Hay pocos libros sobre el Brexit. En español, digo.

Brexit con puñetas

De hecho, ni siquiera el mío va sobre el Brexit, por mucho que relumbre en el título; que relumbra gracias a la luz que le dio a la portada un compañero de aventuras televisivas, Chema Cristo (a cada uno lo suyo). Ya me preparó otra igual de estupenda para el libro inmediatamente anterior a este: Vino de Arabia (Un paseo por la Historia de la mano del café). Pero si no va sobre el Brexit, ¿de qué demonios va Brexit con puñetas? Pues lo dice el subtítulo: Ingleses por España en tiempos de Maricastaña.

Es decir, mi última obra es, en realidad, un libro de viajes; no de los míos, si no contamos los paseos entre bibliotecas y de una a otra web especializada. Se la dedico a los primeros turistas, a los protagonistas de lo que se llamó el Grand Tour, un viaje iniciático de los cachorros de las grandes fortunas británicas de los siglos XVII y XVIII, un rito de paso de la adolescencia a la madurez. Me salto la juventud porque allí no vivían tantos años ni con tanta pamplina como para tener una. Para cuando la nuestra termina, alrededor de los cuarenta y cinco años, la gente de aquellos siglos ya estaba testando.

Precisamente cuento en el libro el caso de John Adams, futuro presidente de los EE.UU., que embarcó a sus hijos con él en 1779, cuando el Congreso Continental lo nombró embajador ante Versalles. El mayor, John Quincy, que también sería presidente, contaba doce años; el otro, Charles, solo tenía nueve. A cien leguas de Finisterre, a la fragata francesa en la que navegaban, la Sensible, se le abrió una vía de agua por la que le entraba el océano entero. Mal sitio: estaban en medio del coto de caza de los corsarios británicos.

Muy a duras penas llegaron a Ferrol, donde no encontraron otro barco y tuvieron que atravesar el norte de España a lomos de acémilas. Huelga calcular lo que aquellas criaturas, Juanito y Carlitos, aprendieron en semejante aventura. Los comentarios del padre son de lo más crueles (en el libro los cuento todos).

El Brexit tuvo un abuelo que esnifaba rapé y llevaba puñetas

Hoy el turismo está muy denostado, y más si los denostadores son de brunch dominical con café de precio justo y suplemento de diario fino; esa gente no son turistas, son viajeros, ¡ojito! Pero el término original, touriste, es decir, viajero del Gran Tour, implicaba dos ingredientes: dinero, por supuesto, y el patrón oro del verdadero placer, tiempo. Es decir, los primitivos turistas eran privilegiados, favorecidos no solo por Fortuna, sino también por las musas. La mayoría eran cultos y viajaban con el ánimo de comparar las miserias del continente con la virtudes de su isla.

En eso no eran diferentes a los turistas modernos: salimos a comparar. Los de derechas comparan para mejor; los de izquierdas, para peor. Solo coinciden en el solecito, la tortillita, el jamoncito y las cañitas, todo así, en diminutivos, como si viviéramos en Liliput, que a veces lo parece, aunque en otras nos crezcan los enanos.

Brexit con puñetas
Cuatro turistas británicos ante el Coliseo, por sir Nathaniel Dance-Holland (1760). Véanse las puñetas en las bocamangas.

Alexander Jardine, un militar y espía británico que acabó siendo un reputado hispanista, reconoce lo muy puñeteros que podían ser sus paisanos: «Ingleses biliosos que critican todo lo que se halla fuera de sus fronteras y abominan de ello». Aprovecho para explicar que uso «puñetas» en el libro de un modo polisémico: como adorno puntilloso de las mangas del XVIII y de las lenguas de aquellos petimetres. Y es aquí donde mi libro se encaja, como dos piezas de un puzzle sideral, flotante en el universo de la Historia, con el Brexit.

¿O qué ha sido el divorcio entre el continente y la isla más que una demostración de puñetero desdén? Para los isleños, el de Bruselas; para los europeos, el de Londres. Lo cierto es que, históricamente, no ha habido paisanos en Europa que desdeñen mejor que los británicos, desde los soberbios y belicosos caballeros de la Mesa Redonda hasta un hooligan de hoy, sin olvidar, claro, al actual rey consorte, por mucho que se vaya a retirar. Se diría que a los hijos de Albión les enseñan a levantar la nariz antes que a sonarse los mocos. Aún no había terminado la II Guerra Mundial y ya le iba diciendo Churchill a De Gaulle: «Si los británicos tenemos que elegir entre el continente y el ancho mar, elegiremos el ancho mar». Si eso no era brexismo…

Pues bien, los más insensatos de aquellos turistas puñeteros eligieron España como destino igual que otros eligen hoy Yemen, Somalia o Ucrania. ¿Qué falta les hacía cuando tenían la ilustrada Francia y la soleada Italia tan a mano? Pues resulta que querían disipar las tinieblas que cubrían a «un país del que sabemos lo mismo que de las regiones más salvajes de África. Y tampoco vale la pena saber más», según nos sentenció Voltaire, otro con puñetas. Y eso que era socio de una casa de exportación de vinos en Cádiz; no querría competencia. Menos mal que hablaba de un imperio que aún era global y, encima, aliado de su país.

El espía Jardine pensaba, muy al contrario, que sí pagaba la pena viajar a la Península: «Naciones tan cargadas de males invitan a la especulación política. Aquí podemos estudiar el mal gobierno y seguir toda la cadena de sus perniciosos efectos». Hoy también habría disfrutado.

De España no merece la pena saber más (Voltaire a lo Brexit)

A través de las opiniones de espías como Jardine, de clérigos ilustrados como Townsend, de damas como Lady Holland, de autores prerrománticos como Beckford o de ricachones tiernos como Swinburne, todo lector que se acerque a Brexit con puñetas disfrutará del catálogo de los pecados que aquellos turistas observaron en una España que estaba muy lejos de ser ilustrada. Por eso el libro se divide, introducción aparte, en siete capítulos, uno por cada pecado capital.

Quien se deje llevar por nuestros turistas puñeteros y protobrexistas no solo concluirá que el Brexit no es cosa de hoy, sino que hunde sus raíces en el mismísimo ADN británico. Y también que, en cuanto a pecados, para los españoles no ha pasado el tiempo. Muy al contrario de lo que opinaba Voltaire, de España merece la pena saber, y sobre todo nosotros, los españoles, quienes quiera que seamos.

Pero el estreno de mi libro no es el único de hoy. Esta web, más completa y personalizada que mis antiguos blogs, también es flamante: la presente es su primera entrada. Espero que me traiga tantas satisfacciones y amistades como aquellas bitácoras. ¡Salud y éxito! Y menos puñetas…

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