José Juan Picos

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Jose Juan Messages

Hoy, Google celebra 105 años de la primera ascensión al monte Olimpo. Y lo tienes en todos los diarios. Es lo que pasa en verano, que siempre falta material; por eso se conmemora lo primero que a uno se le viene a las uñas. Porque celebrar el centenario vale, pero el centenario y un lustro, ¡ya te vale! De todos modos, hace milenios que otros dos mortales, cada uno por su vía, ascendieron al hogar de los dioses sin cordaje ni piolet. Hablo de Homero y Hesíodo, a quienes las musas pusieron alas.

Imagen primaveral del Monte Olimpo. Getty Images.

Aprovechando la peregrina efeméride, te pregunto: ¿sabes cómo era el Olimpo mitológico? ¿Cómo eran su clima, su orografía y su urbanismo? ¿Ni idea? Pues ya vienen en nuestra ayuda el autor de la Ilíada y la Odisea y el de la Teogonía.

«Correspondió a Zeus el anchuroso cielo, pero el espacioso Olimpo es de todos»… ¡Bah, pamplinas!

«¡Viva el vino y las mujeres!» no es una loa que forme parte del legado de los antiguos griegos. Para empezar, la vida de sus mujeres —madres, hermanas, esposas, hijas y nietas— fue muy perra. A todas las mantuvieron en casa y con la pata quebrá durante siglos, bien enclaustradas en el gineceo. Safo de Lesbos, Aspasia de Mileto, Friné de Tespias o Gorgo de Esparta no son más que excepciones que confirman la regla.

Mujeres encerradas y sometidas y vino aguado, ¿esa era la Grecia civilizada? Clic para tuitear

Como el verano viene remolón, voy a invocar a Helio para que, de una vez, los hosteleros con terraza sonrían. Y te hablaré de otra cuadra mítica, más famosa aún que la de Aquiles; de esta me ocupé en una entrada anterior.

En la mitología griega, Helio era el dios del Sol, hijo del titán Hiperión y de la titánide Tía; ojo, no la confundamos con la oceánide del mismo nombre, madre de los ascendientes mitológicos de Zipi y Zape, a los que dedico un artículo en la web literaria Capítulo 1. Helio es, por tanto, hermano de Eos, la Aurora, y de Selene, la Luna.

La leyenda de Faetón es la del primer calentamiento global

Hades, rey del ídem, y Perséfone, su reina, no tuvieron hijos, pero tenían perrito. Su nombre, como el de Pégaso, era el de una mascota esdrújula que valía por tres: Cérbero. Con el tiempo, y vaya usted a saber por qué, la volvimos llana: Cerbero. Y de ahí, a los campos de fútbol como cancerbero, el único jugador de los once que siente en la nuca el aliento del infierno.

También eran tres, y esdrújulas, las regiones del Inframundo de los antiguos griegos: el Érebo, las tinieblas oscuras de su vestíbulo que se extendían, flotantes, sobre los otros territorios del Hades; los Campos de Asfódelos, por donde vagaban para siempre las almas de los que habían vivido conforme a la sofrosine, una mezcla de templanza y humildad; y el Tártaro, donde, sometidos a un eterno suplicio, pagaban sus culpas los mortales que se dejaron llevar por la hýbris: el desequilibrio, la desproporción, la soberbia y la impiedad. Pues el Cancerbero tenía su caseta a las puertas del Érebo, que antes de ser un espacio de la geografía mitológica fue un dios primordial, es decir, preolímpico.

En rigor, estos corceles serían mascotas semidivinas, pues Aquiles era un semidiós. Su madre, Tetis, era una diosa oceánica, pero su padre, Peleo, era mortal. En origen, eso significaba «héroe». Y lo explica Platón en su diálogo Crátilo: «Todos han nacido del amor de un dios por una mortal o de un mortal por una diosa». Del segundo caso tenemos al propio Aquiles y a Eneas, fruto de los amores de Afrodita y Anquises. Del primero, a Hércules, hijo de Zeus y Alcmena, y a Rómulo y Remo, consecuencia de un sueño erótico de Rea Silvia con Marte.

Aunque tengamos al héroe por un dechado de virtudes, los griegos podían ser auténticos psicópatas. Heracles fue un asesino, un ladrón y un violador, amén de delincuente ecológico. Y eso por su «mala gestión de la ira». Sus doce trabajos fueron una purga por sus anteriores crímenes, a los que sumó delitos nuevos.

