Dados su valor, propiedades y antigüedad, el azafrán no podía faltar en los valiosos, perfumados y sensuales mitos de los antiguos griegos. En una entrada anterior, cuyo enlace te dejo aquí, supimos por qué Carlos Linneo bautizó a tan exquisita especia como Crocus sativus. Pero aquel romance homosexual entre un dios y un efebo tiene su versión heterosexual. Eliminamos de la leyenda azafranera al astuto Hermes, añadimos a la ninfa Esmílace, mantenemos al hermoso Croco y listo.

Eso sí, el final del desdichado mozo es el mismo. Y sí, calificarlo de «desdichado» es una forma de destripar la historia. Pero no te preocupes, también vamos a dejar a las ninfas como lo que eran, unas mosquitas muertas. Y eso no te lo esperabas…

Las ninfas eran más peligrosas que una sopa de anzuelos. Pregúntale a la flor del azafrán... Clic para tuitear

Ovidio menciona en el Libro IV de sus Metamorfosis a dos amantes, Croco y Esmílace. Y afirma que «fueron convertidos en pequeñas flores». Y hasta ahí. Sobre esa mutación, poco más sabemos. Y lo que nos ha llegado es confuso.

El azafrán y la zarzaparrilla hunden sus raíces en la mitología

Anteros en la versión de Alfred Gilbert en Picadilly Circus (1885).

Una versión del cuento mitológico dice que Croco se enamoró hasta las trancas de la ninfa Esmílace. Y que el genio silvestre le puso ojitos, por lo menos al principio (las ninfas coquetas eran muy coquetas). Pero que luego se aburrió y lo despreció.

Tanta fue la pena del muchacho por el desprecio de su amada que los Olímpicos se conmovieron. E hicieron justicia. Quizá la herramienta olímpica fuese el hermano de Eros, Anteros. Personificaba el despecho y la venganza por los amores no correspondidos.

Hay otra versión en la que Esmílace es la despechada y Croco el desalmado, pero el resultado es el mismo: dos florecillas, una, un tesoro de la gastronomía, y la otra, muy solicitada en los saloons del Salvaje Oeste cuando entraba un petimetre.

Porque, tal y como indica Ovidio, Croco se convirtió en la flor del azafrán (Crocus sativa). Esmílace, por su parte, acabó como zarzaparrilla (Smilax aspera). El médico Dioscórides (s. I d. C.) creía que la zarzaparrilla era un magnífico antídoto contra todos los venenos. Pero lo que hoy me interesa es desmentir un tópico mitológico muy extendido, el de la fragilidad e inocencia de las ninfas… ¡Ja!

Para empezar, ¿qué es una ninfa? Olvídate de aquello de «un ser frágil y virginal perennemente acosado por esa encarnación de la violencia heteropatriarcal y de la derrota de la Gran Diosa Madre que es el sátiro y blablablá». Paparruchas.

Las ninfas eran genios y guardianas de la naturaleza más salvaje

Consultemos en el Diccionario de la mitología clásica (Vol. 2) de Constantino Falcón Martínez la entrada que les dedica: «Personifican la fuerza natural que preside la reproducción y fecundidad de la naturaleza». Y añade que figuran en el cortejo, y no contra su voluntad, de Dioniso y Pan, dioses arquetípicos del exceso.

«Ninfas y sátiro», William-Adolphe Bouguereau, 1873. Instituto de Arte Clark, Williamstown (Massachusetts).

Para Hesíodo, las ninfas son divinidades preolímpicas y, por tanto, previas a la civilización. Las tiene por mortales, pero muy longevas; dice que viven, año arriba, año abajo, diez mil generaciones humanas. Homero,  en cambio, nos cuenta que son hijas de Zeus. De la clasificación de las ninfas no me ocuparé aquí, pues necesitaría otra entrada. Pero, si quieres hacerte una idea de cuántas había, te dejó este anexo de Wikipedia.

Si atendemos al himno homérico a Afrodita, vemos que se unían «amorosamente» con los silenos «en el interior de deliciosas grutas». En un principio, los silenos también eran genios silvestres, solo que mestizos de hombre y caballo.

Según el himno venéreo, las ninfas no le hacían ningún asco a Hermes Argifonte, epíteto que le viene de haber asesinado a Argos, el gigante al servicio de Hera. Y recuerda que Hermes fue el creador del azafrán, la especia que nació del amor griego.

«Ninfas cazando», Julius Leblanc Stewart (1898).

Cuando hablamos de ninfas, señalamos a genios salvajes que enloquecen a pobres mortales por extraviarse en el bosque, por apagar la sed en una fuente o por rechazarlas. Ninfas eran las ménades que cuidaron al niño Dioniso. Las mismas que poseían a las bacantes descuartizadoras y comedoras de carne cruda. ¡Que les pregunten a Orfeo, despedazado y decapitado por bacantes tracias, y a Penteo, del que te hablé aquí!

En fin, que por algo se llama ninfomanía al deseo sexual femenino exacerbado; igual que se llama satiriasis al masculino. En ¿Nos hacemos unos griegos?, mi última obra, critico que ambos términos hayan sido sustituidos por hipersexualidad, que es como cambiar la poesía por un desinfectante de quirófanos.

