José Juan Picos

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Jose Juan Messages

¡Llegó! Aquí está el gran compromiso de las pascuas. Armados de paciencia, nos disponemos a asistir a una perorata sobre los errores tácticos del Madrid y sobre si Messi o Ronaldo; a una arenga sobre lo que habría que hacer en la esquina noreste de la Península, y a los últimísimos chistes sobre Manneken Puchi. Pero armados con buen apetito, mis últimas entradas y una estampita del Santo Job puede que no nos convirtamos en daños colaterales de la cena de Nochebuena. Ahí va la penúltima clave…

Viñeta de Luis Dávila para el Faro de Vigo, 24/12/2017.

En la idiosincrasia de todo cuñao que se precie está el fundir la tarjeta de crédito en el Black Friday, tirarse el rollo de los chollos que ha rapiñao y luego quejarse en la velada familiar del veinticuatro de que se están perdiendo las tradiciones españolas. No te rías: un cuñao es un cínico —filosóficamente hablando—. Te enfrentas a un malabarista de las paradojas que, a mano abierta, amaga un bofetón dialéctico por la diestra y te remata por la siniestra. Su auténtico poder no reside en su arsenal argumental, sino en su descaro y en su irreductible postureo.

«¿Qué tendrá este contra los cuñados?», habrá quien piense al ver que ya voy por la tercera entrada de esta serie navideña. Yo nada, está en el aire, como el amor. Y, si no, fíjate en este anuncio de una tienda de vinos en línea. También es pereza y ganas de revolcarme en el tópico, para qué nos vamos a engañar. Y que he tenido que sufrir a algunos, propios y ajenos.

En realidad, el cuñadismo no define a un pariente. Más bien define a un país en el que los brasas bocazas, fanfarrones de barra, sordos a palabras que no sean las suyas, profundos como un charco y a años luz del peligro de extinción son multitud. Y lo peor es que acaban casándose con alguna de tus hermanas o tú terminas con una de las suyas. ¡Hombre!, entonces tú también eres un cuñao… Ya, pero no ejerzo, lo que, bien mirado, es peor, porque entonces te conviertes, impepinablemente, en su diana. Por listo: «¿Quién te habrás creído que eres para no seguirme la arenga, para no llevarme la contraria y ser mi sparring y para no reírme las gracias?». Es que voy provocando…

Hay quien mira una botella como si la etiqueta le chivase el Gordo

Lo que te propongo en esta ocasión es que, el domingo que viene, dejes que tu cuñado hable de cualidades interiores y que tú, por una vez, te quedes en la superficie. Claro que sí, ¿cuándo, si no en Pascuas, vamos a ser superficiales con más derecho? Por eso te animo a que brindes por ellas… ¡por las botellas!

Claro, que sí, tras desmenuzar los resultados de las elecciones catalanas y recordar, en referencia al Campeonato de Invierno, que la Liga «no es como empieza, sino como acaba», todo cuñao que se precie soltará en plena cena de Nochebuena una catilinaria contra la pizza y una apología de la tortilla de patatas. Con todo el histrionismo que pueda y le dejen, plañirá amargamente contra la Declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que acaba de recibir el plato italiano y rematará, con palabras de su padre, que seguimos yendo de quijotes por el mundo adelante: «¡Y así nos luce el pelo!».

«¡Donde esté la tortilla española!», sentenciará todo cuñao que se precie

Dicho esto, y amagando un gallo de patriotera indignación, con un langostino aún acorazado en la diestra y una copa de Rioja de borde grasiento en la siniestra, soltará aquella consigna tantos veinticuatro repetida: «¡Con lo a gusto que estaría yo hoy cenando una tortillita con un poquito de embutido!». Y tan ancho y santas pascuas.

Lo que acaba de hacer la Unesco va a traer cola en los convites navideños españoles. Casi tanta como la astracanada independentista y los apuros del Madrid de Zidane. ¿Que no?, ¡vaya! Ignoran esos señores el alcance de la que han liao. Y es que, para remate, han reconocido no solo la receta, sino también «el arte tradicional de los pizzeros napolitanos»… ¿¡Napolitanos!?, ¡¡¡pero si esos son todos de la Camorra!!! ¡Hala!, más munición para los arsenales cuñadistas.

