José Juan Picos

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Jose Juan Messages

¿En qué se basan los guionistas y dibujantes de Marvel para crear sus personajes, desde Magneto al Capitán América? ¿Cuáles son los manantiales en los que bebe su imaginación? ¿A qué musa claman en lo más desértico de su peregrinaje creativo? ¡Hombre!, me encanta que me haga usted esa pregunta porque, mire por dónde, me sé la respuesta.

El Capitán América es un insospechado rompecabezas histórico

Como hacemos todos los que imaginamos, los guionistas y dibujantes de Marvel también beben en las fuentes del monte Helicón, hogar de las Musas, muy cercano al Monte Parnaso, para que todo quede en casa. Solo que una veces llaman a esta musa y otras a aquella, pero no a todas en pelotón, pues, como artistas, las nueve son insoportables en cuadrilla. En el caso que nos ocupa, la elegida fue, seguramente, Clío, la musa de la historia y de la poesía heroica.

A la derecha la podemos ver en un fragmento de una de las obras más conocidas del pintor neerlandés Johannes Vermeer, “El arte de la pintura” (c. 1666). La hija del autor, María, posa con los atributos de la hija de Zeus y Mnemósine, diosa de la memoria: la corona de laurel, la trompeta de la Fama y un libro del historiador Tucídides. Y, dicho esto, pasemos a lo que íbamos…

Inauguraremos esta serie —«Eso lo he visto antes»— con un superhéroe que lleva la historia en su mismo nombre, en el uniforme y en su fecha de creación, pues fue un recurso propagandístico norteamericano en plena Segunda Guerra Mundial: el Capitán América. Cuando Joe Simon y Jack Kirby lo crearon en 1941, hicieron una síntesis documental que aquí vamos a analizar históricamente. Ellos agregaron y yo, como un forense, despiezaré. Empecemos por la cabeza.

Esta semana me han tildado de «indocumentado». ¡Será por carnés! Llevo en el bolso el de identidad, el de conducir y cinco de bibliotecas estatales, diputacionales y municipales. ¿Cómo?, ¿que si uso bolso? ¡Pues claro! Ni mochila ni  morral, ni riñonera ni mariconera: b-o-l-s-o. ¿Dónde, si no, iba a meter tanto carné, la cartera, el monedero surfero, las gafas de presbicia, el bloc de notas, el móvil, el plumier, un par de libros y lo que se tercie? Uno madura cuando, por fin, pone la comodidad y el pragmatismo por delante de los prejuicios.

¿Cuánto hay de Farenheit 451 en la retirada del cuadro de Hylas?

Mono mi bolso, ¿eh?

La culpa de tamaño baldón profesional —«indocumentado»— es del dichoso cuadro de Waterhouse. No, pobrecito, él es tan víctima como yo. La culpa la tiene el feminismo amazónico (por las míticas guerreras misántropas, no por el río). Y es que a quienes hemos visto más de Farenheit 451 que de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la retirada de un cuadro con desnudos, eso ha sido lo más leve que las seguidoras de #MeToo nos han llamado. «Bueno, ¿y qué esperabas?», podría preguntarme a mí mismo: varón, caucásico, heterosexual, «polla vieja», español, europeo y rendido admirador de la orgía de talento e ingenio que son todos y cada uno de los cuentos de Guy de Maupassant, muy susceptibles de acabar en la lista de obras prohibidas de Oprah Winfrey. Eres un sospechoso habitual te pongas como te pongas.

Recapitulo para los afortunados ignorantes de la rabiosa actualidad. Una obra del prerrafaleita John William Waterhouse, Hilas y las ninfas (1896), ha sido descolgada de su pared en la Manchester Art Gallery para animar al debate sobre la «cosificación» de la mujer. Resulta que se dieron cuenta de que a las náyades se les veían las tetas. No todas, las cosas como son; siete ninfas por dos pechos hacen catorce senos, pero, en realidad, solo se ven seis; los otros ocho están ocultos por briznas de hierba y vegetación lacustre y por las posturas de las protectoras de la charca. Por cierto, en castellano es Hilas, con -i- latina; en el título he dejado la griega para que Google me lo menee mejor.

¡Llegó! Aquí está el gran compromiso de las pascuas. Armados de paciencia, nos disponemos a asistir a una perorata sobre los errores tácticos del Madrid y sobre si Messi o Ronaldo; a una arenga sobre lo que habría que hacer en la esquina noreste de la Península, y a los últimísimos chistes sobre Manneken Puchi. Pero armados con buen apetito, mis últimas entradas y una estampita del Santo Job puede que no nos convirtamos en daños colaterales de la cena de Nochebuena. Ahí va la penúltima clave…

Viñeta de Luis Dávila para el Faro de Vigo, 24/12/2017.

