Peripecias

Se oye mucho en estos días mezquinos. Es lo que se llama nadar y guardar la ropa. O poner una vela a Dios y un ascua a Satanás. O donde dije digo, digo Diego, por si las moscas, que las hay por enjambres, dado el albañal en el que chapoteamos. Pero el titular de esta entrada no va de eso. Va de apropiación indebida. Y de citas. Me explico…

No son minoría los que han empuñado sentencias de insignes cadáveres para justificar acciones u omisiones. Lo malo no es que citen a personajes célebres para justificar el , el no o el ni contigo ni sin ti. Lo pésimo es que esas citas no salieron de las bocas de esos pobres difuntos que ahora no pueden decir esta boca es mía. O peor: no las dijeron con la intención con que las cogen al vuelo tirios y troyanos.

Citar es un ejercicio de rigor, que en ocasiones agota, como he tenido ocasión de comprobar en mi último ensayo, Brexit con puñetas. Y ese rigor empieza a fallar, gracias a Internet, entre los propios periodistas. Es una paradoja de estos tiempos en los que un dato está a un clic de nosotros, de nuestros textos y, en consecuencia, de la confianza de los lectores.

El rigor al citar escasea entre los periodistas más prestigiosos

Empiezo con Carles Francino y su editorial (masculino: «artículo editorial»; femenino: «empresa que edita») del día 26 de los corrientes en la SER. Es una loa a los equidistantes en la que, sin embargo, toma partido desde el momento en que compara con la misma alegría sedición y ejercicio de la ley.

Aún se te quedan los píxeles pegados en los dedos de lo fresquita que está Capítulo 1, una flamante revista digital a disposición de quienes nos dedicamos a escribir, aunque no vivamos de ello, pero sí para ello (o casi, que tampoco hay que dramatizar ni ponerse talibán ni júligan, que hasta aquí los hay). Capítulo 1 es una revista para escritores con el sano objetivo de que los escritores nos leamos un poco los unos a los otros, que no te creas tú que lo hacemos mucho: «No, yo es que solo leo a los clásicos, ya sabes, los que ya estaban criando malvas cuando nací yo». Ya…

Porque escribir es toda una aventura (¿qué os voy a contar?)

Capítulo 1 es un nuevo proyecto de Víctor J. Sanz (¿cuántos van ya?), al que algunos seguramente conoceréis por la editorial Scribere y la revista que llevaba el mismo nombre; y, si no, puede que hayáis seguido alguno de sus cursos en la Escuela de Formación de Escritores (EFE). ¿Que no? Bueno, pues yo os lo presento a él y él os presenta el número 1 de la revista…

Este artículo va de nombrar la soga en casa del ahorcado. La soga se llama Titivillus, o también Tutivillus. Suena a autor latino de poco renombre, pero es un habitante del Averno, un subalterno de los grandes duques infernales. Titivilo es un demonio y, si escribes, el más temible. Yo escribo, y tengo miedo…

El demoníaco Tutivillus colmará de cagaditas tus páginas

El primero que se atrevió a invocarlo fue un teólogo franciscano. Se llamaba Juan de Gales y enseñó en Oxford y París en la Baja Edad Media. En 1285, el fraile lo maldijo en su Tratado de penitencia, que no fue dado a imprenta, sino a scriptorium.

No hace ni dos meses que llegaron estos polluelos. Allá por el 18 de mayo eran dos tiernas bolitas de peluche, eso sí, con sus narizotas de payasetes y sus zapatones membranosos. Cómo si a estos cisnes en miniatura les hiciera falta ser todavía más graciosos para caernos aun mejor….

© José Juan Picos

Hace solamente dos meses, pero hay que ver cómo han crecido los condenaos