José Juan Picos

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Jose Juan Messages

«Todo está en los libros» fue un estribillo de mi adolescencia. Era la banda sonora de un programa televisivo sobre literatura. «Televisión literaria»… parece un oxímoron, ¿verdad? Como «hielo ardiente» o el ya tópico «inteligencia militar». Bueno, así fuimos una vez, y aún no sé si para mejor o para peor. La música de aquel bordón era de Luis Eduardo Aute, la cantilena de Jesús Munárriz y la interpretación de Vainica Doble. Pues aquel sonsonete que nunca he olvidado inspira hoy el título de esta entrada: «Todo está en los mitos».

Cada día de la semana honramos a los viejos dioses

Lo digo porque no creo que Neil Gaiman tenga razón. Es decir, no creo que los dioses antiguos y sus mitos hayan muerto. Ni siquiera le cabe al inglés el honor de tal exclusiva. Cuenta Plutarco que, en tiempos de Tiberio, el capitán de un barco griego oyó una voz que le decía: «¡El Gran Pan ha muerto!». Y que todos los que supieron de ese anuncio atroz perdieron la alegría de vivir y el lazo con la Naturaleza. Es decir, nos hicimos más humanos…

Aún se te quedan los píxeles pegados en los dedos de lo fresquita que está Capítulo 1, una flamante revista digital a disposición de quienes nos dedicamos a escribir, aunque no vivamos de ello, pero sí para ello (o casi, que tampoco hay que dramatizar ni ponerse talibán ni júligan, que hasta aquí los hay). Capítulo 1 es una revista para escritores con el sano objetivo de que los escritores nos leamos un poco los unos a los otros, que no te creas tú que lo hacemos mucho: «No, yo es que solo leo a los clásicos, ya sabes, los que ya estaban criando malvas cuando nací yo». Ya…

Porque escribir es toda una aventura (¿qué os voy a contar?)

Capítulo 1 es un nuevo proyecto de Víctor J. Sanz (¿cuántos van ya?), al que algunos seguramente conoceréis por la editorial Scribere y la revista que llevaba el mismo nombre; y, si no, puede que hayáis seguido alguno de sus cursos en la Escuela de Formación de Escritores (EFE). ¿Que no? Bueno, pues yo os lo presento a él y él os presenta el número 1 de la revista…

Nunca había visto tan alterado al Dr. Espinosa. Él solito parecía una bandada de dragones a punto de escupir fuego. Era la tercera vez que se le quedaba el café a medio camino de los labios, tensos como los invitados al bautizo de un gremlin. Tenía el pulso tan alterado que ya había más café en el platillo y sobre la mesa de mármol que en la propia taza. De haber fumado, habría encendido un cigarrillo sin importarle prohibiciones ni opiniones.

Cualquiera que se hubiese fijado en nosotros, y no era difícil que el airado criptozoólogo pasara desapercibido, se habría apiadado de mí por soportar a semejante orate. O, precisamente, habría sentenciado que el loco era yo por aguantar sus desaforados ademanes y sus vivas voces, en un tris de ser aullidos.

Cada vez que volvía a posar la taza, me pasaba por delante de las narices una carta. Se la había remitido la secretaria de presidencia (ni siquiera el presidente) de la Sociedad Ibérica de Criptozoología, sita en Teruel. Tener la sede de la SIC en la discreta ciudad aragonesa es como esconder un cadáver en la segunda página de Google… Nadie mira.

Este artículo va de nombrar la soga en casa del ahorcado. La soga se llama Titivillus, o también Tutivillus. Suena a autor latino de poco renombre, pero es un habitante del Averno, un subalterno de los grandes duques infernales. Sí, Titivilo es un demonio. Y, si escribes, el más temible. Yo escribo, y sí tengo miedo…

Si escribes, Tutivillus colmará de cagaditas tus páginas

El primero que se atrevió a invocar a tal demonio fue un teólogo franciscano. Se llamaba Juan de Gales y enseñó en Oxford y París en la Baja Edad Media. En 1285, el fraile lo maldijo en su Tratado de penitencia, que no fue dado a imprenta, sino a scriptorium.