Aunque tengamos a los héroes por dechados de virtudes, los griegos podían ser auténticos psicópatas. Clic para tuitear

Hoy vamos a conocer el extreme, pero muy extreme, make over del pavo real. Porque el ave que simboliza la vanidad no siempre fue tan bella. Nos ayudará en esta misión una vaca, la enésima muesca en el cabecero de Júpiter, para escarnio y furia de la romana Juno, llamada Hera por los griegos.

Hera fue la primera dama del Olimpo como esposa —y hermana— del Tonante, señor del trueno y el rayo. Alumbró a la juvenil Hebe, al marcial Ares y a la partera Ilitía. Protegía el matrimonio y la fidelidad conyugal; quizá porque su esposo fue un adúltero de proporciones olímpicas. Lo puedes comprobar en esta entrada dedicada a Mística. De ahí que Juno, despechada, pariese a Hefesto por partenogénesis. Con tales antecedentes, no te extrañe que a menudo la pinten como celosa y vengativa. Verbigracia, Homero en la Ilíada. Los troyanos sufrieron sus celos por culpa de otro despecho, el que le provocó el desprecio de Paris en favor de Afrodita.

¿Y qué tienen que ver una hermosa vaca y un vulgar pavo real?

Lo cierto es que sí tenía más que decir sobre Atenea y su mochuelo, además de lo dicho en la entrada anterior a esta. Malas traducciones aparte, que la lechuza suplantase al mochuelo como mascota divina es culpa de una leyenda. Una cruel, como casi todas las mitológicas. En lo que viene hay violaciones, incestos, impiedades, castigos olímpicos y crueldad animal. Quedan avisados los pusilánimes y timoratos.

Atenea cargó con el mochuelo. Ni búho ni lechuza. Un mochuelo, Athene noctua, fue la elegida por la diosa de la inteligencia entre infinidad de mascotas divinas. La futura Minerva también les regaló el olivo a los atenienses, con lo que cada mochuelo se pudo ir al suyo desde los tiempos de Homero.

Vamos a conocer a las mascotas de dioses y héroes

Inauguro así, con una invocación a Palas Atenea, una larga —espero— serie mitológica. No insistiré en mi querencia por los mitos grecorromanos y judeocristianos, que ya dejé clara en entradas anteriores. Pero sí explicaré que lo que viene es un repaso semanal a los mejores amigos de los dioses, sus divinas mascotas. Algunas, todo hay que decirlo, de lo más infernales, pero aun así divinas.

Si uno va a escribir una novela histórica sobre Grecia o Roma, es impepinable conocer a sus dioses respectivos, que son como hermanos mellizos. Es más, si uno va a escribir, de lo que sea, debería conocer la mitología. Cada vez que un escritor afirma que no necesita los mitos, muere una musa. Menos mal que otros las resucitamos con nuestra fe y el inestimable auxilio del médico del Olimpo, Peán. Sin olvidar la complicidad de personajes de los cómics y del cine como Mística.

Porque hasta los guionistas de Marvel respetan a los dioses antiguos. Ahí están Namor y Aquaman, trasuntos de Poseidón; o el marido de la Pataky, Thor; o nombres como Cíclope, uno de los miembros originales de la Patrulla X (o, para que no se nos vea la edad, X-Men).

Un juez mete en la cárcel a un rapero rabioso y lo enaltece como mártir de la libertad; ARCO retira un cuadro que llama «presos políticos» a unos presuntos delincuentes y le regala al autor un precio que la obra no vale; un alcalde consigue que otro juez secuestre un libro por decir lo que todo el mundo sabe en Galicia, que no habría cárteles de la droga sin complicidad política y social, y coloca al autor en el número 1 de Amazon; la conservadora de un museo descuelga un cuadro por si le provoca urticaria al feminismo amazónico y, de repente, nos enteramos de que en Manchester, aparte de dos entrenadores que se odian, tienen museos; las autoridades educativas de lugares perdidos de los EE.UU. retiran Las aventuras de Huckleberry FinnMatar a un ruiseñor por si a Oprah Winfrey le molesta y confirmamos que Trump no ganó las elecciones, sino que las perdió la izquierda pija que no gana para tanto papelillo de fumar con que cogérsela.