Claro, que sí, tras desmenuzar los resultados de las elecciones catalanas y recordar, en referencia al Campeonato de Invierno, que la Liga «no es como empieza, sino como acaba», todo cuñao que se precie soltará en plena cena de Nochebuena una catilinaria contra la pizza y una apología de la tortilla de patatas. Con todo el histrionismo que pueda y le dejen, plañirá amargamente contra la Declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que acaba de recibir el plato italiano y rematará, con palabras de su padre, que seguimos yendo de quijotes por el mundo adelante: «¡Y así nos luce el pelo!».

«¡Donde esté la tortilla española!», sentenciará todo cuñao que se precie

Dicho esto, y amagando un gallo de patriotera indignación, con un langostino aún acorazado en la diestra y una copa de Rioja de borde grasiento en la siniestra, soltará aquella consigna tantos veinticuatro repetida: «¡Con lo a gusto que estaría yo hoy cenando una tortillita con un poquito de embutido!». Y tan ancho y santas pascuas.

Lo que acaba de hacer la Unesco va a traer cola en los convites navideños españoles. Casi tanta como la astracanada independentista y los apuros del Madrid de Zidane. ¿Que no?, ¡vaya! Ignoran esos señores el alcance de la que han liao. Y es que, para remate, han reconocido no solo la receta, sino también «el arte tradicional de los pizzeros napolitanos»… ¿¡Napolitanos!?, ¡¡¡pero si esos son todos de la Camorra!!! ¡Hala!, más munición para los arsenales cuñadistas.

Suerte que aquí estoy yo para ofrecerte lo que, dada la cuestión, puede que no pase de un cargador de balas de fogueo. En todo caso, me ha parecido de lo más oportuno continuar de este modo la serie de tips para sobrevivir a los cuñados que inauguré hace un par de semanas. Aprovecho que ya publiqué en otro blog una entrada sobre la verdadera historia de la pizza y, muy ladinamente, aquí la dejo. La titulé «¿Tarda la pizza? Vendrá de Troya»…

¿Unos refugiados troyanos llevaron la primera pizza a Italia?

De las cenizas de Ilión nació, como un ave fénix de las pajareras de Venus, el Imperio Romano. Así lo creía Virgilio; bueno, la verdad es que no lo creía: era adulto, culto e inteligente. Lo que quiso con la Eneida, el poema épico sobre Eneas y el origen de Roma, fue, primero, adular a Octavio Augusto; segundo, contribuir, por vía divina, a la legitimidad del primer emperador; y tercero, colaborar en la propaganda de los senadores terratenientes, esclavistas y, no lo olvidemos, mecenas.

Eneas carga con Anquises, según la versión de Federico Barocci (1598).

El semidiós Eneas, hijo del ayuntamiento de la olímpica Venus y el mortal Anquises, escapó de la destrucción de su patria con su padre a cuestas —literalmente— y con su hijo Ascanio de la mano. El crío sería llamado Iulo en Italia, cambio de nombre que lo convirtió en la semilla de Roma: de la estirpe de Ascanio/Iulo nacieron Remo y su hermano Rómulo. Fue el manantial de la gens Julia, a la que perteneció Cayo Julio César. Y, en consecuencia, se convirtió en el ascendiente semidivino de la dinastía imperial Julio-Claudia: Octavio Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Según la lógica de los mitos, cuando la República plantó sus caligas en la península griega en el 146 a. C., Roma no conquistaba a los helenos, sino que Troya se tomaba la revancha.

Como una versión troyana de Odiseo, Eneas acaba en el Lacio itálico tras vagar por el Mediterráneo. El héroe tenía que cumplir la profecía que anunciaba su matrimonio con la hija del rey Latino, la princesa Lavinia. Pero lo que hoy nos interesa en esta entrada es la quinta escala de su odisea. En ella alcanzó las Estrófadas, en el archipiélago jónico. Hablamos del hogar de las Arpías, que eran todo “h”: harpías, horrendas y hediondas.

Tras desembarcar y explorar la isla principal, los peregrinos mataron unas cuantas reses, aparentemente salvajes. Eso sí, antes de preparar el banquete, cumplieron con el sacrificio a los dioses. Pero no les sirvió de mucho: cuando se disponían a comer, las harpías se lanzaron sobre Eneas y sus camaradas y les quisieron robar la pitanza tras cagar y vomitar sobre ella, que era su repugnante táctica.

«Si quieres Italia, te comerás las mesas, Eneas», aulló la arpía

Quizá no fuesen más que gaviotas, pero a los clásicos les gustaba adornarse para contar una historia más que a Valdano mano a mano con Calamaro. Y si no, mira la Filosofía: tanto romperse la cabeza para, después de todo, concluir que solo sabían que no sabían nada. ¡Hombreeee!, perdón… Andróooos!, si hay que ir se va, pero ir pa’ná.

Eneas y los suyos pelean contra las harpías, según la muy barroca y romanizada versión de François Perrier (1647).

El caso fue que los troyanos venían calentitos por haber perdido Ilión y con más hambre que Carpanta. Así que sacaron arcos y flechas y empezaron a pinchar arpías. Una de ellas, la «fatal» Celeno, los maldijo:

«¿Con que esas tenemos?, ¿conque guerra queréis?, ¿y guerra tras degollar nuestros ganados? Pues, oíd, y que se os graben mis palabras: ¿rogáis por vientos para llegar a Italia? Pues a Italia llegaréis, pero la urbe que se os destina no la tomaréis sin que este agravio os cueste un hambre tal que a dentelladas devoréis las propias mesas.»

