Estamos asustados. Salvo nosotros mismos, no quedan depredadores que nos amenacen. Con una excepción: esos bichitos que no vemos venir y que se nos cuelan por los poros. En este siglo XXI aún tierno, nos espantan los del coronavirus.

Como estoy en casa para evitar el contagio, tengo tiempo para pensar. Y me he puesto a imaginar el pavor irracional que padecerían nuestros antepasados cuando les caía encima una peste. ¿Te los imaginas encerrados entre sus cuatro paredes de piedra desnuda o adobe sin agua corriente ni jabón ni electricidad ni gas?… ¡¡¡¿Y sin teléfono ni televisión?!!! ¿Sin más entretenimiento que rezar a sus dioses y cavilar y cavilar en cuándo les tocaría la china a ellos?

Un repaso a la Historia y al terror supersticioso de nuestros antepasados nos puede devolver una pizca de calma y sensatez Clic para tuitear

A aquella gente aterrorizada que sobrevivió a pesar de todo, le quiero dedicar esta entrada. Y también a ti, para que recuperes la perspectiva y la proporción. Para que entiendas que nuestros sacrificios para no propagar el virus, muy necesarios, están muy lejos de lo que ellos padecieron. Empezaremos con algunas plagas mitológicas. Eso me ayudará a recordarte que todo está en los mitos, como ya te conté en esta entrada. Luego repasaremos las peores de la Antigüedad mediterránea.

Por la soberbia de Agamenón, Apolo castigó a los griegos. Y así empieza la Ilíada, con una peste. El dios arquero cubre con nubes de flechas epidémicas el campamento aqueo: «a los mulos ataca primero y a los veloces perros». Luego se ceba con los hombres: «las piras de cadáveres arden». Al noveno día, el adivino Calcante augura que la epidemia remitirá si Agamenón, aquejado de hibris, devuelve a la esclava Criseida a su padre, Crises, sacerdote de Apolo. A cambio, el rey de Micenas exige que Aquiles le entregue a la cautiva Criseida y Homero, ¡qué lince!, aprovecha el episodio para largarnos veintitrés cantos más y retrasar la victoria de los helenos.

Agamenón, Aquiles, Edipo y Éaco fueron víctimas de pestilencias míticas

Edipo rey, la psicoanalítica tragedia de Sófocles, también se abre con una plaga y mantiene el protagonismo de Apolo a través de su oráculo en Delfos. Los tebanos le piden ayuda a su monarca, Edipo, contra la peste que los asuela. La ciudad «se debilita en los frutos de la tierra, en los rebaños que pacen y en los partos infecundos de las mujeres […] el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos». El cuñado de Edipo, Creonte, parte a Delfos a pedir consejo. Y la Pitia se lo da: el asesino del rey anterior, Layo, aún no ha sido castigado.

Peste en Tebas, Charles François Jalabeat, 1849

El culpable no es otro que el soberbio Edipo, convencido de que podría escapar al Hado. ¡Pobre infeliz! El oráculo de Delfos predijo que mataría a su padre, Layo, y que desposaría a su madre, Yocasta, y se ha cumplido. Supongo que no destripo nada si desvelo que Yocasta se ahorca y que Edipo se pincha los ojos con los alfileres del vestido de su madre y esposa y parte al destierro.

La hermana de Apolo, la cinegética Artemisa, también era arquera. Y despiadada: en las regiones más salvajes de Grecia aceptaba sacrificios humanos. El origen de uno de ellos fue un sacrilegio. En la ciudad de Patras, en el norte del Peloponeso, vivían una doncella linda como una ninfa, Cometo, y un efebo bellísimo, Melanipo. En los ratitos en que dejaban de mirarse y admirarse en bronces y estanques, se fijaron el uno en el otro.

La peor plaga de la mitología griega es la de hibris

Aquejados también de hibris, Cometo y Melanipo no tuvieron mejor ocurrencia que celebrar el haberse conocido convirtiendo el altar de Artemisa en un tálamo. La diosa se enfureció. Y con razón: los altares eran la mesa terrenal de los olímpicos; desde allí ascendían a sus doradas mansiones los vahos alimenticios de las víctimas propiciatorias. La futura Diana también vació su aljaba provocando una peste en la región. El oráculo de Delfos aconsejó a los embajadores patrenses que, para aplacarla, sacrificaran a la pareja de impíos, orden que cumplieron escrupulosamente. De ahí vino la costumbre de ofrecer la sangre de los efebos más apuestos a Ártemis, una decisión, por cierto, nada paritaria.

