¡Llegó! Aquí está el gran compromiso de las pascuas. Armados de paciencia, nos disponemos a asistir a una perorata sobre los errores tácticos del Madrid y sobre si Messi o Ronaldo; a una arenga sobre lo que habría que hacer en la esquina noreste de la Península, y a los últimísimos chistes sobre Manneken Puchi. Pero armados con buen apetito, mis últimas entradas y una estampita del Santo Job puede que no nos convirtamos en daños colaterales de la cena de Nochebuena. Ahí va la penúltima clave…

Viñeta de Luis Dávila para el Faro de Vigo, 24/12/2017.

En la idiosincrasia de todo cuñao que se precie está el fundir la tarjeta de crédito en el Black Friday, tirarse el rollo de los chollos que ha rapiñao y luego quejarse en la velada familiar del veinticuatro de que se están perdiendo las tradiciones españolas. No te rías: un cuñao es un cínico —filosóficamente hablando—. Te enfrentas a un malabarista de las paradojas que, a mano abierta, amaga un bofetón dialéctico por la diestra y te remata por la siniestra. Su auténtico poder no reside en su arsenal argumental, sino en su descaro y en su irreductible postureo.

http://www.paisdepandereta.net/Aa Studio

Un verdadero hermano político fanfarroneará estas navidades de sus abdominales, esculpidos tras un año de gimnasio, y el año que viene se ufanará de la tripita cervecera que tanta inversión le ha costado. No tiene límite ni se acoge a las medidas de un ser humano racional, que también eran dos condiciones de los cínicos helenísticos. Los seguidores de Diógenes podían vivir de día en un tonel, pero por la noche se convertían en los bufones de los banquetes aristocráticos, donde llegaban a orinar en la misma mesa en la que mataban su gula. Hoy habrían sido magníficos contertulios televisivos, porque, como en el caso de los cuñaos, la moral como espectáculo iba con ellos.

A ver, es de ley reconocer que no les falta razón cuando se quejan de la decadencia de las tradiciones: entre Halloween y Santa Claus, con el Black Friday de por medio, solo nos falta disfrazarnos de indios y puritanos y celebrar Acción de Gracias (creo que ya se ha hecho en algún colegio peninsular de esos que se las dan de laicos e indigenistas). Yo ya estoy preparando los petardos para el 4 de julio, por si las moscas. Por cierto, la pirotecnia no nació en Valencia, sino en China y así vamos entrando en materia.

¿Cuántas tradiciones de las pascuas españolas lo son de verdad?

No sé si los barbarismos navideños tienen ver con la globalización o con la idiotización, pero así está el paisaje. Y el paisanaje. Lo peor no es que adoptemos costumbres que nada —o eso creemos— tienen que ver con nosotros; al fin y al cabo, las costumbres, los idiomas y las fronteras cambian con el tiempo. Lo malo, y eso sí que sobrevive, es la codicia de quienes te venden lo que sea a costa de tu alma, como si fueran mefistófeles del Hades consumista. Y lo peor es que te dejes tentar y se la vendas.

Para abreviar, a lo que vengo es a regalarte una serie de anécdotas para, si tienes ganas de bulla, quitarle la razón a tu cuñao favorito, como he venido haciendo las últimas semanas. Porque lo más señero de nuestro folclore navideño, lo que el buen hombre defenderá a capa y espada como tradiciones hispanas, no es nuestro. No, nuestras navidades no son las misma que celebraban los visigodos antes de Guadelete. Como lo oyes. Pero vamos por orden: empecemos por el Gordo…

La lotería vino del mismo sitio que los macarrones con tomate

Carlos III llegó a España en 1759 para hacerse cargo del trono de un imperio; venía de ser rey de Nápoles. Tres años después, en 1762, la vida se le tiñó del color del sobaco de un cuervo. Los ingleses conquistaron La Habana y Manila y se asentaron en Belice; Madrid tuvo que romper hostilidades en el Atlántico Sur con británicos y portugueses por culpa de las Malvinas. Un año antes, los pactos familiares con los Borbones franceses metieron a España en la Guerra de los Siete Años (1756-1763).

Por si fuera poco, 1763 fue un año de hambruna en la Península al malograrse la cosecha de trigo. Hoy, si estamos a dieta, podemos prescindir del pan, pero entonces era indispensable como base alimenticia. Con semejante panorama, al ministro de Hacienda, el impopular (va con el cargo) Marqués de Esquilache, se le ocurrió un modo de hacer sangría sin usar sanguijuelas fiscales: ¡la Lotería!

En realidad, Carlos III y Esquilache la importaron de Nápoles. Era casi gemela de la hoy llamada “Primitiva”, de ahí el nombre de la moderna. El primer sorteo se celebró el 10 de diciembre de 1763; se recaudaron 187.500 reales. Tres cuartas partes se fueron en premios (141.000, real arriba, real abajo) y el resto a la Hacienda del Rey (que no era la de todos).

