«¿Qué tendrá este contra los cuñados?», habrá quien piense al ver que ya voy por la tercera entrada de esta serie navideña. Yo nada, está en el aire, como el amor. Y, si no, fíjate en este anuncio de una tienda de vinos en línea. También es pereza y ganas de revolcarme en el tópico, para qué nos vamos a engañar. Y que he tenido que sufrir a algunos, propios y ajenos.

En realidad, el cuñadismo no define a un pariente. Más bien define a un país en el que los brasas bocazas, fanfarrones de barra, sordos a palabras que no sean las suyas, profundos como un charco y a años luz del peligro de extinción son multitud. Y lo peor es que acaban casándose con alguna de tus hermanas o tú terminas con una de las suyas. ¡Hombre!, entonces tú también eres un cuñao… Ya, pero no ejerzo, lo que, bien mirado, es peor, porque entonces te conviertes, impepinablemente, en su diana. Por listo: «¿Quién te habrás creído que eres para no seguirme la arenga, para no llevarme la contraria y ser mi sparring y para no reírme las gracias?». Es que voy provocando…

Hay quien mira una botella como si la etiqueta le chivase el Gordo

Lo que te propongo en esta ocasión es que, el domingo que viene, dejes que tu cuñado hable de cualidades interiores y que tú, por una vez, te quedes en la superficie. Claro que sí, ¿cuándo, si no en Pascuas, vamos a ser superficiales con más derecho? Por eso te animo a que brindes por ellas… ¡por las botellas!

Que sea él quien te abrase con las razones por las que un Ribera del Duero está ya en los 15º y un Burdeos, hablo de tintos, sigue en los 12,5º. Y así, inflamado de patrioterismo, proclame que los franchutes siempre han sido un poco mariquitas y que ya les dimos la del pulpo y que, si hace falta, se la daremos otra vez.

Tú, en cambio, puedes dar la campanada hablándole de la superficie del vino, del continente y no del contenido, o sea, de la botella. En realidad, le estarás hablando de algo  que resulta igual de maravilloso que la fermentación del mosto. ¿O acaso la fundición de una mezcla de arenas que se convierten en algo tan duro y frágil a la vez como una botella no es otro prodigio?

¿Y quién fue el padre de la botella moderna?

Dice Karen Blixen, la mujer tras el pseudónimo de Isak Dinesen, la autora de Memorias de África, que «la cura de todo es la sal: la del mar, la del sudor o la de las lágrimas». Pues en los siglos XVI y XVII, guste o no a nuestra izquierda neolítica, Europa se sacudió, con sal de los océanos, del sudor de la aventura y de las lágrimas del éxito o de la derrota, las penumbras y telarañas de épocas más bárbaras. Y no hablo solo de conquistadores, colonizadores y mercaderes, sino de aventureros del saber como Galileo, Servet o Harvey. Pues quien patentó la forma de las botellas que coronan hoy las mesas de Nochebuena resulta que era uno de estos…

Sir Kenelm Digby por sir Anthony van Dyck (c. 1640).

Nació inglés, en 1603, lo bautizaron como católico y se llamaba Kenelm Digby. Pertenecía a la hidalguía rural del sur de Inglaterra. Tuvo una vida muy salina y asendereada, pues fue cortesano, diplomático, botánico, alquimista, charlatán, gastrónomo y corsario. Alguna de sus biografías dice, equivocadamente, «pirata», pero estos no tenían licencia del rey para el saqueo y aquellos sí. Como tripulaciones enteras de nuestros políticos, presidentes de consejos de administración y asesores cabilderos a los que, erróneamente, también llamamos piratas.

Su infancia no fue fácil. Más si tenemos en cuenta la personalidad y peripecias de su padre, sir Everard Digby, protestante convertido a la fe de Roma. Una conversión tan completa que lo llevó a complicarse en la Conspiración de la Pólvora, dirigida por Guy Fawkes y Robert Catesby con la intención de matar a Jacobo I, terminar con la represión anglicana y devolver Inglaterra al catolicismo.