En unos Juegos Ístmicos de Corinto, un exiliado argivo, Meliso, se tiró al vacío desde lo más alto del templo de Poseidón, patrón del festival. La razón del suicidio fue el asesinato de su hijo adolescente, Acteón. Poseído por la diosa Hibris, Arquias, un aristócrata del linaje de Heracles, se prendó del efebo y quiso raptarlo, pero Acteón fue acuchillado en la refriega. El afligido padre expuso el cadáver en el ágora, sin que los tribunales corintios castigasen el gravísimo delito.

No tardó en caer sobre la ciudad otra plaga. Al sospechar que el mismísimo Poseidón estaba detrás, enviaron una embajada a Delfos. La pitonisa fue clara: Arquias era tan culpable de asesinato como de atentar contra el inviolable derecho a la hospitalidad, protegido por los dioses. Como Edipo, el heráclida fue condenado al ostracismo. Este episodio mitológico enmascara un proceso histórico. A partir del siglo VIII a. C., a las polis griegas les sobró población y les faltó suelo, así que empujaron a sus ciudadanos a fundar colonias. Arquias acabó en Sicilia, donde fundó Siracusa.

Atenas fue el escenario de otra plaga mitológica. Los atenienses, orgullosos de que la racional Atenea fuera su patrona, siempre desconfiaron del oriental e imprevisible dios del vino, así que Dioniso tardó en conseguir una parcelita en la Acrópolis. Y la obtuvo gracias a otra epidemia. Harto de los desplantes áticos, se metamorfoseó en un bellísimo efebo —y eso que él no era feo de nacimiento— y se paseó desnudo por la campiña como una especie de flautista de Hamelín. Los rústicos, rendidos de amor pederasta, lo siguieron como ratones en una larguísima y babeante procesión. Ni uno solo dejó de manifestar un vigoroso empalme ante el deseo que Baco les inspiraba. Entonces, el dios desapareció como por ensalmo y los dejó con un dolorosísimo priapismo.

Baco desató una epidemia de erecciones en la soberbia Atenas

Retorcido castigo el de la epidemia de erecciones, pues el pene se mantiene erguido por mucho que desaparezca el deseo. La causa es un trastorno vascular que impide la evacuación de la sangre acumulada en el proceso eréctil. Si no se trata con un drenaje quirúrgico, viene la gangrena. El caso es que los sacerdotes atenienses también tuvieron que viajar a Delfos, donde la sibila les recomendó que procesionaran con enormes falos de madera. Mano de santo. Desde entonces, quedaron establecidas las Faloforias, la fiesta histórica de los portadores de falos en honor de Dioniso.

Cabe decir que, sobre la cuestión que nos ocupa, Apolo fue un dios paradójico. Representaba la cara y la cruz de la frágil condición humana, la moneda con la que pagamos a Ártemis sus servicios como diosa partera. Ella fue la comadrona de su madre, Leto, en el alumbramiento de Apolo, minutos después de haber nacido ella misma. Entre los atributos de Apolo está el de gobernar la enfermedad, pero en su doble faz de provocarla y curarla. Por eso fagocitó a Peán, el médico del Olimpo, y engendró a Asclepio, también conocido como Esculapio, dios de la medicina. A su oráculo en Delfos acudían muchos enfermos y, por eso, muchos médicos. Cuando los griegos empezaron a adorar a Asclepio, desecharon la idea de que las pestes eran un castigo divino por la impiedad humana y buscaron causas más terrenales.

Tras repasar estos mitos coronavíricos, observamos que la verdadera pandemia en la Antigua Grecia fue la de hýbris. El padre de la Historia, Heródoto, la define así: «Los dioses fulminan a los seres que sobresalen, sin permitir que se jacten de sus dones, que no son suyos. En cambio, los pequeños no despiertan sus iras. Los rayos de Zeus golpean los mayores edificios y los árboles más altos, pues el Cielo abate lo que descuella en demasía».

Debemos entender la hibris como el pecado más aborrecible entre los antiguos griegos: la desproporción en continente y contenido, la desmesura en palabra y acciones. Es hibris la soberbia de dimensiones olímpicas, la tentación de equipararse a los dioses. A los dioses no se los desaira. Este pecado de impiedad tenía su diosa, Hibris, y un lugar terrible en el Hades: el Tártaro. Tántalo, que quiso engañar a los dioses con un guiso de su propio hijo descuartizado, sigue allí. Lo acompañan el astuto Sísifo, abuelo del sagaz Odiseo, burlador de Tánato, la muerte; todavía empuja la roca.

