-istoria sin H

Un juez mete en la cárcel a un rapero rabioso y lo enaltece como mártir de la libertad; ARCO retira un cuadro que llama «presos políticos» a unos presuntos delincuentes y le regala al autor un precio que la obra no vale; un alcalde consigue que otro juez secuestre un libro por decir lo que todo el mundo sabe en Galicia, que no habría cárteles de la droga sin complicidad política y social, y coloca al autor en el número 1 de Amazon; la conservadora de un museo descuelga un cuadro por si le provoca urticaria al feminismo amazónico y, de repente, nos enteramos de que en Manchester, aparte de dos entrenadores que se odian, tienen museos; las autoridades educativas de lugares perdidos de los EE.UU. retiran Las aventuras de Huckleberry FinnMatar a un ruiseñor por si a Oprah Winfrey le molesta y confirmamos que Trump no ganó las elecciones, sino que las perdió la izquierda pija que no gana para tanto papelillo de fumar con que cogérsela.

¡Llegó! Aquí está el gran compromiso de las pascuas. Armados de paciencia, nos disponemos a asistir a una perorata sobre los errores tácticos del Madrid y sobre si Messi o Ronaldo; a una arenga sobre lo que habría que hacer en la esquina noreste de la Península, y a los últimísimos chistes sobre Manneken Puchi. Pero armados con buen apetito, mis últimas entradas y una estampita del Santo Job puede que no nos convirtamos en daños colaterales de la cena de Nochebuena. Ahí va la penúltima clave…

Viñeta de Luis Dávila para el Faro de Vigo, 24/12/2017.

En la idiosincrasia de todo cuñao que se precie está el fundir la tarjeta de crédito en el Black Friday, tirarse el rollo de los chollos que ha rapiñao y luego quejarse en la velada familiar del veinticuatro de que se están perdiendo las tradiciones españolas. No te rías: un cuñao es un cínico —filosóficamente hablando—. Te enfrentas a un malabarista de las paradojas que, a mano abierta, amaga un bofetón dialéctico por la diestra y te remata por la siniestra. Su auténtico poder no reside en su arsenal argumental, sino en su descaro y en su irreductible postureo.

«¿Qué tendrá este contra los cuñados?», habrá quien piense al ver que ya voy por la tercera entrada de esta serie navideña. Yo nada, está en el aire, como el amor. Y, si no, fíjate en este anuncio de una tienda de vinos en línea. También es pereza y ganas de revolcarme en el tópico, para qué nos vamos a engañar. Y que he tenido que sufrir a algunos, propios y ajenos.

En realidad, el cuñadismo no define a un pariente. Más bien define a un país en el que los brasas bocazas, fanfarrones de barra, sordos a palabras que no sean las suyas, profundos como un charco y a años luz del peligro de extinción son multitud. Y lo peor es que acaban casándose con alguna de tus hermanas o tú terminas con una de las suyas. ¡Hombre!, entonces tú también eres un cuñao… Ya, pero no ejerzo, lo que, bien mirado, es peor, porque entonces te conviertes, impepinablemente, en su diana. Por listo: «¿Quién te habrás creído que eres para no seguirme la arenga, para no llevarme la contraria y ser mi sparring y para no reírme las gracias?». Es que voy provocando…

Hay quien mira una botella como si la etiqueta le chivase el Gordo

Lo que te propongo en esta ocasión es que, el domingo que viene, dejes que tu cuñado hable de cualidades interiores y que tú, por una vez, te quedes en la superficie. Claro que sí, ¿cuándo, si no en Pascuas, vamos a ser superficiales con más derecho? Por eso te animo a que brindes por ellas… ¡por las botellas!

Claro, que sí, tras desmenuzar los resultados de las elecciones catalanas y recordar, en referencia al Campeonato de Invierno, que la Liga «no es como empieza, sino como acaba», todo cuñao que se precie soltará en plena cena de Nochebuena una catilinaria contra la pizza y una apología de la tortilla de patatas. Con todo el histrionismo que pueda y le dejen, plañirá amargamente contra la Declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que acaba de recibir el plato italiano y rematará, con palabras de su padre, que seguimos yendo de quijotes por el mundo adelante: «¡Y así nos luce el pelo!».

«¡Donde esté la tortilla española!», sentenciará todo cuñao que se precie

Dicho esto, y amagando un gallo de patriotera indignación, con un langostino aún acorazado en la diestra y una copa de Rioja de borde grasiento en la siniestra, soltará aquella consigna tantos veinticuatro repetida: «¡Con lo a gusto que estaría yo hoy cenando una tortillita con un poquito de embutido!». Y tan ancho y santas pascuas.

Lo que acaba de hacer la Unesco va a traer cola en los convites navideños españoles. Casi tanta como la astracanada independentista y los apuros del Madrid de Zidane. ¿Que no?, ¡vaya! Ignoran esos señores el alcance de la que han liao. Y es que, para remate, han reconocido no solo la receta, sino también «el arte tradicional de los pizzeros napolitanos»… ¿¡Napolitanos!?, ¡¡¡pero si esos son todos de la Camorra!!! ¡Hala!, más munición para los arsenales cuñadistas.