La Real Lotería Nacional de España nació en 1811, también como aporte de fondos bélicos a la guerra de Independencia. El 18 de diciembre de 1812, en Cádiz, se celebró el primer sorteo decembrino. El primer Gordo cayó en el 03604. Ochenta años después, el 23 de diciembre de 1892, se celebró el primer sorteo de Navidad instituido como tal. En fin, que el “tradicional” Gordo es pariente de los macarrones con tomate napolitanos, no de la tortilla de patatas.

La primera en la frente. El invento de la lotería no viene de un ¡Eureka! de don Pelayo en Covadonga. Y ahora me apresto a montar el belén. “¿Me vas a decir que tampoco es español?”. Pues sí, te lo voy a decir. El belén también es espaguettino, lo mires como lo mires. Se dice que el primer belén lo armó el pacifista y animalista Francisco de Asís. Fue en la Nochebuena de 1223, en la Toscana. Aquel nacimiento netamente religioso llegó a España con los franciscanos.

Montar un belén no es tan español como parece…

Pero fue Carlos III —dos de dos— el que nos trajo el pesebre que hoy conocemos: cortesano, lujoso y pleno de arte, heredero de los presepi esplendorosos del Reino de las Dos Sicilias. Aquellos belenes se convirtieron en un juego de nobles, un divertimento mundano y elegante para la aristocracia y la burguesía rampante, que yo recuerdo haber disfrutado, sin tanto lujo, en mi niñez.

Banda de free-jazz del belén napolitano de la Casa de Medinaceli: Hallelujah, brothers & sisters!

Cuando revivo a mi madre y al niño que fui armando el belén dos días antes de Nochebuena, aún con los ecos de los cantores de San Ildefonso en los oídos, se me eriza el vello de los brazos. «¿Has dicho “dos días antes”?». Sí, claro, cuando llegaba la Navidad; es que era un belén casero, no de centro comercial, que los ponen en manga corta…

«¡Qué aventureros, qué locos, casi en la víspera!», habrá quien me diga. Bueno, es que guardábamos las figuras en cajas de un año para otro, no las pedíamos por vía de urgencia a Amazon.

Por cierto, los villancicos no es que no sean españoles, es que, en la Edad Media ni siquiera eran religiosos. Celebraban acontecimientos de temporada y fiestas anuales de la gente de a pie, los villanicos.

Pavera voceando el género. Foto de Alfonso Sánchez Portela.

Llegados a este punto —sin salir de pobres y con el belén montado—, nos disponemos a cenar. Igual tú cenas besugo encamado en patatas jugosas; o una gallina de verdad escoltada con lombarda y castañas; o bacalao con coliflor y ajada… O yo estoy flipando mucho porque me he creído que hemos salido de la crisis. En todo caso, en el reino fantástico de la Navidad el pavo es el rey de la mesa.

El primer español que comió pavo fue Hernán Cortés

En las nochebuenas del siglo XVIII español ya se comía pavo, especialmente en Cataluña, donde les gustaba mucho la volatería, como atestigua este viajero español, ejemplo de burócrata ilustrado: «Hay también algunas comidas de cajón, que no se dejan por más que valga menos la faltriquera […] por Navidad, el pavo con los turrones y barquillos para postres, con su malvasía para mojarlos». La cita es de una guía viajera de 1790: Diarios de los viajes hechos en Cataluña, de Francisco de Zamora.

¿Y de dónde vino el pavo? «¡De Nápoles y lo trajo Carlos III!»… ¡Eeeeeeeerror! De Méjico y lo trajo Hernán Cortés en el primer tercio del siglo XVI. Los aztecas lo llamaban guajolote y los jesuitas lo introdujeron en Europa. ¿Cómo se te queda el ojo? Pues vamos a por las uvas… «¡¿Tampoco las uvas?!»… ¡Taaaaampoco! Empiezo a disfrutarlo; me siento como el amigo que te contó que no existen… Bueno, ya me entiendes, esos tres señores que le hacen la competencia al otro más gordo con barba blanca, ¿algún niño en la sala?

Pequeña fiesta, Adolfo Lozano Sidro. Museo de Bellas Artes de Córdoba.

La tradición de las doce uvas no nace en el Antiguo Régimen, como las anteriores, sino en el siglo XIX. A las uvas de Nochevieja las parieron los fashion victims de la época y, a mayores, unos agricultores agobiados. De entrada, fueron los pijos decimonónicos madrileños los que importaron la moda francesa de tomar champán con uvas la última noche del año. Pero en 1903, viticultores levantinos agobiados por el excedente de uva popularizaron definitivamente esa costumbre exquisita. Y ya ves, hoy habrá quien piense que el Cid se las ponía en la boquita a doña Jimena mientras su escudero daba las campanadas en el escudo.

Edward H. Johnson, un tipo con chispa.