Y Ticio, un gigante que quiso violar a Leto, madre de Ártemis y Apolo, y al que una pareja de buitres le come el hígado, órgano de las pasiones. Ixión quiso hacer lo mismo con Hera y acabó profanando a Néfele, una nube con la forma de la diosa; gira y gira en una rueda ardiente. A Tántalo, Zeus lo sumergió hasta el cuello en un lago y suspendió un frutal sobre su cabeza. Cada vez que el condenado quiere comer, un viento inclemente mueve las ramas y las deja fuera de su alcance; y cuando tiene sed, el lago se deseca. Y en tan severa dieta sigue…

Por el mero hecho de nacer, ya somos frágiles, pero no estamos tan dejados de la mano de los dioses como nuestros antepasados.

La Historia puede reubicarnos en la realidad ante la pandemia del coronavirus. Por el mero hecho de nacer, ya somos frágiles, pero no estamos tan dejados de la mano de los dioses como nuestros antepasados. Vivimos en una sociedad en la que, por mucho que se empeñen en negarlo los políticos populistas, los tertulianos amarillistas y los tuiteros sectarios, hay una estructura que nos defiende y ampara. No estamos solos ni a posta.

La peste de Atenas, Michiel Sweerts, 1652-1654

La plaga más cercana a las pestilencias mitológicas es la de Atenas de 430 a. C. con sus recidivas hasta 426. La describe Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso.

Atenienses y espartanos estaban en guerra y las falanges lacedemonias y la peste cercaron las murallas de Atenea. El historiador nos cuenta que los médicos «nada podían hacer, pues desconocían la naturaleza de la enfermedad. Al tocar a tantos pacientes, morían los primeros». Los síntomas eran violentos dolores de cabeza, enrojecimiento e inflamación de los ojos, sangre en garganta y lengua y lividez que cursaba con enrojecimiento, pústulas y úlceras. «Morían al séptimo o noveno día», nos cuenta Tucídides. Si superaban este plazo, sufrían extenuantes diarreas que los remataban. De sobrevivir, perdían los ojos o los dedos.

La tercera parte de la población de Atenas murió por la peste

Los animales carroñeros «no tocaban los cadáveres a pesar de la infinidad de ellos que permanecían insepultos. Si alguno los tocaba, caía muerto». Se dice que la tercera parte de los atenienses murió en esa epidemia; uno de ellos, Pericles. ¿Y de qué enfermedad hablamos? No se sabe. Hay una treintena de teorías que incluyen el tifus exantemático, la escarlatina, la peste bubónica, una combinación de ellas e, incluso, una infección desaparecida e indocumentada. En todo caso, la plaga también contribuyó a la derrota de Atenas ante Esparta y a su decadencia como polis hegemónica.

Antes de seguir con la historia, hagamos un injerto mítico. El romano Ovidio describió en sus Metamorfosis otra peste mitológica, la de la isla de Egina, toponímico que honraba a la enésima amante de Zeus. El héroe nacido de ambos, Éaco, fue su primer rey. Y tuvo que soportar la venganza de Hera, la consorte olímpica, por el adulterio de su marido. Que Ovidio leyó a Tucídides queda claro en su descripción de la peste eginense.

Comenzó con un calor tan terrible que las serpientes colmaron los manantiales y los envenenaron. Eso provocó un «estrago de perros, aves, ovejas, vacas y fieras salvajes». Los bueyes se desplomaban, las ovejas se despeluchaban, los corceles morían sin gloria y los cadáveres se pudrían en bosques, campos y caminos: «ni los perros ni las aves rapaces ni los lobos de pelo cano los tocan». Los enfermos no soportan ni las ropas ni el lecho y se echan al suelo, que hierve con su calor. «La cruel mortandad hace presa entre los mismos médicos», afirma Ovidio con un recurso de Tucídides.

La plaga de Egina acabó con toda su población, menos con su rey. Abatido y solo, el piadoso Éaco paseaba un día por la campiña agostada cuando vio una ringlera de laboriosas hormigas. Entonces le pidió a Zeus, su padre, que repoblase Egina. Y el Tonante se lo concedió: las hormigas se convirtieron en hoplitas de armaduras pavonadas, los mirmidones. Con el tiempo, Aquiles fue su caudillo y los condujo hasta las llanuras de Ilión, donde Apolo castigó a los griegos por la soberbia de Agamenón.

