Hoy leía y curioseaba en el grupo de Facebook Homoerotismo clásico. Su administradora, Sofía Tudela Gastañeta, me permitió unirme a él nada más estrenar mi última obra ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario) Y aún se lo agradezco.

Pero a lo que iba. Me he topado allí con unas reflexiones sobre Zeus y Ganimedes, Jacinto y Apolo y Aquiles y Patroclo que enlazo aquí. Y ellas me han animado a contar en este blog una historia de amoríos olímpicos no muy conocida.

El origen del azafrán es un efebo más bonico que las pesetas Clic para tuitear

Se trata de un cuento mitológico tardío, quizá del período clásico, sino del helenístico. Además de que, con su relativa tardanza, parece alejarse del misterio de las edades míticas, cuenta con otra desventaja: su similitud con la historia de Apolo y Jacinto. Pero vamos al grano.

Amor de dioses, gozos y dolores. Mira a Jacinto, Ámpelo y Croco

Resulta que el sagaz y encantador Hermes se prendó de un efebo más bonico que las pesetas que se llamaba Croco. Y, claro, a ver quién es el guapo que se resiste al elocuente mensajero de Zeus. Aquel doncel, desde luego, no. A partir de ese momento, el futuro Mercurio tomó el papel de erastés (amante) y Croco, el del erómeno (amado).

¿Y qué aprendió el guapo mozo del dios del comercio, de los viajes, de los ladrones y de las almas que parten a su último destino? ¿Qué le enseñó un dios tan complejo y matizado? Pues, seguramente, que Hermes representa el cambio, ya sea para mejor o a peor. Los comerciantes cambian riquezas; los ladrones también, pero de sitio; los viajeros alteran sus rutinas y sus puntos de vista; un heraldo intercambia mensajes… Toda una lección que el propio Hermes repasó en cabeza ajena, la del infeliz Croco.

Y es que, un buen día, Mercurio y su erómeno jugaban en la palestra a lanzarse, ¡cómo no!, otro maldito disco. Pero uno griego, no un frisbee: es decir, un peligroso bólido de piedra, madera o metal. Algún dios caprichoso o celoso tenía que andar por allí. Porque, en un desgraciado accidente, el erastés golpeó a su amado en la frente y lo dejó en el sitio. Bien pensado, Hera pudo ser la malintencionada. Así se vengaba del mensajero por haber matado a Argos Panoptes. Con los olímpicos nunca se sabe: si no te la hacen de entrada, te la guardan para la salida. Desconsolado, Hermes recogió la sangre vertida en la arena, la mezcló con rayos de sol y creó la flor del azafrán, cuyos estigmas son amarillos y rojos los pistilos.

Zeus y los cretenses le sacaron mucho partido al azafrán

Uno que sacó provecho de aquella desgracia fue Zeus, que, a partir de ese día, colmó de azafrán su lecho. Resulta que los griegos creían que era un poderoso tónico. Y ya sabemos lo que el Júpiter griego trajinaba por el Mediterráneo adelante. Los minoicos también se beneficiaron, pues lo cultivaron y exportaron con mucho éxito de crítica y público.

Un fresco descubierto en Cnosos lleva hoy el título de El recolector de azafrán. En su ensayo El libro de las especias, el crítico gastronómico John O’Connell afirma que uno de los personajes era un mono. Se refiere al que viste un bolero rojo. Y dice era porque el descubridor de la civilización cretense, sir Arthur Evans, lo convirtió en un doncel al restaurarlo.

El hecho es que el nombre científico de la planta de la que sale la carísima especia es Crocus sativus. ¿Alguien duda todavía de que todo, o casi todo, está en los mitos? (si eres de los escépticos te recomiendo esta entrada). Pues, colorín colorado, este cuento mitológico se ha acabado. No, espera, aún no…

Porque lo más triste de su final, aparte de que no vivieron felices, es que Hermes fue un psicopompo. Es decir, un conductor de almas. Así que tuvo que llevar la de Croco hasta las puertas del Hades. En la terrible pintura de Adolf Hirémy-Hirschl lo vemos ejercer esa función, impasible, en la orilla del río de los lamentos, el Aqueronte, la frontera infernal. Quizá mira cómo su amor se aleja; sin lágrimas, eso sí, porque los dioses no podían llorar…

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