Suerte que aquí estoy yo para ofrecerte lo que, dada la cuestión, puede que no pase de un cargador de balas de fogueo. En todo caso, me ha parecido de lo más oportuno continuar de este modo la serie de tips para sobrevivir a los cuñados que inauguré hace un par de semanas. Aprovecho que ya publiqué en otro blog una entrada sobre la verdadera historia de la pizza y, muy ladinamente, aquí la dejo. La titulé «¿Tarda la pizza? Vendrá de Troya»…

Metido en pleno Viernes Negro y ojiplático como búha de parto, así vuelvo a estas entradas que echaba de menos. A veces, no saca uno el tiempo; o las ganas.  El caso es que ando estupefacto porque acabo de enterarme de que hay colegios en España donde se hacen representaciones tontorronas del encuentro entre los peregrinos del Mayflower y los primos de Pocahontas, pero se reniega del 12 de Octubre de 1492…

No somos más tontos porque no nos entrenamos. ¡Ah, calla!, que si nos entrenamos. Ahí está el Ayuntamiento de Madrid, que como no cae agua en la capital, se ha propuesto encauzar a las masas. Y no han tenido mejor ocurrencia los Carmena’s Boys & Girls que darles sentido único ¡peatonal! a las calles aledañas a la Puerta del Sol y a Cortylandia. Como la Botella hace tres años, que tenía la Villa comida por la mierda y lo que ella quería era construir un manifestódromo, para que los manifestantes vocearan y marcharan en la dirección que a Miss Relaxing Cup of Café con Leche se le pusiera.

Las navidades marcan el entrañable reencuentro de los cuñados

Al hablar de masas dirigidas, me vienen al caletre los maratones. Lo digo porque acaban de dar el pistoletazo de salida al sindiós navideño, que tiene dos avituallamientos, las cenas de Nochebuena y Nochevieja, y la meta en cuesta, la de enero. Cuando digo «sindiós», lo hago literalmente: ¿dónde está Dios en esa fiesta de Pluto, uno de los nombres de Hades, infernal patrón de los plutócratas?

Hace un mes publiqué un artículo en este blog sobre lo poco rigurosas que pueden ser las portadas de las novelas históricas. Sobre todo las de romanos. E ilustré tal afirmación con una excepción notable. El novelista italiano Massimiliano Colombo, autor de Draco. La sombra del emperador, le agradecía a su editora que hubiese respetado sus opiniones, llenas de rigor, sobre la cubierta del libro. No es arriesgado considerar tal caso como una excepción. La norma es que muchas portadas inspiradas en Roma estén mal, o muy mal, documentadas. Es decir, que sean anacrónicas. Y a las pruebas me remito…

En esto del Procés, mis colegas periodistas me recuerdan cada vez más el chiste de la cliente que va a que le echen las cartas. «¡Riiiiing!», llama al timbre. «¿Quién es?», pregunta la cartomántica. «¡Pues vaya mierda de adivinadora!», sentencia la chasqueada usuaria. Bandas ideológicas y mercenariado aparte, lo que caracteriza a los «especiales informativos» televisivos y a sus profetas mediáticos es el amarillismo sin matices, a brochazos, ¡porque yo lo valgo! y el chapotear en todos los charcos. Con conocimiento o sin él, que hay que llenar minutos y encabronar a la parroquia. Y no he echado cuentas, pero me da que fallan más que una escopeta de feria.

Con los cadáveres de sus compañeros aún calientes, jugadores del Manchester vendieron partidos

Por ejemplo. Llega uno y, alegremente, compara Cataluña con Quebec; y el otro con Escocia; y el de más allá, con Eslovenia; y aquel con Kosovo, y ese con Ucrania y este con las repúblicas bálticas. Según como tenga el día el experto. Y no salen de ahí, ¿para qué? Van a cobrar igual y creen ciegamente que son los guionistas de esta astracanada a lo Sopa de ganso. Que ojalá se quede en eso…

En los agradecimientos de su novela Draco. La sombra del emperador, el novelista histórico Massimiliano Colombo tiene palabras de sincera gratitud para su editora. Le reconoce «la posibilidad de expresarme incluso con el título y la cubierta. Sé que pocos escritores gozan de semejante privilegio. Gracias, Mariagiulia». Con toda la razón. Y más si la novela es de romanos, como la suya.