Nuestro instinto ve en el coronavirus una suerte de flechas de Apolo

Los paganos pensaban que las epidemias se las mandaban los dioses por su impiedad: Apolo, Ártemis, Baco, Hera… Cuando llegó el cristianismo, la explicación no cambio en calidad, sino en cantidad: ya no eran doce los dioses que nos podían castigar. Solo era uno. Algo de aquella superstición aún queda en nuestra memoria común. Nos angustia el coronavirus porque no lo vemos venir y no lo controlamos. En nuestro sótano genético, su invisibilidad y dispersión lo acercan más a las flechas apolíneas que a la ciencia. Por eso entramos en pánico y arrasamos con el papel higiénico de los supermercados.

Volvamos a la Historia y saltemos de la Atenas clásica a las postrimerías del Alto Imperio romano. En el año 165 se desató la llamada Peste Antonina, que remitió en el 180. Recibe su nombre de la dinastía de los emperadores Antoninos. A ella pertenecieron los Cinco emperadores buenos: Trajano, Adriano, Antonino Pío, Lucio Vero y Marco Aurelio. Tras ellos, el diluvio del siglo III, dominado por la anarquía, los usurpadores militares y el inicio de la decadencia imperial.

La Peste Antonina contribuyó a la decadencia de Roma

Hay quien afirma que la Peste Antonina tuvo muchísimo que ver en esa crisis. Pudo ser una epidemia de viruela o sarampión traída por los legionarios que combatían en Mesopotamia. Los síntomas eran: fiebre, diarrea e inflamación de la faringe, con erupciones al noveno día. Según el historiador Dión Casio, dos mil ciudadanos morían diariamente en Roma. La cantidad final se estima en unos cinco millones, con el agravante de que el ejército quedó diezmado. Una de sus víctimas fue el emperador Lucio Vero.

La epidemia permitió el avance de los germanos. Las primeras escenas de la película Gladiator ilustran la defensa contra esa invasión, dirigida por el propio Marco Aurelio. Este emperador es conocido por su estoicismo filosófico. A pesar de la mortandad de la Peste Antonina, escribió en sus Meditaciones que la corrupción de la inteligencia era peor que una infección del aire como la que sufrían los romanos. Su médico era el famoso Galeno, que, de todos modos, poco pudo hacer.

Richard Harris, con su barba blanca y su capa de púrpura imperial, interpretó a Marco Aurelio en «Gladiator» (2000).

En plena crisis del siglo III, entre los años 249 y 262, cayó sobre el Imperio la Peste Cipriana, bautizada así por san Cipriano, obispo de Cartago y cronista de la epidemia. Los especialistas no se ponen de acuerdo sobre si fue de viruela, de gripe o de un virus afín al Ébola. Los síntomas eran diarreas, llagas bucales, vómitos y gangrena.

La mortandad fue terrible y la Parca no discriminaba. Según Cipriano, «mataba a personas innumerables, cada uno de su propia casa. Todos temblaban y huían, rehuyendo el contagio y se ocupaban solo de sí mismos». Abandonaban a sus parientes enfermos en las calles. Los cristianos, cuya fe aún era enemiga del Estado, fueron usados como chivos expiatorios en alguna provincia.

La Peste Cipriana remató al Imperio, hizo saltar los engranajes de su maquinaria, facilitó el camino a los generales usurpadores y agrietó las fronteras, dando lugar a nuevas invasiones. Cipriano de Cartago consolaba a los aterrados habitantes de su diócesis predicando que la pestilencia era «una vía estrecha, pero gozosa, en el camino hacia Cristo». El caso es que aumentaron las conversiones de paganos a la nueva religión.

Dicen que Justiniano se salvó porque se entendía con Belcebú

Y llegamos, por fin, al siglo VI y al Imperio Romano de Oriente, con capital en Constantinopla. Durante el reinado de Justiniano, una plaga con su nombre arrasó la ciudad. Fue entre los años 541 y 543, pero se repitió y repitió hasta el 750, con lo que diezmó el Mediterráneo. Hay coincidencia científica e histórica en que fue un precedente de la Peste Negra del siglo XIV y, por tanto, bubónica.

