Lo cierto es que sí tenía más que decir sobre Atenea y su mochuelo, además de lo dicho en la entrada anterior a esta. Malas traducciones aparte, que la lechuza suplantase al mochuelo como mascota divina es culpa de una leyenda. Una cruel, como casi todas las mitológicas. En lo que viene hay violaciones, incestos, impiedades, castigos olímpicos y crueldad animal. Quedan avisados los pusilánimes y timoratos.

“La Noche”, William-Adolphe Bouguereau, 1883.

Nictímene es un nombre propio que viene de Nicte, la Noche del panteón de los dioses primordiales, los preolímpicos. Hesíodo, el genealogista divino, dice que Nyx era hija del Caos, lo anterior a todo. La camada de Nicte, o Nix/Nyx, es turbadora. Son suyas criaturas tan encantadoras como Tánato (la muerte), las Ceres (genios de la muerte violenta), Némesis (la venganza), Gera (la vejez) y Éride (la discordia). Pero también echó al cosmos a las Moiras —las Parcas romanas— y a la diosa del río Éstige, una de las fronteras del Hades. Menos mal que también alumbró a Hémera, la luz del día.

Pues bien, Nictímene significa «la nocturna». Y eso implica que aquel no sería su nombre original, sino la consecuencia de su maldición. Era hija de Epopeo, rey de Lesbos. Nos cuenta Ovidio en sus Metamorfosis que «deshonró el lecho de su padre». Pero eso está por ver. Porque el pecado de la doncella fue el incesto y no nos queda claro quién sedujo a quién.

La princesa era tan bella que, seguramente, a su padre no le importó romper el tabú. Así lo afirma Higino en sus Fábulas: «Se dice que Nictímene, la hija virgen de Epopeo, rey de los lesbios, fue hermosísima. Su padre, inflamado de amor, la violó». Cayo Julio Higino (64 a. C.-17) fue un esclavo hispano llevado por Julio César a Roma, liberado por Octavio Augusto y nombrado bibliotecario imperial. Y todavía es una fuente indiscutible para el estudio de la mitología grecorromana.

La compasiva Atenea convirtió a la afligida doncella en lechuza

El caso es que Nictímene, violada o seducida (que no es lo mismo), se sintió tan avergonzada de haber copulado con su padre que huyó a un bosque para no exponerse a la mirada pública y al público reproche. Pero la virginal Atenea se compadeció de su dolor y la convirtió en lechuza para que no volviera a mostrarse a la luz del día. De ahí «la nocturna». Los mitógrafos no nos dejaron detalles de cómo fue la metamorfosis de Nictíme. Ni siquiera Ovidio, tan mañoso con los recursos estilísticos. Pero el romano si nos cuenta cómo otra diosa castigó a un soplón.

Cuando Plutón raptó a Proserpina, Zeus dictó que su fúnebre hermano la liberase a condición de que ella no hubiese comido nada en el Hades. La futura «reina de hierro» del infierno griego lo negó, claro, ¡con lo desganadita que andaba ella por el disgusto! Pero entonces saltó un chivato, Ascálafo, que era hijo del Aqueronte, el río por el que Caronte remaba. Y juró que, si le hacían la autopsia, verían que Proserpina aún llevaba siete semillas de granada en el estómago. Granos de los granados de Hades.

Ceres convierte en lechuza a Ascálafo en un grabado del siglo XVII.

Ceres, la madre de la joven diosa, se enfureció. Proserpina tendría que ocupar eternamente un trono de ébano en el lóbrego palacio de Plutón. Así que condenó de inmediato al delator a vivir entre las sombras de la noche: «Rociando su cara con agua del Flegetonte [el río de fuego del Hades] lo cubrió de plumas y le dio unos grandes ojos. Él, sustraído a sí mismo, se envuelve en un manto de plumas rojizas, su cabeza crece, sus largas uñas se retraen, y mueve con dificultad las plumas que han nacido sobre sus brazos inertes. Se convierte en un ave siniestra, anunciadora de futuras desgracias, un búho indolente, funesto presagio para los mortales». En la traducción que he consultado dice «búho», pero es la lechuza la que tiene el plumaje rojizo.

No es leyenda la aversión de los pájaros a las aves nocturnas

Dos cernícalos atacan a una lechuza en Lancashire. Fotografía de Damian Waters.

Las aves nocturnas arrastran desde hace milenios la mala fama de agoreras. Pero el miedo que provocan y el odio consecuente no se limitan a los humanos. Es proverbial la agresividad de todo tipo de pájaros, hasta los más pequeños, contra los búhos. Y en la fotografía del fotógrafo británico Damian Waters vemos como dos cernícalos expulsan a una lechuza de su coto de caza en la campiña de Lancashire. La pobre nictímene pretendía alimentarse de día en el duro invierno de 2009.

Por eso búhos y lechuzas fueron cebos cinegéticos para cazar a otras aves durante siglos. Miguel Delibes lo cuenta en El camino, su novela de 1950. A su protagonista, Dani, lo apodan Mochuelo porque tiene gesto de susto y lo mira todo con los ojos muy abiertos.

Por aquel acto clemente de Palas hacia la afligida Nictímene muchos pensaron y piensan que la lechuza es el ave de la sabiduría que la acompaña. Pero ya vemos que no podría posarse en su hombro en el momento en que Aurora extendiera «sus rosados dedos» sobre la faz del mundo. Y la virginal Atenea fue una diosa muy diurna; de noche dormía y nada más.

Donde hay coruja aceitona se encuentra sacristana ladrona

Tres polluelos de lechuza captados por el fotógrafo Richard Brooks.

Y si lo anterior no bastase, habría que recurrir a las leyendas ibéricas. ¿Acaso las lechuzas, o corujas, no se cuelan en las iglesias para beber del aceite de las lamparillas? O eso contaban los sacristanes que lo sisaban. De ahí que en los pueblos se dijera «la lechuza aceitosa y la sacristana se tapan con la misma campana». O también, «donde hay coruja aceitona se encuentra sacristana ladrona». Es impío pensar que un animal que roba de los altares el fruto del olivo, árbol sagrado de Atenea, pueda volar a su lado entre el Olimpo y la Tierra. Hasta ahí podríamos llegar en el desprecio contemporáneo por lo sacro. Por lo sacro de verdad, no por las neoespiritualidades de los templos de Internet, que son como esponjitas de malvavisco, coloristas, edulcoradas e insustanciales.

Lechuza no diría, murciélago sería, pues, el animalejo.

Sería lógico que el nombre de Nictímene hubiera pasado a la nomenclatura científica de las lechuzas o de otras rapaces nocturnas. Pues no. Lo llevan unos mamíferos tan relacionados como ellas con lo tenebroso. Se trata del género de murciélagos Nyctimene, endémicos en Insulindia y Oceanía. El más famoso de todos es el Nyctimene papuanus, el peculiar «murciélago Yoda», descubierto en 2009.

Y dicho esto, solo añadiré que nos ha llegado la historia de Nictímene porque Ovidio nos la transmitió. Su fuente fue una corneja, que se la contó a un cuervo. Ella no quería que él sufriera, a manos de Apolo, el castigo que la sempiterna Atenea le impuso. Pero esa fábula la dejaremos para otro día…

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