Se cumplen diez años de mi confinamiento particular. Cerré una carrera profesional de un cuarto de siglo para dedicarme a escribir. Me salían las cuentas y me sobraba entusiasmo e ingenuidad a pesar de las primeras canas y la presbicia. Así que llevo una década teletrabajando para una utopía; si hubiera elegido ser astronauta, ya estaría cobrando quinquenios.

En ese tiempo he ido cavando, muy a gusto, una madriguera. Así que cuando me aventuro en estos días coronavíricos a hacer la compra pienso en el marinero Marlow. La panadería de Alcampo, allá al fondo de la nave, es, para mí, la fuente del río Congo. Hasta juraría que he visto la cara de Kurtz en una hogaza.

El caso es que, a lo tonto y COVID-19 mediante, estoy a punto de acabar una novela distópica. ¿Oportunismo? No, la pandemia no ha sido la musa: llevo cuatro años metido en ella; por lo menos. Nunca me había costado tanto rematar una novela, y esta es la cuarta. Así que aprovecho la enésima dilación para recapitular.

Medio en broma, medio en serio, es una guía para que no se descuelguen cuadros a tontas y a locas. Clic para tuitear