Roma fue la venganza de Troya. De las cenizas de Ilión nació, como un pichoncillo con garras de halcón de las pajareras de Venus, el Imperio. Así lo establece Virgilio en la Eneida, un magno ejemplo de propaganda. Según la lógica de los mitos, cuando la República conquistó Grecia en el 146 a. C., Roma no conquistaba a los helenos, sino que Troya se desquitaba.

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¿Qué pretendía Virgilio con su poema épico sobre Eneas? Uno, adular a Octavio Augusto. Dos, contribuir, por vía divina, a la legitimidad del primer emperador. Y tres, regalarle a Roma nuevas raíces mitológicas. Virgilio tuvo éxito en vida, azar que los dioses no regalan a todos los artistas. En una de sus pocas apariciones en público, un teatro entero se puso en pie para ovacionarlo. Era un honor reservado a Octavio. Cuando murió, empezaron las peregrinaciones a Nápoles para visitar su tumba. Antes de eso, cuando le quedaban dos boqueadas, le pidió al emperador que destruyera la Eneida. No se sabe si arrepentido de las alas que le dio a Octavio o por vergüenza literaria. Pero el César no le hizo caso, que es lo que hacen, y muy bien, los césares de todo pelaje.