Digby Sr. fue detenido, conducido a la Torre de Londres, juzgado por un delito de lesa majestad y sentenciado a una pena medieval, la que se aplicaba a los regicidas: «Ahorcado, arrastrado y descuartizado», denominación abreviada, pues también incluía emasculación, evisceración y decapitación. Se les ahorcaba antes, claro, pero solo hasta la extrema agonía, sin llegar a matarlos. Era todo un espectáculo para el que se alquilaban balcones, ventanas y tejados y los cerveceros, panaderos, rateros y rameras hacían su agosto. El cruento festival de ajusticiamientos por aquella conspiración duró dos días. El padre de nuestro protagonista fue ejecutado el 30 de enero de 1606, cuando Kenneth solo tenía dos añitos.

Ejecución de Guy Fawkes y los suyos, según la interpretación de Claes Jansz Visscher. Un auténtico éxito de crítica y público.

No voy a extenderme sobre la vida de Digby, pero mi curiosidad y la de mis lectores no me perdonarían el olvido de algunos capítulos extraordinarios, y de lo más literarios, de la biografía del creador de la botella moderna. Para que los pecados del padre no doblasen las espaldas del hijo, Kenelm desanduvo el camino paterno y se convirtió al anglicanismo. Eso lo acercó a Carlos I, no lo enemistó con la República puritana de Cromwell y le permitió entrar en la corte restaurada de Carlos II.

Solomon Kane, el puritano maldito. http://www.trumanstudio.citymax.com.

Con diecisiete años, en 1620, hizo su Grand Tour por el continente. Eso lo llevó, nada más y nada menos, que al umbral de la alcoba de María de Médicis, la conspiradora madre de Luis XIII. Cuentan las cotorras de palacio que lo acosaba. Ella tenía cuarenta y cinco años y lo quería de paje. Allí aguantó hasta 1623. Cuatro años después era corsario. Quizá el novelista Robert E. Howard conociera su historia y, en algún punto, se inspirase en él para las aventuras iniciales de su personaje Solomon Kane.

Como capitán del galeón Eagle, capturó a principios de año varias presas holandesas y españolas. La primavera la pasó en el nido corsario más próspero del Mediterráneo occidental, Argel. El escorbuto y la disentería se habían ensañado con la tripulación. Tuvo tiempo de hacer migas con los beys locales, tributarios de la Sublime Puerta, y así logró un acuerdo de complicidad para los corsarios de bandera inglesa, amén de rescatar a cincuenta esclavos de la Pérfida Albión.

Proa a Levante, venció y capturó naves venecianas, holandesas y francesas. Pero al llegar a Alejandreta, donde Indiana Jones encontrará siglos después la pista para hacerse con el Santo Grial, le ordenan regresar a Inglaterra. Sus hazañas ponen en peligro a los mercantes ingleses, pues la mitad de los armadores de Europa andan ansiosos de desquite y represalia. Pero obtiene el reconocimiento por sus hazañas y también la recompensa. Se le entregan varias concesiones de monopolios de la Corona. Una de ellas en el Golfo de Guinea; sin duda le sirvió para el comercio y trata de negros. También es nombrado gobernador de la Trinity House. Esa merced real lo hace administrador de faros, del pilotaje y de la mutualidad de los marineros inválidos y retirados.

Corsario, duelista, charlatán, botellero… Una cosa lleva a la otra.

Pero el enfrentamiento entre el despótico Carlos I y el Parlamento atraía negros nubarrones sobre el porvenir de Inglaterra. Las semillas de la república que se avecinaba encontraron buen humus en la pequeña nobleza rural, a la que Digby pertenecía. Además, se extiende la especie de que su esposa, Venetia, ha muerto envenenada. Y Kenelm tiene todas las papeletas para acabar como su padre, en el patíbulo. Para despejar cualquier sospecha, él mismo le hace la autopsia al cuerpo. Pero, entre unas cosas y otras y ni corto ni perezoso, regresó al catolicismo en el que fue bautizado y se exilió en Francia en 1635.