Se oye mucho en estos días mezquinos. Es lo que se llama nadar y guardar la ropa; o poner una vela a Dios y un ascua a Satanás; o donde dije digo, digo Diego, por si las moscas, que las hay por enjambres, dado el albañal en el que andamos metidos. Pero el titular de esta entrada no va de eso. Va de apropiación indebida. Y de citas. Me explico…

No son minoría los que han empuñado sentencias de insignes cadáveres para justificar sus acciones o su pasividad. Pero lo indebido no es que citen a personajes célebres para justificar el , el No o el Ni contigo ni sin ti. Es que esas citas nunca salieron de boca de esos pobres difuntos célebres que no pueden decir esta boca es mía. O peor: no las dijeron con la intención con que las cogen al vuelo tirios y troyanos.

Citar es un ejercicio de rigor, que en ocasiones agota, como he tenido ocasión de comprobar en mi último ensayo, Brexit con puñetas. Y ese rigor empieza a fallar, gracias a Internet, entre los propios periodistas. Es una paradoja de estos tiempos en los que un dato está a un clic de nosotros, de nuestros textos y, en consecuencia, de la confianza de los lectores.

El rigor al citar escasea entre los periodistas más prestigiosos

Empiezo con Carles Francino y un editorial (masculino: «artículo editorial»; femenino: «empresa que edita») de su programa del día 26 de los corrientes en la SER. Se trata de una loa a los equidistantes que, sin embargo, toma partido desde el momento en que compara con la misma alegría sedición y ejercicio de la ley.

Esta semana han coincidido un par de hechos sin aparente relación. El cuento de la criada ha recibido cinco Emmys y los protestantes celebran el medio milenio de la Reforma, el cisma de Lutero con la Biblia como estandarte. Claro, digo «aparente» porque sí la tienen, a mi modo de ver. Y, a su vez, ambos hechos se relacionan con una entrada anterior de este blog: Palabra de Dios: a vueltas con la Biblia. Decía en ella, y digo, que los escritores descreídos no debemos renunciar al conocimiento de la Biblia. Como todo relato mitológico, es un arsenal de arquetipos y situaciones que nos ayudan a explicar y a explicarnos.

Tras los Emmys, todos arriman el ascua a su sardina ideológica

El cuento de la criada, antes que serie, fue novela corta. La escribió la canadiense Margaret Atwood y se publicó en 1985. No he visto la serie, pero he leído la novela. Me sorprendió la idea y me aburrió el desarrollo. Durante estos días han escrito mucho sobre su oportunidad: patriarcado, lesbianismo, fundamentalismo, vientres de alquiler, hipervigilancia, el presidente de color zanahoria y boquita de pitiminí… Cada cual ha llevado el ascua a su sardina ideológica. Y más con cinco Emmys.

«Todo está en los libros» fue un estribillo de mi adolescencia. Era la banda sonora de un programa televisivo sobre literatura. «Televisión literaria»… parece un oxímoron, ¿verdad? Como «hielo ardiente» o el ya tópico «inteligencia militar». Bueno, así fuimos una vez, y aún no sé si para mejor o para peor. La música de aquel bordón era de Luis Eduardo Aute, la cantilena de Jesús Munárriz y la interpretación de Vainica Doble. Pues aquel sonsonete que nunca he olvidado inspira hoy el título de esta entrada: «Todo está en los mitos».

Cada día de la semana honramos a los viejos dioses

Lo digo porque no creo que Neil Gaiman tenga razón. Es decir, no creo que los dioses antiguos y sus mitos hayan muerto. Ni siquiera le cabe al inglés el honor de tal exclusiva. Cuenta Plutarco que, en tiempos de Tiberio, el capitán de un barco griego oyó una voz que le decía: «¡El Gran Pan ha muerto!». Y que todos los que supieron de ese anuncio atroz perdieron la alegría de vivir y el lazo con la Naturaleza. Es decir, nos hicimos más humanos…