Una roussoniana recomienda en Twitter que ante el atentado islamista de Barcelona leamos Las cruzadas vistas por los árabes. Y un cruzado le responde que a ver si puede parar la furgoneta de un terrorista tirándole el libro de Amin Maalouf.

A ella la califico de «roussoniana» porque me atrevo a decir que padece ese neocolonialismo humanitario que conduce a la apología urbanita del buen salvaje, aunque sea un barbudo circundidado cargado con una mochila-bomba. A él  lo tildo de «cruzado» porque quizá piense, aunque no lo tuitee, que «el único salvaje bueno es el salvaje muerto». Y califico el atentado de «islamista» porque Islam significa «sumisión» y la Yihad es su látigo.

Comanchería es al cine presente lo que el cerdo a la gastronomía. El gorrino tiene sabrosos hasta los andares y la película de David Mackenzie tiene bonito hasta el título en español, que no es hazaña menuda. La acabo de ver y aún no he podido cerrar la boca. Ya se ve que no padezco la fiebre de los estrenos.

Su guión es pura fibra. Ni grasa ni anabolizantes. Eso sí, entre el músculo firme y crudo, el director escocés entrevera vetas de humor que saben a risa, no a sonrisa. Llega un momento en que los dos rangers coprotagonistas se lanzan pullas como si fueran Abott y Costello, y sin que la credibilidad de la película se resienta una pizca. ¿Que son chistes de mal gusto, incluso racistas? Bueno, será deformación profesional: he trabajado en tantos equipos de televisión y he visto volar tantas hachas y tantos cuchillos verbales que igual tengo el umbral del humor muy alto. O muy bajo…

Bueno, la verdad es que Mayonesa sí fue canción del verano allá por el cambio de milenio. Y el año pasado casi lo vuelve a conseguir. Una compañía de telefonía móvil le metió semejante gusano auditivo en la cabeza a un pobre ejecutivo.  ¡Vaya condena! Bueno, siendo ejecutivo, algo habría hecho…

Pero yo he venido a hablar de la mayonesa original, que en un tiempo fue estrella informativa estival. Por la salmonelosis. Hasta que la huevina llegó al rescate, se mantuvo siempre en el Top 10 de la lista de accidentes veraniegos.

¿Qué sería de los nacionalismos sin sus banderas gastronómicas?

Dicho esto, vamos al asunto. Si los nacionalismos nacen en algún lugar entre el diafragma y las rodillas, bien se puede entender que el estómago tenga parte muy importante en ellos. Veamos: ensaladilla rusa, tortilla francesa, pabellón criollo, arroz a la cubana

¿Qué ingredientes son indispensables para una buena ensalada mental? (es lo mismo que una empanada, pero más fácil de digerir). Primero, una fundación, hospital o universidad de no se sabe bien dónde. Segundo, un informe muy sesudo que nadie conoce de primera mano, pero algo han dicho en Facebook. Y, para remate, una autoría camuflada tras un departamento docente o un equipo de «expertos». Tales «evidencias» nos bastan para jurar que todo lo que sabíamos sobre nuestra salud estaba equivocado o, ¡peor aún!, demodé… Pues, con esos ingredientes, a la Operación Bikini le ha salido competencia.

No hace ni dos meses que llegaron estos polluelos. Allá por el 18 de mayo eran dos tiernas bolitas de peluche, eso sí, con sus narizotas de payasetes y sus zapatones membranosos. Cómo si a estos cisnes en miniatura les hiciera falta ser todavía más graciosos para caernos aun mejor….

© José Juan Picos

Hace solamente dos meses, pero hay que ver cómo han crecido los condenaos

«Porque el Brexit no es de hoy» es la idea que anima mi último libro, Brexit con puñetas (Ingleses por España en tiempos de Maricastaña). Quizá el antepasado más obvio del divorcio actual entre la isla y el continente sea el cisma anglicano de Enrique VIII, formalizado en 1534. Pero trece siglos antes, en la segunda mitad del III, la provincia de Britania, conquistada bajo Claudio en el año 44, ya vivió separada de su entidad supranacional, el Imperio Romano. O sea, que los británicos ya conjugaban el verbo To BrexitBrexitus, brexita, brexitum, dicho sea muy macarrónicamente. Y sin referéndum ni nada, por las bravas. Ocurrió así…