Conclusión: las ninfas son tan poco de fiar para nosotros, pobres mortales, como un sátiro, con quienes juegan al escondite y al pilla-pilla siempre que les apetece. De lo crueles que llegan a ser cuando no se atienden sus caprichos, como cualquier ente semidivino, da testimonio la leyenda de Croco y Esmílace, pero también las dos que siguen.

«Hilas y las ninfas», John William Waterhouse, 1896.

Hilas fue el erómeno del más hércúleo de los erastés, Heracles. No desarrollo en esta ocasión aquel romance pederasta porque ya lo hice en «Hylas violado en Manchester. Otra vez». Ese artículo trata sobre la desnortada elección de un cuadro de la Art Gallery de Manchester para denunciar las cosificación de la mujer en el arte. Aquella fallida propaganda a costa de unas ninfas que raptan y violan a Hilas fue la inspiración de ¿Nos hacemos unos griegos?.

La metamorfosis de Hermafrodito y Salmacis. Jan Gossaert (h. 1520).

La segunda leyenda con ninfa cruel es la que protagoniza Salmácide. Arranca después de que Afrodita diese a luz al hijo que engendró con Hermes, Hermafrodito. La madre no quiso que lo supieran los otros dioses, y menos que ninguno, Hefesto, su marido, y Ares, su amante. ¡Pues haberle puesto otro nombre, que os habéis quedado calvos de tanto cavilar!: «Yo es que que me llamo Hermes por don José, mi abuelo paterno, y Afrodito por doña Pepita, mi abuela materna».

Bueno, el caso es que lo criaron unas ninfas para que los Olímpicos no le hicieran la vida imposible. Pero hablamos de los griegos, títeres en manos del Hado. Así que el niño creció muy bien crecido, bello y apetecible, divino; de casta le venía. Por eso mismo, tenía que ser desgraciado, porque, sin comerlo ni beberlo, se parecía a los dioses. Y aviso, ¡viene autocita larga!:

«Debía de ser un día de verano, y de mucho calor además, porque Hermafrodito quiso darse un baño en una laguna de aguas transparentes. […] Hermafrodito nadaba y buceaba ajeno a la mirada de la náyade que protegía el estanque. Se llamaba Salmácide y una flecha dorada de Cupido acababa de atravesar su silvestre corazón [sigue Ovidio] «al verlo deseó poseerlo; sin embargo, no se le acercó, aunque estaba ansiosa por acercarse, sino después de haberse arreglado, de controlar si su velo estaba bien puesto, de componer el gesto y de asegurarse de que se veía hermosa».

»Salmácide se acercó a la orilla y Hermafrodito, después de la sorpresa inicial, «se cubrió de rubor, pues no sabía lo que era el amor, pero incluso ruborizarse le favorecía». Y ese fue el remate que la pasión irrefrenable de ella demandaba. La náyade entró en el agua y empezó a flotar, con aletazos de escualo, alrededor del hermoso bañista. Como Hermafrodito era un corazón libre e inocente, la rechazó.

Salmácide, la ninfa acosadora y violadora premiada por Zeus

Salmácide, arrebatada de amor y lujuria, se le abrazó férreamente: «Agarrando al muchacho, que lucha por liberarse, le roba besos indóciles, y hundiendo sus manos le acaricia el pecho, y le rodea con su cuerpo ahora por un lado, ahora por otro. Por fin, aunque él se resiste e intenta zafarse, le envuelve […] como el pulpo que inmoviliza a la presa que ha capturado bajo el agua, extendiendo por todas partes sus tentáculos».

»Hermafrodito se resistía y abría desmesuradamente los ojos e inflaba los pómulos pretendiendo guardar todo el aire posible e intentaba desembarazarse de tan letal abrazo. Igual que el pobre Hilas. Pero mientras Hermafrodito agonizaba, Salmácide pedía, rogaba e imploraba a los dioses que nunca jamás los separasen: «¡Lucha si quieres, maldito, pero no escaparás! ¡Haced, oh dioses, que nunca llegue el día en que él se separe de mí y yo de él!».

Hermafrodito durmiente o Borghese. Original romano sobre un colchón de Bernini (1620).

»Y ellos, muy literales en aquella ocasión, y deseosos de borrar las pruebas de la infidelidad de Afrodita con Hermes, los fundieron en un solo cuerpo que mantuvo los atributos sexuales de ambos. El nuevo ser tuvo, a partir de ese día, la doble naturaleza de la tercera parte de la Humanidad platónica. Y Dioniso lo admitió ipso facto en su cortejo, el tíaso. Antes de eso, Hermafrodito aún tuvo tiempo de pedir a los dioses venganza. Que cualquier hombre que se bañase en aquellas aguas perdiera su virilidad, tal y como le había pasado a él. Y también se lo concedieron».

En fin, que podemos dar gracias a los dioses por regalarnos el azafrán. Pero queda claro que Esmílace fue caprichosa y cruel, que es lo propio de divinidades y semidivinidades grecorromanas.

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