En la idiosincrasia de todo cuñao que se precie está el fundir la tarjeta de crédito en el Black Friday, tirarse el rollo de los chollos que ha rapiñao y luego quejarse en la velada familiar del veinticuatro de que se están perdiendo las tradiciones españolas. No te rías: un cuñao es un cínico —filosóficamente hablando—. Te enfrentas a un malabarista de las paradojas que, a mano abierta, amaga un bofetón dialéctico por la diestra y te remata por la siniestra. Su auténtico poder no reside en su arsenal argumental, sino en su descaro y en su irreductible postureo.

«¿Qué tendrá este contra los cuñados?», habrá quien piense al ver que ya voy por la tercera entrada de esta serie navideña. Yo nada, está en el aire, como el amor. Y, si no, fíjate en este anuncio de una tienda de vinos en línea. También es pereza y ganas de revolcarme en el tópico, para qué nos vamos a engañar. Y que he tenido que sufrir a algunos, propios y ajenos.

En realidad, el cuñadismo no define a un pariente. Más bien define a un país en el que los brasas bocazas, fanfarrones de barra, sordos a palabras que no sean las suyas, profundos como un charco y a años luz del peligro de extinción son multitud. Y lo peor es que acaban casándose con alguna de tus hermanas o tú terminas con una de las suyas. ¡Hombre!, entonces tú también eres un cuñao… Ya, pero no ejerzo, lo que, bien mirado, es peor, porque entonces te conviertes, impepinablemente, en su diana. Por listo: «¿Quién te habrás creído que eres para no seguirme la arenga, para no llevarme la contraria y ser mi sparring y para no reírme las gracias?». Es que voy provocando…

Hay quien mira una botella como si la etiqueta le chivase el Gordo

Lo que te propongo en esta ocasión es que, el domingo que viene, dejes que tu cuñado hable de cualidades interiores y que tú, por una vez, te quedes en la superficie. Claro que sí, ¿cuándo, si no en Pascuas, vamos a ser superficiales con más derecho? Por eso te animo a que brindes por ellas… ¡por las botellas!

Claro, que sí, tras desmenuzar los resultados de las elecciones catalanas y recordar, en referencia al Campeonato de Invierno, que la Liga «no es como empieza, sino como acaba», todo cuñao que se precie soltará en plena cena de Nochebuena una catilinaria contra la pizza y una apología de la tortilla de patatas. Con todo el histrionismo que pueda y le dejen, plañirá amargamente contra la Declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que acaba de recibir el plato italiano y rematará, con palabras de su padre, que seguimos yendo de quijotes por el mundo adelante: «¡Y así nos luce el pelo!».

«¡Donde esté la tortilla española!», sentenciará todo cuñao que se precie

Dicho esto, y amagando un gallo de patriotera indignación, con un langostino aún acorazado en la diestra y una copa de Rioja de borde grasiento en la siniestra, soltará aquella consigna tantos veinticuatro repetida: «¡Con lo a gusto que estaría yo hoy cenando una tortillita con un poquito de embutido!». Y tan ancho y santas pascuas.

Lo que acaba de hacer la Unesco va a traer cola en los convites navideños españoles. Casi tanta como la astracanada independentista y los apuros del Madrid de Zidane. ¿Que no?, ¡vaya! Ignoran esos señores el alcance de la que han liao. Y es que, para remate, han reconocido no solo la receta, sino también «el arte tradicional de los pizzeros napolitanos»… ¿¡Napolitanos!?, ¡¡¡pero si esos son todos de la Camorra!!! ¡Hala!, más munición para los arsenales cuñadistas.

Suerte que aquí estoy yo para ofrecerte lo que, dada la cuestión, puede que no pase de un cargador de balas de fogueo. En todo caso, me ha parecido de lo más oportuno continuar de este modo la serie de tips para sobrevivir a los cuñados que inauguré hace un par de semanas. Aprovecho que ya publiqué en otro blog una entrada sobre la verdadera historia de la pizza y, muy ladinamente, aquí la dejo. La titulé «¿Tarda la pizza? Vendrá de Troya»…

Metido en pleno Viernes Negro y ojiplático como búha de parto, así vuelvo a estas entradas que echaba de menos. A veces, no saca uno el tiempo; o las ganas.  El caso es que ando estupefacto porque acabo de enterarme de que hay colegios en España donde se hacen representaciones tontorronas del encuentro entre los peregrinos del Mayflower y los primos de Pocahontas, pero se reniega del 12 de Octubre de 1492…

No somos más tontos porque no nos entrenamos. ¡Ah, calla!, que si nos entrenamos. Ahí está el Ayuntamiento de Madrid, que como no cae agua en la capital, se ha propuesto encauzar a las masas. Y no han tenido mejor ocurrencia los Carmena’s Boys & Girls que darles sentido único ¡peatonal! a las calles aledañas a la Puerta del Sol y a Cortylandia. Como la Botella hace tres años, que tenía la Villa comida por la mierda y lo que ella quería era construir un manifestódromo, para que los manifestantes vocearan y marcharan en la dirección que a Miss Relaxing Cup of Café con Leche se le pusiera.

Las navidades marcan el entrañable reencuentro de los cuñados

Al hablar de masas dirigidas, me vienen al caletre los maratones. Lo digo porque acaban de dar el pistoletazo de salida al sindiós navideño, que tiene dos avituallamientos, las cenas de Nochebuena y Nochevieja, y la meta en cuesta, la de enero. Cuando digo «sindiós», lo hago literalmente: ¿dónde está Dios en esa fiesta de Pluto, uno de los nombres de Hades, infernal patrón de los plutócratas?

Hace un mes publiqué un artículo en este blog sobre lo poco rigurosas que pueden ser las portadas de las novelas históricas. Sobre todo las de romanos. E ilustré tal afirmación con una excepción notable. El novelista italiano Massimiliano Colombo, autor de Draco. La sombra del emperador, le agradecía a su editora que hubiese respetado sus opiniones, llenas de rigor, sobre la cubierta del libro. No es arriesgado considerar tal caso como una excepción. La norma es que muchas portadas inspiradas en Roma estén mal, o muy mal, documentadas. Es decir, que sean anacrónicas. Y a las pruebas me remito…

En los agradecimientos de su novela Draco. La sombra del emperador, el novelista histórico Massimiliano Colombo tiene palabras de sincera gratitud para su editora. Le reconoce «la posibilidad de expresarme incluso con el título y la cubierta. Sé que pocos escritores gozan de semejante privilegio. Gracias, Mariagiulia». Con toda la razón. Y más si la novela es de romanos, como la suya.

Se oye mucho en estos días mezquinos. Es lo que se llama nadar y guardar la ropa; o poner una vela a Dios y un ascua a Satanás; o donde dije digo, digo Diego, por si las moscas, que las hay por enjambres, dado el albañal en el que andamos metidos. Pero el titular de esta entrada no va de eso. Va de apropiación indebida. Y de citas. Me explico…

No son minoría los que han empuñado sentencias de insignes cadáveres para justificar sus acciones o su pasividad. Pero lo indebido no es que citen a personajes célebres para justificar el , el No o el Ni contigo ni sin ti. Es que esas citas nunca salieron de boca de esos pobres difuntos célebres que no pueden decir esta boca es mía. O peor: no las dijeron con la intención con que las cogen al vuelo tirios y troyanos.

Citar es un ejercicio de rigor, que en ocasiones agota, como he tenido ocasión de comprobar en mi último ensayo, Brexit con puñetas. Y ese rigor empieza a fallar, gracias a Internet, entre los propios periodistas. Es una paradoja de estos tiempos en los que un dato está a un clic de nosotros, de nuestros textos y, en consecuencia, de la confianza de los lectores.

El rigor al citar escasea entre los periodistas más prestigiosos

Empiezo con Carles Francino y un editorial (masculino: «artículo editorial»; femenino: «empresa que edita») de su programa del día 26 de los corrientes en la SER. Se trata de una loa a los equidistantes que, sin embargo, toma partido desde el momento en que compara con la misma alegría sedición y ejercicio de la ley.

Esta semana han coincidido un par de hechos sin aparente relación. El cuento de la criada ha recibido cinco Emmys y los protestantes celebran el medio milenio de la Reforma, el cisma de Lutero con la Biblia como estandarte. Claro, digo «aparente» porque sí la tienen, a mi modo de ver. Y, a su vez, ambos hechos se relacionan con una entrada anterior de este blog: Palabra de Dios: a vueltas con la Biblia. Decía en ella, y digo, que los escritores descreídos no debemos renunciar al conocimiento de la Biblia. Como todo relato mitológico, es un arsenal de arquetipos y situaciones que nos ayudan a explicar y a explicarnos.

Tras los Emmys, todos arriman el ascua a su sardina ideológica

El cuento de la criada, antes que serie, fue novela corta. La escribió la canadiense Margaret Atwood y se publicó en 1985. No he visto la serie, pero he leído la novela. Me sorprendió la idea y me aburrió el desarrollo. Durante estos días han escrito mucho sobre su oportunidad: patriarcado, lesbianismo, fundamentalismo, vientres de alquiler, hipervigilancia, el presidente de color zanahoria y boquita de pitiminí… Cada cual ha llevado el ascua a su sardina ideológica. Y más con cinco Emmys.