Por esas fechas, el socio a la sombra del iluminado Thomas Alba Edison, llamado Edward Hibberd Johnson, tuvo la ocurrencia de ponerle a su árbol de Navidad una ristra de lucecitas intermitentes. Eligió los colores de la bandera estadounidense: rojo, blanco y azul. Y lo plantificó junto a la ventana de su domicilio de Manhattan el 22 de diciembre de 1882.

Claro, ya sabemos cómo son los neoyorquinos, que de todo arman un espectáculo, así que el gentío ante la fachada de la casa era casi de Super Bowl. Los vendedores de hamburguesas y hotdogs, los rateros y las alegres damas que aún no sabían que, pasado el tiempo, serían llamadas «trabajadoras sexuales» se dejaron caer por allí y sacaron su aguinaldo, no vayas a creer. Trece años más tarde, el presidente Grover Cleveland puso el primer abeto alumbrado en la Casa Blanca. A principios del siglo XX, la Edison General Electric comercializó las bombillitas navideñas. Hoy, las eléctricas españolas siguen recibiendo ese aguinaldo que tan generosamente les damos, el de la iluminación navideña.

Por cierto, los antiguos latinos son los creadores del aguinaldo. Un rey mítico de los sabinos, Tito Tacio, tenía la costumbre de regalar ramilletes de verbena, hierba portadora de felicidad, al comenzar el año. Ese humilde hábito se transformó en una ceremonia de pleitesía en la que los plutócratas romanos recibían presentes del resto de ciudadanos, obligando a los pobres a gastar lo que no tenían. Tal costumbre se mantuvo a lo largo de los siglos hasta que en Francia quisieron prohibirla durante la Revolución. Imposible. Los sirvientes de toda condición pusieron el grito en el cielo, pues se habían acostumbrado a recibir un aguinaldo al llegar la Navidad.

Tito Tacio en “El rapto de las sabinas”, de Jacques-Louis David.

Miedo me da mencionar el turun, dulce de miel y almendras del que habla un médico musulmán del siglo XI en su tratado De medicinis et cibis semplicibus. Por no traer a colación el mazapán persa, o árabe, que ahí no se ponen de acuerdo los gastrónomos.

Y por fin… «¿Pero aún hay más?: ¡Atila, que eres un Atila de la Navidad! Por donde pisas ya no crece el acebo». ¿Qué quieres que te diga?, culpa mía no es. Te iba a contar que, por fin, llegamos al roscón.

Y aquí nos vamos a ir aún más lejos, hasta la Saturnalia romana, la fiesta del solsticio de invierno —nuestra Navidad—, cuando amos y esclavos intercambiaban sus papeles. Era una especie de carnaval donde se comían tortas de harina y miel rellenas con higos y dátiles con sorpresa dentro: un haba seca. Quien la encontraba era coronado como Rey del Haba.

La costumbre renació en la Francia medieval y de allí la trajo Felipe V siglos más tarde. En la corte francesa el haba quedó como minucia y burla, siendo el regalo una codiciada moneda de oro. En España, el roscón se acompañaba, y se acompaña, con chocolate, que, mira por donde, también vino de Centroamérica, donde los aztecas lo tomaban sin azúcar, pero con harina de maíz y ají.

“El rey del haba” David Teniers El Joven, 1690. Museo del Prado.

En resumen: el Gordo, los belenes y el aguinaldo, italianos; el pavo y el chocolate, mexicanos; y las uvas y el roscón, franceses. Y a ti te preocupa Santa Claus… ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?, ¿de jota? Pues resulta que la jota tampoco… ¡vale, vale!, lo dejo ahí.

No, no lo dejo, porque la pandereta, a la que tanto nos gusta asociar a nuestro país, es casi seguro que naciera en Oriente Medio cuando Matusalén perdió su primer diente de leche. En fin, que nuestras más sentidas tradiciones pascuales son guiris.

Tampoco te lo tomes a la tremenda. Conocer el origen de una tradición que creías propia te puede ayudar a ser más tolerante con esas otras que hoy aborreces. Se acerca la Navidad, permite que la mansedumbre, la flema, la paciencia bienvenida y la paz te inunden. ¿Qué más te da?

Escoge, haz tuyas las tradiciones que te hagan feliz y deja a los demás con las suyas. Es tiempo de recogerse al abrigo de los fuegos interiores, no de los de una chimenea, sino de esos otros que levantan las brasas de tu memoria y de tu corazón. Ten una Feliz y Mansa Navidad. Te lo deseo…

[N. del A.: Esta entrada responde a una petición de un lector de este y de mis anteriores blogs, Antonio Carlos Izaguerri, que me pidió que volviera sobre ella. Es, en efecto, una entrada antigua que, por respeto a él y al resto de lectores, he corregido, actualizado y ampliado. Gracias, Antonio.]

 

 

 

Comparte este artículo en: