Lo cierto es que sí tenía más que decir sobre Atenea y su mochuelo, además de lo dicho en la entrada anterior a esta. Errores o interpretaciones de los traductores aparte, que la lechuza suplantase al mochuelo como mascota divina es culpa de una leyenda. Una cruel, como casi todas las mitológicas. Quedan avisados los pusilánimes y timoratos.

Atenea se compadeció de la joven princesa violada por su padre

«La Noche», W. A. Bouguereau, 1883.

Nictímene fue un personaje fatalmente desgraciado, como la mayoría de los que pueblan la mitología griega. Los mismos dioses los son, pues, siendo inmortales, necesitan de unos seres a los que desprecian para no morirse de aburrimiento y tedio eternos. Nictímene viene de Nicte, la Noche del panteón de los dioses preolímpicos, hija del Caos y madre de un prole larga y turbadora. Son hijas suyas, por ejemplo, Tánato y las Moiras. Aunque también alumbró a Hémera, la luz del día. De ahí que el nombre de nuestra protagonista, Nictímene, signifique «la nocturna». Y eso implica que no sería su nombre original, sino la consecuencia de su maldición.

Nació en las estancias palaciegas del rey de Lesbos, Epopeo, luego era una princesa. Y tan bella, que su padre rompió el tabú del incesto. Así lo afirma Higino en sus Fábulas: «Epopeo, inflamado de amor, la violó». Cayo Julio Higino (64 a. C.-17 d. C.) fue un esclavo hispano llevado por Julio César a Roma, liberado por Octavio Augusto y nombrado bibliotecario imperial. Y todavía es un mitógrafo de referencia.

Nictímene, la víctima, se sintió tan avergonzada del nefando delito que huyó a un bosque para no exponerse a la mirada pública y al público reproche. Pero la virginal Palas Atenea se compadeció de su dolor y la convirtió en lechuza para que no tuviera que mostrarse a la luz del día. De ahí, su nombre sobrevenido, «la nocturna».

Dos cernícalos atacan a una lechuza en Lancashire. Fotografía de Damian Waters.

Permíteme un paréntesis. Las aves nocturnas arrastran desde hace milenios la mala fama de agoreras. Pero el miedo que provocan y el odio consecuente no se limitan a los humanos. Es proverbial la agresividad de todo tipo de pájaros, hasta los más pequeños, contra los búhos. Y en la instantánea del fotógrafo británico Damian Waters vemos a dos cernícalos expulsando a una lechuza de su coto de caza en la campiña de Lancashire. La pobre nictímene pretendía alimentarse de día en el duro invierno de 2009.

Seguimos. Por aquel acto clemente de Palas hacia la afligida princesa muchos pensaron y piensan que la lechuza es el ave de la sabiduría que la acompaña. Pero la doctora en Filología Clásica y profesora de la Universidad de Oviedo, Lucía Rodríguez-Noriega Guillén, rechaza tal asociación: «Nos encontramos ante un curioso caso de error perpetuado por la inercia de la tradición y que, no obstante, debería ser desterrado sin concesiones. El ave de Atenea no es la lechuza, un animal que, además, es prácticamente desconocido en Grecia, sino el mochuelo, y así debería recogerse sin vacilación en diccionarios y traducciones». Este fragmento pertenece a su artículo «Intentando socavar una falsa creencia: la identidad del ave de Atenea».

La princesa, violada por su padre, se convirtió en lechuza Clic para tuitear
Tres polluelos de lechuza captados por el fotógrafo Richard Brooks.

Y si lo anterior no bastase, habría que recurrir a las leyendas ibéricas. ¿Acaso las lechuzas, o corujas, no se cuelan en las iglesias para beber del aceite de las lamparillas? O eso contaban los sacristanes que lo sisaban. De ahí que en los pueblos se dijera «la lechuza aceitosa y la sacristana se tapan con la misma campana». O también, «donde hay coruja aceitona se encuentra sacristana ladrona».

Es impío pensar que un animal que roba de los altares el fruto del olivo, árbol sagrado de Atenea, pueda volar a su lado entre el Olimpo y la Tierra. Hasta ahí podríamos llegar en el desprecio contemporáneo por lo sacro. Por lo sacro de verdad, no por las neoespiritualidades de los templos de Internet, que son como esponjitas de malvavisco, coloristas, edulcoradas e insustanciales. O como el algodón de azúcar, aún más efímero.

Lechuza no diría, murciélago sería, pues, el animalejo.

Dicho lo anterior, podríamos concluir que el nombre de Nictímene haya pasado a la nomenclatura científica de las lechuzas o de otras rapaces nocturnas… Pues no. En cambio, lo llevan unos mamíferos tan relacionados como ellas con lo tenebroso. Se trata del género de murciélagos Nyctimene, unas criaturas aladas que son endémicas en Insulindia y Oceanía. El más famoso de todos es el Nyctimene papuanus, el peculiar «murciélago Yoda», descubierto en 2009.

Y dicho esto, solo añadiré que la historia de Nictímene ha llegado hasta nosotros porque Ovidio nos la transmitió. Su fuente fue una corneja, que se la contó a un cuervo que lo supo porque… Bueno, esa fábula de los tiempos en que los animales hablaban la dejaremos para otro día.

Atenea es uno de los personajes que aparecen en mi última obra, el ensayo titulado ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario), una guía para conservadores de museos y amantes de la mitología. Si quieres saber más, pincha aquí:

Comparte este artículo en: