiones posteriores se convirtió en un coleto, es decir, en un jubón defensivo: tampoco tenía mangas, pero no pasaba de la cintura.

Hidalgo de lanza en astillero y adarga antigua… ¿Adarga?

Adarga andalusí del siglo XIV. Ilust.: Angus McBride. The Moors / Osprey Publishing.

Cuando Cervantes pinta a Quijano, dice que es “un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. La adarga era un arma defensiva, un escudo bilobular u ovalado de origen andalusí que ya se usaba en la Edad Media. Por ser barata, ligera y eficaz, los conquistadores se la llevaron a América.

Con la explosión de las armas de fuego, los escudos desaparecieron de los campos de batalla europeos, pero no de los americanos. Si las adargas de las tropas de Cortés y Pizarro fueron suficientes contra las armas de piedra, bronce, madera y hueso de incas y aztecas, también cumplieron de sobra contra los pieles rojas en las llanuras del Lejano Oeste.

En lo ofensivo, y aparte de la carabina, los cuera portaban pistolas, lanza y espada ancha. Algunos de ellos, quizás los de raíces indígenas, también emplearon el arco y las flechas de la Comanchería. Cada cuera tenía a su cargo una mula, un potro y seis caballos, uno de ellos siempre ensillado. 

En la ilustración de David Rickman observamos la extravagante, pero eficaz, combinación de una pistola del siglo XVIII y un escudo de los tiempos de la Reconquista. Los empuña un soldado de los albores de la Edad Contemporánea.

En los tórridos llanos sureños de Norteamérica, los dragones de cuera soportaban el calor, el polvo y las emboscadas de las bandas indias embutidos en sus gruesos tabardos de piel y en las chupas −azules con vivos encarnados− de paño basto. Su lugar a la sombra eran los presidios. Hablamos de fortificaciones avanzadas que formaban una extensa red defensiva. De ahí que los dragones sean también conocidos como caballería presidial.

El origen de esta cadena de castros estuvo en la revuelta de los indios pueblo de 1680. Fue una de las más violentas registradas en la América colonial española. Dichos fuertes se levantaban cerca de una misión o un enclave civil, a los que protegían de las algaras indias. Pero la misión cotidiana de las fuerzas destinadas en ellos era la de patrullar amplias zonas de Texas, Nuevo México o Arizona. Localizadas las bandas de merodeadores, las perseguían y castigaban. 

A cada presidio se destinaba una compañía de dragones, cada uno de ellos voluntario por un período de diez años. Una compañía eran noventa hombres al mando de un capitán. La muestra de que esto no se cumplía era que, en 1764, las Provincias Interiores tenían veintitrés compañías, es decir, veintitrés oficiales y 2070 dragones. En realidad, solo contaban con 1271 efectivos, 800 menos de los reglamentarios. 

Entre los cuera de la Comanchería había criollos, mulatos, mestizos e indios

Fuerte de Tubac (Arizona). Ilustr.: Stephen Walsh. “Spanish Colonial Fortifications in North America (1565-1822)”. Osprey Publishing

Una muestra del origen americano de los cuera −criollos, mulatos, mestizos o indios− fue Juan Bautista de Anza (1736-1788). Este militar novohispano nació en Sonora, pero de antepasados vascos. Su padre, también militar, murió peleando contra los apaches.

Anza exploró varias rutas desde hacia la Alta California hasta dar con un camino seguro para la colonización. Fue quien eligió el lugar donde se fundaría San Francisco. También derrotó al mayor de los jefes comanches, Cuerno Verde, y detuvo así sus razias, que eran muy sangrientas.

Termino. Los dragones hispanos han sido ridiculizados en el cine y en la literatura. Resulta que el sargento García, el orondo y torpe adversario televisivo de El Zorro, caricatura de aquellas tropas que lucharon contra los comanches, no era otra cosa que un cuera. Tanto al héroe como a su enemigo los creó para la pulp fiction el periodista norteamericano Johnston McCulley en 1919.

Sin complejos ni culpas, la historia de España da para más de un western

El sargento García y su troupe en versión gringa.

Después de lo visto, el título en castellano de la película de David Mackenzie es de lo más acertado e históricamente riguroso. La Comanchería tiene hoy nuevos merodeadores y asaltantes. Pero no son los dos atracadores ficticios del director escocés, sino otros muy reales y tan crueles como los comanches: los banqueros.

De todos modos, ¡qué envidia!, con lo bien que luciría ese mismo título en una película de producción española. Más que nada porque esa parte de la historia de España viene perfumada con el genuino sabor de la aventura. ¡Vaya!, esto ha sonado a publicidad de tabaco. Espero que no me cierren la web…

La espectacularidad de tales imágenes históricas en una pantalla, resueltas con una alquímica mezcla de lealtad, rigor y eficacia comercial, sería un auténtico sueño. Pero si el año pasado fuimos tan mezquinos con el centenario de Cervantes …

… ¿Cómo íbamos a recuperar a unos centauros del desierto no solo desconocidos, sino que de ser descubiertos por el común de la ciudadanía serían probablemente tildados de opresores, imperialistas, colonialistas y tal y tal y tal y, claro está, repudiados? Salvo que el primero de ellos hubiera nacido en Cardedeu, por poner un ejemplo, que ya se encargarían otros de glorificarlos. Y es que algunos imperios manejan la propaganda mejor que otros.

Un dragón de cuera visto por el pintor e ilustrador militar catalán Augusto Ferrer-Dalmau.
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