Los romanos comerciaban con Asia y África a través de los puertos del Mar Rojo desde hacía siglos. Parece que de allí salieron las pulgas que, tras llegar a lomos de ratas negras a Alejandría, embarcaron rumbo a Constantinopla en los barcos de la anona, que suministraban el trigo que se entregaba a la población capitalina y al ejército a expensas del erario imperial.

Los síntomas eran ojos inyectados en sangre, fiebre, bubones, como indica su nombre, y pústulas. Cursaba con episodios de confusión mental y, a los dos días, el enfermo fallecía. Como los bizantinos acudían a las iglesias a pedir amparo y perdón y a los mercados a hacer acopio, las pulgas se cebaron y Constantinopla se convirtió en una morgue monumental. Al principio, los cadáveres abandonados eran arrojados al mar; pero luego se tuvieron que abrir inmensas fosas comunes.

El historiador y patriarca Juan de Éfeso sentenció a los romanos diciendo que se lo tenían merecido por sus pecados. Y es que hasta el emperador enfermó, aunque sobrevivió. Justiniano tuvo fama de enredar con criaturas demoníacas, así que las malas lenguas dijeron que se salvó a costa de su alma.

¿Cuánto influyó la Peste de Justiniano en el triunfo del Islam?

Por entonces, el emperador pretendía reconstruir el Imperio, cuya parte occidental estaba en manos bárbaras. A pesar de la competencia de generales como Belisario y Narsés, la peste fue más poderosa. Al morir tanta gente, se resintieron los campos de cultivo, la ganadería y el comercio. En consecuencia, bajó la recaudación de impuestos. No se pudo pagar el chantaje anual a los bárbaros que amenazaban las fronteras y el ejército, diezmado, no daba más de sí. Los campos quedaron desiertos y en las mandíbulas de periódicas plagas de langosta. Pero también se perdió la fe en las ciudades como lugar de certidumbre y seguridad. Cuando el Islam asomó sus banderas negras, el imperio no pudo defender sus últimas fronteras.

Comenté al principio que, aparte de nosotros mismos, no tenemos más depredador que estos microorganismos. Ya no nos matan los lobos mientras salimos a cazar un mamut; ni la víbora que se acerca sigilosa al calor de la lumbre en la caverna. Sin embargo, sentimos miedos atávicos que vienen de entonces, de cuando éramos medio animales. Sobre todo, cuando nos faltan las certezas. Te invito a que pienses en la certidumbre que podían tener aquellos antepasados tan sufridos; apenas podían controlar sus vidas, apenas sabían nada de la causa de sus males. Con todos sus miedos, tenía que ser gente muy fuerte si nos han traído hasta aquí. Piensa ahora en tus certidumbres: ya no son de falta de información, sino de exceso.

Góndola del papel higiénico en mi supermercado habitual (La Coruña, jueves 13 de marzo).

En golpes de realidad como el que vivimos, echa la caña todo tipo de basura humana, ya sea ideológica o mercantil. Entre ellos, los milenaristas, que se ceban con los bancos de merluzos ansiosos de vivir hechos históricos incomparables cada media hora. Besugos necesitados de estímulos con los que remover el fango de los días. Nos vendría bien recordar que hace nada, a principios de los frívolos años ochenta, se desató la pandemia de VIH que nos puso a temblar y que cambió nuestro modo de afrontar el sexo y las relaciones. Una enfermedad viva de la que aún muere mucha gente todos los días. Lo siento: no somos los primeros ni seremos los últimos en la larga cadena del sufrimiento humano.

Así que, como periodista, permíteme una recomendación. Te enfrentas, nos enfrentamos, a tres plagas. La primera, el coronavirus. La segunda, la demagogia impúdica de los políticos, y la tercera, la fiebre de las audiencias de los medios de comunicación. Cuando el coronavirus se retire, que se va a retirar, las otras dos seguirán con nosotros, son cepas ultrarresistentes. Del virus nos sacarán los científicos y los médicos. Eso sí, con el respaldo de políticos competentes y responsables. Haz caso a lo que te aconsejen. Y también nos sacaremos nosotros mismos si desempolvamos la responsabilidad y el civismo: #YoMeQuedoEnCasa.

Del populismo y del amarillismo solo te vacunará tu sentido común. Ponte una dosis doble y deja de acariciar el papel higiénico como si fueras Golum: «Mi tesoro de doble capa, mi tesoro de doble capa».

Nota: Algún pasaje de este artículo lo he sacado de mi último libro, ¿Nos hacemos unos griegos? Si te interesa, lo puedes encontrar aquí, en la web de la editorial.

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