Mis griegos

Midas, rey de Frigia y devoto de Dioniso, rescató a Sileno de un coma etílico y lo devolvió al tíaso. Baco le quedó muy agradecido por el respeto hacia su mentor. En consecuencia, e igual que el genio de la lámpara de Aladino, el dios le dijo al rey que podía pedirle un deseo. Y, lo que es mejor, que le sería concedido…

Como decía mi primer jefe de verdad, el sagaz Emiliano Aláiz, los periodistas tenemos que comer mucho langostino para llevar garbanzos a casa. Clic para tuitear

Tenemos fama en España de que los bares sean nuestra segunda casa. Pues quien diga eso se queda corto. Ahora tenemos tres: la primera, el bar y nuestro colegio electoral. Yo ya he perdido la cuenta de los domingos de votación que llevo encima en los últimos años. El caso es que, como he votado a primera hora y ya tengo listos un guiso calentito y un blanco de Rueda, voy a soltar aquí unas líneas sobre cierta jornada de elecciones en Atenas.

«De todas las criaturas que tienen vida e inteligencia, nosotras, las mujeres, somos las más infortunadas», se lamenta Medea. Clic para tuitear

¿De dónde viene la manoseada palabra «sibarita»? Pues geográficamente, etimológicamente, «humanamente y diplomáticamente», que diría Chiquito de la Calzada, viene de Síbaris, una de las ciudades más importantes de la Magna Grecia. Así llamaron los romanos a una reunión de colonias griegas en el sur de Italia y en Sicilia que ya eran prósperas cuando Rómulo mandaba sobre una partida de forajidos.

Los sibaritas, de tan quisquillosos, llegaron a prohibir el yunque de los crucigramas Clic para tuitear

Hesíodo, el genealogista de los dioses, desarrolla el mito de las edades en sus Trabajos y días. Son cinco, enumeradas de mejor a peor: de Oro, de Plata y de Bronce, el intermedio de la Heroica y, por fin, la Edad de Hierro. La última, la férrea, es la de Hesíodo. El poeta lamenta no haber nacido antes o después. «Nunca durante el día se verán [los hombres] libres de fatigas y miserias ni dejarán de consumirse durante la noche. Y los dioses les procurarán ásperas inquietudes», avisa.

Los que queman contenedores en Barcelona son los niños de mamá de la Edad de Plata de Hesíodo. Todo está en los mitos. Clic para tuitear

Dados su valor, propiedades y antigüedad, el azafrán no podía faltar en los valiosos, perfumados y sensuales mitos de los antiguos griegos. En una entrada anterior, cuyo enlace te dejo aquí, supimos por qué Carlos Linneo bautizó a tan exquisita especia como Crocus sativus. Pero aquel romance homosexual entre un dios y un efebo tiene su versión heterosexual. Eliminamos de la leyenda azafranera al astuto Hermes, añadimos a la ninfa Esmílace, mantenemos al hermoso Croco y listo.

Eso sí, el final del desdichado mozo es el mismo. Y sí, calificarlo de «desdichado» es una forma de destripar la historia. Pero no te preocupes, también vamos a dejar a las ninfas como lo que eran, unas mosquitas muertas. Y eso no te lo esperabas…

Las ninfas eran más peligrosas que una sopa de anzuelos. Pregúntale a la flor del azafrán... Clic para tuitear

Con mayor o menor intensidad epifánica, el mito se manifiesta en nuestras rutinas como el rescoldo de lo sagrado bajo la ceniza de los días. Hoy hablaré, para empezar, de las apariciones cotidianas del caprichoso Baco. Pero también traeré a Procusto, a la sibila y a Medea.

Dioniso está muy lejos de ser el dios borracho y libidinoso del tópico; el hijo de Sémele muere y renace con dolor y baja a los infiernos en busca de su madre. Menuda veta para el psicoanálisis. Solo quienes disfrutan en la mitad de su vida (y más allá) de los placeres de fermentados y destilados conocen la agonía, ya no solo física, de una resaca. Y ahí está Baco en su integridad como dios de la embriaguez y de su reverso.

Esta semana, una bacante ha paseado la cabeza de un hombre por un plató Clic para tuitear

La culpa de que el padre de Odiseo, que no fue Laertes, sino Homero, aparezca en esta entrada en condición de barista y no de aedo no es mía. La culpa es de Álvaro Cunqueiro. «¡Anda y vete a pellizcar mármoles!», podrá soltarme algún lector escandalizado. Y yo le responderé que me envía a tan extenuante tarea sin razón. Porque si alguien tendría que ir a pellizcarlos no soy yo, sino Cunqueiro (¡que las Musas lo tengan en su mullido seno!). Y voy a demostrarlo…

¿Que Homero menciona el café en la Odisea? ¡Pero qué barbaridad! Clic para tuitear

Se calcula que, balazo arriba, puñalada abajo, el bueno de Sean Bean ha muerto unas veinticinco veces en la ficción, incluyendo animaciones como Final Fantasy. La primera, en la frente: en su estreno cinematográfico, en 1986, interpretó a Ranuccio, amante del pintor Caravaggio, que lo degüella. De las siguientes, las más famosas son las de Alec Trevelyan en Goldeneye, Boromir en El señor de los anillos y Ned Stark en Juego de tronos.

Sean Bean en Troya: What the Hades is going on? I'm alive! Clic para tuitear

Va para dos años que la pizza napolitana recibió la declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Con tres milenios de historia encima, ya iba siendo hora. ¿Que te parece exagerado lo de los «tres milenios»? Bueno, vamos a verlo…

De las cenizas de Ilión nació, como un ave fénix de las pajareras de Venus, el Imperio Romano. Así lo creía Virgilio; bueno, creerlo, lo que se dice creerlo, igual no lo creía. Al fin y al cabo, era un adulto culto e inteligente, aunque una cosa no vaya siempre con las otras.

¿Fueron refugiados troyanos los que llevaron la pizza a Italia? Clic para tuitear

Nada menos que tres kilos de bronce cargaba sobre los hombros la peor jaqueca de Zeus. Y como si nada. A la diosa que nació del cráneo abierto de su padre no le quedaba otra que tener buena cabeza, claro. Buena por fuera, porque era de una belleza majestuosa, aunque severa. Y, desde luego, magnífica por dentro. No en vano era la diosa de la inteligencia, representada, como ya te conté en dos entradas anteriores, por el mochuelo de ojos despiertos.

Por eso Brad Pitt no luce un auténtico casco corintio en Troya, porque no le veríamos su cara bonita. Clic para tuitear