«¡Y ahora vas y lo cascas, Eneitas!», le faltó decir a la arpía Celeno. «No, que ya lo cascará Virgilio», le pudo responder el de Ilión. Aquí hago una elipsis y me voy del libro III de la Eneida al VII, donde los troyanos llegan al Lacio. Echados sobre la hierba, comen «manjares sobre tortas de harina, que servían como sostén a los silvestres frutos». Cuando después de comerse lo de arriba, hincaron el diente en las tortas, Iulo gritó entre risas: «¡Mirad, nos comemos las mesas!». Y allí mismo se cumplió el destino de los últimos troyanos: tomaron el Lazio e inventaron la pizza, todo así, con mucha z.

Focaccia vulcanizada hallada en Pompeya. Wikipedia.

Quiero decir con esto que el uso de panes sin levar como soporte de otros alimentos es costumbre antiquísima. Darío el Grande comía dátiles y requesón sobre tortas finas; los griegos, sus enemigos, las llamaban plakuntos y las alegraban con hierbas, especias, ajo y cebolla.

Siglos después de que Eneas y los suyos se comieran las mesas, los legionarios romanos cocían panes de campaña de origen etrusco, la focaccia, quizá como los que dice Virgilio que hicieron reír a Ascanio allá en los prados latinos. El gastrónomo romano Apicio tiene recetas en su De re coquinaria que anteceden a la cuatro quesos y demás parentela.

Pero el primer testimonio escrito sobre algo llamado pizza lo encontramos en un texto en latín vulgar del año 997. Se trata de un acta notarial del concejo de Gaeta, en la región del Lacio. Es un contrato de arrendamiento de un molino que obliga a entregar a un obispo doduodecim pizze —«doce pizzas»— en Navidad y Pascua; nótese que en el documento dice “doduodecim”, degeneración medieval del latín duodecim. Tal documento se conserva en la catedral cayetana… ¿Cómo? Sí, sí, está bien, no es un error ni un gazapo, tan cortijero nombre proviene del gentilicio castellanizado de esa ciudad latina.

Y es que la mitología, tan dulce o ácida como pueda ser una cereza —según su punto de sazón—, tiene el hábito hechicero de enredarse con la Historia como los rabitos de la bermellona frutita. Porque resulta que el nombre propio Cayetano viene del toponímico Gaeta porque Gaeta viene del epónimo Cayeta, una mítica madre de leche. ¿Y de quién fue nodriza Cayeta?… ¡¡¡Pues de Eneas!!! La buena mujer murió en Italia y el héroe troyano bautizó así el lugar de su cremación: Cayeta, luego Gaeta. Así lo cuenta Virgilio en el libro VII de la Eneida. ¡Ah!, los mitos son piezas del inmenso rompecabezas de la Humanidad que flotan en el infinito y que, de repente, acaban encajando.

La pugna entre pizza y pasta le abrió la puerta al tomate

Hasta el XVIII la pizza fue bianca, sin tomates. Traídos del Perú, fueron considerados venenosos y su cultivo se limitó a la jardinería durante un par de siglos. Cuando a finales del siglo XVI el tomate arriba a Italia, lo llaman pomo d’oro, «manzana dorada», por el verdiamarillo de las primeras variedades. Fueron los paisanos de los arrabales napolitanos los primeros en cubrir sus tortas gruesas con salsa de tomate. Corría el año 1734. Dicen que tal novedad surgió de un pique entre taberneros. Los que ofrecían macaroni —muy especiados y calientes— los empezaron a bañar con salsa de tomate. Los clientes acudían como moscas, así que los obradores de pizza blanca no se quedaron atrás.

Fernando de Borbón y María Carolina de Austria-Lorena, según un retrato de corte de Francesco Liani (c. 1770).

Pero el espaldarazo a la pizza, comida de lazzaroni, se lo dio uno de sus reyes, Fernando I de las Dos Sicilias y IV de Nápoles, hijo de Carlos III. Los lazzaroni eran la versión monárquica de los sans-culotte republicanos, camorrísticamente leales a los Borbones napolitanos. Se les suele tachar, a la pata la llana, de mendigos, pero sobrevivían con los trabajos más despreciados, desde poceros a esportilleros. Contra los franceses se comportaron como los majos madrileños y sufrieron, por ello, incontables bajas. Con el tiempo, sus simpatías políticas cambiaron tan radicalmente que Garibaldi se convirtió para ellos en un mesías.

Para que Fernando no se escapara a los tugurios de lazzaronis pizzeros, su esposa, María Carolina de Austria, mandó construir un horno en su residencia de verano, el palacio de Capodimonte. Y ya se sabe: «Si el rey juega, todos tahúres; si bebe, todos borrachos».

En consecuencia, a la nobleza napolitana no le quedó otra, entre risitas y mohines, que hacerse diestra en al sutil arte de mantener erectas las porciones. Por una vez, sus pañizuelos no se mancharon solo de rapé, sino también del tomate plebeyo. Y así fueron las cosas hasta que «la mesa de Eneas» conquistó Queens, Bronx, Manhattan y el mundo entero. Por eso, a partir de ahora, cuando pidas una pizza y el repartidor se retrase un poco, sé indulgente… Ya ves que viene de Troya.

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