Venetia en su lecho de muerte, por sir Anthony Van Dyck (1633).

Según los tumbos de la política inglesa y de su propia peripecia vital, cruzaba y descruzaba el Canal de la Mancha. Y se metía en cuanto lío podía. Por ejemplo, en 1642 tuvo que tomar las de Villadiego cuando, en un duelo en París, mató a un noble francés. La víctima fue Mont le Rose, que había insultado al rey Carlos. Y aquí retomamos el color literario, si es que lo habíamos perdido. Dicen que, en 1623, con solo veinte años, estuvo en Madrid. Su tío, el conde de Bristol, era embajador ante el flamante Rey Planeta, Felipe IV.

Sin escolta, Bristol, su hijo y Digby salieron a dar una vuelta por las callejas de Madrid. Y se pararon a escuchar a una dama que cantaba tras una reja. De súbito, quince espadachines salieron de las sombras: 5 a 1 en las apuestas. Era una emboscada: su primo estaba enamorado de la cantaora, que era de otro hombre; las canciones fueron el cebo para atraer a los ingleses y escabechinarlos. Pero los felones no se salieron con la suya y tuvieron que salir con el rabo entre las piernas. ¿No recuerda este episodio a la emboscada al Príncipe de Gales en el primer libro de Alatriste?

En su expediente como alquimista y charlatán hay que incluir la reinvención y venta de los polvos simpáticos, que no era sexo ocurrente, sino una especie de cura por poderes. Aquí la fórmula: «Tomar seis u ocho onzas de vitriolo romano (sulfato de cobre), pulverizarlo muy fino en un mortero, cernirlo a través de un tamiz fino cuando el sol esté situado en Leo; mantenerlo al calor del sol y secarlo por la noche». Para que fuese eficaz, el remedio no se aplicaba a la herida, sino al arma, herramienta o animal causantes. Tal superchería fue editada y reeditada veintinueve veces (no, lo de la autoayuda, homeopatía y similares tampoco es de hoy). Umberto Eco se hace ídem de este «ungüento de armas» en La isla del día antes.

Elaboración y aplicación del polvo simpático de Digby según un grabado de la época.

Y, por fin, estamos listos para bajar a las bodegas. En la época, el almacenamiento y transporte del vino era un problema. Las botellas propias del momento eran las llamadas de cebolla, muy fáciles de soplar, pero malas de guardar. Tenían la forma de una comadre, rechoncha y con el cuello corto.

Botella “de cebolla” del siglo XVII.
Botella “Digby” del XVIII.

En el decenio de los treinta de su siglo, Kenelm Digby era propietario de un innovador taller de vidrio. De allí salían botellas más resistentes gracias a dos condiciones. El horno, de carbón de hulla, tenía un túnel de viento para elevar la temperatura. Y los artesanos habían cambiado la proporción de arena y cal en la mezcla. Las botellas resultantes eran más duras y de color verde y marrón, lo que ayudaba a conservar mejor el vino. Además, el cuerpo era cilíndrico y de hombros caídos. Eso ayudaba a estibarlas, si se me permite el símil marinero.

Pero, de resultas de aquel duelo francés, a Digby lo encarcelaron en Inglaterra. La reina francesa, Ana de Austria, intervino en su favor. De ahí que le conmutasen la prisión por el destierro al continente. Todas sus posesiones inglesas, incluida la patente de su botella, fueron confiscadas. Sus competidores tardaron un pestañeo en caer sobre ella como lo que, en el fondo de sus británicas entrañas, eran. Corsarios.

Al llegar la Restauración con Carlos II, el Parlamento le reconoció a Digby sus derechos de autor. En 1662 pudo patentar la botella de vino. cuyas etiquetas miran hoy los enólogos de mueble-bar como si les fueran a desvelar el Gordo. Pero el gozo le duró tres años. Murió en 1665, al parecer, por cálculos renales. Y es que tanto ácido úrico no puede ser bueno, ¿verdad?

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