José Juan Picos

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Jose Juan Messages

Reconozco que tiendo a la misantropía; y para que nadie se sienta discriminado, señalaré que ese odio mío, que no me lleva más allá de ser un cascarrabias, incluye la misoginia: «de martes a martes, hay gente odiosa en todas partes». Por eso no tengo mucha actividad (ni éxito) en las redes sociales. Pero días atrás rompí mi aislamiento al publicar una entrada de este blog en un grupo de Facebook, «Grecia clásica y helenística». Dado mi temperamento, me previne: «¿para qué te emberenjenas?, ¿qué necesidad?». Y casi acerté. La cosa fue así…

¿Qué hace un heterosexual hablando de ideología de género?

¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario), mi última obra, debo agradecérsela a la conservadora de la Art Gallery de Manchester, Clare Cannaway. A principios de 2018, descolgó un cuadro para denunciar la «cosificación» de la mujer en el arte. Se trata de Hilas y las ninfas, una pintura prerrafaelita con siete náyades en top less.

En 1802, Lord y Lady Holland acordaron que la delicada salud de su hijo Charles, de seis años, merecía un clima más soleado que el inglés. Dicho y hecho: el 7 de noviembre de aquel año entraron en España por La Junquera. En los veinticuatro meses siguientes recorrieron la costa mediterránea hasta Cádiz. Luego subieron por Sevilla y Córdoba a Madrid y, de allí, a Valladolid y Burgos.

Elizabeth Vasall Fox era hija de un acaudalado plantador jamaicano y fue una mujer de armas tomar, desenvuelta, mundana y culta. Uno de sus muchos amantes fue su segundo esposo, el político liberal Henry Vasall Fox, Lord Holland.

Los nobles españoles de tiempos de Carlos III tiraban el palacio por la ventana a la hora de la merienda. Y eso escandalizaba a los viajeros europeos. En Europa estaban a punto de aparecer los primeros restaurantes tal y como hoy los conocemos hoy. La culpa era de las guillotinas: los cocineros de la aristocracia se habían quedado sin trabajo, así que de algo tendrían que vivir. Pero, en la España del siglo XVIII, lo que triunfaban eran las meriendas como Dios mandaba, meriendas-cena-parranda.

BREXIT CON PUÑETAS (Ingleses por España en tiempos de Maricastaña) es mi último libro. Tan último, que acaba de salir a la venta en Amazon.

El Brexit tuvo un tatarabuelo que llevaba, y soltaba, puñetas …

Este ensayo, creo que entretenido, irónico y documentado, nace de mi colaboración semanal en el programa El viajero accidental, de Radio Viajera. Cada siete días, le dedico unos minutos a algún turista europeo del siglo XVIII que hubiera visitado España; con la condición, eso sí, de que luego plasmase sus impresiones en un libro. Por la época, que era de mucho bordado en puños y cuellos, y por sus plumas nada clementes con España, la sección se titula «Turistas con puñetas». La primera de la serie fue la dedicada al autor de Viaje de Fígaro por España, el marqués de Langle, que vio la primera edición de su guía peninsular quemada por el verdugo ante el Parlamento de París. Aquí tienes el pódcast…

Hoy, Google celebra 105 años de la primera ascensión al monte Olimpo. Y lo tienes en todos los diarios. Es lo que pasa en verano, que siempre falta material; por eso se conmemora lo primero que a uno se le viene a las uñas. Porque celebrar el centenario vale, pero el centenario y un lustro, ¡ya te vale! De todos modos, hace milenios que otros dos mortales, cada uno por su vía, ascendieron al hogar de los dioses sin cordaje ni piolet. Hablo de Homero y Hesíodo, a quienes las musas pusieron alas.

Imagen primaveral del Monte Olimpo. Getty Images.

Aprovechando la peregrina efeméride, te pregunto: ¿sabes cómo era el Olimpo mitológico? ¿Cómo eran su clima, su orografía y su urbanismo? ¿Ni idea? Pues ya vienen en nuestra ayuda el autor de la Ilíada y la Odisea y el de la Teogonía.

«Correspondió a Zeus el anchuroso cielo, pero el espacioso Olimpo es de todos»… ¡Bah, pamplinas!

«¡Viva el vino y las mujeres!» no es una loa que forme parte del legado de los antiguos griegos. Para empezar, la vida de sus mujeres —madres, hermanas, esposas, hijas y nietas— fue muy perra. A todas las mantuvieron en casa y con la pata quebrá durante siglos, bien enclaustradas en el gineceo. Safo de Lesbos, Aspasia de Mileto, Friné de Tespias o Gorgo de Esparta no son más que excepciones que confirman la regla.

Mujeres encerradas y sometidas y vino aguado, ¿esa era la Grecia civilizada? Clic para tuitear

Como el verano viene remolón, voy a invocar a Helio para que, de una vez, los hosteleros con terraza sonrían. Y te hablaré de otra cuadra mítica, más famosa aún que la de Aquiles; de esta me ocupé en una entrada anterior.

En la mitología griega, Helio era el dios del Sol, hijo del titán Hiperión y de la titánide Tía; ojo, no la confundamos con la oceánide del mismo nombre, madre de los ascendientes mitológicos de Zipi y Zape, a los que dedico un artículo en la web literaria Capítulo 1. Helio es, por tanto, hermano de Eos, la Aurora, y de Selene, la Luna.

La leyenda de Faetón es la del primer calentamiento global

Hades, rey del ídem, y Perséfone, su reina, no tuvieron hijos, pero tenían perrito. Su nombre, como el de Pégaso, era el de una mascota esdrújula que valía por tres: Cérbero. Con el tiempo, y vaya usted a saber por qué, la volvimos llana: Cerbero. Y de ahí, a los campos de fútbol como cancerbero, el único jugador de los once que siente en la nuca el aliento del infierno.

También eran tres, y esdrújulas, las regiones del Inframundo de los antiguos griegos: el Érebo, las tinieblas oscuras de su vestíbulo que se extendían, flotantes, sobre los otros territorios del Hades; los Campos de Asfódelos, por donde vagaban para siempre las almas de los que habían vivido conforme a la sofrosine, una mezcla de templanza y humildad; y el Tártaro, donde, sometidos a un eterno suplicio, pagaban sus culpas los mortales que se dejaron llevar por la hýbris: el desequilibrio, la desproporción, la soberbia y la impiedad. Pues el Cancerbero tenía su caseta a las puertas del Érebo, que antes de ser un espacio de la geografía mitológica fue un dios primordial, es decir, preolímpico.