julio 2018

«¡Viva el vino y las mujeres!» es de Manolo Escobar, no de Homero, pero nos sirve como introducción al cincuenta por ciento. De la otra mitad, la vida de las mujeres griegas —madres, hermanas, esposas, hijas y nietas—, hay que decir que fue muy perra. A todas las mantuvieron en casa y con la pata quebrá durante siglos, bien enclaustradas en el gineceo. Safo de Lesbos, Aspasia de Mileto, Friné de Tespias o Gorgo de Esparta son excepciones que confirman la regla.

Mujeres encerradas y sometidas y vino aguado, ¿esa era la Grecia civilizada? Clic para tuitear

Hay una cuadra mítica más famosa aún que la de Aquiles, de cuyos corceles me ocupé en una entrada anterior. En la mitología griega, Helio era el dios del Sol, hijo del titán Hiperión y de la titánide Tía; ojo, no la confundamos con la oceánide del mismo nombre, madre de los ascendientes mitológicos de Zipi y Zape, a los que dedico un artículo en la revista literaria Capítulo 1. Helio es, por tanto, hermano de Eos, la Aurora, y de Selene, la Luna.

La leyenda de Faetón y los caballos de Helios es la del primer calentamiento global Clic para tuitear

Hades, rey del ídem, y Perséfone, su reina, no tuvieron hijos, pero tenían perrito. Su nombre, como el de Pégaso, era el de una mascota esdrújula: Cérbero. Con el tiempo, la volvimos llana: el can Cerbero. Así lo recuerda Antonio Ruiz de Elvira en su Mitología clásica. Yo, aquí, esdrujularé o llanearé con el perro del Averno según me pete.

También eran tres, y también esdrújulas, las regiones del Inframundo de los antiguos griegos: el Érebo, las tinieblas oscuras de su vestíbulo que se extendían, flotantes, sobre los otros territorios del Hades; los Campos de Asfódelos, por donde vagaban para siempre las almas de los que habían vivido conforme a la sofrosine, una mezcla de templanza y humildad; y el Tártaro, donde, sometidos a un eterno suplicio, pagaban sus culpas los mortales que se dejaron llevar por la hýbris: el desequilibrio, la desproporción, la soberbia y la impiedad.  Cérbero tenía su caseta a las puertas del Érebo.

Y de ahí, a los campos de fútbol como cancerbero, el único jugador de los once que siente en la nuca el aliento del infierno.

El can Cerbero, portero infernal, tenía un ladrido tan atroz como el grito de una madre furiosa Clic para tuitear