Suerte que aquí estoy yo para ofrecerte lo que, dada la cuestión, puede que no pase de un cargador de balas de fogueo. En todo caso, me ha parecido de lo más oportuno continuar de este modo la serie de tips para sobrevivir a los cuñados que inauguré hace un par de semanas. Aprovecho que ya publiqué en otro blog una entrada sobre la verdadera historia de la pizza y, muy ladinamente, aquí la dejo. La titulé «¿Tarda la pizza? Vendrá de Troya»…

Metido en pleno Viernes Negro y ojiplático como búha de parto, así vuelvo a estas entradas que echaba de menos. A veces, no saca uno el tiempo; o las ganas.  El caso es que ando estupefacto porque acabo de enterarme de que hay colegios en España donde se hacen representaciones tontorronas del encuentro entre los peregrinos del Mayflower y los primos de Pocahontas, pero se reniega del 12 de Octubre de 1492…

No somos más tontos porque no nos entrenamos. ¡Ah, calla!, que si nos entrenamos. Ahí está el Ayuntamiento de Madrid, que como no cae agua en la capital, se ha propuesto encauzar a las masas. Y no han tenido mejor ocurrencia los Carmena’s Boys & Girls que darles sentido único ¡peatonal! a las calles aledañas a la Puerta del Sol y a Cortylandia. Como la Botella hace tres años, que tenía la Villa comida por la mierda y lo que ella quería era construir un manifestódromo, para que los manifestantes vocearan y marcharan en la dirección que a Miss Relaxing Cup of Café con Leche se le pusiera.

Las navidades marcan el entrañable reencuentro de los cuñados

Al hablar de masas dirigidas, me vienen al caletre los maratones. Lo digo porque acaban de dar el pistoletazo de salida al sindiós navideño, que tiene dos avituallamientos, las cenas de Nochebuena y Nochevieja, y la meta en cuesta, la de enero. Cuando digo «sindiós», lo hago literalmente: ¿dónde está Dios en esa fiesta de Pluto, uno de los nombres de Hades, infernal patrón de los plutócratas?

Hace un mes publiqué un artículo en este blog sobre lo poco rigurosas que pueden ser las portadas de las novelas históricas. Sobre todo las de romanos. E ilustré tal afirmación con una excepción notable. El novelista italiano Massimiliano Colombo, autor de Draco. La sombra del emperador, le agradecía a su editora que hubiese respetado sus opiniones, llenas de rigor, sobre la cubierta del libro. No es arriesgado considerar tal caso como una excepción. La norma es que muchas portadas inspiradas en Roma estén mal, o muy mal, documentadas. Es decir, que sean anacrónicas. Y a las pruebas me remito…

En los agradecimientos de su novela Draco. La sombra del emperador, el novelista histórico Massimiliano Colombo tiene palabras de sincera gratitud para su editora. Le reconoce «la posibilidad de expresarme incluso con el título y la cubierta. Sé que pocos escritores gozan de semejante privilegio. Gracias, Mariagiulia». Con toda la razón. Y más si la novela es de romanos, como la suya.

Una roussoniana recomienda en Twitter que ante el atentado islamista de Barcelona leamos Las cruzadas vistas por los árabes. Y un cruzado le responde que a ver si puede parar la furgoneta de un terrorista tirándole el libro de Amin Maalouf.

A ella la califico de «roussoniana» porque me atrevo a decir que padece ese neocolonialismo humanitario que conduce a la apología urbanita del buen salvaje, aunque sea un barbudo circundidado cargado con una mochila-bomba. A él  lo tildo de «cruzado» porque quizá piense, aunque no lo tuitee, que «el único salvaje bueno es el salvaje muerto». Y califico el atentado de «islamista» porque Islam significa «sumisión» y la Yihad es su látigo.

Comanchería es al cine presente lo que el cerdo a la gastronomía. El gorrino tiene sabrosos hasta los andares y la película de David Mackenzie tiene bonito hasta el título en español, que no es hazaña menuda. La acabo de ver y aún no he podido cerrar la boca. Ya se ve que no padezco la fiebre de los estrenos.

Su guión es pura fibra. Ni grasa ni anabolizantes. Eso sí, entre el músculo firme y crudo, el director escocés entrevera vetas de humor que saben a risa, no a sonrisa. Llega un momento en que los dos rangers coprotagonistas se lanzan pullas como si fueran Abott y Costello, y sin que la credibilidad de la película se resienta una pizca. ¿Que son chistes de mal gusto, incluso racistas? Bueno, será deformación profesional: he trabajado en tantos equipos de televisión y he visto volar tantas hachas y tantos cuchillos verbales que igual tengo el umbral del humor muy alto. O muy bajo…

Bueno, la verdad es que Mayonesa sí fue canción del verano allá por el cambio de milenio. Y el año pasado casi lo vuelve a conseguir. Una compañía de telefonía móvil le metió semejante gusano auditivo en la cabeza a un pobre ejecutivo.  ¡Vaya condena! Bueno, siendo ejecutivo, algo habría hecho…

Pero yo he venido a hablar de la mayonesa original, que en un tiempo fue estrella informativa estival. Por la salmonelosis. Hasta que la huevina llegó al rescate, se mantuvo siempre en el Top 10 de la lista de accidentes veraniegos.

¿Qué sería de los nacionalismos sin sus banderas gastronómicas?

Dicho esto, vamos al asunto. Si los nacionalismos nacen en algún lugar entre el diafragma y las rodillas, bien se puede entender que el estómago tenga parte muy importante en ellos. Veamos: ensaladilla rusa, tortilla francesa, pabellón criollo, arroz a la cubana