julio 2018

«¡Viva el vino y las mujeres!» no es una loa que forme parte del legado de los antiguos griegos. Para empezar, la vida de sus mujeres —madres, hermanas, esposas, hijas y nietas— fue muy perra. A todas las mantuvieron en casa y con la pata quebrá durante siglos, bien enclaustradas en el gineceo. Safo de Lesbos, Aspasia de Mileto, Friné de Tespias o Gorgo de Esparta no son más que excepciones que confirman la regla.

Mujeres encerradas y sometidas y vino aguado, ¿esa era la Grecia civilizada? Clic para tuitear

Como el verano viene remolón, voy a invocar a Helio para que, de una vez, los hosteleros con terraza sonrían. Y te hablaré de otra cuadra mítica, más famosa aún que la de Aquiles; de esta me ocupé en una entrada anterior.

En la mitología griega, Helio era el dios del Sol, hijo del titán Hiperión y de la titánide Tía; ojo, no la confundamos con la oceánide del mismo nombre, madre de los ascendientes mitológicos de Zipi y Zape, a los que dedico un artículo en la web literaria Capítulo 1. Helio es, por tanto, hermano de Eos, la Aurora, y de Selene, la Luna.

La leyenda de Faetón es la del primer calentamiento global

Hades, rey del ídem, y Perséfone, su reina, no tuvieron hijos, pero tenían perrito. Su nombre, como el de Pégaso, era el de una mascota esdrújula que valía por tres: Cérbero. Con el tiempo, y vaya usted a saber por qué, la volvimos llana: Cerbero. Y de ahí, a los campos de fútbol como cancerbero, el único jugador de los once que siente en la nuca el aliento del infierno.

También eran tres, y esdrújulas, las regiones del Inframundo de los antiguos griegos: el Érebo, las tinieblas oscuras de su vestíbulo que se extendían, flotantes, sobre los otros territorios del Hades; los Campos de Asfódelos, por donde vagaban para siempre las almas de los que habían vivido conforme a la sofrosine, una mezcla de templanza y humildad; y el Tártaro, donde, sometidos a un eterno suplicio, pagaban sus culpas los mortales que se dejaron llevar por la hýbris: el desequilibrio, la desproporción, la soberbia y la impiedad. Pues el Cancerbero tenía su caseta a las puertas del Érebo, que antes de ser un espacio de la geografía mitológica fue un dios primordial, es decir, preolímpico.